Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 17 de mayo de 2013

La ninia de las flores.(V),"El pasado siempre vuelve"



Abrí la puerta de mi casa con miedo pues existía un silencio aterrador, aquel mutismo me hizo pensar que algo dramático estaba por acontecer. A lo lejos advertí una luz en el fondo, de inmediato, un ligero ruido en el interior del salón. A continuación la sintonía de la radio y aquella voz.

Era él, ese individuo, ¿cómo alguien, aún en la lejanía, podía dañarme tanto?

Avancé muy lentamente, tratando de no hacerme visible, posicionándome justo detrás de ella. Permanecía inmóvil, casi abducida por sus palabras-Sentí terror, en aquel momento fui consciente de que ella tan sólo era un robot en manos de su amo.

Sonó la puerta y tras el sonido de las llaves, nuestro hijo interrumpió aquel momento de incredulidad, mi esposa Jarvia se pronunció:

-         Ammm…¿estás tú también aquí? (refiriéndose a mi)

Asentí con la cabeza mientras nuestro hijo saltaba en brazos de su madre para besarla. En ese instante las palabras de mi pequeño me dejaron petrificado como una estatua:

-         Mamá…¿sabes lo que nos han hecho prometer hoy en el colegio? Para ser buenos ciudadanos y servir a Alemania tenemos que combatir contra todo el mal que nos acecha, por eso hay que denunciar a los traidores.

En ese momento interrumpí al pequeño Kenneth:

-         ¿Quiénes son esos traidores, hijo?
 
Sus ojos se engrandecieron mientras me daba su respuesta:

-         A aquellos que escondan a esos sucios judíos, nuestro deber es denunciarles, tenemos que sacar a esas ratas de sus escondites.

Pensé en retirarle la mirada pero no lo hice:

-         Kenneth, ¿qué pasaría si tuvieras algún amiguito, o incluso algún familiar que fuera judío, ¿también lo denunciarías?, ¿acaso es eso lo que debe hacer un buen católico?, ¿qué es lo que dicen los mandamientos, ayudar al prójimo ¿no?

Por un momento permaneció dubitativo, pero la palmadita en la espalda de Jarvia le hizo reaccionar:

-         O se sirve a Alemania o se está contra ella, por culpa de los judíos mira como estamos. Si el judío no se va, yo seré el que le descubra.
 
Sus palabras comenzaron a introducirse en mi mente y a resonar de manera repetitiva:

-         Si el judío no se va, yo seré el que le descubra, si el judío no se va, yo seré el que le descubra, si el judío no se va, yo seré el que le descubra, si el judío no se va, yo será el que le descubra, si el judío no se va, yo seré el que le descubra, si el judío no se va, yo seré el que le descubra. El que le descubra, el que le descubra. SI-EL-JUDÍOS-NO-SE-VA/ YO-SERÉ-QUIEN-LE-DESCUBRA.
 
Sí, ya me había quedado claro, había entendido perfectamente el mensaje.

Salí de mi casa con el corazón en un puño, no sabía donde ir. El solitario edificio de la embajada española de la ciudad alemana de Stuttgart no me parecía el lugar más oportuno. Opté por ir a uno de los inmuebles donde permanecían los judíos que había sacado semanas atrás de aquel campo, del que se comentaba: “que entrabas por la puerta y salías por la chimenea”.

Aquellos seres humanos se encontraban en un espacio reducido. Los dos edificios de pequeñas proporciones eran insuficientes para 177 personas, pero por el momento no contábamos con otro lugar mejor que fuera seguro.
 
Uno de esos días en los que me disponía a abandonar uno de los edificios “bajo protección española”, una niña de unos 7 años llamó poderosamente mi atención. Permanecía en el lado derecho de la entrada, sola. La observé durante varios minutos con detenimiento y me percaté de que hacia algo así como cuidar de un grupo de flores silvestres. Le sonreí y le dije:

-         ¿Kual es el nombre de la ninia de las flores?

