Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 31 de octubre de 2014

Un beso por si acaso

     
¿Cuántos besos damos a lo largo de nuestra vida? Besos de bienvenida, besos que despiertan viejas heridas, besos que entristecen, besos que te duermen, besos que presagian algo, besos que no acaban…
 
Los besos son lenguaje. No son una forma de comunicación descuidada e involuntaria. Los besos están conectados con el alma, con lo más profundo de nuestro ser. Y es que cada vez que nuestros labios rozan la mejilla o la boca de otra persona, un sin fin de sensaciones se despiertan en nuestro cuerpo.

Los besos están vinculados con nuestro corazón, y una vez que éste los detecta, nos susurra lo que la otra persona quiere transmitirnos: Te quiero, no me hagas daño, no quiero volver a verte, ayúdame, no te vayas…

¿Por qué no escuchamos a los besos? ¿A qué tenemos miedo? Muy posiblemente somos más conscientes de la importancia de los besos de lo que a priori creemos. Éste es el motivo por el que nos olvidamos en la rutina de besar a nuestros seres queridos, o a las personas que tenemos cerca en determinados momentos. ¿Tememos que quede al descubierto nuestra parte más íntima? ¿Que mostremos nuestra fragilidad? ¿Que quede de manifiesto que somos seres necesitados de otras personas? Nos empeñamos en no descubrirnos, en no separarnos de nuestra máscara, en aparentar que todo va bien; por eso cada vez nos cuesta más besar. Y si besamos, que sea rápido, casi sin rozarnos, para que nada pueda alterar lo que está dentro de nosotros y que mantenemos apartado.

¿Nos hemos parado a pensar en la relevancia de un beso? Seguro que alguna vez hemos escuchado: “yo solo hubiera querido darle un beso”, “con un beso hubiera bastado”, u otras expresiones como “dame un beso y está todo arreglado”... El poder de los besos.

No pudo ser casualidad que Judas, uno de los discípulos de Jesús, decidiera utilizar el beso como método identificativo para venderle a sus postores. Ese beso significaba mucho más, significaba muerte, pero traía consigo el perdón, y más tarde la esperanza del mundo futuro.

 
Hasta hace unos meses, casi cerca de un año, Josué tenía por costumbre caminar por la mañana temprano. Le encantaba observar a la gente. El simple sonido de la taladradora de los trabajadores que estaban arreglando la acera de la zona centro le hacía sentirse vivo. Aún no se había habituado a los carriles bici, por eso de cuando en cuando se sobresaltaba cuando divisaba que algún ciclista se aproximaba. A veces no le quedaba casi tiempo para impedir que se produjera el impacto. Josué por momentos olvidaba que ya se encontraba al otro lado. Le gustaba la sensación del sol sobre su cabeza, conseguía dibujarle una sonrisa.

Decidió sentarse en uno de los bancos de madera próximos, extendió sus brazos sobre el respaldo y empezó a pensar en los últimos recuerdos que conservaba en su cabeza. De nuevo le inundó la tristeza. Josué buscó el sol, necesitaba encontrar la luz. Sabía que la luz le conduciría hacia su nuevo camino. De repente, una abuela se sentó con el que parecía su nieto, a escasos metros de donde se encontraba él. Parecían algo distantes. Al menos eso denotaba su lejanía física. En menos de dos minutos el chico se levantó y le dijo que se tenía que ir, que ya hablarían. La anciana se levantó con cierta dificultad mientras decía:

-        Bueno… dame un beso por si acaso…

El joven se volvió, y le miró pensativo:

-        Por si acaso, ¿qué?

La abuela le besó y el chico desapareció entre los demás transeúntes.

Josué vio en los ojos de esa mujer a su madre, y descubrió que él comenzó a morir el día en el que se olvidó de besar. Se arrepentía tanto, anhelaba sobre todos aquellos besos, los de todos.
                                                                                                                                                                  

viernes, 18 de abril de 2014

El árbol de la vida


Mi abuelo Juan me contó una vez que mis antepasados, además de traerse la llave de nuestra casa de España se llevaron las semillas de un gran árbol que había en la puerta de su hogar. Esta fue la razón por la que desde hacia más de cuatro siglos, a cada primogénito de la familia se le encomendaba la tarea de proteger aquel arbusto.

