Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 22 de marzo de 2013

El hijo que siempre se espera

  
            
No podía parar de mirar a toda esa gente que se encontraba frente a mis ojos. Algunos de ellos se encontraban solos, otros acompañados. Una sola idea venía a mi mente, indistintamente de llevar una vida más o menos “ordenada”, todos podíamos acabar como ella.

Hacía año y medio que había decidido entrar a aquella organización sin ánimo de lucro, que entre otras actividades prestaba cobertura a personas de la tercera edad. Concretamente esa era mi labor.

Sus dirigentes desde el comienzo fueron claros con los voluntarios. Nosotros no estábamos allí para juzgar, sino para intentar hacerles la vida un poco más fácil.

Mercedes resultó ser mi primer destino. La primera vez que me abrió la puerta, me sorprendió su pelo perfectamente peinado, y su maquillaje impoluto. Su entrada ya daba muestra de su pasado glorioso y aventurero, cubierto por infinidad de cuadros con aire oriental. Aquel amplio piso del centro de Madrid había sido un trasiego de gentes, pero ahora sólo quedaban los “ecos” de aquellos tiempos de añoranza, tal y como me comentaba su dueña:

-  Tengo cuatro hijos, pero claro, cada uno tiene bastante con lo que tiene. El mayor vive en Barcelona, mi hija Aurora en Mallorca, el tercero vive en la sierra y el pequeño anda de aquí para allá.

En ningún momento me extrañó que en cada encuentro me hablara de sus hijos, toda madre siempre se siente orgullosa de sus vástagos. Lo que si me sorprendía, es que siempre tratara de excusarlos. Mercedes siempre tenía una razón para fundamentar sus ausencias.

En ocasiones tuve la tentación de decirle algo, pero al mirarla a los ojos, presentía que podría hacerle daño. No sabía exactamente si era una forma de autoengañarse, o realmente ella lo veía así, pero yo sólo quería que ella se sintiese cómoda cuando yo estuviese junto a ella.

Hacía seis meses que había sufrido una caída en su piso, fruto de ese aparatoso accidente, había perdido casi la total movilidad de su pierna izquierda. Esa era la razón por la que necesitaba ayuda para realizar mucha de las acciones cotidianas. Mercedes no podía salir a la calle, hacer la compra, ir al médico, o hacer alguna gestión en el banco.
Yo era consciente que mi visita, tan sólo una vez por semana durante unas horas, eran una desconexión de la rutina a la que se veía sometida. En alguna ocasión me comento:

-   Es que claro, si tú no vienes…no puedo salir a la calle, y no puedo ver la luz del sol.

De esta forma, Mercedes, me esperaba cada siete días, para respirar la vida fuera de sus cuatro paredes.

Durante nuestros paseos me contaba sus viajes por la India, Estados Unidos, África, o sus encuentros con relevantes personalidades de la sociedad. Mercedes despertaba vida, y a la vez protección. Y es que llega un punto en que los ancianos y los niños se convierten prácticamente en “una misma cosa”, son seres dependientes. Aquella madre ahora pedía a gritos la atención de sus hijos, y yo desconocía si ellos no eran conscientes de su estado, o simplemente “echaban la vista a otro lado”.

Y tras la caída de Mercedes, y su momentánea recuperación, llegó la enfermedad, venida por sus 85 años. Había dos cosas que no entendía: en primer lugar, porque no había una persona interna en la casa, por los datos que me decía, su familia tenía una posición acomodada. Y en segundo lugar, ¿cómo era posible que nunca tuviera  constancia de la permanencia de sus hijos en esa casa?.

El día 5 de febrero, al llegar a las 11:00 a.m, la vi muy “malita”. Hacía varias semanas que Mercedes me había dado unas copias de las llaves de su casa, mientras me decía:

-   Hijo, toma unas llaves, que cualquier día de estos no puedo abrirte.

Al tocarla la sentí muy fría y estaba algo pálida. Me acerqué un poco más. Le tomé la temperatura en la frente y le dije:

-  Mercedes guapa, ¿tiene frío?.

Mercedes me miró desorientada, mientras respondía:

-   He llamado a mi hijo, ahora viene, es que tiene mucho trabajo. Trabaja mucho el pobre, ¿sabes?.

Tras hacerle una mueca que no pude redimir, le contesté:

-   Muy bien, Mercedes, pero… ¿cómo se encuentra?.

La mujer no paraba de mirar a la puerta:

-   Estoy muy “malita”.
Durante unos instantes no supe que decir, seguidamente reaccioné:
-  ¡Qué no Mercedes, venga… anímese!.

De repente la anciana, empezó a tener problemas para respirar. Rápidamente le puse la bomba de oxígeno, pero sin ningún resultado. Por ello, seguidamente llamé al 112. Nada más volver a la habitación, la note más tranquila. Mercedes se dirigió a mí:
-   Anda llama a mi hijo, a ver… por dónde va. Está en la primera hoja de la agenda marrón.

