Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 8 de noviembre de 2013

Colonia para morir



Se movía con sensualidad. A pesar de que las calles de Nueva York en hora punta estaban inundadas por transeúntes, Diana no pasaba desapercibida: erguida, con paso firme y sus piernas kilométricas, se convertía en el objeto de deseo de muchos de los hombres con los que cruzaba miradas.

Desde pequeña había tratado de memorizar aquel balanceo de caderas de manera obsesiva. Una sola idea le rondaba en la cabeza, de mayor quería convertirse en modelo para poder presentarse al certamen de Miss Puerto Rico, su país natal.

A los 18 años escapó de su casa. Su padre, alcohólico desde que le alcanza la memoria, jamás entendió que Diana se sintiera mujer. Había tratado de explicarle sin éxito que vivía atrapada en un cuerpo que no le correspondía, pero el patriarca de la familia respondía de manera firme mediante el uso de la violencia. Una furia consentida por su propia madre, que en muchas ocasiones le asistía después de las terribles palizas a las que se veía sometida.

Nancy, una de sus mejores amigas le proporcionó su billete de salvación. Un boleto para los Estados Unidos, a la ciudad de Nueva York, donde podría empezar una nueva vida. La ciudad que siempre había soñado.

Sin embargo Nueva York no resultó la ciudad idílica de todas aquellas películas de producciones Hollywoodienses que había visto años atrás. La vida en la ciudad era realmente dura. Sin apenas dinero y sin un conocimiento pleno del idioma era muy difícil subsistir. Por ello no le quedo más remedio que tener que vivir en la calle. Fue allí donde conoció a Susana una mujer hispana que le introdujo en el mundo de la prostitución. Se pueda creer o no, Diana luchó por todos los medios para buscar otra alternativa: como limpiadora, peluquera y dependienta, todas ellas sin éxito. De hecho, cada noche rezaba para poder cambiar su suerte. Soñaba con tener la suficiente plata para poder matricularse en la Universidad, estudiar Turismo y poder viajar por toda Europa.

Con el paso de los años se fue perdiendo más y más, hasta quedar atrapada en un círculo muy peligroso: el de las drogas y la prostitución.

Esta es la historia de la joven puertorriqueña que se reunía cada día con sus compañeras de profesión en el Mcdonalds de Penn Station. La historia de la chica que se sentía perdida en un laberinto del que no había escapatoria.

Diana hoy no se sentía con fuerzas. El “pico” de la noche anterior le había tocado de lleno. Llegó con dificultad hasta el servicio. Abrió el grifo y esperó a que el agua se calentara. Durante unos segundos mantuvo la cabeza agachada mientras se refrescaba la cara con agua tibia, con la intención de recuperar un bienestar que había perdido años atrás. Seguidamente mojó su pelo. En ese instante una imagen se reflejó en el cristal del espejo.

La joven quedó conmocionada al observar atónita una imagen que no reconocía, mientras palpaba con los dedos sus afiladas fracciones desnudas. La fatiga tamboreó su pecho y el asco se apoderó de su ser.

Una sola idea le venía a la cabeza, desde hacía tiempo no le quedaba nada. Ni tan siquiera se había quedado junto a ella una vana ilusión. Ahora era mucho más pobre que cuando llegó a los Estados Unidos.

Su teléfono móvil se iluminó, un mensaje conciso podía leerse en su pantalla:

-        Zorra págame lo que debes, tienes hasta las 7 p.  m. Ya no habrá más avisos. 

Diana no se inmutó, sabía que no podía pagarlo. Mantuvo una mueca desconcertada en el primer instante y posteriormente busco sin éxito alguna moneda en las repisas del pequeño armario que colgaba de su baño. Después buscó en su habitación unas mallas negras y un top del mismo color. No se maquilló porque sabía que días atrás sus cosméticos se habían acabado.

En una esquina de su mesilla, ya en el olvido, una muestra de un perfume español le hace rememorar los días en que ella soñaba con viajar hasta la madre patria. Antes de salir se echó unas gotas y guardó el frasquito de cristal en la parte inferior de su sostén.

