Algunos fijaban
nuestra presencia desde la época del rey Salomón. De lo que no
existían dudas era de nuestro establecimiento bajo dominio romano, tal y como
podía constatarse a través de diferentes documentos.
Sefarad, la
tierra en la que llevábamos habitando durante más de XV siglos nos iba a ser
arrebatada. Ahora resultaba que uno era menos “español” por el mero hecho de no
ser cristiano. Sin embargo, ni los reyes Fernando e Isabel, que ahora nos gobernaban,
ni nadie, podrían quitarme mi pertenencia y la vinculación con mi país, con el
cual me sentía plenamente identificada.
Yo era sefardí,
y permítanme que lo ponga en cuestión, probablemente mucho más que estos
señores que estaban a punto de abrir una de las puertas más negras de la
historia de Sefarad.
Mi abuela
Esther tenía setenta y cinco años, era una mujer fuerte, pero tras el edicto de
expulsión su estado de salud había mermado, y no parecía dispuesta a cumplir
con ninguna de las condiciones exigidas. Hasta el último momento tratamos de
convencerla para la partida, pero parecía firme con su decisión:
-
¡No
voy a renunciar a abandonar mi casa, ni mi religión!
Nosotros
habíamos decidido, como la mayoría, abandonar nuestra localidad, y no porque lo
deseáramos. Poca gente podría amar tanto como lo hacíamos nosotros a Sefarad,
pero renunciar a nuestras creencias, era renunciar a nuestra cultura y en
definitiva, a nuestros orígenes. Sería una autonegación a nosotros mismos.
No podíamos
sacar oro, de nada servía vender nuestros bienes. A parte de que fueron muchos
los que se aprovecharon del momento y quisieron encontrar su oportunidad en
nuestra desgracia.
En algún
momento tengo que admitir que me planteé la posibilidad de la conversión, pero
yo misma sabía que no podría vivir mucho tiempo en la mentira, y que finalmente
todo acabaría mal. ¿Qué podríamos hacer para que la abuela nos acompañase?
Teníamos todo
listo, eran pocas las cosas que podíamos llevar. Mañana partiríamos rumbo a un
incierto.
La abuela
permanecía en el enorme jardín de la casa familiar, frente a la higuera
centenaria, observando el firmamento. Me acerqué sigilosamente, y al llegar
hasta ella no pude remediar abrazarla. Al instante comenzó a sollozar. Después
de unos segundos se sosegó, yo me senté junto a ella en el borde del escalón de
piedra. Me estrechó con su brazo por los hombros y me dijo:
-
¡Sí
hija, mañana… iré con vosotros!
Estuvimos
hablando durante horas, y finalmente decidimos dormir nuestra última noche en
el patio para solventar de la mejor manera la cálida oscuridad de julio. Nos
tumbamos en las esterillas, y pusimos los cojines. La abuela comenzó a
acariciarme el pelo. Las estrellas invadían la noche y mis ojos comenzaron a
cerrarse mientras escuchaba a la matriarca de la familia recitar:
Arvoles lloran por lluvia
Y montañas por aire
Ansí lloran mis ojos
Por ti querido amante.
Lloro y digo qué va a ser de mí
EN TIERRAS AJENAS ME VO MURIR.
Enfrente de mi hay un angelo
Con tus ojos me mira
Llorar quero y no puedo
Mi corazón suspira
Lloro y digo qué va a ser de mí
EN TIERRA AJENAS ME VO MURIR.
El canto del
gallo y la luz de los rayos del sol anunciaban el nuevo día:
-
¡Abuela,
tenemos que ponernos en píe!, ¡abuela!, ¡abuelaaaaaaa!
Todos alguna
vez habíamos escuchado la expresión: “morir de pena”, pero yo misma pude comprobar
ese día su veracidad, de como el sentimiento de una persona, y en definitiva,
de que la tristeza puede desencadenar y acelerar la muerte. Mi abuela, no podía
soportar la idea tal y como expresaba horas antes, preludio de su final, de morir
en tierras ajenas.
Esther sería
enterrada bajo la tierra en la que creció. Sus raíces quedarían arraigadas en
el lugar al que tanto amor procesaba.
Quién sabe,
quizá algún día podríamos regresar y descubrir que en el lugar en el que ahora
todo estaba seco, las flores volvían a brotar.
Antes de
marcharme, coloqué un pedrusco encima de la lápida de mi abuela, símbolo de que
siempre habría alguien que se acordaría de ella.

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