De inmediato me dirigí al salón y marqué el número, insistí en varias ocasiones, pero nadie contestó.
Al regresar, la anciana me preguntó:
-   ¿Qué ha dicho Miguelito?.
Yo le respondí (sonriendo) :
-  ¡Ya viene…!.
Pero de nuevo el estado de Mercedes volvió a empeorar. Ella se cogió de mis brazos, agarrándose con tal fuerza que parecía incluso querer incorporarse. Fue entonces cuando se oyó un ruido. Mercedes de nuevo se tranquilizó. Por un momento me despegué de ella, salí de la habitación y me asomé al pasillo, pero no había nadie.

Al volver, nada más verme, comenzó a llorar, mientras me decía:
-   No va a venir, ¿verdad?. Es que anda muy ocupado, y ya tiene bastante con lo que tiene....

Por un momento me quede paralizado, sin saber que decir. Tragué saliva, y me dirigí de nuevo a su lado. No pude reprimir las lágrimas, sabía que la vida de Mercedes se apagaba y ella se merecía un final digno:
-   Pero no tiene de que preocuparse, por que yo estoy aquí.
Así se marchó Mercedes entre mis brazos, con una ligera sonrisa.
No podía parar de mirar a toda esa gente que se encontraba frente a mis ojos. Algunos de ellos se encontraban solos, otros acompañados. Una sola idea venía a mi mente, indistintamente de llevar una vida más o menos “ordenada”, aún teniendo hijos, todos podíamos acabar como ella.
                                                                                                                                                                    

viernes, 15 de marzo de 2013

"El Amaneser" o el Amanecer


«Hemos decidido ordenar que todos los judíos, hombres y mujeres, de abandonar nuestro reino, y de nunca más volver. Con la excepción de aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios el 10 de julio de 1492 para no ya retornar bajo pena de muerte y confiscación de sus bienes (...)»

Todos tenemos trucos cuando no podemos dormir. Cada vez que la ansiedad me acechaba, particularmente cuando las preocupaciones eran infinitas, mi mente me transportaba a un lugar donde todo era calma y serenidad. Sin embargo antes de llegar  hasta ese lugar, tenía que seguir un arduo camino, un sendero en el que tenía que ir superando obstáculos que me impedían disfrutar de mi sueño.

Aquellas palabras enturbiaban la posibilidad de conciliarme con la noche: “Hemos decidido ordenar que todo los judíos, hombres y mujeres abandonen nuestro reino, y que nunca vuelvan”. ¿Cómo podía enfrentarse una a la posibilidad de no retornar nunca al lugar donde giraban todos mis sueños? No eran pocos los que me decían - déjalo, ya volveremos. Como si se tratase de algo momentáneo y pasajero, pero mi corazón por momentos se paraba y me advertía de que no sería así, de que era definitivo.

“Con la excepción de aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios”. Y yo reflexionaba, ¿y qué…si renuncio a mi fe? Por momentos pensaba que mi Dios se había alejado. No quería ser cristiana, pero ahora tampoco estaba segura de querer ser judía. Le pedí cientos de veces respuesta, pero no obtuve contestación.
¿Por qué se había llevado a mi abuela a la que tanto necesitaba, justo en este preciso instante? Si era verdad que estaba a mi lado, bien sabría que era como amputarme una parte de mí. Mi abuela Esther había muerto de repente, con la impotencia de tener que salir de su patria, de tener que abandonar todos sus recuerdos. ¿Por qué?, ¿Por qué a mí, Señor?
La cantidad de pensamientos que enturbiaban mi mente retrasaban mi viaje hacia el descanso, la que parecía definitivamente mi última noche en Sefarad.
Mi respiración comenzó a decrecer, poco a poco me iba tranquilizando. 
Inicio a bajar las escaleras para llegar hasta la primera planta de la casa. Abro la puerta, empiezo a sentir en mis pies descalzos el empedrado de las calles de la judería. Veo la casa de mi tío Jacob. No hay ninguna luz, prueba de que hace casi un mes que decidieron salir del país. Continúo por la calle del mercado, tuerzo a mano izquierda y comienzo el recorrido por las laberínticas calles de la judería.  Empiezo a correr, no sin antes mirar de vez en cuando hacia atrás para comprobar si alguien me sigue. Hoy no quiero dejar de pasar por ninguna de las calles que componen la aljama, pues algo me dice que será por última vez. Por fin, llego hasta las puertas que separan mi barrio del resto de la población (los cristianos). Sé que no puedo traspasar los portones a una determinada hora, pero estoy en mi sueño, y sólo por esta vez las reglas las pongo yo.

Comienzo de nuevo a acelerar mis pasos, e incluso río sin parar. Corro tan deprisa que nadie podría pararme. Y llego hasta su puerta, donde no hace falta que tire una pequeña piedra ante su ventana para que se descuelgue por ella. Esta vez él me espera. Me da un beso, me coge de la mano, y de nuevo iniciamos el camino hasta el lago.

Una vez allí nos sumergimos. El agua no está especialmente caliente, pero se agradece en una de estas cálidas noches de verano. Rodrigo me coge de nuevo de la mano. Nos encontramos los dos flotando boca arriba, mirando las estrellas. No estamos solos, nos acompaña la luna. Su reflejo puede apreciarse justo al lado de nosotros, siempre testigo de nuestro amor. El astro no sólo había sido observador, sino también confidente.