La pequeña me regaló una de las flores de su jardín mientras me respondía:

Daniella, mas para ti…la ninia de las flores, tu ninia.

No pude remediar abrazarla mientras le decía:

-         Si, mi ninia.

Ese mismo día Daniella me dijo que cumplía 8 años. Por ello nos recorrimos casi toda la ciudad hasta que dimos con un lugar en el que vendían helados. La casualidad hizo que nos encontráramos con mi mujer Jarvia y mi hijo Kenneth. Nada más vernos, se acercaron a prisa, Jarvia se adelantó:

-         ¡Vaya qué sorprea! (Jarvia acarició la cabeza a Daniella), ¿dónde vais?, ¿qué haces con esta niña?

Estuve a punto de darme la vuelta, pero no la rehuí y le contesté:

-         Es Daniella, la hija de un compañero español del consulado. Hemos venido a comprar un helado porque hoy es su cumpleaños.

Jarvia de nuevo se agachó y le preguntó:

-         ¿Cuántos años tienes?, ¿10 años?

Daniella respondió:

-         No, ma chikita…
 
Jarvia enfureció al reconocer casi al instante el acento, cogió a Kenneth de forma apresurada y desaparecieron. Esa noche decidí quedarme en uno de los edificios “anexos a la embajada española” en Stuttgart, junto a mi tía y mis primos, a los cuales había conocido semanas atrás.

A la mañana siguiente salí temprano a hacer unas gestiones con la intención de volver a la hora de comer. En las proximidades del consulado compré un ramo de flores a Daniella para que pudiera plantarlas y así ampliar su jardín.

Nada más llegar Alberto, mi fiel compañero gallego que se encargaba de “custodiar” los edificios, me preguntó:

-         ¿Y Daniella, no estaba contigo?

-         ¿Conmigo? Ya me viste que salí por la mañana temprano (le contesté).

La mirada de Alberto me alarmó, junto a la confirmación de sus palabras:

-         Esta mañana llegó en un coche azul una mujer rubia que hablaba español, preguntó por Daniella y dijo que la buscaba para llevarla contigo. La niña la reconoció y no le di importancia.
 
Los peores presagios se me pasaron por la cabeza:

Alberto, a prisa…llévame a esta dirección (le ordené sin dar explicaciones).

Cuando nos presentamos en el portal todo parecía en calma. Me encontraba tremendamente agitado y consternado. ¡No, no creía que fuera capaz de haberle hecho algo malo! Mis zapatos golpeaban con fuerza las pesadas escaleras de madera de mi edificio, tal era el ruido, que algunos vecinos se asomaban a la puerta del estruendo.

Al llegar al piso quinto, precisamente en la puerta de la entrada donde residía mi familia, una flor me hizo detenerme. La flor se encontraba aplastada en el suelo. Fue aquí cuando me di cuenta de todo.

“En medio del camino yo vi una flor un poco cansada.
 
Y supe que era la flor… ay, de la ninia,

    Ay,de mi ninia,

de la ninia de las flores”.


Yo le di a una ninia una flor

Y la llamé la ninia de las flores.

Le di, ay, le di la flor

Pa´que la proteja…
 

Y un día, y un día

Desapareció, desapareció la niña.

Y yo sabía, y yo sabía

Que no la vería nunca más…


La ninia de las flores, Yasmin Levy
 

viernes, 10 de mayo de 2013

Un paseo por el campo de la muerte.(IV)."El pasado siempre vuelve".



Una densa niebla envolvía la ventana de la habitación. Mis ojos tan sólo identificaban el color gris, un gris con ciertas tonalidades oscuras que me producían una extraña sensación, una combinación entre ansiedad e inquietud. No sabía qué había pasado ni dónde estaba.

Traté de incorporarme, y un fuerte dolor en la parte derecha de mis costillas me recordó lo sucedido, había perdido el conocimiento tras haber sido golpeado al intentar ayudar a un anciano judío. Al instante recuperé la lucidez, estaba en la habitación anexa al dormitorio que compartía con mi esposa Jarvia, hasta días atrás, en nuestro nuevo piso de la ciudad alemana de Stuttgart.