Segundos después abandonó su casa, sometida a la rutina diaria: encontrar algún cliente, conseguir su perdición y tratar de saldar cuentas.
 
-        Unas gotas de colonia, ¡colonia! Esto es lo único que me queda – piensa Diana mientras llega hasta el Mcdonalds de Penn Station.

Mientras tanto, su compañera Martha le está esperando en la misma mesa de siempre. Hoy no tiene apetito, tampoco dinero. Así que prefiere guardar silencio:

-        ¡Porque tú eres muy bonita! ¡Ay sí mi niña, yo siempre quise ser tu amiga! – le replica su compañera.

Pero Diana sin embargo parece ida. Comienza a inquietarle el mensaje de su camello. Mira por el cristal del restaurante de manera constante y también su reloj. Sí, quiere salir del establecimiento y tomar el aire, aquel ajetreo de gente le está agobiado. Al intentar Salir del sillón de cuero negro pisa violentamente a un joven que se encuentra a escasos metros de ella, no lo había visto:

-        ¡Perdón! Digo… ¡sorry! – se disculpa Diana.

-        Nada, no te preocupes – responde el joven animosamente.

Diana se sorprende. Aquel chico tiene un marcado acento español:

-        ¿De dónde es que tú eres? – le pregunta.

-        De España – responde el chico.

-        ¡Diana, mucho gusto! – le dice mientras le estrecha la mano.

Durante unos minutos mantiene una animada conversación con Alberto, al que al poco tiempo después le confiesa:

-        Mira Alberto, yo no sé si te has dado cuenta pero yo soy una transexual – le revela.

El chico desde el primer momento se había percatado. Durante unos segundos piensa qué debe de decir. Opta por decirle que sí, pero en el último momento y de manera inconsciente expresa:

-        ¿De verdad? ¡No me había dado cuenta? – Le contesta mientras se siente ridículo.

La conversación se ve interrumpida con la llegada de otra de las compañeras, Anni, un transexual de enormes senos sin dentadura.

Diana comienza a ser consciente del ambiente que le rodea, y empieza a sentir cierta incomodidad por aquel chico, e incluso por ella misma. Hacía mucho tiempo que no tenía una conversación corriente, ni nadie le había tratado como una persona normal. Siente cierta felicidad:

-        Alberto voy a salir un momento con mi amiga a buscar una cosa. Espérame aquí, ¿si? Ahora vuelvo. – tratando de deshacerse de su compañera y recuperar cierta privacidad con el chico.

Pero el joven aprovecha para abandonar el lugar por la otra puerta.

Diana regresa e incrédula se da cuenta que ya no está su “amigo español”. Se siente decepcionada y un halo de soledad vuelve a retomar en lo más hondo de su ser. Saca su frasquito de cristal y le sonríe mientras piensa: ¿así olerá España? Antes de salir a la calle vuelve a introducir el frasquito en el lugar anterior, no sin antes retocarse con una gotita más.

Una vez fuera recibe de nuevo un mensaje. Instantes después de mirarlo siente un fuerte golpe en el pecho. Percibe como se rompe en mil pedazos el perfume que se encuentra en el interior de su sujetador. A continuación ve los ojos de su camello. Su cuerpo cae desvanecido al suelo, Fradd desaparece. La gente de Nueva York camina inalterada por el drama. La joven permanece inmóvil, ligeramente acurrucada. 

Comienza a sentir que respira con dificultad. Un olor inunda su olfato: huele a España. Recuerda la cara de Alberto y empieza a divisar ciudades de la misma: Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla. Una media sonrisa comienza a dibujarse en su cara. No sabe lo que está pasando:

- ¿Habré llegado a España? – se pregunta la joven mientras su corazón se congela para siempre.

viernes, 25 de octubre de 2013

La pared de los sueños

 
 

Una chica sentada en un sillón de cuero amarillo vintage de los años 50.
La joven se encuentra concentrada en un lienzo de Nueva York que cuelga de la pared de ladrillo del salón de su casa. Lleva un vestido salmón de gasa sobre un forro de raso de un tono más oscuro.  
Está muy agitada, el sudor de su pecho hace que el tejido se pegue a su piel, sensación que le incomoda profundamente.  
Tiene el pelo corto color chocolate, con un característico flequillo algo más largo que el resto del pelo, que se coloca hacia el lado izquierdo.
 
