Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 10 de mayo de 2013

Un paseo por el campo de la muerte.(IV)."El pasado siempre vuelve".



Una densa niebla envolvía la ventana de la habitación. Mis ojos tan sólo identificaban el color gris, un gris con ciertas tonalidades oscuras que me producían una extraña sensación, una combinación entre ansiedad e inquietud. No sabía qué había pasado ni dónde estaba.

Traté de incorporarme, y un fuerte dolor en la parte derecha de mis costillas me recordó lo sucedido, había perdido el conocimiento tras haber sido golpeado al intentar ayudar a un anciano judío. Al instante recuperé la lucidez, estaba en la habitación anexa al dormitorio que compartía con mi esposa Jarvia, hasta días atrás, en nuestro nuevo piso de la ciudad alemana de Stuttgart.

No me pregunten la razón, ni yo mismo lo sé, pero jamás intercambié palabra con mi mujer de lo sucedido. Esa fue la razón por la que nunca supe ni cómo llegué hasta allí, ni quién me trajo. Simplemente estaba agradecido de estar vivo. Hay ocasiones en que ese es el único consuelo, continuar con vida.

La relación con mi esposa y mi hijo se hacía cada vez más compleja, no había hecho falta hablar del asunto, ellos habían decidido que yo estaba en el “bando contrario”. Ni siquiera fue necesario decir nada, me habían asignado un nuevo dormitorio, Jarvia no quería compartir el mismo lecho, e incluso me prohibieron entrar en su mismo baño.

No se lo pregunten, no es necesario. Sí, si tenía dignidad, pero estaba adormecido, esa anestesia que sólo produce el inmenso amor que se tiene por la familia: por mi mujer y por mi hijo, sangre de mi sangre.

La Alemania nazi aseguraba que los judíos eran una amenaza para la humanidad, pero…¿qué era ser judío?, ¿acaso era una raza tal y como ellos trataban de constatar? Yo era católico, católico apostólico romano para más INRI, pero eso no era suficiente para esos monstruos. Ser judío era una cuestión “de sangre”, y al parecer, mi linaje estaba plenamente infectado. ¿Cuánto tardarían en descubrir mi secreto?, ¿era mi Dios el que me había llevado a morir lejos de mi amada Sefarad? Decidí pertenecer al lado de los “perdedores”, al de los que les volvían la espalda, al de los que les escupían. Podría haberlo hecho perfectamente, yo era español, la cosa no iba conmigo, pero no… algo me había llevado hasta allí, y mi corazón me pedía que tenía, o mejor dicho, que debía de hacer algo por intentar ayudar a toda esa gente abandonada por el mundo, daba igual que hubieran pasado muchos siglos desde nuestra nueva situación, sí, yo era sefardí.

Al llegar al consulado me topé con su máxima autoridad, el Cónsul, Martín Bolderín de la Sierra:
 
-         Kenneth, tenemos que volver a España, el gobierno nos ha hecho llegar una carta de urgencia. Aquí no estamos seguros, la situación es insostenible y de extrema gravedad.Sin pensarlo, le contesté:

-         Yo me quedo.

Martín puso su mano sobre mi hombro y contestó:

-         Kenneth, acabarán matándote.

Nos fundimos en un fuerte abrazo, ambos lloramos. Ya no quedaba ningún miembro español en el edificio, Bolderín me entregó las llaves del inmueble, no sin antes de desearme suerte:

-         Que Dios te bendiga, eres un buen hombre. Puedo imaginar lo que pretendes hacer, ojalá tuviera el mismo valor, pero yo ya soy demasiado mayor.

No habían pasado ni cinco minutos, y ya me encontraba sumergido en el archivo del consulado en busca de algún documento que pudiera informarme de la constancia de sefardíes en la ciudad. Después de más de cinco horas ininterrumpidas sin éxito, me propuse buscar la carta en la que se expresaba el deseo de abandonar la ciudad por orden del régimen de Franco. Fue en ese momento cuando un paquete aún sin abrir llamó mi atención. Llevaba semanas esperando noticias de mi amigo Ángel Sanz-Briz.

 
Querido Kenneth:

Me encuentro con enormes dificultades para exponerte por este medio toda la información que me demandas. Te ruego que me llames lo antes posible al número de teléfono que te pongo a continuación. Si las líneas telefónicas fallaran o ya se hubieran cortado, sólo puedo decirte que sí, nuestros peores augurios se están cumpliendo. Franco nos ha pedido que volvamos a España, yo he decido quedarme unas semanas más pese a las recomendaciones, he de solucionar unos asuntos.

Tu siempre amigo.

Ángel Sanz-Briz.
 
Mi corazón se encontraba enormemente exaltado, descolgué el teléfono, aún daba línea y marqué a prisa. A través del auricular escuché el primer tono de llamada, el segundo, el tercero y el cuarto:

-         Embajada española en Budapest, ¿diga?

Quisiera hablar con Don Ángel Sanz-Briz por favor (le respondí).

- Al aparato, ¿quién le demanda?  (me contestó)

Con la voz entrecortada expuse:

-         Ángel, amigo, soy Kenneth, ¿qué está pasando? No puedo creer que sea cierto lo que me expones en tus líneas, verdaderamente… ¿los masacran en masa?

El sonido se fue por un momento, pero a los segundos volvió:
 
-         No puedo contarte, ni siquiera por aquí es seguro. Escucha con atención, se está cometiendo un terrible error con algunos ciudadanos españoles, las autoridades nazis los ha confundido con judíos, pero no… son ES-PA-ÑO-LES, ¿entiendes Kenneth?

-         Sí…si (le expuse).