Rodrigo me había prometido que mi condición de judía no sería impedimento para nada, y que en cuanto tuviera el dinero suficiente, en caso de encontrarse con algún inconveniente me llevaría a algún lugar lejano donde pudiéramos vivir sin reservas nuestro amor. Tras el edicto todo cambió. Bien es cierto que me llevó, como cada noche, frente al lago. Por un momento pensé que para consolarme por la muerte de mi abuela Esther, pero todo resultó ser diferente. Era su despedida:

- No te puedo mentir, creo que no te quiero lo suficiente como para poner en riesgo mi vida.

Quizá no eran las palabras que me esperaba. Sentía tanto dolor, tanta rabia, que una parte de mí deseaba tan solo golpearle. Sin embargo me serené, ya no me quedaban más lágrimas, ni había lugar para más tragedias. Claro que sabía que me había querido, y que me quería, pero sólo teníamos dieciocho años, éramos casi unos niños, y era insensato  pedirle que pusiera en riesgo su propia integridad. Tragué saliva, le miré directamente a los ojos, y le dije:

- No importa el tiempo, tampoco el lugar. Yo sólo sé que nos quisimos libres.

Rodrigo me besó. Dirigió sus ojos hacia los míos y comenzó a llorar. Segundos más tarde desapareció de forma acelerada del lugar.

Posiblemente mis palabras habían penetrado en él más de lo que esperaba. 
Era consciente de que más allá de todas las inclemencias actuales, existía la posibilidad de que nuestro amor traspasase más allá. No ahora, ni en Sefarad, quizás en otro lugar donde fuéramos libres, al igual que lo fue nuestro amor.

No podía comprender nada, era inútil pensar en los porqués. La vida te enfrenta a miles de situaciones que nos desbordan, nos descolocan, pero en este momento comprendía que no podía perderme por caminos más oscuros. Tenía que tener confianza, pensar que era una dura prueba más, y que tenía que seguir adelante.

En ese instante miré al cielo. Ni siquiera me había percatado de que la luna había desaparecido. Los primeros rayos del sol alumbraban mi camino, era hora de volver por última vez a mi calle, la calle del “Amaneser”. Tenía que despertar y descubrir lo que me deparaba hoy la vida.

viernes, 8 de marzo de 2013

Quien muere de pena


Algunos fijaban nuestra presencia desde la época del rey Salomón. De lo que no existían dudas era de nuestro establecimiento bajo dominio romano, tal y como podía constatarse a través de diferentes documentos.

Sefarad, la tierra en la que llevábamos habitando durante más de XV siglos nos iba a ser arrebatada. Ahora resultaba que uno era menos “español” por el mero hecho de no ser cristiano. Sin embargo, ni los reyes Fernando e Isabel, que ahora nos gobernaban, ni nadie, podrían quitarme mi pertenencia y la vinculación con mi país, con el cual me sentía plenamente identificada.

Yo era sefardí, y permítanme que lo ponga en cuestión, probablemente mucho más que estos señores que estaban a punto de abrir una de las puertas más negras de la historia de Sefarad.

Mi abuela Esther tenía setenta y cinco años, era una mujer fuerte, pero tras el edicto de expulsión su estado de salud había mermado, y no parecía dispuesta a cumplir con ninguna de las condiciones exigidas. Hasta el último momento tratamos de convencerla para la partida, pero parecía firme con su decisión:

-         ¡No voy a renunciar a abandonar mi casa, ni mi religión!

Nosotros habíamos decidido, como la mayoría, abandonar nuestra localidad, y no porque lo deseáramos. Poca gente podría amar tanto como lo hacíamos nosotros a Sefarad, pero renunciar a nuestras creencias, era renunciar a nuestra cultura y en definitiva, a nuestros orígenes. Sería una autonegación a nosotros mismos.

No podíamos sacar oro, de nada servía vender nuestros bienes. A parte de que fueron muchos los que se aprovecharon del momento y quisieron encontrar su oportunidad en nuestra desgracia.

En algún momento tengo que admitir que me planteé la posibilidad de la conversión, pero yo misma sabía que no podría vivir mucho tiempo en la mentira, y que finalmente todo acabaría mal. ¿Qué podríamos hacer para que la abuela nos acompañase?

Teníamos todo listo, eran pocas las cosas que podíamos llevar. Mañana partiríamos rumbo a un incierto.
La abuela permanecía en el enorme jardín de la casa familiar, frente a la higuera centenaria, observando el firmamento. Me acerqué sigilosamente, y al llegar hasta ella no pude remediar abrazarla. Al instante comenzó a sollozar. Después de unos segundos se sosegó, yo me senté junto a ella en el borde del escalón de piedra. Me estrechó con su brazo por los hombros y me dijo:

-         ¡Sí hija, mañana… iré con vosotros!

Estuvimos hablando durante horas, y finalmente decidimos dormir nuestra última noche en el patio para solventar de la mejor manera la cálida oscuridad de julio. Nos tumbamos en las esterillas, y pusimos los cojines. La abuela comenzó a acariciarme el pelo. Las estrellas invadían la noche y mis ojos comenzaron a cerrarse mientras escuchaba a la matriarca de la familia recitar:

Arvoles lloran por lluvia
Y montañas por aire
Ansí lloran mis ojos
Por ti querido amante.
Lloro y digo qué va a ser de mí
EN TIERRAS AJENAS ME VO MURIR.