En este momento se está retirando ligeramente el pelo por detrás de la oreja derecha, repite el mismo movimiento hasta en tres ocasiones mientras juega con su mano derecha sobre una de sus rodillas. Sí, lleva un anillo de oro blanco en su dedo índice, adornado con un discreto brillante en la parte central. Se acaricia con el dedo pulgar la sortija, parece una alianza.
 
Algo le sobresalta, comienza a mirar los techos de su casa. Siente que algo ha cambiado, son de madera, no los reconoce. Se levanta del sillón de cuero amarillo y observa parte de la cocina americana que forma parte de la sala en la que se encuentra. Retrocede unos pasos, vuelve al asiento amarillo, frente al cuadro de Nueva York, justo encima del gran ventanal de su piso. No entiende que le sucede, algo le empuja a levantarse y observar por la ventana. Admira incrédula la imagen, se encuentra en Nueva York, lo había olvidado.
 
Trata de entenderlo. Reflexiona. Una imagen repetida, la real, observada tras la ventana de su casa en Nueva York, y la de su cuadro con las mismas vistas.
 
Pero ella nunca había estado en Nueva York, ¿Cómo era posible? – se pregunta.
 
Descuelga el cuadro, lo sitúa frente a ella y resuelve internamente:
-        “Estática, las luces y el color, congelan Nueva York en este cuadro que cuelga de la pared. Refugio del dolor que marca mi latir y he decidido a venirme a vivir aquí, sin ti…no puedo”.
 
La primera lágrima cae sobre su mejilla, mientras se saca violentamente la alianza  que golpea contra el suelo. Se pone una chaqueta gris de lana gorda, mientras introduce las llaves de casa en uno de los bolsillos XL de la misma.
 
Comienza a bajar a pié la gran avenida, reconoce todas sus calles, todas sus luces. No se siente extraña, ella ya estuvo allí. ¿Cuántas veces había recorrido en aquella imagen todas esas calles? Un futuro atrapado en la imagen de un cuadro.
 
No, no sabe si quiere enfrentarse a la realidad. Si va a tener fuerzas para descubrir si él se encuentra allí, en aquella esquina en la que debería de aparecer. Se sienta en uno de los peldaños, pero tiene la certeza de que no sucederá, que pesan demasiado las cicatrices.
 
Un sonido venido de fuera le sobresalta. Le hace despertar, trata de recomponerse ¿un sueño dentro de un sueño?
 
La primera imagen que logra identificar es el cuadro de Nueva York que cuelga sobre su pared. A continuación coge su ordenador blanco apple. Entra en un buscador de vuelos. Saca dos billetes para Nueva York. Uno para ella con salida en 12 horas, y otro para Manuel con salida catorce horas después.
 
Sonríe, sale de la casa, no lleva maleta, tan sólo los billetes impresos. Un chaquetón color camel y un bolso con sus llaves. Antes de cerrar la puerta echa un último vistazo al cuadro. Una vez en la castellana, coge un taxi con dirección a la casa de Manuel ubicada en el barrio de Salamanca. Le pide al taxista que espere, la puerta del portal está abierta. Sube hasta el quinto piso. Piensa si llamar a la puerta. Se escucha el sonido de la televisión. Finalmente decide no hacerlo, saca un bolígrafo de su bolso y pone un adhesivo amarillo sobre los billetes de avión que introduce por debajo de la puerta:
 
-        Porque un día valió la pena, porque dimos tantas vueltas en aquel cuadro, allí me encontrarás. Nueva York.
 
La joven vuelve a meterse en el taxi. El vehículo comienza a perderse entre las calles de Madrid rumbo al aeropuerto de Barajas.
 
 
 
 
 
 
 

viernes, 18 de octubre de 2013

Nueva York



La aurora de Nueva York

La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
a veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
Como recién salidas de un naufragio de sangre

(Federico García Lorca)
---

Nueva York significa una nueva perspectiva de ver las cosas: luces y sombras, libertad, presión, caos, soledad, esperanza, violencia, oportunidad, falsedad, amor…

Nueva York está a punto de expandirse en nuestras vidas a través de un millón de puertas que comenzarán a abrirse cada viernes con una nueva llave.