Ángel continuó:

-         Existe un  Real Decreto en el cual se expone claramente que los sefardíes son españoles. Dicho Decreto elaborado en 1924 por Primo de Rivera sigue Vigente (grita con ímpetu), ¿lo has comprendido Kenneth? Es importante que entiendas lo que quiero decirte, si tienes algún problema tienes que ser firme. Algunos de nuestros compañeros están expidiendo estos salvoconductos en otros países con éxito, y es muy importante que lo hagas lo antes posibles, antes de que sea demasiado tarde. He tratado de localizar el listado de sefardíes en Stuttgart, me ha costado mucho, tan sólo hay constancia de 150, pero, ¿tú conoces más, verdad?, ¿lo entiendes Kenneth?
-         Por supuesto (le contesté).

Ángel prosiguió:

-         ¿Has visto la gran biblia que os he enviado?, ¡rompe las gruesas tapas de cuero del final, están cosidas! Ahí encontrarás el listado de los ciudadanos españoles. Antes de despedirme sólo puedo desearte suerte. ¡Ten mucho cuidado Kenneth! Una última cosa, al sacar a los españoles, tienes que buscar alguna colonia donde siempre esté presente la bandera española, para que no tengan dudas de que ellos están bajo nuestra protección. Es muy importante que lo comprendas todo. ¡Nos vemos en España!, ¡adiós!

Encontré la llave de la caja fuerte dentro del llavero que horas antes me había dado Martín, quedaba suficiente dinero para realizar algunas gestiones. Entre otras, tenía que encontrar el medio para trasladar a todas aquellas personas. A la mañana siguiente conseguí alquilar dos edificios de dos plantas, que se encontraban juntos, a las afueras de la ciudad. Se encontraban muy deteriorados, de ahí su ridículo precio, pero al menos tendrían un cobijo seguro. A continuación fui a una tienda textil, en la cual encargué 6 gigantescas banderas con los colores españoles, para que cubrieran las fachadas delanteras y traseras. Me prometieron que en un plazo máximo de tres días las tendrían

Por último, a las 16:00h, conseguí alquilar 25 camionetas, y antes de emprender el viaje hasta los campos de trabajo donde permanecían retenidos los sefardíes que me disponía a rescatar, me di una vuelta por el mercado, y contraté a 25 hombres para que me sirvieran como conductores de las camionetas que estaba a punto de recoger. Cual fue mi sorpresa al descubrir allí a un joven gallego que vivía en la miseria, al cual le había sorprendido la guerra en esa ciudad.

Estaba solo, me arriesgué, pero necesitaba la ayuda de un compatriota más que nunca. Le conté mi plan y me prometió lealtad a cambio de darle un lugar donde dormir y comida.

A continuación llevamos a los 24 hombres restantes hasta la Casa española, les vestimos con los trajes oficiales del consulado, y nos dirigimos hasta los campos de trabajo, que se encontraba a unos 7 kilómetros del centro. Alberto, el gallego, que vestía al igual que yo, la indumentaria de máximos honores militares, se comprometió a llevarme en uno de los coches oficiales que permanecían presentes en el consulado y a acompañarme hasta las oficinas centrales del campo.

Al llegar al campo de trabajo, tres oficiales alemanes nos recibieron amablemente. Nosotros les respondimos a su saludo:
 
-         Heil Hilter!

Posteriormente les conté el motivo de mi visita, y me condujeron hasta las dependencias del director del campo.

El alemán miro y remiró desconcertado el documento en el que se explicaba lo sucedido. Después de unos minutos expuso:

-         Llévenlos hasta los barracones correspondientes, ¡España es amiga!

Durante horas un trabajador del área nos dirigió por el sinfín de barracones que componían esa pequeña ciudad. Trataba de mantener firme, asemejarme a su actitud, inmóvil, carente de toda sensibilidad, pero era imposible no mirar al suelo: apilado de miseria, ratas, personas desnutridas, (algunas de ellas no se sabía si vivas o muertas). Pero el horror llegó ante mis ojos cuando vislumbré cientos de cuerpos apilados en masa, cuerpos compuestos sólo por huesos. El olor era tan fuerte que Alberto, el gallego, tuvo que parar variar veces a vomitar. No era cierto lo que decían, era muchísimo peor, estaba a punto de comenzar un paseo por el campo de la muerte.

Nos encontramos con grandes problemas para localizar a algunas de las personas presentes en la lista, muchas de ellos se encontraban supuestamente en paradero desconocido según las autoridades del campo. Al inicio de entrar en los barracones se solía perder mucho tiempo, se producía un inmutable silencio al pronunciar el listado de nombres. Seguidamente comenzaban los lloros, en el momento en que el vigilante alemán amenaza Aquellas personas estaban convencidas de que serían sus últimos momentos de vida:

-         Merian Benarroch Teoclen, Sara Levy Benaim, Ilana Caro Cohen, Yael Franco Bengio. (Primer barracón).

-         Mimon Carasso Kohen, Adi Melul Azulay, David Guillén Agag, Moises Iglesias Rofé. (Segundo barracón).

-         Sol Benmejara, Mercedes Haim Amarillo. Mi corazón se detuvo, (Pom…Pom), tragué saliva. ¡No podía ser!, Rebecca Sarano de la Cueva y perignat, (pero nadie respondió). Repetí con fuerza, Rebecca Sarano de la Cueva y Perignat. Una voz comenzó a sonar:
 
          Arvoles lloran por lluvia
          Y montañas por aire
          Ansí lloran mis ojos
          Por ti querido amante.
          Lloro y digo qué va a ser de mí.
          En tierras ajenas me vo murir

Rebecca se presentó ante mí, me resultó imposible contenerme, la primera lágrima comenzó a caer. Estaba muy debilitada, pero conservaba los mismos ojos verdes de mi padre. Me acerqué hasta ella y le pregunté:
 
- ¿Tiene más familia aquí o amigos?
Rebecca contestó:

-         Mi ijo Rafel Sarano de la Cueva y Perignat, Yosef Sarano de la Cueva y Perigant, mi ijika Susana Sarano. Mas mi esposo murió.