Enfrente de mi hay un angelo
Con tus ojos me mira
Llorar quero y no puedo
Mi corazón suspira
Lloro y digo qué va a ser de mí
EN TIERRA AJENAS ME VO MURIR.


El canto del gallo y la luz de los rayos del sol anunciaban el nuevo día:

-          ¡Abuela, tenemos que ponernos en píe!, ¡abuela!, ¡abuelaaaaaaa!


Todos alguna vez habíamos escuchado la expresión: “morir de pena”, pero yo misma pude comprobar ese día su veracidad, de como el sentimiento de una persona, y en definitiva, de que la tristeza puede desencadenar y acelerar la muerte. Mi abuela, no podía soportar la idea tal y como expresaba horas antes, preludio de su final, de morir en tierras ajenas.

Esther sería enterrada bajo la tierra en la que creció. Sus raíces quedarían arraigadas en el lugar al que tanto amor procesaba.
Quién sabe, quizá algún día podríamos regresar y descubrir que en el lugar en el que ahora todo estaba seco, las flores volvían a brotar.

Antes de marcharme, coloqué un pedrusco encima de la lápida de mi abuela, símbolo de que siempre habría alguien que se acordaría de ella.


jueves, 28 de febrero de 2013

Cuando se oculta la luna



Apreté el botón de la grabadora y llegó el silencio.
Teresa negaba con la cabeza, y sus ojos vidriosos advertían que estaba a punto de romper a llorar.
Yo le asentí con la cabeza, enviándole fuerzas y advirtiéndole de que nada malo le podría suceder. Cogí su mano derecha, le apreté ligeramente intentándole ofrecer apoyo y sobre todo seguridad.

Teresa cerró los ojos, suspiró, y comenzó a relatarme su historia:

-         Tenía diecisiete años. Vivía en un pequeño pueblo de Sevilla, corría el año 64. Mi familia era bastante conocida. Por aquel entonces, mi padre era el alcalde del municipio. Teníamos una posición acomodada y disponíamos de numerosas tierras, no sólo en el lugar donde residíamos, sino en toda la provincia.

Yo… era una chica normal, iba a un colegio de monjas junto a mi hermana pequeña, Inés. Era una muchacha inocente. Quizá algo infantil para mi edad, completamente supeditada a las directrices autoritarias de mi padre. En primavera conocí a Antonio, un chico tres años mayor que yo que trabaja en la panadería de enfrente de mi colegio. Solía venir a buscarme a la salida, para acompañarme hasta casa. Sin apenas darme cuenta me enamoré perdidamente de él. Pronto le llegaron a mi padre los rumores de nuestro idilio (comienza a caerle la primera lágrima a Teresa).
Me prohibió terminantemente verme con él, alegando que pertenecíamos a clases sociales diferentes. Papá terminó la conversación dando un fuerte golpe en la mesa de madera de su despacho.

Cinco meses después me quedé embarazada. No te quiero ni contar la serie de adjetivos que me profirió. Primero me dio una bofetada, después llegó mamá alertada por los gritos, y se interpuso entre los dos. De no haber llegado no sé lo que hubiese pasado.

No me dieron opción, me dijeron que el niño o yo.
Dos días después, papá parecía que había reflexionado. Me dijo que tendría a mi hijo en Madrid, que viviría en una casa de acogida para mujeres solteras, asistida por monjas, que me ayudarían. Aquí comenzaría su diabólico plan.

Salí del pueblo sin poder despedirme de mi novio Antonio, y con la incertidumbre de no saber con qué iba a encontrarme.

Al llegar en autobús a Madrid, me recogió una monja, concretamente Sor Aurora. Tenía la cara llena de arrugas y parecía muy mayor. Un chófer nos esperaba dentro de un gran coche negro.
Cuarenta minutos más tarde llegaríamos hasta la residencia de la congregación, para la acogida de madres solteras.

Ninguna de las chicas que allí residían llegaba a los 21 años de edad. Habían venido de casi todas las provincias de España, cada una de ellas por un motivo diferente. Me llamó poderosamente la atención que todas, excepto yo, venían de un ambiente con grandes dificultades económicas, es más, la gran mayoría no sabía ni leer ni escribir.

La estancia era gratuita, pero a cambio, nosotras nos encargábamos de las tareas de la limpieza, del cuidado de los jardines, colada, comida, además de realizar algunos trabajos de costura, etc. (mi padre me advirtió que ahora me daría cuenta de la dureza de la vida)

Las jornadas de trabajo eran, en ocasiones, de más de 10 horas.
En el octavo mes de mi embarazo empecé a manchar –Teresa  comienza de nuevo a llorar con fuerza, apretando fuertemente sus labios. Yo no podía más, pero me hacían seguir trabajando. En esa ocasión estaba limpiando el largo pasillo de entrada.
El último mes lo pasé en la cama, de reposo absoluto. Por primera vez parecían prestarme atención, con todo tipo de cuidados.

Apenas tenía contacto con mi familia, mis padres ni siquiera vinieron a verme en navidades. Mi madre y mi hermana pequeña Inés, eran las únicas que solían escribirme una vez al mes.