A veces apoyaba la cabeza en su corteza, con los brazos extendidos en su tronco. Aunque su enorme grosor me impedía alcanzarlo por completo. Podía parecer extraño, pero para mi estirpe era uno de los vínculos que nos unía a aquella vida de siglos atrás, del lugar de donde proveníamos, de Sefarad.

Por algún motivo las entrañas de aquel ser viviente desde hacia tiempo se habían ido apagando. Buscamos todas las opciones que estaban en nuestra mano, pero nada, absolutamente nada hacía que volviera a la vida. Aún así yo me resistía a dejarlo, iba junto a él cada tarde, a susurrarle que nunca le íbamos a abandonar.

La situación en Tirnaso, mi pequeño pueblo situado a pocos kilómetros de Larisa era cada vez más tensa. Aquí nos conocíamos todos, y a pesar de que nuestra comunidad no tenía un número considerable, empezaba a sentirse cierto miedo, ya que las noticias que llegaban de los periódicos y la radio hablaban de matanzas en diferentes ciudades de Europa por parte del ejército alemán.

Desde hacía unas semanas había comenzado a tener unas terribles pesadillas, que me despertaban en medio de la noche y que me impedían volver a dormir. No sabía cuál era la causa, pero tras el desvelo, una sola imagen venía a mi cabeza, aquel árbol. Esta era la razón por la que abandonaba mi lecho con sumo cuidado, para no despertar a mis hermanos pequeños y me dirigía hasta él. Una vez allí, en una de esas madrugadas, descubrí un hueco de tamaño considerable que me permitía acceder hasta su interior. La sensación una vez dentro, era de inmensa paz. De completa protección.
Desde aquel día convertí sus profundidades en mi hábitat, y el lugar donde podía conciliar el sueño, lejos de aquellas extrañas voces e imágenes que perturbaban mis noches.

Las noticias de guerra eran cada vez más sonoras y la entrada de los alemanes en nuestro país parecía cada vez más cerca. Algunas personas con cierto poder en la localidad comenzaron a prohibir el acceso al trabajo a la población judía. Incluso se hablaba de que la entrada de los nazis sería inminente y que se llevarían a todos los judíos.  ¿A dónde? Papá decía que le habían contado lo que hacían con nosotros, que querían hacernos desaparecer de la faz de la tierra, pero yo me negaba a creerlo. ¡Nosotros no habíamos hecho nada! ¡No tenía sentido!

Una vez que los alemanes entraron en territorio griego, los malos presagios inundaron todos nuestros hogares, ¡Ya no había duda! ¡Venían a por todos nosotros!

Agotone, el alcalde del pueblo que tenía cierto trato con papá le recomendó que huyéramos, pero ¡No teníamos donde ir! ¡Tarde o temprano acabarían encontrándonos! Por ello mi padre se negó a que nos moviéramos de allí. Agatone le tentó con una importante suma de dinero, si le vendíamos el terreno que adquirió mi familia nada más llegar hasta esta aldea. Ya no quedaba nada de aquella casa familiar, pero si se mantenían las raíces moribundas de aquel árbol sin vida que prometimos sostener hasta el final de nuestro linaje.
El regidor del municipio quería ampliar la plaza de Tirnaso. El terreno familiar se encontraba en la parte trasera del núcleo del pueblo, y este momento era una buena ocasión para su compra y para nuestro abandono.

Papá tan solo hizo una pregunta - ¿Habría alguna opción para mantener el arbusto?

Agatone contestó con sorpresa- ¿Qué árbol? ¡Ya solo existe un tronco inerte!
Mi padre dio media vuelta mientras respondía con total rotundidad – Mi respuesta es no.

El Alcalde cerró su agenda mientras murmuraba:
-         Un árbol muerto va a propiciar vuestra propia muerte.