No me pregunten la razón, ni yo mismo lo sé, pero jamás intercambié palabra con mi mujer de lo sucedido. Esa fue la razón por la que nunca supe ni cómo llegué hasta allí, ni quién me trajo. Simplemente estaba agradecido de estar vivo. Hay ocasiones en que ese es el único consuelo, continuar con vida.

La relación con mi esposa y mi hijo se hacía cada vez más compleja, no había hecho falta hablar del asunto, ellos habían decidido que yo estaba en el “bando contrario”. Ni siquiera fue necesario decir nada, me habían asignado un nuevo dormitorio, Jarvia no quería compartir el mismo lecho, e incluso me prohibieron entrar en su mismo baño.

No se lo pregunten, no es necesario. Sí, si tenía dignidad, pero estaba adormecido, esa anestesia que sólo produce el inmenso amor que se tiene por la familia: por mi mujer y por mi hijo, sangre de mi sangre.

La Alemania nazi aseguraba que los judíos eran una amenaza para la humanidad, pero…¿qué era ser judío?, ¿acaso era una raza tal y como ellos trataban de constatar? Yo era católico, católico apostólico romano para más INRI, pero eso no era suficiente para esos monstruos. Ser judío era una cuestión “de sangre”, y al parecer, mi linaje estaba plenamente infectado. ¿Cuánto tardarían en descubrir mi secreto?, ¿era mi Dios el que me había llevado a morir lejos de mi amada Sefarad? Decidí pertenecer al lado de los “perdedores”, al de los que les volvían la espalda, al de los que les escupían. Podría haberlo hecho perfectamente, yo era español, la cosa no iba conmigo, pero no… algo me había llevado hasta allí, y mi corazón me pedía que tenía, o mejor dicho, que debía de hacer algo por intentar ayudar a toda esa gente abandonada por el mundo, daba igual que hubieran pasado muchos siglos desde nuestra nueva situación, sí, yo era sefardí.

Al llegar al consulado me topé con su máxima autoridad, el Cónsul, Martín Bolderín de la Sierra:
 
-         Kenneth, tenemos que volver a España, el gobierno nos ha hecho llegar una carta de urgencia. Aquí no estamos seguros, la situación es insostenible y de extrema gravedad.Sin pensarlo, le contesté:

-         Yo me quedo.

Martín puso su mano sobre mi hombro y contestó:

-         Kenneth, acabarán matándote.

Nos fundimos en un fuerte abrazo, ambos lloramos. Ya no quedaba ningún miembro español en el edificio, Bolderín me entregó las llaves del inmueble, no sin antes de desearme suerte:

-         Que Dios te bendiga, eres un buen hombre. Puedo imaginar lo que pretendes hacer, ojalá tuviera el mismo valor, pero yo ya soy demasiado mayor.

No habían pasado ni cinco minutos, y ya me encontraba sumergido en el archivo del consulado en busca de algún documento que pudiera informarme de la constancia de sefardíes en la ciudad. Después de más de cinco horas ininterrumpidas sin éxito, me propuse buscar la carta en la que se expresaba el deseo de abandonar la ciudad por orden del régimen de Franco. Fue en ese momento cuando un paquete aún sin abrir llamó mi atención. Llevaba semanas esperando noticias de mi amigo Ángel Sanz-Briz.

 
Querido Kenneth:

Me encuentro con enormes dificultades para exponerte por este medio toda la información que me demandas. Te ruego que me llames lo antes posible al número de teléfono que te pongo a continuación. Si las líneas telefónicas fallaran o ya se hubieran cortado, sólo puedo decirte que sí, nuestros peores augurios se están cumpliendo. Franco nos ha pedido que volvamos a España, yo he decido quedarme unas semanas más pese a las recomendaciones, he de solucionar unos asuntos.

Tu siempre amigo.

Ángel Sanz-Briz.
 