Comienza La llave de…Nueva York, y con ella un mundo nuevo por explorar. Me siento tremendamente ilusionado pero también lleno de miedos, confieso que me invade una densa incertidumbre.

Tengo la certeza de que juntos podremos llegar al final de este camino, pero hoy más que nunca me veo en la obligación de pedir vuestra ayuda, sois vosotros quienes dais aliento a este espacio. Por ello, os invito a que participéis de manera activa, que me hagáis llegar vuestras impresiones, sean positivas o negativas, y en definitiva que podamos compartir impresiones y reflexionar con cada llave.

No lo olvides, tan sólo tú tienes el poder.Tú decides si quieres recoger o no la siguiente llave.

 
                                           Abre tu puerta cerrada
                                           Que ne tu mano está la llave
                                           El amor a ti te veia
                                           Partemos rosa, partemos aquí
                                           Yo demandi por la hermozura
                                           Como te la dio el Dio;
                                           la hermozura tuya escura
                                           a merezco sólo yo.
                                      

viernes, 14 de junio de 2013

Adio Kerida.(VI),"El pasado siempre vuelve"



(Piso de Mick, al noreste de la ciudad de  Stuttgart)

A pesar de encontrarme en la habitación contigua, su respiración tremendamente agitada permitía que escuchara y me percatara de su nerviosismo. Me acerqué de manera sigilosa contra la pared para intentar no perderme detalle de lo que estaba a punto de acontecer.

Mamá descolgó el auricular del teléfono (murmuraba algo que no podía entender), seguidamente sus dedos comenzaron a marcar (la rueda de los números del teléfono se detenía al cabo de unos segundos). A continuación se escucho su voz:
 
Quisiera realizar una denuncia. Sí. Se trata de un asunto un poco delicado. Verá… quiero denunciar a mi esposo….ya…verá me siento muy dolida, me tenía totalmente engañada, nunca me dijo que tenía sangre judía. He tenido mucho mucho miedo, pero finalmente no he podido remediarlo, siento asco, ellos no son como nosotros. ¿La dirección?, ¿dónde pueden encontrarle? Verá… su nombre es Kenneth de la Cueva. Sí, entiendo… así es, tal y como les consta tenemos un hijo, pero él ha salido a la madre (100 por 100 ario), de hecho mi pequeño es rubio, de piel blanca con los ojos claros, afortunadamente no ha salido como ese monstruo. ¿Cómo?, no, no… ¿acompañarles a la detención?, ¿con qué finalidad?, no quisiera ocasionar un escándalo en la vecindad, ¿podrían guardar discreción? Sí, si, ya sé que Mick ya os tenía al tanto y tan sólo les faltaba el consentimiento con mi llamada, pero… gracias se lo agradezco, han sido ustedes muy amables al considerar eso, pero… ya les digo que mi hijo es ario. Ya, comprendo…bien…sí…él nos acompañará. Eso es, ya salimos, ¿en 20 minutos? De acuerdo… Heil Hitler!

Me apresuré en volver a la habitación en la que estaba. Mamá no tardó en salir del otro cuarto con Mick. Mick agarraba por el hombro a mamá, como queriendo darle fuerzas. Por unos minutos se quedaron inmóviles en el marco de la puerta, como si fueran estatuas. Fue mi madre quien interrumpió el silencio:

-          Tenemos que ir a casa, todo se ha acabado, se llevan a Kenneth.

 

(Residencia de los De La Cueva y Perignat-Rosswell, en Stuttgart)

Kenneth había tomado la decisión hacía apenas unas horas, tenía la corazonada de que aquella pesadilla todavía no había acabado y que el siguiente era él. Por ello, había resuelto que recogería lo esencial y que volvería de inmediato a España. Las autoridades españolas estaban al tanto, de hecho un coche negro le esperaba en la calle colindante para no levantar ninguna sospecha, y trasladarle más tarde hasta la estación de trenes, donde comenzaría su largo camino de regreso hasta España.