Tres días después tropas alemanas alcanzaron el municipio. Horas más tarde se dio la orden de que todas las personas judías teníamos que presentarnos en la plaza central. Una de los hombres al mando portaba una pequeña lista en la que constaban las 109 personas judías que vivíamos allí. Entre ellas los doce miembros de mi familia. Un soldado nazi tocó nuestra puerta. Al segundo comenzaron los gritos y los lloros entre los vecinos. Todos teníamos que acudir sin excepción. Mamá llevaba en sus brazos al pequeño ángel de siete meses que no paraba de sollozar.

Una vez que todos habíamos salido de nuestras casas, nos mandaron formar una fila. Nada más comenzar la marcha, empezaron a escucharse disparos procedentes de la plaza. Tan solo esos sonidos quebrantaban el silencio absoluto que reinaba en nuestras calles.

Una inmensa niebla comenzó a cubrir el cielo. Y con esa bruma, una imagen vino a mi cabeza, la del árbol. Me dirigí al abuelo Juan y le dije:

-         ¡Nos conducen a la muerte! ¿Confiarías en mí? Pide a todas las personas que puedas que me sigan. ¡Tengo una idea! Una vez que pasemos la calle del torreón, seguiremos hasta el terreno donde está nuestro árbol, se encuentra de paso. Si lo hacemos con sumo cuidado no se darán cuenta, apenas se puede ver nada ¡No hay tiempo que perder!

Conté un total de veinticinco personas introducidas por el agujero de aquel árbol. Por último, y antes de que entrara la última, y me introdujera yo, unas voces con un pronunciado acento germano comenzaron a rodear el lugar donde nos encontrábamos. Mientras tanto, todos los que nos concentrábamos allí atrincherados, a  duras penas podíamos mover ni un músculo, nos manteníamos  aterrados, conscientes de una muerta segura.

El sonido de los disparos comenzó a ser cada vez más frecuente, y  de nuevo las voces extranjeras que evidenciaban un gran enfado, tuvieron como resultado que las mujeres presentaran un incómodo tembleque nervioso.

De nuevo, un gruñido y una luz entró por la cavidad del árbol ancestral. ¡Habíamos sido descubiertos!

Mi hermano de apenas siete meses, desde hacía unos minutos había dejado de llorar. Como si hubiera sido consciente del peligro al que nos enfrentábamos. Nunca olvidaré aquella mirada perdida de mamá, y como sostenía por el cuello al pequeño ángel para acabar con su vida antes de que pudieran hacer con él algunas de las sonadas atrocidades nazis.

De repente una voz desconocida retumbó en el interior: ¡Aquí no hay nada! ¡Han huido!


El silencio volvió a imperar de nuevo, acompañado de algunas lágrimas que empezaron a cubrir el terreno de aquel árbol muerto. Aquel árbol de la vida.

viernes, 28 de marzo de 2014

La canción de Floryka

 
Se encuentra tumbada en la colcha color canela. Lleva un largo vestido blanco que resalta aún más sus pendientes de rubíes. En sus manos porta los acordes de la nueva melodía que tenía que interpretar el próximo sábado. Unos días atrás había cumplido catorce años, aún se sentía agitada. No podía creer que  al fin le hubieran entregado el acordeón familiar del abuelo Jabolyda.

Se dirigió hacia la ventana, todo lo que podía observar era el verde que inundaba la villa donde vivían. Un hombre se aproximaba en la lejanía, llevaba un traje marrón y un maletín. De repente observó como cada tres o cuatro pasos miraba hacia atrás, como si temiese que alguien estuviera siguiéndole.

La campana de la casa suena mientras Flory prepara su tocadiscos para escuchar el Concierto para piano, op. 78, del compositor español Isaac Albéniz.  Por un momento se escucha un pequeño revuelo procedente de la sala primera, motivo por el que durante unos segundos detiene la melodía. A continuación prosigue, pero alguien comienza a golpear la puerta. Es Luna, una de las chicas del servicio de la casa que le pide que baje hasta la sala central.