Mi corazón se encontraba enormemente exaltado, descolgué el teléfono, aún daba línea y marqué a prisa. A través del auricular escuché el primer tono de llamada, el segundo, el tercero y el cuarto:

-         Embajada española en Budapest, ¿diga?

Quisiera hablar con Don Ángel Sanz-Briz por favor (le respondí).

- Al aparato, ¿quién le demanda?  (me contestó)

Con la voz entrecortada expuse:

-         Ángel, amigo, soy Kenneth, ¿qué está pasando? No puedo creer que sea cierto lo que me expones en tus líneas, verdaderamente… ¿los masacran en masa?

El sonido se fue por un momento, pero a los segundos volvió:
 
-         No puedo contarte, ni siquiera por aquí es seguro. Escucha con atención, se está cometiendo un terrible error con algunos ciudadanos españoles, las autoridades nazis los ha confundido con judíos, pero no… son ES-PA-ÑO-LES, ¿entiendes Kenneth?

-         Sí…si (le expuse).

Ángel continuó:

-         Existe un  Real Decreto en el cual se expone claramente que los sefardíes son españoles. Dicho Decreto elaborado en 1924 por Primo de Rivera sigue Vigente (grita con ímpetu), ¿lo has comprendido Kenneth? Es importante que entiendas lo que quiero decirte, si tienes algún problema tienes que ser firme. Algunos de nuestros compañeros están expidiendo estos salvoconductos en otros países con éxito, y es muy importante que lo hagas lo antes posibles, antes de que sea demasiado tarde. He tratado de localizar el listado de sefardíes en Stuttgart, me ha costado mucho, tan sólo hay constancia de 150, pero, ¿tú conoces más, verdad?, ¿lo entiendes Kenneth?
-         Por supuesto (le contesté).

Ángel prosiguió:

-         ¿Has visto la gran biblia que os he enviado?, ¡rompe las gruesas tapas de cuero del final, están cosidas! Ahí encontrarás el listado de los ciudadanos españoles. Antes de despedirme sólo puedo desearte suerte. ¡Ten mucho cuidado Kenneth! Una última cosa, al sacar a los españoles, tienes que buscar alguna colonia donde siempre esté presente la bandera española, para que no tengan dudas de que ellos están bajo nuestra protección. Es muy importante que lo comprendas todo. ¡Nos vemos en España!, ¡adiós!

Encontré la llave de la caja fuerte dentro del llavero que horas antes me había dado Martín, quedaba suficiente dinero para realizar algunas gestiones. Entre otras, tenía que encontrar el medio para trasladar a todas aquellas personas. A la mañana siguiente conseguí alquilar dos edificios de dos plantas, que se encontraban juntos, a las afueras de la ciudad. Se encontraban muy deteriorados, de ahí su ridículo precio, pero al menos tendrían un cobijo seguro. A continuación fui a una tienda textil, en la cual encargué 6 gigantescas banderas con los colores españoles, para que cubrieran las fachadas delanteras y traseras. Me prometieron que en un plazo máximo de tres días las tendrían

Por último, a las 16:00h, conseguí alquilar 25 camionetas, y antes de emprender el viaje hasta los campos de trabajo donde permanecían retenidos los sefardíes que me disponía a rescatar, me di una vuelta por el mercado, y contraté a 25 hombres para que me sirvieran como conductores de las camionetas que estaba a punto de recoger. Cual fue mi sorpresa al descubrir allí a un joven gallego que vivía en la miseria, al cual le había sorprendido la guerra en esa ciudad.

Estaba solo, me arriesgué, pero necesitaba la ayuda de un compatriota más que nunca. Le conté mi plan y me prometió lealtad a cambio de darle un lugar donde dormir y comida.

A continuación llevamos a los 24 hombres restantes hasta la Casa española, les vestimos con los trajes oficiales del consulado, y nos dirigimos hasta los campos de trabajo, que se encontraba a unos 7 kilómetros del centro. Alberto, el gallego, que vestía al igual que yo, la indumentaria de máximos honores militares, se comprometió a llevarme en uno de los coches oficiales que permanecían presentes en el consulado y a acompañarme hasta las oficinas centrales del campo.