De los 150 sefardíes de la lista sólo rescatamos a 95 de manera real, Yosef Sarano y Susana (mis primos hermanos, de los cuales no había sabido hasta ese momento, se encontraban dentro de la lista. No corrió la misma suerte Rafael, pues ya era demasiado tarde). El resto de personas que montamos en nuestros coches un total de 177, (no pude más por problemas de espacio), fueron personas que escogí al azahar, la mayoría de ellos niños y niñas.

Antes de subir al coche, la lluvia comenzó a caer con fuerza, pero ni los relámpagos, ni el intenso aguacero me impidieron ver a la persona que trataba de esconderse en las dependencias de le entrada. Allí se encontraba Mick, amigo y compañero desde la infancia, tanto de mi esposa Jarvia como mío. Ahora lo comprendía todo, ahora entendía el cruce de miradas entre ambos, sus constantes venidas a casa, etc. En este momento sabía por que estaba yo en aquella ciudad, y también sabía en lo que Mick se había convertido: en un asesino, en un ser sin escrúpulos.

¿Cuánto tardarían en llevarme a dar el último paseo por el campo de la muerte?, ¿quién me delataría él, o Jarvia?

                                                         

viernes, 3 de mayo de 2013

La estrella que lo cambia todo.(III)."El pasado siempre vuelve".


 
 
Sentí frío, mucho frío. Después esa frialdad se convirtió en un calor abrasador que recorrió todo mi cuerpo, de los píes a la cabeza. Comencé a notar un sudor que me debilitaba y que me convertía en un ser frágil e indefenso. A continuación mi visión se vio afectada por una densa niebla que me impedía ver con claridad. Antes de desfallecer, una especie de rayo de luz penetró en mis ojos, la negritud se apoderó de mí.

Tan sólo escuchaba el sonido de mi corazón: “pom…pom”, “pooom…poom”.

Un nuevo brillo iluminó mi retina, comienzan las imágenes:

-   Los píes descalzos de un niño por una calle empedrada. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Unos labios gruesos pintados de carmín rojo. La mujer sonríe, ¡es mi madre! (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Un libro. Las tapas gastadas son de cuero marrón. Puedo leer el título de su portada: A las Eskondidas, José de Perignat Caro. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   El rostro de mi madre vuelve, me habla: “lo ke dize no es ni verdad ni realidad”. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Me veo en mi colegio, las paredes son blancas. La profesora me pregunta. Yo le respondo: “la nona, el nono, mizmo la vizina de ariva ke ya saviya ke va vinir doktor, vinian a kaza”. Todos los niños de clase se ríen. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   La profesora habla con papá y con mamá. Luego estamos en casa. Papá discute con mamá. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Ya vivimos en otro sitio. Estoy en otro colegio. Veo a Jarvia. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Un campo de girasoles. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Mi esposa Jarvia y yo en el campo de girasoles. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   La barriga de Jarvia. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   La guerra, los cuerpos en el suelo. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   El tiro que me alcanza, una cama. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Los ojos afilados de Jarvia. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Mi pasaporte. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   Los ojos de un oficial alemán. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

-   La estrella de David. (La luz vuelve y la imagen desaparece).

Me despierto, estoy en la parte trasera del coche, tumbado. Las puertas del automóvil se encuentran abiertas. Comienzo a identificar sonidos:

-   ¿Te encuentras mejor? (pregunta Jarvia).

Voy recuperando poco a poco la consciencia. Me incorporo. Me apoyo en el portero del edificio de mi nuevo hogar. El viento sopla con fuerza. No ha sido un sueño, me encuentro en Stuttgart.

Aquella noche apenas existe comunicación entre mi mujer y yo. Poco parecía importarle tenerme en casa después de haber estado desaparecido durante años a consecuencia de la Guerra Civil.

Mi memoria iba recuperando con lentitud mi pasado, y sobre todo iba poniendo en orden mis sentimientos. Sólo sabía una cosa, amaba con toda mi alma a Jarvia, aún teniendo en cuenta la existencia de algo que “se me escapaba”, motivo por el cual nos encontrábamos más separados que nunca.

Todo había sido muy repentino, no podía asimilar tantos cambios. Pero había algo que me inquietaba, ¿cuál era el motivo por el que mi mujer eludía cualquier tipo de roce conmigo? Ni siquiera mi desvanecimiento le había llevado a preocuparse por mi estado de salud una vez que llegamos hasta la planta de arriba.

Por un momento olvidé todos esos pensamientos negativos, y me inundó la nostalgia. Sentía la necesidad de cobijar a todos los recuerdos que estaban presentes en mi inconsciente, y que por alguna razón habían quedado en el olvido durante tantos años. Ahora sí que me acordaba de todo.

Durante mi infancia, mi madre, que provenía de una rica familia de la aristocracia andaluza, de ascendencia sefardí, había tratado por todos los medios de educarnos bajo el legado familiar que había permanecido inmutable durante siglos. Mamá hablaba judeoespañol, o lo que otros llamaban ladino. Su afán porque la lengua de nuestros ancestros no se perdiera, le había llevado a hablarme en aquel idioma medieval desde bebé.

El judeoespañol fue mi lengua materna, hasta los cinco años. Esto no fue impedimento para poder comunicarme con el resto sin problema, hasta aquel día en el que mi profesora habló con mis padres, momento en el que todo cambió.

Desconozco el motivo por el cual nos cambiamos de residencia, ni tampoco sé porqué nunca jamás volvió a hablarse el judeoespañol en casa. Lo que nunca, ni la profesora, ni papá, ni nadie, pudo evitar es que en mi mente quedaran grabadas todas las cantigas en ladino que me cantaba mamá, sus cuentos…

Cuando llegué a mi nuevo colegio, coincidente con el traslado de trabajo de papá, todo resultó distinto. La férrea disciplina alemana fue dura, pero mi encuentro allí con Jarvia supuso el empuje que necesitaba. Nunca olvidaré una de nuestras primeras conversaciones:

-   Tienes un acento raro, me gusta porque eres diferente.