El piso se encontraba una vez más entre penumbra, con las persianas ligeramente subidas, permitiendo adivinar la inmensa niebla que envolvía la ciudad. En esa casa sentía como si me faltara el aire, y mi respiración se entrecortaba continuamente. Por ello, subí completamente la persiana de la ventana central del salón, y abrí en su totalidad las ventanas del balcón.

Descubrí la maleta, apenas metí uno de mis trajes, un abrigo de invierno y unos zapatos de vestir. Ni siquiera sabía si era buena idea que quedara completamente claro que me había ido, quizá lo mejor era dejar una especie de “puerta abierta”.

Me apresuré, no quería permanecer más tiempo entre las paredes de aquella casa. No era necesaria una carta, ni dejar ninguna pista de mi paradero, ella ya se había encargado de advertirme por medio de sus actos de lo que estaba dispuesta a hacer para mantenerme lejos, y sobre todo para hacerme daño.
 
Giré el pomo de la puerta, pero no pude remediar echar la vista atrás. En la lejanía se adivinaba la primera imagen que alguien nos tomó juntos, cogidos de la mano (ahora enmarcada en plata vieja). Jarvia sonreía enérgicamente, mientras que en mí se adivinaba una sonrisa.

Mi mente retrocedió justo hasta ese instante, rememorando los buenos momentos que habíamos pasado juntos y el intenso amor que seguía profesando por ella, aún hoy, (a ella y a mi hijo).

Cogí la imagen, y miré los ojos de aquella muchacha como si tuviera a la verdadera Jarvia delante. Mi corazón se aceleró, trague saliva y entoné desde lo más profundo de mi ser:

Tu madre cuando te parió
Y te quito al mundo
Corazón ella no te dio
Para amar segundo,
Corazón ella no te dio
Para amar segundo.
 
Adio,
Adio Kerida,
No quero la vida,
M l´amargates tu

Adio,
Adio Kerida,
No quero la vida,
M l´amargates tu…

De repente un fuerte sonido (procedente del piso superior) me sobresaltó. El marco que sujetaba entre mis manos, cayó al suelo y se hizo añicos. Seguidamente escuché:

-          Abran la puerta, ¡la Gestapo!

Antes de salir, observé por la mirilla de la puerta, no había nadie. Cogí la maleta. En ese instante comenzaron a sonar las alarmas de la policía, corrí hacia el balcón, me asomé, pero aún no habían llegado. No podía bajar con aquella maleta, ya que significaba correr más riesgos. Mi mente dejó de funcionar de manera racional, pasando a ser una mera herramienta instintiva, dejé caer la maleta al lado del balcón y corrí (sin importarme el ruido que hacia). Bajé a prisa las escaleras mientras escuchaba infinidad de golpes procedentes de la parte superior (mis ojos ya no veían, tan sólo distinguían algunos peldaños).

En el momento en el que llegué hasta la entrada, decenas de miembros de la Gestapo se amontonaban a las puertas del edificio (tal y como pude ver a través de los cristales) ¡estaba perdido! Ya no tenía escapatoria. De repente se oyó un fuerte sonido seco (procedente de la calle) acompañado por infinidad de gritos femeninos. Aproveché ese momento para salir por la puerta de servicio, sin que nadie pudiera percatarse de quién salía.  Comencé a abrirme paso entre la multitud allí presente, una mancha de sangre cubría parte de la carretera. Aquel hombre había decidido quitarse la vida, y precisamente esa muerte era la que había salvado probablemente la mía. Una muerte por una vida.

 

(Coche de Mick, en su interior Jarvia y el pequeño Kenneth)

Casi podían contarse por centenares. La gente se arremolinaba frente a la entrada de nuestro edificio. Mick abrió paso, y mamá y yo logramos acceder por la puerta central. Los tacones de mamá se dejaban oír en cada escalón. Llegamos hasta nuestro piso, la puerta estaba abierta y dos hombres de la Gestapo inspeccionaban la casa. Trataron de decirnos algo, pero mamá les pidió que se callaran. Al entrar había en el suelo un marco roto, mamá se adelantó hasta el salón. El balcón central estaba completamente abierto, y junto a la puerta derecha había una maleta. Mamá se adelantó hasta él, y tras observar desde arriba el bullicio, su semblante cambió, adoptando una mirada de horror y tragedia. Corrió hasta los miembros de la Gestapo en busca de respuesta:

-          ¿Qué ha pasado? (preguntó)
 
-          ¡Ha sido ese señor que se ha tirado! (respondieron)

-          ¿Cómo?, ¿cómo? (dijo incrédula).