Al llegar al campo de trabajo, tres oficiales alemanes nos recibieron amablemente. Nosotros les respondimos a su saludo:
 
-         Heil Hilter!

Posteriormente les conté el motivo de mi visita, y me condujeron hasta las dependencias del director del campo.

El alemán miro y remiró desconcertado el documento en el que se explicaba lo sucedido. Después de unos minutos expuso:

-         Llévenlos hasta los barracones correspondientes, ¡España es amiga!

Durante horas un trabajador del área nos dirigió por el sinfín de barracones que componían esa pequeña ciudad. Trataba de mantener firme, asemejarme a su actitud, inmóvil, carente de toda sensibilidad, pero era imposible no mirar al suelo: apilado de miseria, ratas, personas desnutridas, (algunas de ellas no se sabía si vivas o muertas). Pero el horror llegó ante mis ojos cuando vislumbré cientos de cuerpos apilados en masa, cuerpos compuestos sólo por huesos. El olor era tan fuerte que Alberto, el gallego, tuvo que parar variar veces a vomitar. No era cierto lo que decían, era muchísimo peor, estaba a punto de comenzar un paseo por el campo de la muerte.

Nos encontramos con grandes problemas para localizar a algunas de las personas presentes en la lista, muchas de ellos se encontraban supuestamente en paradero desconocido según las autoridades del campo. Al inicio de entrar en los barracones se solía perder mucho tiempo, se producía un inmutable silencio al pronunciar el listado de nombres. Seguidamente comenzaban los lloros, en el momento en que el vigilante alemán amenaza Aquellas personas estaban convencidas de que serían sus últimos momentos de vida:

-         Merian Benarroch Teoclen, Sara Levy Benaim, Ilana Caro Cohen, Yael Franco Bengio. (Primer barracón).

-         Mimon Carasso Kohen, Adi Melul Azulay, David Guillén Agag, Moises Iglesias Rofé. (Segundo barracón).

-         Sol Benmejara, Mercedes Haim Amarillo. Mi corazón se detuvo, (Pom…Pom), tragué saliva. ¡No podía ser!, Rebecca Sarano de la Cueva y perignat, (pero nadie respondió). Repetí con fuerza, Rebecca Sarano de la Cueva y Perignat. Una voz comenzó a sonar:
 
          Arvoles lloran por lluvia
          Y montañas por aire
          Ansí lloran mis ojos
          Por ti querido amante.
          Lloro y digo qué va a ser de mí.
          En tierras ajenas me vo murir

Rebecca se presentó ante mí, me resultó imposible contenerme, la primera lágrima comenzó a caer. Estaba muy debilitada, pero conservaba los mismos ojos verdes de mi padre. Me acerqué hasta ella y le pregunté:
 
- ¿Tiene más familia aquí o amigos?
Rebecca contestó:

-         Mi ijo Rafel Sarano de la Cueva y Perignat, Yosef Sarano de la Cueva y Perigant, mi ijika Susana Sarano. Mas mi esposo murió.

De los 150 sefardíes de la lista sólo rescatamos a 95 de manera real, Yosef Sarano y Susana (mis primos hermanos, de los cuales no había sabido hasta ese momento, se encontraban dentro de la lista. No corrió la misma suerte Rafael, pues ya era demasiado tarde). El resto de personas que montamos en nuestros coches un total de 177, (no pude más por problemas de espacio), fueron personas que escogí al azahar, la mayoría de ellos niños y niñas.

Antes de subir al coche, la lluvia comenzó a caer con fuerza, pero ni los relámpagos, ni el intenso aguacero me impidieron ver a la persona que trataba de esconderse en las dependencias de le entrada. Allí se encontraba Mick, amigo y compañero desde la infancia, tanto de mi esposa Jarvia como mío. Ahora lo comprendía todo, ahora entendía el cruce de miradas entre ambos, sus constantes venidas a casa, etc. En este momento sabía por que estaba yo en aquella ciudad, y también sabía en lo que Mick se había convertido: en un asesino, en un ser sin escrúpulos.