-       La señorita tiene que bajar de inmediato al salón, su padre le está esperando. – Con un tono que denota cierta inquietud.

Flory se limita a bajar la larga escalera de caracol de madera de roble de la casa familiar. A escasos peldaños de poner fin, su padre le interrumpe el paso. Con semblante serio, acompañado del hombre desconocido y su madre, le comunica algo que no logra comprender:

-Tienes que recoger tus cosas y tomar un tren dentro de cuatro horas. En unas semanas nos encontraremos en Italia. Es mejor que no hagas más preguntas. Sube arriba y haz caso a lo que te digo.

La joven permaneció durante unos segundos paralizada. Sería su primer viaje sola pero, ¿a qué venía tanta prisa? Recordó las palabras de su padre…“Es mejor que no hagas más preguntas”. Eso le bastó para reconducir su camino hacia su habitación y preparar los enseres que se llevaría. De Yugoslavia a Italia.

Comenzó a sacar alguno de sus vestidos preferidos, junto a algunos de sus abrigos a juego con sus tocados. De nuevo la presencia de su padre, que se encontraba a escasos pasos de la puerta, no solo le sobresalta, sino que le hace percatarse de que algo verdaderamente importante sucede:

-       Pequeña, creo que aún no eres consciente. No vas a poder llevar nada de eso. Ahora atiéndeme con atención.  Solo podrás llevar tu acordeón. Y lo más importante, no podrás hablar con absolutamente nadie. Recuerda, no podrás pronunciar ninguna palabra a no ser que sea con música. Si alguien te pregunta tú le responderás cantando. ¿Me has entendido?

Flory asintió con un ligero movimiento de cabeza.

Su padre continuó:
 
-       Nunca has hablado djudeo, no has tenido relación con judíos. Bórralo de tu cabeza. Eres serbia y algo te impide hablar, a no ser que sea acompañado por una melodía. Si alguien escucha tu acento sabrá quién eres y de dónde vienes. Sé que podrás hacerlo.

Dos horas más tarde Floryka, que era así como la conocían en su entorno familiar, embarcaba con una nueva identidad, Betty, tan solo acompañada por un acordeón.

Lo que nunca imaginó aquella joven sefardí es que ese mismo tren, podría conducirle a diferentes caminos. Podría convertirse en el tren de su salvación o en el tren de su muerte.

Durante su recorrido Flory se enfrentó a constantes interrogatorios por parte de diferentes oficiales alemanes. Pronto acabaron conociéndola como la “loca del acordeón”. Su talento innato con la música y posiblemente, su ignorancia, es decir, no haberse preguntado realmente a lo que estaba enfrentándose, la salvaron de un final oscuro.

Todas las noches antes de que en los vagones dejaran de escucharse las últimas voces, aquella chica amenizaba la velada a los allí presentes con melodías populares sefardíes adaptadas al yugoslavo.

Cada canción se traducía en un día más de vida, significaba que había escapado de la muerte.

viernes, 14 de marzo de 2014

El 14 de enero


Me he dado cuenta de que cuanta más belleza se muestra en el exterior, mayor es la tormenta que pervive dentro.

Hubiese querido haber leído cualquier otra cosa. El anuncio de un nuevo proyecto teatral, cinematográfico o tu regreso a los Estados Unidos.

No eras mi mejor amigo, no nos dio tiempo. Pero el tiempo no determina nada, tan solo tú y yo sabemos lo que vivimos: nuestras largas conversaciones, nuestros interminables paseos por la gran manzana, nuestras risas, nuestras lágrimas, todos aquellos momentos han quedado para nosotros, imborrables e infranqueables.

Ahora trato de darle algún sentido a todo lo sucedido, pero desgraciadamente no puedo encontrarlo. Es posible que ahora entienda ciertas cosas que me confiaste o ciertos aspectos a los que no supe dar respuesta en su momento.

Recuerdo el día en que la vida nos encontró en Manhattan, los dos de Madrid, ambos actores, pero algo quiso que nos conociéramos allí. ¡Por alguna razón sería! Si hay algo con lo que tuviera que identificarte, sería con una amplía sonrisa. ¡Despendrías luz!