Los señores continuaron detallando:

-          sí, ha debido de aprovechar ese momento para irse…. Cuando llegamos aquí…ya no había nadie.

Pero mamá ya estaba fuera de sí, recuerdo que miró un momento el suelo para recoger el marco caído (que apoyó contra su pecho). A continuación se dirigió hacia el salón, antes de entrar, miró el lugar donde estaba la maleta. Aceleró sus pasos, y se tiró por el balcón.

Un fuerte sonido seco se escuchó, a continuación un sinfín de gritos femeninos.
 
 

viernes, 17 de mayo de 2013

La ninia de las flores.(V),"El pasado siempre vuelve"



Abrí la puerta de mi casa con miedo pues existía un silencio aterrador, aquel mutismo me hizo pensar que algo dramático estaba por acontecer. A lo lejos advertí una luz en el fondo, de inmediato, un ligero ruido en el interior del salón. A continuación la sintonía de la radio y aquella voz.

Era él, ese individuo, ¿cómo alguien, aún en la lejanía, podía dañarme tanto?

Avancé muy lentamente, tratando de no hacerme visible, posicionándome justo detrás de ella. Permanecía inmóvil, casi abducida por sus palabras-Sentí terror, en aquel momento fui consciente de que ella tan sólo era un robot en manos de su amo.

Sonó la puerta y tras el sonido de las llaves, nuestro hijo interrumpió aquel momento de incredulidad, mi esposa Jarvia se pronunció:

-         Ammm…¿estás tú también aquí? (refiriéndose a mi)

Asentí con la cabeza mientras nuestro hijo saltaba en brazos de su madre para besarla. En ese instante las palabras de mi pequeño me dejaron petrificado como una estatua:

-         Mamá…¿sabes lo que nos han hecho prometer hoy en el colegio? Para ser buenos ciudadanos y servir a Alemania tenemos que combatir contra todo el mal que nos acecha, por eso hay que denunciar a los traidores.

En ese momento interrumpí al pequeño Kenneth:

-         ¿Quiénes son esos traidores, hijo?
 
Sus ojos se engrandecieron mientras me daba su respuesta:

-         A aquellos que escondan a esos sucios judíos, nuestro deber es denunciarles, tenemos que sacar a esas ratas de sus escondites.

Pensé en retirarle la mirada pero no lo hice:

-         Kenneth, ¿qué pasaría si tuvieras algún amiguito, o incluso algún familiar que fuera judío, ¿también lo denunciarías?, ¿acaso es eso lo que debe hacer un buen católico?, ¿qué es lo que dicen los mandamientos, ayudar al prójimo ¿no?

Por un momento permaneció dubitativo, pero la palmadita en la espalda de Jarvia le hizo reaccionar:

-         O se sirve a Alemania o se está contra ella, por culpa de los judíos mira como estamos. Si el judío no se va, yo seré el que le descubra.
 
Sus palabras comenzaron a introducirse en mi mente y a resonar de manera repetitiva:

-         Si el judío no se va, yo seré el que le descubra, si el judío no se va, yo seré el que le descubra, si el judío no se va, yo seré el que le descubra, si el judío no se va, yo será el que le descubra, si el judío no se va, yo seré el que le descubra, si el judío no se va, yo seré el que le descubra. El que le descubra, el que le descubra. SI-EL-JUDÍOS-NO-SE-VA/ YO-SERÉ-QUIEN-LE-DESCUBRA.
 
Sí, ya me había quedado claro, había entendido perfectamente el mensaje.