Jarvia siempre me dijo que no había nada más romántico que oír hablar de una lengua que no se había modificado en absoluto con el paso de lo siglos. ¿Existía un amor más grande que ese?, o cuando me pedía que la recitase alguna de las canciones que entonaba mi madre cuando era niño, le emocionaba especialmente la de Adió Kerida:

Adió,
Adió kerida
No quero la vida,
Me l´amargates tu…

El sueño empezó a apoderarse de mí. Los ojos acusadores de mi mujer, que horas antes me habían “amenazado” ante las autoridades alemanas, volvían a amedrentarme, en esta ocasión en mis sueños, pero la voz dulce y aterciopelada de mi madre comenzó a colarse entre mis oídos, como si quisiera apaciguar las aguas. La melodía continuó, y se hizo cada vez más sonora:

    No quero la vida,
    Me l´amargates tu,
    Me l´amargates tu…

Los rayos del sol me desvelaron del sueño. Me había quedado dormido en la mesa de madera del salón. Al levantar la mirada me sobresalté al ver a escasos metros a Jarvia, sus ojos al dirigirse a los míos, sólo me trasmitían algo oscuro y siniestro.

Esa mañana no desayuné, me di una ducha rápida y corrí a toda prisa hacia la embajada, Jarvia tenía que acompañarme para inscribirse a ella misma y a nuestro hijo como ciudadanos españoles.

Al pasar por la plaza del mercado, un grupo de señores se arremolinaban en corro. Comenzaron a escucharse gritos, Jarvia se quedó al otro lado de la calle, mientras yo cruzaba con decisión a observar lo que allí acontecía. Nada más abrirme paso entre la multitud, pude ver como una persona de avanzada edad caía bruscamente al suelo, tras recibir una patada en la espalda que sonó en seco, como si hubieran partido multitud de huesos en su interior. Corrí hasta él, para socorrerlo, y traté de incorporarle dándole apoyo en mi hombro. Pero antes de que eso sucediese, un enorme brazalete en su brazo derecho llamó poderosamente mi atención: la estrella de David.

Al levantar la mirada, una cantidad ingente de personas me admiraban, atónitos por lo que acabar de hacer. No hubo tiempo de reacción. Seguidamente uno de los hombres que se encontraba allí, me escupió en la cara y gritó:

-  ¡Sucio judío!

 Comenzaron a zarandearme, y una vez más sus ojos quisieron reencontrarse con los míos: el mismo vacío y el mismo odio. Jarvia desapareció en la lejanía, dejando atrás a su marido, como si con ella no fuera la cosa, como si verdaderamente estuvieran dándome mi merecido.

Caí al suelo, y traté de proteger con mis brazos a aquel hombre que yacía en el suelo, ya no sabía si estaba muerto o vivo. Tan sólo sabía que había algo que nos unía, una estrella, aquella estrella que lo cambiaba todo.

 

viernes, 26 de abril de 2013

Las ciudades donde los bosques son negros.(II)."El pasado siempre vuelve".


Permanecí durante cinco años alejado de todos mis recuerdos. Tras el disparo, mi mente se había sumergido en un pozo sin fondo donde no había lugar para el pasado. Tan sólo para la esperanza de poder engancharme a la vida, sobre todos en los primeros meses en los que las personas que me protegieron y me cuidaroneran bastante pesimistas con mi salud.

Cuanto más quería recordar, más perdido me sentía. Me resultaba imposible, ni siquiera conocía mi nombre. Me encontraron sin documentos y sin ninguna seña con la que pudiera ser identificado. Acudí en varias ocasiones a la ciudad más cercana, pero el caos de la guerra seguía muy presente. Apenas había censos, y aún se estaba reorganizando la vida    e instaurando el nuevo régimen. Me pedían paciencia:

-        En algún momento alguien te reclamará, pero por el momento no podemos ayudarte.

Y así fueron pasando los años, hasta un total de cinco. Mi vida durante todo ese tiempo tampoco es que fuera idílica. Nunca tuve a una persona junto a mi cama esperando a que despertara, tal y como sucedía en muchas de las historias de guerra, ¿pero qué más podía esperar? En parte habían arriesgado su vida al llevarme hasta su casa, y encima me habían dado la oportunidad de quedarme en su hogar, a cambio de trabajar de jornalero en sus tierras. Francisco, el hombre de la casa, ya era mayor, y apenas tenía fuerzas para hacerse cargo de ellas. Su mujer Luisa, al parecer tenía problemas de fertilidad, y no le pudo dar nunca los hijos que tanto deseaban. Por ello, me acogieron como a un hijo.


Cuando prácticamente me había hecho a la idea de que nunca mas podría retomar mis orígenes, sucedió el milagro. Una de las mañanas en las que me encontraba arando, un coche se paró ante mí:

-        Señor, ¿cuál es el camino que lleva hasta la vía central con destino a Madrid?

 Los ojos de aquel hombre se quedaron paralizados ante los míos:

-        ¿Kenneth?, ¿eres tú?, ¡oh Dios mío!

Y como si mi memoria se tratara de una puerta con llave, las palabras de ese hombre, uno de mis antiguos compañeros de la unidad de mando donde serví durante la Guerra Civil, consiguieron que recuperara casi al instante parte del pasado que no podía descifrar. Un sinfín de imágenes vinieron a mi mente: el colegio, mis padres, mi mujer, el pueblo, los paseos por el campo de girasoles…

Dos días más tarde, las autoridades correspondientes me llevaron con todo tipo de comodidades, y con honores de héroe de guerra, hasta el pueblo, donde me recibieron de manera gloriosa. Me resultaba todo tremendamente extraño, no podía dar crédito, decenas de personas se agolpaban en la calle para darme la bienvenida. El coche al fin se detuvo frente a mi casa, la silueta de Jarvia, mi esposa, se adivinaba entre los visillos. Durante unos segundos permaneció desde la distancia, mirándome como si fuera un desconocido. Seguidamente se abalanzó a mis brazos, mientras los ciudadanos allí presentes aplaudían al son de la música.