Los dos llegamos a Nueva York cargados de ilusión.  Una de nuestras metas era vivir en aquella ciudad con la que tantas veces soñamos, ¡Lo conseguimos! ¡Los dos estuvimos allí, lo pudimos hacer realidad!

No quiero pensar que es demasiado tarde, nunca es demasiado tarde. Bien es cierto que quizás no todo se desarrolló como ambos hubiéramos deseado, pero verdaderamente pienso que las personas no mueren si permanecen en la memoria de las personas, y tú desde luego estarás en la mía hasta el día que volvamos a reencontrarnos.
 
Me has enseñado algunas cosas importantes, tal vez contigo me haya percatado de que todos debemos estar más alerta. No solo tenemos que reaccionar cuando alguien nos pida o nos diga algo. Un silencio, una mirada, a veces significan precisamente eso.

¿Sabes? A veces cierro los ojos y nos veo a los dos caminando por Nueva York, felices, como cuando llegamos. Trato de recuperar cada instante, cada detalle para alargarlo lo máximo posible, y cuando abro los ojos todo vuelve a la realidad, pero creo que una parte de nosotros se ha quedado allí para siempre. Sí Jesús, en alguna parte los dos seguimos caminando por alguna calle de Nueva York, seguimos viviendo nuestro sueño.


lunes, 23 de diciembre de 2013

Lo que está en mi corazón


Frío, sentía mucho frío. Nada más llegar, casi al comienzo, tomó su abrigo, quería recomponerse, más su cuerpo le alertaba de que la temperatura seguía igual, que nada había cambiado. Palpó sus extremidades, el calor que desprendían parecía el correcto, pero algo en su interior le alertaba de que aquel entorno era diferente, como si algo hubiera cambiado.

Era posible que le recibieran con una sonrisa. Era posible que le abrieran las puertas de sus casas, aunque todo acontecía de manera superficial. Al igual que los pilares de sus casas, grandiosas exteriormente pero frágiles por dentro, tanto, que a muchas de ellas un fuerte soplido podría poner en peligro su estabilidad. Quién sabe cuál sería la razón: ellos aparentaban ser fuertes, muy fuertes, independientes, poderosos. Americanos. No les hacía falta conocer más. Ellos eran la potencia, ellos movían la economía del mundo. Se encargan de velar por la seguridad y el bienestar de la tierra, de todos.

Conocía sus vidas, se adentraba en su rutina y se percataba de la falta de amor. La carencia del vínculo con el otro, de un lazo familiar. ¿Por qué no decir…? ¡Te necesito!, ¡Estoy aquí!, ¡Voy a ayudarte!

-       Trabajar y comprar.

-       Felicidad y dinero.

Quizá eran las prioridades de toda esa gente. Se habrían convertido así de manera inconsciente con el paso del tiempo. Al fin y al cabo estaban allí y todos decían que eran felices. Eso decían, pero bastaba tener una conversación un poco más profunda para vislumbrar que su interior no reflejaba lo mismo.

Un corazón, un mismo corazón para todos. Aunque quizás los de ellos terminarían por convertirse en piedra. ¿Cómo habrían llegado a ese estado?

Todas las personas en Nueva York tienen un rasgo común. Están allí porque tienen un sueño. Algunos una vez instalados en la urbe se van alejando, otros cada vez están más cerca y otros, por supuesto, lo consiguen.

Sólo la magia del Universo tiene la respuesta. Pues hubiera sido imposible pensar que esas personas que estaban a punto de conocerse iban a aparecer a su lado por casualidad. De lugares tan recónditos: venidos de Honduras, Colombia, México y de Grecia.

Hace muy poco, un joven que llegó hasta la ciudad que nunca duerme, se estremeció al comprobar lo que allí sucedía. Casi nadie le comprendía. Todos creían que estaba loco. ¿Cómo era posible que alguien no quisiera vivir en esa ciudad? ¡En la ciudad de los sueños!