Salí de mi casa con el corazón en un puño, no sabía donde ir. El solitario edificio de la embajada española de la ciudad alemana de Stuttgart no me parecía el lugar más oportuno. Opté por ir a uno de los inmuebles donde permanecían los judíos que había sacado semanas atrás de aquel campo, del que se comentaba: “que entrabas por la puerta y salías por la chimenea”.

Aquellos seres humanos se encontraban en un espacio reducido. Los dos edificios de pequeñas proporciones eran insuficientes para 177 personas, pero por el momento no contábamos con otro lugar mejor que fuera seguro.
 
Uno de esos días en los que me disponía a abandonar uno de los edificios “bajo protección española”, una niña de unos 7 años llamó poderosamente mi atención. Permanecía en el lado derecho de la entrada, sola. La observé durante varios minutos con detenimiento y me percaté de que hacia algo así como cuidar de un grupo de flores silvestres. Le sonreí y le dije:

-         ¿Kual es el nombre de la ninia de las flores?

La pequeña me regaló una de las flores de su jardín mientras me respondía:

Daniella, mas para ti…la ninia de las flores, tu ninia.

No pude remediar abrazarla mientras le decía:

-         Si, mi ninia.

Ese mismo día Daniella me dijo que cumplía 8 años. Por ello nos recorrimos casi toda la ciudad hasta que dimos con un lugar en el que vendían helados. La casualidad hizo que nos encontráramos con mi mujer Jarvia y mi hijo Kenneth. Nada más vernos, se acercaron a prisa, Jarvia se adelantó:

-         ¡Vaya qué sorprea! (Jarvia acarició la cabeza a Daniella), ¿dónde vais?, ¿qué haces con esta niña?

Estuve a punto de darme la vuelta, pero no la rehuí y le contesté:

-         Es Daniella, la hija de un compañero español del consulado. Hemos venido a comprar un helado porque hoy es su cumpleaños.

Jarvia de nuevo se agachó y le preguntó:

-         ¿Cuántos años tienes?, ¿10 años?

Daniella respondió:

-         No, ma chikita…
 
Jarvia enfureció al reconocer casi al instante el acento, cogió a Kenneth de forma apresurada y desaparecieron. Esa noche decidí quedarme en uno de los edificios “anexos a la embajada española” en Stuttgart, junto a mi tía y mis primos, a los cuales había conocido semanas atrás.

A la mañana siguiente salí temprano a hacer unas gestiones con la intención de volver a la hora de comer. En las proximidades del consulado compré un ramo de flores a Daniella para que pudiera plantarlas y así ampliar su jardín.

Nada más llegar Alberto, mi fiel compañero gallego que se encargaba de “custodiar” los edificios, me preguntó:

-         ¿Y Daniella, no estaba contigo?

-         ¿Conmigo? Ya me viste que salí por la mañana temprano (le contesté).

La mirada de Alberto me alarmó, junto a la confirmación de sus palabras:

-         Esta mañana llegó en un coche azul una mujer rubia que hablaba español, preguntó por Daniella y dijo que la buscaba para llevarla contigo. La niña la reconoció y no le di importancia.
 
Los peores presagios se me pasaron por la cabeza:

Alberto, a prisa…llévame a esta dirección (le ordené sin dar explicaciones).

Cuando nos presentamos en el portal todo parecía en calma. Me encontraba tremendamente agitado y consternado. ¡No, no creía que fuera capaz de haberle hecho algo malo! Mis zapatos golpeaban con fuerza las pesadas escaleras de madera de mi edificio, tal era el ruido, que algunos vecinos se asomaban a la puerta del estruendo.

Al llegar al piso quinto, precisamente en la puerta de la entrada donde residía mi familia, una flor me hizo detenerme. La flor se encontraba aplastada en el suelo. Fue aquí cuando me di cuenta de todo.

“En medio del camino yo vi una flor un poco cansada.
 
Y supe que era la flor… ay, de la ninia,

    Ay,de mi ninia,

de la ninia de las flores”.


Yo le di a una ninia una flor

Y la llamé la ninia de las flores.

Le di, ay, le di la flor

Pa´que la proteja…
 

Y un día, y un día

Desapareció, desapareció la niña.

Y yo sabía, y yo sabía

Que no la vería nunca más…


La ninia de las flores, Yasmin Levy