El 27 de mayo de 1965 a las 22:00 horas, empecé a tener fuertes contracciones. De nuevo, el coche negro apareció, aunque esta vez la hermana Angustias me acompañó. Comenzábamos el camino hasta Madrid. Semanas atrás me habían comunicado que tendría a mi niño en la Clínica Santa Cristina, y que ellas mismas me ayudarían a encontrar un trabajo en la capital, y un lugar para vivir con el pequeño.

Siento escalofríos –Teresa  se coge con fuerza a la silla sobre la que está sentada. Habían anunciado en el telediario que esa misma noche habría un eclipse lunar.

El dolor era tan fuerte que en ciertos momentos creía que iba a perder la consciencia. Me asomé por el cristal, y pude ver como la luna comenzaba a ocultarse fruto del eclipse.

No llegamos a la clínica hasta pasadas las 22:30 horas, mire el reloj antes de que me montaran en la camilla. Dos horas más tarde, a las 00:00 h, me bajaron a quirófano, justo en el momento en que empezó a sonar un potente reloj que adornaba el oscuro pasillo que conducía hasta la sala de operaciones.

El Doctor Manuel me dijo que ya estaba todo listo, que ya había pasado lo peor, pero que tenía que empujar un poco más. Pero yo no podía más. Estaba chorreando de sudor, y había perdido más sangre de lo habitual. Estaba a punto de desfallecer, e incluso pensé que iba a morir.

Tengo algunas lagunas, por lo que no sé cuánto tiempo transcurrió. Me encontraba algo débil, pero creí escuchar:

-         ¿Hora del nacimiento? –Alguien  contestó que a las 00.35

El doctor pidió que me pusieran sangre, más tarde dijo:

-         Yo aquí ya no tengo nada que hacer, yo no quiero saber nada.

Al instante vino una enfermera que me dijo que había tenido una niña.

-         ¿Cómo la vas a llamar? –me preguntó dulcemente.

-         ¡Carmen! Se va a llamar Carmen –le respondí.


Pero el encuentro se vio interrumpido con la llegada de una monja, a la que nunca antes había visto. La enfermera estaba a punto de entregarme a mi hija en brazos, cuando sobresaltada gritó:

-         ¿Pero…qué haces? ¿cómo le entregas a la niña?

La enfermera retrocedió y le entregó mi hija a aquella mujer.

Inmediatamente yo pregunté:

-         ¿Qué pasa?

La monja contestó:

-         ¡Esta niña no ha nacido bien! ¡Que se la lleven!

Yo intenté recomponerme, e incluso levantarme de la camilla, pero ella me lo impidió. No sé de dónde saqué las fuerzas, pero pedí explicaciones:

-         ¿Qué le pasa?, ¿a dónde se la llevan?

La monja miró para otro lado y me dijo:

-         La niña…no respiraba – dijo en un tono dubitativo y bajo.

La angustia y el terror se apoderaron de mí.

-         ¿Qué? ¿Cómo? Pero si la he escuchado llorar, ¡estaba llorando!

Comencé a gritar desesperadamente:

-         ¡Quiero ver a mi hija! ¡Llévenme dónde la tengan!

En ese momento estuve a punto de caerme de la camilla.  Estaba dispuesta a ir donde fuera.

A los minutos, no sin antes de haberme suministrarme algo por una de las vías que tenía, me trajeron a mi hija. Me dijeron que había muerto. No podía ver su rostro. La medicación comenzaba a surtir efecto:

-         Acérquemela… quiero darle un beso –les  pedí entre susurros.

Los ojos se me cerraban, pero yo luchaba para que no sucediese. Sentí hielo, un hielo que llegaba a quemar. Besé su rostro, y de nuevo se la llevaron. Miré por la ventana de la izquierda de la ventana, la luna ya se había ocultado por completo.

Al día siguiente volví a la residencia, me resultó extraño que no me dejaran despedirme de ninguna de mis compañeras. En el autobús de vuelta pensé sobre ello. No había caído en la cuenta de que todas las chicas que salían de la casa después de alumbrar, “desaparecían”. Nadie volvía a hablar de ellas, siempre con alguna excusa.

Jamás podré olvidar la cajita donde me dijeron que enterraban a mi hija.
Tuve serios problemas. Les amenacé con denunciarles si no me dejaban ir a su entierro. Hasta tuvieron que arrancarme de la lápida de mi hija Carmen.

Al llegar al pueblo, Papá ya no parecía enfadado, pero tampoco sorprendido. Me extrañó muchísimo que no se compadeciera del dolor de una madre después de haber perdido a su hijo.

Mes y medio más tarde, una calurosa mañana de julio, el teléfono comenzó a sonar. Papá atendió la llamada en su despacho. Yo, procedía a volver a mi habitación cuando le escuché:

-         ¿Entonces la niña está bien? ¡Con esa gente no le faltará de nada! Me alegró de que se la hayáis entregado a esa familia. Leí en el periódico que no podían tener hijos. Os lo agradezco mucho… es lo único que os pedí, que estuviera en buenas manos.

Me volví fuera de mí, abrí la puerta de su despacho, y  tiré hacía él golpeándolo:

-         ¡Mi hija! ¡Dónde está mi hija!

Perdí el conocimiento. Más tarde desperté en un centro psiquiátrico.  La maldad de mi padre llegó hasta límites insospechados, al tratar de hacerme creer que estaba loca. Pude salir del centro al cumplir los veintiún años, la mayoría de edad. Lo dejé todo y me fui a Málaga, a casa de una tía, la cual me ofreció todo su apoyo, cuando le conté todo lo sucedido.