Con el paso de los días y de las semanas comenzó a sentirse desorientado. Sentía frío, mucho frío, más no sabía que ese hielo procedía de las piedras que golpeaban en el latir de todas esas personas. Cada vez aparecían más y más problemas. Posiblemente su sueño en ese momento no podía completarse. Posiblemente había llegado hasta allí por otro motivo.

Una noche, cinco astros del cielo se alinearon para ir en su búsqueda. Esas cinco luces tomaron como nombre: Marcela,  Rashelika, Marsi, Carolina y Guadalupe.

Marcela le ayudó a seguir creyendo en la bondad. En la necesidad de ayudar a las personas sin pedir nada a cambio.

Rashelika le hizo olvidarse del tiempo. Le renovó sus ganas de vivir, de comerse el mundo, sin límites.

Marsi le invitó a seguir soñando en el mundo de los sueños. Ella era un ejemplo de éxito después de haberse marcado una meta.

Carolina le otorgó la dulzura. Le hizo sentir que con un abrazo podía solucionarse todo.

Y Guadalupe le ofreció el calor de un hogar. Le abrió las puertas de una familia que se mantenía unida a pesar de las distintas inclemencias.

Cuentan que ese chico afirmaba tener conocimiento de la existencia de los ángeles en la tierra. Mi interés y curiosidad en el tema me llevaron a leer uno de sus escritos en los que especificaba sus experiencias y su estancia en Nueva York, y que relataba de esta forma:

Ahora sé que los ángeles existen en la tierra, porque cada vez que el asfalto de esa fría ciudad me devoraba y trataba de hundirme hasta lo más profundo de sus entrañas, una de estas personas venía a rescatarme, y era ahí cuando veía como con sus hermosas alas me elevaban y me alzaban a lo más alto y hermoso.

 

 


A Rashelika Cohen, Marcela Flores, Marcela Fino, Carolina Villaraga y Guadalupe Ortiz.

 


domingo, 15 de diciembre de 2013

Te doy mis ojos





Comenzaba a olvidar los detalles básicos. Se ahogaba al pensar que un día todo podría ser definitivamente negro. Siempre había sido un chico positivo, pero ahora las circunstancias le hacían tener perspectivas diferentes.
Creía haber llegado a su destino, aunque no estaba seguro. En ocasiones se golpeaba contra las paredes durante minutos o tropezaba con cientos de obstáculos. No, todavía no era un experto en eso de caminar por la calles de Nueva York, siempre repletas de transeúntes carentes de tiempo para guiar los pasos de un pobre invidente perdido.

Se apoyó en la barra exterior de la pista de hielo. Ya no tenía ninguna duda, estaba frente a la pista de patinaje del Rockefeller Center. Años atrás, antes del accidente, acudía cada año por estas fechas a patinar. Sonreía mientras lo pensaba. Quizá no le hubiera importado ser patinador profesional. Por un momento pensó en si esta situación era sana, acudir al lugar que antaño le había hecho feliz aun sabiendo que jamás podría volver a repetirlo. ¿Recordaba con nitidez en su mente los detalles de la pista?, ¿El lugar donde se encontraba el árbol?

Las personas se agolpaban, los turistas debían de inundar las calles, y el ajetreo de la navidad en la ciudad que nunca duerme se dejaba entrever sobre los innumerables gritos y empujones que recibía en incontables ocasiones. Mientras tanto, él se mantenía inmóvil, firme, como si las tempestades no fueran con su persona. Como si realmente estuviera en un mundo paralelo.

Deseaba ser un espectador real de lo que sucedía. Agudizó su oído y trato de identificar alguna señal que le hiciera vislumbrar lo que allí estaba pasando. Cerró los ojos y pensó en la mujer de mediana edad que nunca se había subido en unos patines e iba de la mano de un acompañante, mientras una niña con un lazo rojo en la cabeza, de unos nueve años, les adelantaba a toda velocidad. En la pareja de enamorados que iban cogidos de la mano de manera ridícula con gorros de lana y largas bufandas, en la patinadora profesional a la que le gustaba mostrar sus dotes artísticas de manera extravagante…
 
Una sonrisa comenzó a surgir en su rostro, cuando un fuerte golpe sobresaltó la imaginación del joven. Aturdido, comenzó a mirar de derecha a izquierda tratando de encontrar explicación a lo sucedido, sin poder borrar aún la sonrisa de su cara. Una voz femenina atrajo su atención:
-        ¡Menudo golpe! ¿Te estás riendo de mí?- Preguntó la voz desconocida.