¿Cuánto tardarían en llevarme a dar el último paseo por el campo de la muerte?, ¿quién me delataría él, o Jarvia?

                                                         

viernes, 3 de mayo de 2013

La estrella que lo cambia todo.(III)."El pasado siempre vuelve".


 
 
Sentí frío, mucho frío. Después esa frialdad se convirtió en un calor abrasador que recorrió todo mi cuerpo, de los píes a la cabeza. Comencé a notar un sudor que me debilitaba y que me convertía en un ser frágil e indefenso. A continuación mi visión se vio afectada por una densa niebla que me impedía ver con claridad. Antes de desfallecer, una especie de rayo de luz penetró en mis ojos, la negritud se apoderó de mí.

Tan sólo escuchaba el sonido de mi corazón: “pom…pom”, “pooom…poom”.

Un nuevo brillo iluminó mi retina, comienzan las imágenes:

-   Los píes descalzos de un niño por una calle empedrada. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Unos labios gruesos pintados de carmín rojo. La mujer sonríe, ¡es mi madre! (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Un libro. Las tapas gastadas son de cuero marrón. Puedo leer el título de su portada: A las Eskondidas, José de Perignat Caro. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   El rostro de mi madre vuelve, me habla: “lo ke dize no es ni verdad ni realidad”. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Me veo en mi colegio, las paredes son blancas. La profesora me pregunta. Yo le respondo: “la nona, el nono, mizmo la vizina de ariva ke ya saviya ke va vinir doktor, vinian a kaza”. Todos los niños de clase se ríen. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   La profesora habla con papá y con mamá. Luego estamos en casa. Papá discute con mamá. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Ya vivimos en otro sitio. Estoy en otro colegio. Veo a Jarvia. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Un campo de girasoles. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Mi esposa Jarvia y yo en el campo de girasoles. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   La barriga de Jarvia. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   La guerra, los cuerpos en el suelo. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   El tiro que me alcanza, una cama. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Los ojos afilados de Jarvia. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Mi pasaporte. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Los ojos de un oficial alemán. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   La estrella de David. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

Me despierto, estoy en la parte trasera del coche, tumbado. Las puertas del automóvil se encuentran abiertas. Comienzo a identificar sonidos:

-   ¿Te encuentras mejor? (pregunta Jarvia).

Voy recuperando poco a poco la consciencia. Me incorporo. Me apoyo en el portero del edificio de mi nuevo hogar. El viento sopla con fuerza. No ha sido un sueño, me encuentro en Stuttgart.

Aquella noche apenas existe comunicación entre mi mujer y yo. Poco parecía importarle tenerme en casa después de haber estado desaparecido durante años a consecuencia de la Guerra Civil.

Mi memoria iba recuperando con lentitud mi pasado, y sobre todo iba poniendo en orden mis sentimientos. Sólo sabía una cosa, amaba con toda mi alma a Jarvia, aún teniendo en cuenta la existencia de algo que “se me escapaba”, motivo por el cual nos encontrábamos más separados que nunca.

Todo había sido muy repentino, no podía asimilar tantos cambios. Pero había algo que me inquietaba, ¿cuál era el motivo por el que mi mujer eludía cualquier tipo de roce conmigo? Ni siquiera mi desvanecimiento le había llevado a preocuparse por mi estado de salud una vez que llegamos hasta la planta de arriba.

Por un momento olvidé todos esos pensamientos negativos, y me inundó la nostalgia. Sentía la necesidad de cobijar a todos los recuerdos que estaban presentes en mi inconsciente, y que por alguna razón habían quedado en el olvido durante tantos años. Ahora sí que me acordaba de todo.

Durante mi infancia, mi madre, que provenía de una rica familia de la aristocracia andaluza, de ascendencia sefardí, había tratado por todos los medios de educarnos bajo el legado familiar que había permanecido inmutable durante siglos. Mamá hablaba judeoespañol, o lo que otros llamaban ladino. Su afán porque la lengua de nuestros ancestros no se perdiera, le había llevado a hablarme en aquel idioma medieval desde bebé.