Esa noche, Jarvia se posicionó al otro extremo de la cama, sentía como si me quisiera rehuir, o le molestase mi presencia. Recuerdo que no pude pegar ojo. Ella por el contrario se durmió en cuestión de segundos, como si de esa forma pudiera olvidarse de que yo estaba ahí.

Y así, día tras día, Jarvia se alejaba de mis besos, y evitaba cualquier tipo de roce. Siempre conseguía mantenerse ocupada o encontraba cualquier excusa para que nos mantuviéramos alejados. ¿Qué había sucedido con la mujer que había conocido años atrás?, aquella que me anhelaba y que sólo con mirarla podía adivinar todos sus pensamientos. Parecía una mujer distinta, fría y sobre todo manipuladora. Conseguía hacerme creer que yo era el culpable de todas las desdichas, y lo peor de todo, conseguía mantenerme alejado de mi hijo, del pequeño del que me habían mantenido separado durante tantos años.

Pero una inesperada carta pareció cambiar el rumbo de nuestras vidas. El consulado español en Stuttgart, una ciudad alemana a más de 630 kilómetros de Berlín, me ofrecía la posibilidad de trabajar allí tras la baja de algunos de sus trabajadores, por el peligro de la guerra alemana. La actitud de mi mujer, casi de manera sobrenatural cambió, y me pidió de manera constante que nos trasladásemos hasta allí. Decía que quería volver precisamente hasta la ciudad donde había nacido, estar cerca de su madre, y recuperar la calma que necesitaba.  Al fin y al cabo no era una ciudad desconocida, ya que allí había pasado largas temporadas con Jarvia, y contábamos con grandes amistades, que seguro que nos ayudarían a integrarnos en la vida social de la ciudad.

Pero un país en guerra no me parecía el lugar más adecuado. El asunto es que creía que estaba en deuda con ella, hacía unos años le había tenido que dejar por culpa de la guerra, y ahora otra guerra parecía volver a separarnos, por ello acepté, tan solo deseaba que todo volviese a ser igual.

El 3 de mayo de 1942 llegábamos hasta nuestro nuevo hogar, la madre de Jarvia, Wilma, y algunos de sus parientes, vinieron a nuestro encuentro. Permanecíamos a escasos metros de ellos, esperando a entregar nuestros pasaportes. Jarvia y el pequeño pasaron el control con gran rapidez, pero al entregar mi pasaporte, un grupo de personalidades alemanas comenzaron a agolparse ante la mesa:

-        ¿Sucede algo caballero? - le pregunté.

El alemán, de aspecto rudo, mantenía mi pasaporte en sus manos, mientras comprobaba interminables folios de color amarillo. Después de veinte minutos, cuando mi mujer volvió junto a mí para comprobar qué sucedía, un oficial alemán venido desde unas oficinas próximas me invitó a acompañarle. Una vez sentados allí, el oficial pronunció aquella frase:

-        ¿Es usted judío?

Los ojos de Jarvia me penetraron de tal forma que parecían cuchillos afilados. Con seguridad le respondí:

-        No, caballero, yo soy ciudadano español, y vengo a servir al pueblo alemán desde la embajada de España.

El alemán no pareció darse por vencido:

-        ¿Tiene usted parientes judíos aquí?

Le respondí:

-        Toda mi familia es española, no tenemos parientes judíos.

El oficial comenzó a fumarse un puro, mientras mantenía un listado:

-        Hay constancia de judíos con sus mismos apellidos, señor de la Cueva.

El teléfono de la salita comenzó a sonar, tras una breve conversación, el alemán abrió la puerta y me dijo:

-        Puede retirarse, se ha debido de tratar de un error. Disfrute de la ciudad, pero tenga cuidado, esto no es España.


Tras la salida de aquel lugar el silencio fue absoluto, mire por la ventanilla del coche y adiviné en la lejanía la ciudad. El corazón me dio un vuelco tras comprobar que en Stuttgart los bosques no eran verdes, eran negros.

viernes, 19 de abril de 2013

Quien se pierde en la guerra.(I).El pasado siempre vuelve


Nos tumbamos en el campo de girasoles, a las fueras del municipio, nuestros brazos podían rozarse. Miré hacia arriba y el universo parecía amarillo en su totalidad. Pensé en lo idílico de la situación, al fin el mundo era de mi color preferido, pero el viento abrasante impactó en nuestros rostros, y fui consciente de la situación. No hacia falta que él me dijese nada, sabía que la guerra se lo llevaba.

Permanecimos callados durante intensos y pesados minutos, aquellos incómodos momentos en los que uno no sabe que decir.
Kenneth me sonrió, apenas podía verlo, el sol se había posicionado frente a sus facciones, pero adivinaba su semblante y su boca resplandeciente.

No podía parar de darle vueltas, ahora que nos habíamos prometido, me lo querían arrebatar. ¿Por qué se tenía que ir?,¿por qué no podríamos escapar?
Nos conocimos en el colegio alemán cuando apenas teníamos ocho años, y nunca nos habíamos separado. Hacía cuatros años que a mi padre, un afamado oficial alemán, le habían trasladado como cónsul hasta la ciudad de Madrid. Allí descubrimos que no sólo nuestros padres eran militares, sino que residíamos en el mismo pueblo cercano a la capital. Recuerdo con precisión el día en el que se me acercó por primera vezen el patio de la escuela. Estaba llorando, porque mi padre había muerto de un ataque al corazón el día anterior. Kenneth me preguntó cuál era el motivo de mis lágrimas. Al conocer el motivo, me respondió:

-          No estés triste porque sino yo también lo estaré. Si te casas conmigo, te llevaré en mi caballo blanco a mi castillo. Está muy lejos, pero allí seremos muy felices y nunca más volverás a llorar.