Al instante el chico cayó en la cuenta que aquel ruido había procedido de alguna persona que había caído a escasos metros de donde se encontraba él:

-        ¿Yo riéndome de ti? ¡No! ¡Ojala!- Le respondió entre risas.

-        ¿Cómo?- Contestó la chica incrédula.

-        Quiero decir que ojala pudiera haberte visto para haberme reído, pero no, no he podido verte. Soy Robert – Se presentó mientras estrechaba su mano.

Marian se sintió unos segundos incómoda, pero se recompuso con otra sonrisa mientras se arreglaba el moño de la cabeza y estrechaba también su mano.

-        ¿Qué haces aquí? , ¿Has venido solo?- Se interesó la joven.

-        Sí, no es fácil encontrar a alguien que quiera acompañarme en estos días - Replicó.

-        Espera a que me quite los patines y hablamos mejor. A no ser que tengas algún inconveniente en irte con una joven desconocida - Continúo la chica.

-        Correré el riesgo - Sentenció Robert arrancando una carcajada.

Robert permanecía inmóvil en la barandilla con cierta inseguridad. Desde el accidente se había vuelto muy desconfiado. No sabía si el estaban tomando el pelo, ni siquiera cuáles podían ser las intenciones de aquella voz femenina. En Nueva York a uno le podía ocurrir cualquier cosa.

Segundos más tardes la voz femenina volvía a resonar en sus oídos:

-        ¿Me permite el caballero que lo coja del brazo? 

Marian lo llevó hasta un banco cercano. Lejos del bullicio de la pista de patinaje, pero a unos pasos de la Avenida principal.

-        Y cuéntame, ¿qué hacías allí? – Preguntó con curiosidad Marian.

-        Hacía días que no salía de casa y estaba empezando a olvidarme de detalles esenciales. Cuando uno se acostumbra a vivir en la oscuridad, también se apaga en cierta parte su alma. No puedo ver las luces, sin embargo quería impregnarme de las luces de la navidad de las calles, inundarme de la alegría de la gente. No puedo ver los colores pero no me gustaría que me olvidara de ellos. ¿Sabes lo que quiero decir?

La joven asistía a sus palabras con cierta sorpresa. Reflexionó sobre sus palabras y a continuación dijo:

-        Y… ¿qué has pedido por navidad?

Robert lanzó un ligero resoplido mientras gritó con fuerza:

-        ¡Quiero ver!

Marian se aproximó hasta él y le contestó:

-        Pues creo que este año te has debido de portar bien, porque yo te doy mis ojos.

La primera lágrima comenzó a caer por los ojos de Robert mientras la joven española no para de contarle todos los detalles que suceden a su alrededor:

-        La mujer del abrigo marrón estampado que está frente a nosotros no para de moverse de un lado para otro. Lleva así más de cinco minutos, yo creo que la han dejado plantada.

-        ¿Tiene cara de enfada? (pregunta con interés)

-        Tiene cara de haberse tirado tres horas frente al espejo pintándose… ¡pero menudo cuadro! - Continúa entre risas.

- ¡Qué mala!- Dice entre carcajadas mientras en su mente se perfila un cambio con respecto al color de su vida, pasando de un tenue negro a una tonalidad mucho más clara y brillante.

viernes, 6 de diciembre de 2013

El amor sí es para siempre


La rutina, aquella en la que te preguntas por el sentido de tu existencia. Aquel instante en el que casi nada parece importante, es más, todo te resulta incómodo.