Desde entonces nunca he podido ser feliz. Con el paso del tiempo intenté rehacer mi vida con otro hombre, con el que tuve otro hijo, Iván, pero nunca he logrado recomponerme. Siempre he estado sometida a la depresión, y he acompañado mi soledad y mi ansiedad con pastillas.

Ahora, tras el descubrimiento de que son miles los casos de niños robados, y tras confirmarse que no existía ningún acta de defunción de mi hija, y por supuesto, cuerpo alguno en su supuesto lugar de enterramiento, no dudé en interponer ,de nuevo, una demanda, para averiguar el paradero de mi hija Carmen. Años atrás lo intenté, pero corrían otros tiempos, y mis historiales médicos no ayudaron. Tenía todos los ingredientes para tratarse de la paranoia de una desequilibrada.


Pero… Jose, ¿sabes una cosa? Tengo mucha fe. Rezo todos los días por reencontrarme con mi hija. Y a pesar de que algunas personas puedan pensar que no tiene lógica lo que voy a decirte, ¡No! La iglesia no tiene culpa de nada. No ha habido ni un solo segundo en que haya dejado de creer. La iglesia está formada por hombres, y al igual que en cualquier otro lado existen personas llenas de maldad. A lo largo de la historia ha habido otras épocas en las que en nombre de la iglesia, se han hecho todo tipo de atrocidades. Con el paso del tiempo, se ha procedido a pedir perdón, se ha reconocido y se ha aprendido. Por ello, no hay que pasar por alto que esa no es la verdadera Iglesia, tan sólo son personas, personas que “hablan en nombre de…”, o dicen “ser de…”.

Ellos son los que algún día tendrán que pedir perdón, y tendrán que dar explicaciones de los actos cometidos, algunos en nombre de Dios.
Ellos, los implicados, saben lo que hicieron. No me robaron a mi hija, sino que me arrebataron la vida. Me robaron una parte de mí. Me destrozaron en ese instante en mil pedazos.

A día de hoy mi corazón se hiela, se congela, en el momento en el que miro el cielo y presencio cuando se oculta la luna.
  

viernes, 22 de febrero de 2013

Las ciudades donde la vida no vale nada



No importa el nombre del lugar, no quiero acordarme.

A veces pienso si se trata de alguna maldición del continente, pues no es un caso aislado. ¿Qué pasará por la mente de una persona antes de matar a otra?

Se llamaba Alberto,y tan sólo tenía quince años. De mayor decía que quería ser médico.

Le encantaba ir los domingos con papá en busca de pueblos abandonados, para luego escribir historias sobre las causas de su abandono. Era un chico atípico, de los que no pasaban desapercibido, todo el vecindario le quería y era bastante popular.

Siempre soñaba despierto, decía que le hubiese encantado haber vivido en la época precolombina, pues le apasionaba también la astronomía, y decían que los constructores de las pirámides de nuestro país eran expertos en cuerpos celestes.

Se podía tirar horas hablando, no paraba. En ocasiones mamá le tenía que pedir que se callara, pues terminaba mareando. Era un gran autodidacta, siempre por sus cumpleaños nos pedía libros de medicina, y a pesar de que solamente era un niño, no solía equivocarse en sus diagnósticos. Hubiera sido un gran profesional de la medicina.

Todos le recordarán por su carácter solidario, por su espontaneidad y su eterna sonrisa.

El 15 de febrero del 2013, se despertó como cada mañana para ir al colegio. Se tomó su taza de zumo con su croissant, y pasó antes de marcharse, como de costumbre, por la habitación de mamá para que le bendijera con la señal de la cruz. A la tarde, a la salida del colegio, Willy, le invitó a dar una vuelta con su grupo de amigos.

A las 18:45 pasaron a la altura de la avenida de Pizarro con la 314, donde un grupo de personas se arremolinaba a la puerta de una cafetería. De repente, comenzaron a escucharse unos disparos. Una mujer comienza a gritar:

-          ¡Un médico por favor!

Mi hermano se adelantó, y cruzó a prisa hasta la acera de enfrente para intentar socorrer a la víctima. Willy salió tras él para intentar impedírselo. Los disparos prosiguieron, los testigos dicen que al menos ocho cadáveres yacían en el suelo. Al momento aparecieron dos camionetas negras, de las que se bajaron un total de quince hombres. Se identificaron como la policía, se llevaron a mi hermano Alberto, a Willy, a cuatro de los amigos que fueron en su búsqueda, y a otras cinco personas más.

Entonces comienza nuestra búsqueda por todas las comisarías, pero los agentes nos aseguran que no les consta ninguna detención con el nombre de mi hermano, ni de ninguno de sus amigos. En los últimos meses la ola de violencia se ha desatado, y es frecuente que los diferentes grupos violentos se hagan pasar por policías. Nos tememos lo peor, pero mantenemos la esperanza de que a los “nuestros”, no les haya pasado nada. Son tan sólo unos niños.