El judeoespañol fue mi lengua materna, hasta los cinco años. Esto no fue impedimento para poder comunicarme con el resto sin problema, hasta aquel día en el que mi profesora habló con mis padres, momento en el que todo cambió.

Desconozco el motivo por el cual nos cambiamos de residencia, ni tampoco sé porqué nunca jamás volvió a hablarse el judeoespañol en casa. Lo que nunca, ni la profesora, ni papá, ni nadie, pudo evitar es que en mi mente quedaran grabadas todas las cantigas en ladino que me cantaba mamá, sus cuentos…

Cuando llegué a mi nuevo colegio, coincidente con el traslado de trabajo de papá, todo resultó distinto. La férrea disciplina alemana fue dura, pero mi encuentro allí con Jarvia supuso el empuje que necesitaba. Nunca olvidaré una de nuestras primeras conversaciones:

-   Tienes un acento raro, me gusta porque eres diferente.

Jarvia siempre me dijo que no había nada más romántico que oír hablar de una lengua que no se había modificado en absoluto con el paso de lo siglos. ¿Existía un amor más grande que ese?, o cuando me pedía que la recitase alguna de las canciones que entonaba mi madre cuando era niño, le emocionaba especialmente la de Adió Kerida:

Adió,
Adió kerida
No quero la vida,
Me l´amargates tu…

El sueño empezó a apoderarse de mí. Los ojos acusadores de mi mujer, que horas antes me habían “amenazado” ante las autoridades alemanas, volvían a amedrentarme, en esta ocasión en mis sueños, pero la voz dulce y aterciopelada de mi madre comenzó a colarse entre mis oídos, como si quisiera apaciguar las aguas. La melodía continuó, y se hizo cada vez más sonora:

    No quero la vida,
    Me l´amargates tu,
    Me l´amargates tu…

Los rayos del sol me desvelaron del sueño. Me había quedado dormido en la mesa de madera del salón. Al levantar la mirada me sobresalté al ver a escasos metros a Jarvia, sus ojos al dirigirse a los míos, sólo me trasmitían algo oscuro y siniestro.

Esa mañana no desayuné, me di una ducha rápida y corrí a toda prisa hacia la embajada, Jarvia tenía que acompañarme para inscribirse a ella misma y a nuestro hijo como ciudadanos españoles.

Al pasar por la plaza del mercado, un grupo de señores se arremolinaban en corro. Comenzaron a escucharse gritos, Jarvia se quedó al otro lado de la calle, mientras yo cruzaba con decisión a observar lo que allí acontecía. Nada más abrirme paso entre la multitud, pude ver como una persona de avanzada edad caía bruscamente al suelo, tras recibir una patada en la espalda que sonó en seco, como si hubieran partido multitud de huesos en su interior. Corrí hasta él, para socorrerlo, y traté de incorporarle dándole apoyo en mi hombro. Pero antes de que eso sucediese, un enorme brazalete en su brazo derecho llamó poderosamente mi atención: la estrella de David.

Al levantar la mirada, una cantidad ingente de personas me admiraban, atónitos por lo que acabar de hacer. No hubo tiempo de reacción. Seguidamente uno de los hombres que se encontraba allí, me escupió en la cara y gritó:

-  ¡Sucio judío!

 Comenzaron a zarandearme, y una vez más sus ojos quisieron reencontrarse con los míos: el mismo vacío y el mismo odio. Jarvia desapareció en la lejanía, dejando atrás a su marido, como si con ella no fuera la cosa, como si verdaderamente estuvieran dándome mi merecido.

Caí al suelo, y traté de proteger con mis brazos a aquel hombre que yacía en el suelo, ya no sabía si estaba muerto o vivo. Tan sólo sabía que había algo que nos unía, una estrella, aquella estrella que lo cambiaba todo.