Subir cada mañana al autobús en la Palisades Ave resultaba un suplicio. El conductor de siempre desde hacía décadas, la ausencia de novedad en los acontecimientos idénticos que pueden surgir en el interior de un autocar, y lo más molesto, las caras repetidas de sus protagonistas: aquel joven asiático, el hispano al que nunca le faltaba café, la rubia explosiva, la chica de cara amargada, el gordito que ocupaba dos asientos…

Ayer la muchacha mexicana que le ayudaba con las tareas de la casa le decía entre lloros que uno de sus jefes se había intentado quitar la vida:
 
-        ¿Se está acercando el fin del mundo? – Le preguntaba Lupita con lágrimas entre los ojos a la señora de la casa.

-        No creo que se esté acabando el mundo. ¿Por qué dice eso?- Contestaba con cierto grado de asombro.

-        No sé… ahora parece que sólo suceden cosas malas. Quizá sea un aviso. - Respondió la joven.

Raquel se mantuvo durante unos segundos como ida. Seguidamente sintió la necesidad de contacto humano. Se acercó unos pasos hacía ella y le pidió que tomara asiento junto.

-        Las personas durante muchos años se han olvidado de la razón por la que estamos aquí. Todos tenemos una misión, nacemos con la finalidad de hacer algo en la vida. Y créeme, no es una tarea sencilla. Quiero decir, que no es sencillo descubrir aquello que se nos ha encomendado desde nuestro nacimiento. Fíjate que hay personas que mueren sin saberlo. Hoy por hoy la gente trabaja y trabaja, gasta sin control, dicen que están tremendamente enamorados pero todos se divorcian. Ellos creen que viven, pero no viven. Hace tiempo que nuestra sociedad está muerta, nadie se pregunta por su propósito. Lupita, ahora no sólo ocurren cosas malas, llevamos viviendo este desastre desde tiempos inmemorables. La gente no es feliz, pero no sabe que no es feliz, por eso sólo existe este caos. ¿Quién será capaz de controlarlo? No quiero que estés triste, reza, ten fe, habla con tu corazón. Ojalá, algún día la humanidad pueda darse cuenta de en qué nos hemos convertido. Hemos nacido para amar, pero para amar de verdad.

Tocaba su mano con las yemas de sus dedos, con la mirada perdida hacia un lugar recóndito. Sentía sus arrugas, y de vez en cuando observaba las manchas marrones propias de su edad. Aún se veía años atrás repitiendo la misma acción cuando era joven, sentía cierto anhelo.

Su palma estaba caliente, la sangre circulaba, posiblemente no con la misma facilidad que cuando se conocieron. Su corazón bombeaba con el ritmo preciso. Apretó su mano con fuerza, quería sentir que aún se encontraban vivos, no importaba que ya no fueran jóvenes, sólo quería demostrar que todo aquello era real y verdadero.

Los edificios de la ciudad de Nueva York comenzaban a avistarse antes de traspasar el túnel Lincoln. El vehículo inicio el recorrido en su interior. Tan sólo había dos cosas que le producían cierto miedo a la española en aquella ciudad a la que había llegado cincuenta y seis años atrás: los subterráneos oscuros, y las mareas de gente n la ciudad de los rascacielos. Le parecía una imagen dantesca, casi apocalíptica.

Raquel se encogió en su asiento nada más presentir las luces artificiales del pasaje. Su marido, que conocía muy bien todos sus miedos, rodeó su hombro con su brazo derecho y la besó.

De inmediato le invadió un nerviosismo propio de la adolescencia, e incluso sintió cierta vergüenza.

Mientras tanto, la gente asistía con cierto estupor a aquel instante de amor espontáneo que había surgido entre aquellos ancianos. Algunos se preguntaban si aquellos viejos aún podrían quererse.

Ella se limitó a sonreír ante una sensación de felicidad extrema. Su corazón le hablaba y le respondía que había cumplido su principal misión en la vida: amar de verdad. Le parecía algo increíble. No había sido sencillo, pero sí, ella lo había conseguido en un tiempo en el que todo parecía que tenía fecha de caducidad. Donde no había lugar para la gente que sentía, que sentía que el amor sí es para siempre.