El teléfono suena, recibimos la ansiada noticia, ha aparecido Alberto, pero muerto, junto al resto de sus amigos, y las demás personas desaparecidas. Han encontrado sus cuerpos en una cuneta a nueve kilómetros de la ciudad donde la vida no vale nada.

Los asesinos desconocen la piedad, no les importa que sean niños, inocentes, ancianos o adultos. Sus pistolas no tiemblan a la hora de apuntar. Los criminales no piensan en sus familias, en los sueños rotos que están a punto de quebrantar.

Alberto desde arriba, trabajará para recordar a la humanidad en lo que se ha convertido, en seres monstruosos, sin sentido.

Alberto ahora está en un lugar mejor, donde no existe el odio, donde no existe el rencor.

Alberto ya no escuchará más pistolas, más llantos. Alberto ya no presenciará más familias rotas.

jueves, 14 de febrero de 2013

El último beso en Arganda


La primera toma de la primera escena de su ópera prima.

Su corazón latía con fuerza, ya estaba allí, en Roma, grabando su primera película, sin haberse dado apenas cuenta.

-          ¡Acción!
 
Su mente retorna a la realidad, observa el monitor de la pantalla y admira a la joven que aparece en una cama blanca impoluta.  Su tez, del mismo color que las sábanas, casi se funde en la misma tonalidad. Tiene el pelo muy negro, alborotado (semisalvaje). Sus labios gruesos parecen casi dibujados, sus líneas están completamente marcadas, al igual que sus cejas. Permanece con los ojos cerrados, aun así, tras la pantalla se ven enormes, acompañados de unas largas pestañas. Todo el equipo permanece en absoluto silencio, tan solo interrumpido por el comentario de uno de sus miembros:

-       ¡Parece un ángel!

De manera inesperada, abre los ojos. Su corazón se paraliza, le falta el aire, parece como si Roberta le estuviese observando sólo a él. En ese momento, no tiene dudas, se ha enamorado.

Cinco meses después deciden pasar por el altar, e incluso (nunca dejó de  preguntarse cómo pudo hacerlo), logró que cambiase de residencia, su querida y amada Roma, por el pueblo que le vio nacer a él, Arganda del Rey. Allí Roberta pasaba desapercibida, ninguno de sus habitantes conocía su secreto, que era una de las grandes estrellas del cine italiano del momento.

Vivían en una casita blanca, de tres plantas, ubicada en lo alto de una cuesta. El hogar había sido adquirido por el joven argandeño dos años atrás, después de haber sido reformada, ofreciéndole un toque algo más bohemio.

A Roberta le costó adaptarse a la nueva vida en Arganda, pero ella siempre solía comentar que era un pueblo con encanto, con gente muy entrañable y muy particular. Le encantaban los encierros, especialmente los de la calle de José Antonio, el vino y la iglesia de San Juan Bautista. Solía expresar su admiración por el templo:

¡Es una auténtica joya! - decía con emoción.

No había noche a la que no acudiera a su lugar preferido, la última planta de la casa, que albergaba una pequeña terraza desde donde se veía toda la localidad. En varias ocasiones su marido se la había encontrado traspuesta en la hamaca de madera, aun en las noches más gélidas de invierno solía quedarse dormida mirando las estrellas

Hacía tres meses que habían estado separados por motivos de trabajo, Roberta estaba grabando una superproducción en Roma, y Alfonso estaba escribiendo el nuevo guión de su nueva película, que sería protagonizada nuevamente, por la gran Roberta Rossellini.

 
13 de febrero de 1955. (Arganda del Rey). 22.52 h.

Alfonso no para de mirar su reloj, pide a su amigo Carlos que acelere.

-       ¡Mira que es mala suerte! ¿Cómo pueden ser tan pesados?,  ¡y todo…para que no nos den la subvención!

Su amigo le responde:

-       ¿Qué te pensabas que era esto… “llegar y besar el santo”?

Alfonso se echa las manos a la cabeza:

-       ¡Anda cállate y vete más rápido que Roberta me mata!, ¡tres meses sin vernos, y mira a qué hora llego!

Carlos bromea:

-       ¡A las estrellas de cine no se les hace esperar!

No queda nadie en la calle, hace mucho frío. Aparcan el coche y se dirigen a la puerta de la casa. Abren la puerta y encienden la luz. Alfonso comienza a llamar a su mujer:

-       ¡Robertaaa, ya estoy aquí!

(Nadie contesta).

Alfonso comienza a subir por las escaleras de madera e invita a su amigo a acompañarle:

-       ¡Sube, sube, no te quedes ahí…  seguro que está en la terraza!

Pero al llegar hasta la última planta descubren que no está. Alfonso se extraña:

-       ¿Dónde se ha metido?

Carlos le interrumpe

-       ¡Mira, hay luz en la habitación!

Los dos amigos bajan de nuevo hasta el segundo piso, Alfonso llama en dos ocasiones a la puerta, pero no obtiene respuesta. Empuja el picaporte y entra. Hay una pequeña luz que procede de la lámpara de la “mesita” de noche, Roberta permanece en la cama.

-       ¡Roberta, amore mio, que ya ha llegado!

(Pero no responde).

Alfonso se dispone a despertarla, pero su amigo Carlos le frena:

-       ¡Fonsi, que te ha dejado una nota en la mesilla! Mira te ha puesto que ha llegado muy cansada del viaje, que no hicieras mucho ruido…

Alfonso le contesta:

-       ¡Da igual voy a despertarla!, ¡que hace tres meses que no la veo!