¿Dónde habían quedado esos sueños?, ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no escapar juntos a sus castillo?, ¿por qué no huir a un lugar muy muy lejano donde nadie pudiera enturbiar nuestro futuro?


Kenneth puso su mano en mi vientre y me dijo:

-          Voy a volver por dos motivos. El primero, porque un día te prometí que te llevaría en mi caballo blanco hasta mi castillo donde seríamos felices. Y en segundo lugar porque mi hijo tiene que poner cara a su padre.

Nunca pretendí ponérselo más difícil, pero en ese instante mis lágrimas empezaron a aparecer. Cerré los ojos, Kenneth me besó muy despacio. Sentí como si en cada beso nuestros labios no quisieran despegarse, posiblemente porque eran conscientes de que estarían durante mucho tiempo sin reencontrarse. De repente, el frío volvió, Kenneth se despegó, cogió de nuevo su mochila, el sol empezó a ocultarsey la fría noche heló hasta lo más hondo de mi corazón.

Durante los primeros cinco meses desde su partida, recibí puntualmente y de manera semanal sus cartas. A través de ese medio, yo le informaba de como iban las cosas por aquí, y de como iba la gestación de nuestro hijo.
El 19 de abril de 1937 recibí su última carta:

Para mi Sol y mi vida:

Amor mío, nunca pensé que el hombre pudiera cometer las atrocidades que aquí estoy viendo. Mi única motivación eres tú. Sólo pienso en que volveremos a estar juntos, y que nunca más, nada ni nadie podrá separarnos.
¿Cómo va el pequeño?

Quiero que sepas que no paro de pensar en ti. Todas las noches antes de dormir releo todas tus cartas. No tienes que tener miedo, porque yo nunca faltaría a una de mis promesas, volveré. Así que por favor no quiero que pienses cosas malas.

No te preocupes, todas las noches rezo porque se acabe todo esto. Nadie se merece lo que aquí está pasando. Gracias a Dios no he tenido que matar a nadie, lo evitaré siempre que pueda.

Siempre tuyo.

Kenneth de la Cueva y Perignat


Después de esta carta no volvimos a saber de él. Dos años más tarde, cuando acabó la guerra, lo dieron por muerto. Durante todos esos años no paré de pedirle al Señor que me lo devolviera, le pedí que me lo trajera sano y salvo, pues no sabía como vivir sin él.

En numerosas ocasiones volví al campo de girasoles, repitiendo siempre la misma acción. Nada más llegar hasta el lugar de nuestra despedida gritaba:

-          ¡No puedes dejarme sola!, ¡me lo prometiste!, ¡Vuelveeee!,¡Vuelveee!

Tras mis reprimendas caía al suelo desolada y derrotada. Había ocasiones en los que no me movía durante días del lugar. Mi familia se encontraba verdaderamente preocupada, eran conscientes de que ahora tenía un hijoy tenía que ocuparme de él, pero sabían que no estaba bien mentalmente, por ello mi madre era la que se encargaba de su cuidado.

Con el paso de los años, no tuve más remedio que hacerme a la idea, de que Kenneth no volvería. Tenía que buscar un padre para mi hijo, y sobre todo tenía derecho a volver a enamorarme y ser feliz, sólo tenía 27 años.

Sin quererlo, volví a sentir el amor, aunque de manera diferente. Mick, amigo de ambosy compañero de la escuela, me apoyó de manera incondicional desde el inicio. Posiblemente a su lado, y después de tanto sufrimiento podría volver a ver la luz.

Pero algo totalmente imprevisiblevolvió a enturbiar parte del futuro que había empezado a recomponer, justo cinco años después de su partida, y tres años después de haber terminado la guerra. El 19 de abril de 1942, me encontraba hablando con Mick en la cocina,mientras lavaba los platos. Mi hermana Angela entró sobresaltada:

-         ¡Dicen que han encontrado a Kenneth!,¡acaba de entrar en el pueblo!

El plato que lavaba se partió en mis manos, una mancha de sangré comenzó a brotar en el fregadero. Inmediatamente miré a Mick. Una sola idea venía a mi cabeza. Durante años pedí a Dios para que me lo devolviese, ahora sólo deseaba una cosa, que se lo llevase, y lo volviera a perder en la guerra.

viernes, 12 de abril de 2013

Quien se esconde debajo de la cama


Miré por el agujero del cerrojo de mi habitación, era lo suficientemente grande como para comprobar si había alguien en el pasillo. “No había moros en la costa”, abrí sigilosamente la puerta blanca de madera de mi habitación con la intención de dirigirme al dormitorio de mis padres.

Hoy tenía la importante misión de conducir al Capital Buckman y a su señoría al “fuerte” del poblado.  Allí se encontrarían seguros bajo mi protección. Ninguno de los habitantes del pueblo conocía su localización, así que no tenían de qué preocuparse.

La puerta de la habitación se encontraba entreabierta. A pesar de que la luz era tenue, el halo de claridad que se colaba por uno de los huecos de las cortinas de seda granates, era suficiente para moverse sin dificultad.

Antes de iniciar la operación, volví hasta la puerta de madera de roble, nadie parecía dispuesto a enturbiar mi misión, por lo que con mucho cuidado me fui metiendo debajo del lecho de mis padres.
La cama de madera era de gran tamaño, lo suficiente como para esconder a un niño que estaba a punto de cumplir 10 años.
La altura y la perspectiva de la cama hacían inviable comprobar si había una persona debajo, a no ser que uno se agachara por completo. Por ello, era el escondite perfecto, de hecho era mi preferido, nadie podía verme.

Todos de pequeños en algún momento hemos soñado con ser invisibles, y así me sentía yo cuando me introducía bajo esa cama. Por algún motivo, a nadie se le ocurría la brillante idea de buscarme en aquel lugar. Siempre era yo el que finalmente tenía que salir, y poner fin a mi juego.