Carlos vuelve a frenarle:

-       ¡Mira que tienes mala idea!, ¡que debe de estar rota la pobre de tanto viaje!

Alfonso toma distancia:

-       ¡Pues mira…tienes razón! ¿Te acuerdas?, ¡hace ya casi dos años!…¡cuándo nos fuimos a grabar a Roma! Ella estaba justamente igual, parece la misma imagen. Roberta sobre la cama dormida, ¿qué era lo que todos decíais?

Carlos le responde:

-       ¡Parece un ángel!

 Alfonso se ríe (tratando de no hacer ruido):

-       ¡Eso es!, oye, ¿por qué no nos haces una foto? Siempre me he imaginado la escena que grabamos, con la variación de estar observándola mientras le doy un beso de buenas noches. Seguro que cuando la revelemos se lleva una gran sorpresa y le hace ilusión. ¡Mira abre esa bolsa negra!, ¡ahí está la cámara!

Carlos se posiciona justo frente a la escena. Entretanto, Alfonso se introduce sigilosamente en la cama y le da un beso en la parte izquierda de la sien a Roberta, mientras su amigo inmortaliza el momento.

Los dos amigos se despiden, pero antes de salir, Carlos se asoma por el umbral de la puerta:

-       ¿No está un poco blanca? A ver si…

Alfonso le empuja y comienza a bajar las escaleras:

-       ¿Pero no te acuerdas de los rodajes, cuando le decíais que su piel era como de porcelana?

Carlos se ríe:

-       ¡Pues también es verdad! Anda…¡hasta mañana!, ¡descansad!

 
14 de febrero de febrero de 1955. (Arganda del Rey). 08:30 h.
 
Los vecinos comienzan a agolparse debajo de la casa de Alfonso y Roberta. Al instante llegar el primer coche de la policía. Las vecinas no paran de señalar la parte trasera de la casa (algunas se echan la mano a la cara).

La policía llama hasta en tres ocasiones al timbre de la casa, pero no se escucha nada. Finalmente echan la puerta abajo. Los vecinos colindantes se asoman expectantes.“La Espe” y “la Mari” rezan, a pesar de no entender muy bien lo que está pasando (ellas fueron las que llamaron a la policía, ya que fueron las primeras que lo vieron cuando salieron a comprar el pan).

Los municipales bajan a los 15 minutos:

-       ¡Aquí no hay nadie!, ¿les dijeron que salían a algún sitio?

      “La Espe”, contesta:

-       ¡Yo a las 05:00 a.m, creí escuchar un lloro muy intenso, pero pensé que lo había soñado!

La policía les pide que se metan en casa, que en cuanto sepan algo les avisarán.

 
14 de febrero de 1955 12: 30 (Arganda del Rey)

Carlos llega desde Madrid alertado por la policía. Uno de los municipales le impide el paso al intentar subir hasta el final de la cuesta donde se encuentra la casa de Alfonso. Ya son cientos de personas las que se agolpan debajo de la casa, y el tráfico ha sido cerrado en toda la calle. El joven se identifica y uno de ellos acuerda hacerse cargo del coche.

Comienza a subir la cuesta a pie, intentando abrirse camino entre la muchedumbre. Al segundo queda paralizado, la pared trasera de la casa está cubierta por una inmensa tela blanca con la imagen que él mismo había retratado horas antes. Mientras tanto oye a unas mujeres que debaten:

-       Pero, ¿está muerta?, o ¿está viva?

A los municipales les confirmó que él había sido el que había realizado la foto que, ahora colgaba de la parte de atrás de la casa de su amigo. Les aseguró que en ningún momento Alfonso le había comentado que tuvieran previsto salir de viaje. Tan sólo les rogó que les encontrasen y que se pusieran en contacto con él.


13 de febrero de 2013

La policía jamás pudo dar explicación a la misteriosa desaparición de Alfonso y Roberta. Nunca más se supo de ellos, ni tan si quiera se tuvieron pistas sobre su paradero. Tampoco nadie pudo dar respuesta a quién colocó aquella foto allí, y cómo pudo  hacerlo, pues nadie lo vio. Una imagen colocada por alguna razón hace más de medio siglo, que recuerda en cada momento a los transeúntes que por allí pasan, el amor que Alfonso y Roberta se procesaban. Un instante detenido en el tiempo, que nadie podrá borrar.

Desde el suceso, Carlos acude cada 13 de febrero a Arganda del Rey para observar la inmensa fotografía que “inunda” la pared trasera de la casa. La imagen, que permanece en el mismo lugar en que fue colocada, y que sigue siendo objeto de polémica. Todo el mundo que la mira, se pregunta:

Roberta, ¿estaba dormida?, o ¿estaba muerta?

¿Era un beso de buenas noches?, o ¿Era su beso de “hasta siempre"?

Ni Carlos, ni ninguno de  los habitantes de Arganda tendrán jamás respuesta de lo que sucedió esa noche, pero de lo que nadie tiene duda, es que esa imagen es un reflejo de su inmenso amor, y sobre todo de su último beso (fuera en el contexto que fuera).

Su último beso en Arganda.