Jamás revelé a nadie cuál era mi espacio secreto, pues sabía que el día que lo diese a conocer todo podría ser bien diferente.

Pero la tarde del 12 de abril de 1996 todo cambió, y el juego de un simple niño se convirtió en algo que me marcaría para siempre.
El reloj de la alcoba dio las 20:00, justo en ese momento me disponía a salir, pero unos gritos procedentes de la entrada de la casa, me llevaron a meterme de nuevo a toda prisa, para que no pudieran verme.

Los pasos cada vez estaban más cerca y eran más pesados. Mamá no paraba de gritar:

-          ¡Nooo, no aguanto más!

Julia, la señora que nos cuidaba y ayudaba a mamá en las tareas de la casa, trataba de tranquilizarla:

-          ¡Señora tranquilícese por favor, va a asustar al bebé!

Pero mamá se encontraba fuera de sí, y no respondía, tan sólo se escuchan golpes y más golpes, y como en cada paso rompía y rompía más cosas.

Papá era un hombre muy bueno, el pobre apenas decía nada, sólo palabras tranquilizadoras que trataban de calmar a Mamá, que no parecían surtir efecto:

-          ¡Yo no puedo más!, ¡no les aguanto! ¡Eres un “pelele”!, ¡lo han conseguido!, ¡me voy!, ¡me voy…para siempre!

En ese momento mamá cerró de golpe la puerta. El gran portazo hizo que me encogiera, e involuntariamente me protegiera con mis propios brazos.
Papá trataba de convencerla para que abriese, pero sin éxito. Tan sólo rompía y rompía más cosas: el jarrón de porcelana que estaba junto al tocador, una de las puertas del armario de madera de caoba que se encontraba frente a la cama, etc.

En un momento pareció tranquilizarse, o al menos eso parecía desde el ángulo en el que observaba atónito como se pintaba los labios frente al cristal de su tocador. Sin embargo algo raro le pasaba, no parecía la misma, no parecía mi mamá. Segundos más tarde estrelló el pintalabios contra el cristal, e inmediatamente, se tiro a llorar a la cama. La fuerza con la que se tiró al colchón hizo que me golpeara fuertemente. Fue ese el momento en el que empezó de nuevo a hablar en alto:

-          ¡Yo no quería esta vida!, ¿me oyes?, ¡que se entere todo el mundo! ¿Por qué tenemos que seguir con esta farsa?, ¡tú no me quieres!, tú no me quieres, mentiroso!, (mamá comenzó a meter golpes en el colchón).

Eran tales sus gritos y sus llantos, que justo en ese preciso instante yo también comencé a llorar, pero su histeria le impedía percatarse de que su hijo mayor de 9 años se encontraba debajo de su cama. Mamá no parecía dispuesta a callarse:

-          ¿Esto era lo que querían?, ¡pues lo han conseguido!, ¡no soporto esta casa!, ¡no soporto a toda tu gente! Y nooooooo… ¡yo no quería tener hijos! ¡Me obligasteis!, ¡yo tan sólo era un niña!, ¡soy demasiado joven!, ¡nooooooo!

Estuve a punto de salir, los golpes eran tan bruscos que comenzaban a impedirme respirar, no podía aguantar, e incluso las lágrimas de mi madre eran tan abundantes que parecían calar hasta las profundidades del somier. De nuevo paró, se levantó, pareció sacar una de las maletas y empezó a meter algunos de sus enseres, no sin parar de maldecirnos a todos nosotros:

-          ¡No os quiero a ninguno!, ¡a ninguno de vosotros! ¡Ellos serán como tú…llevan tus sangre!, ¡me habéis arruinado la vida!, ¡me dais asco!

Volvió a la cama, esta vez permaneció boca arriba en la misma posición que yo. Su respiración iba al mismo tiempo que la mía, y sus llantos iban a mi mismo compás. Decía que se iba para siempre y lo peor de todo, no paraba de decir que no nos quería.

Papá volvió a hablar tras la puerta:

-          ¡No mereces estar en esta casa!, ¡vete, no te necesitamos!

Al segundo, mamá tiró hacia la puerta una de las figuras de porcelana china que se encontraba en la coqueta anexa de la cama. El cuerpo de la figurita, de considerable tamaño, rebotó y llegó hasta el interior de la cama, a escasos metros de donde yo me encontraba. De repente se agachó, mi corazón comenzó a palpitar con más y más fuerza, estaba convencido de que me descubriría.

La puerta volvió a sonar, mamá retrocedió, y seguidamente metió una patada al cuerpo de la figura, que impactó en mi frente. Mamá profirió en el mismo instante, el mismo grito que yo. Lo mismo sucedió en la moqueta azul del cuarto, se llenó de sangré por dos lados, procedente de su herida del pié derecho, y de la brecha que acababa de ocasionar en mi frente.

Antes de abrir la puerta, mamá se miró en los restos del espejo de su tocador, parecía mucho más serena. Después abrió la puerta, miró de nuevo atrás, su mirada se detuvo en el tocador, retrocedió, y al llegar hasta el retrato de  nosotros, lo tiró por la ventana.

Poco a poco fui escuchando como sus tacones se despedían de cada palmo de la casa, interrumpidos por su último golpe final.

Tras el ruido de la puerta de entrada, y aún con el sobresalto, salí de debajo de la cama y me encontré frente a frente con Julia y mi padre. Papá se calló de rodillas, y él, que hasta el momento no había echado ni una lágrima, comenzó a sollozar mientras trataba de proteger mi frente.

Nuestros ojos se encontraron, y yo tan sólo podía llorar y negarle con la cabeza.

Jamás volvimos a saber de ella, nunca más volvió, tal y como anunció.

Nunca podré olvidar sus últimos pasos por el parqué, y sobre todo, como antes de marcharse rompió en mil pedazos nuestro retrato, y en definitiva, una parte de mi vida. Al igual que rompió mi frente, que me recuerda cada día el momento en que inocentemente me metí debajo de su cama, y presencié algo que jamás debió de contemplar un niño.

viernes, 5 de abril de 2013

Oro (olvidada)


Hubo un tiempo en el que todos éramos felices. No pocas veces escuché a mis abuelos decir: ¿os acordáis de aquellos años en los que no teníamos televisión, no traían los juguetes que nosotros pedíamos, o incluso a duras penas nuestros padres tenían para darnos de comer?

Corrían tiempos difíciles, en el pueblo apenas había trabajo y muchas familias optaban por emprender una mejor vida en la ciudad, donde vivíamos en pisos del extrarradio apilados en minúsculas viviendas. Las jornadas laborales eran intensas, no había tiempo para el descanso, pero aún así no faltaba la ocasión para sonreír y para dar las gracias por lo que teníamos.

Hubo un tiempo en el que no había móviles, tampoco teléfonos, y la electricidad, las veinticuatro horas del día, sólo estaba al alcance de los más poderosos.
Recuerdo las noches en las que me sentaba frente a la vela nocturna  y escribía las cartas a mis primos, donde les informaba de cómo era la vida en la gran urbe, y en definitiva, de cómo te cambiaba la vida.

No puedo negar que aquellos cambios habían removido una parte en lo más hondo de mí. Sobre todo había creado una parcela de nostalgia, de respirar el aire puro del campo, del olor al horno de la Bea, y más que nada echaba de menos el sonido del campanario de la iglesia, implacable a su hora exacta.

Después, en muy poco tiempo pasamos del no tener nada, a tenerlo absolutamente todo, al menos ese era mi caso. Olvidando por completo todo el trabajo que le había costado a mi familia, y a mí en particular.

Me convertí en otra persona sin apenas darme cuenta, en un espécimen sin rumbo, que se autoengañaba por lo que oía a su alrededor.
Crearon en mí una serie de necesidades  y expectativas que estuvieron a punto de cegarme por completo, dirigiéndome a lo más oscuro.

La busqué por todos lados: me cambié de trabajo en múltiples ocasiones, ocupando rangos de gran importancia en mi sector profesional, y a pesar de escalar y escalar “pisos”, nunca llegué a saborear el “éxito que yo deseaba”. Puesto que el trabajo no suplía ese vacío en mí, traté de encontrarla en otra persona, y durante años fui un mujeriego, “andando de aquí para allá”. Pasaron los años, y la gente empezó a decirme que ya era mi hora, que tenía que casarme. Encontré a la mujer perfecta, era guapa y me quería, pero no funcionó, tan sólo pude contagiarle del mal que tenía, convirtiéndola en un calco de lo que era yo. Una vez más, trate de suplir esa carencia con “algo”, cargando de nuevo la responsabilidad en “otra cosa”, esta vez en ser padre.
Después se encargaron de que descubriese que mi paraíso no se encontraba en un piso, sino en una casa, en tener el último ordenador, en disponer de la nueva generación de teléfonos móviles, el mejor coche, las mejores marcas…

Andaba por la calle de la mano de mi hijo pequeño Carlos, y advertía en casi todos esos ojos que se cruzaban ante los míos, el mismo vacío existencial. ¿Qué nos estaba pasando?  Era cierto que estábamos viviendo momentos complicados, que la gente estaba viviendo verdaderas dificultades, pero también, todos, incluido yo, estábamos obviando que si bien no veíamos razones para tener fe, también habíamos excluido todos los signos que nos permitían continuar por el camino, por el que en algún momento habíamos andado.

La tía Paula había muerto, tuve que volver al pueblo. Hacía años que no había pisado la tierra por la que durante años pisé. Nada más llegar sentí un escalofrío, mi localidad, quizá por su lejanía con las grandes capitales, apenas se había corrompido por la “era del consumismo”. Tal era su “aislamiento”, que incluso había vecinos que aún no tenían agua corriente en las casas, ni tampoco electricidad, e inexplicablemente seguían manteniendo la misma sonrisa que cuando los despedí, permanecían ajenos al salvajismo y a la selva de hienas en la que se había convertido la “gran civilización”.
  
Antes de emprender de nuevo mi rumbo perdido pasé por mi antigua casa y subí a la que fue mi habitación. Me tumbé en mi pequeña cama, y sentí como si no hubiera sucedido nada, que ni tan siquiera había pasado el tiempo. Me levanté, miré debajo de la cama, pero Boby, mi antiguo perro, ya no estaba. Una caja de hojalata llamó mi atención, era mi antigua caja mágica, el lugar donde guardaba todo lo que era importante para mí.
Traté de abrirla, para permanecía completamente cerrada, más tarde intenté forzarla, hasta que recordé el lugar donde escondía la llave, justo debajo del armario de madera, bajo una tablilla del suelo hueca que podía mover. Allí permanecía la llave dorada que abría el lugar de mis recuerdos.

Todo se encontraba tal y como lo había dejado: mi pulsera preferida de hilo, la servilleta con las señas de María, mi primer amor de verano, un duro, la foto de mi madre cuando era joven, una medalla de mi comunión, un soldadito de plomo, etc. ¿Por qué no la habría querido llevar conmigo?

Guardé la caja en el coche, y me colgué la llave dorada en el cuello, gracias al cordón ocre que me había colocado mi abuela “Tere” para que no la pudiese perder, hacía más de tres décadas.


Algo me había transformado, había tenido siempre la llave: había estado completamente oculta, abandonada, despreciada, pero ahora era consciente de que esa llave, la de de mi felicidad, había permanecido siempre en el mismo lugar, única y exclusivamente en mi, olvidada bajo unas tablas. Y yo necio, había tratado de encontrarla en otros lugares vacíos.