(Piso de Mick, al
noreste de la ciudad de Stuttgart)
A pesar de encontrarme en la
habitación contigua, su respiración tremendamente agitada permitía que
escuchara y me percatara de su nerviosismo. Me acerqué de manera sigilosa
contra la pared para intentar no perderme detalle de lo que estaba a punto de
acontecer.
Mamá descolgó el auricular del
teléfono (murmuraba algo que no podía entender), seguidamente sus dedos
comenzaron a marcar (la rueda de los números del teléfono se detenía al cabo de
unos segundos). A continuación se escucho su voz:
Quisiera
realizar una denuncia. Sí. Se trata de un asunto un poco delicado. Verá… quiero
denunciar a mi esposo….ya…verá me siento muy dolida, me tenía totalmente
engañada, nunca me dijo que tenía sangre judía. He tenido mucho mucho miedo,
pero finalmente no he podido remediarlo, siento asco, ellos no son como
nosotros. ¿La dirección?, ¿dónde pueden encontrarle? Verá… su nombre es Kenneth
de la Cueva. Sí, entiendo… así es, tal y como les consta tenemos un hijo, pero
él ha salido a la madre (100 por 100 ario), de hecho mi pequeño es rubio, de
piel blanca con los ojos claros, afortunadamente no ha salido como ese
monstruo. ¿Cómo?, no, no… ¿acompañarles a la detención?, ¿con qué finalidad?,
no quisiera ocasionar un escándalo en la vecindad, ¿podrían guardar discreción?
Sí, si, ya sé que Mick ya os tenía al tanto y tan sólo les faltaba el
consentimiento con mi llamada, pero… gracias se lo agradezco, han sido ustedes
muy amables al considerar eso, pero… ya les digo que mi hijo es ario. Ya,
comprendo…bien…sí…él nos acompañará. Eso es, ya salimos, ¿en 20 minutos? De
acuerdo… Heil Hitler!
Me apresuré en
volver a la habitación en la que estaba. Mamá no tardó en salir del otro cuarto
con Mick. Mick agarraba por el hombro a mamá, como queriendo darle fuerzas. Por
unos minutos se quedaron inmóviles en el marco de la puerta, como si fueran
estatuas. Fue mi madre quien interrumpió el silencio:
-
Tenemos que ir a casa, todo se ha acabado, se llevan a
Kenneth.
(Residencia de los De La Cueva y Perignat-Rosswell, en Stuttgart)
Kenneth había tomado la decisión hacía
apenas unas horas, tenía la corazonada de que aquella pesadilla todavía no
había acabado y que el siguiente era él. Por ello, había resuelto que recogería
lo esencial y que volvería de inmediato a España. Las autoridades españolas
estaban al tanto, de hecho un coche negro le esperaba en la calle colindante para
no levantar ninguna sospecha, y trasladarle más tarde hasta la estación de
trenes, donde comenzaría su largo camino de regreso hasta España.
El piso se encontraba una vez más
entre penumbra, con las persianas ligeramente subidas, permitiendo adivinar la
inmensa niebla que envolvía la ciudad. En esa casa sentía como si me faltara el
aire, y mi respiración se entrecortaba continuamente. Por ello, subí completamente
la persiana de la ventana central del salón, y abrí en su totalidad las
ventanas del balcón.
Descubrí la maleta, apenas metí
uno de mis trajes, un abrigo de invierno y unos zapatos de vestir. Ni siquiera sabía
si era buena idea que quedara completamente claro que me había ido, quizá lo
mejor era dejar una especie de “puerta abierta”.
Me apresuré, no quería permanecer
más tiempo entre las paredes de aquella casa. No era necesaria una carta, ni dejar
ninguna pista de mi paradero, ella ya se había encargado de advertirme por medio
de sus actos de lo que estaba dispuesta a hacer para mantenerme lejos, y sobre
todo para hacerme daño.
Giré el pomo de la puerta, pero
no pude remediar echar la vista atrás. En la lejanía se adivinaba la primera
imagen que alguien nos tomó juntos, cogidos de la mano (ahora enmarcada en
plata vieja). Jarvia sonreía enérgicamente, mientras que en mí se adivinaba una
sonrisa.
Mi mente retrocedió justo hasta ese
instante, rememorando los buenos momentos que habíamos pasado juntos y el
intenso amor que seguía profesando por ella, aún hoy, (a ella y a mi hijo).
Cogí la imagen, y miré los ojos
de aquella muchacha como si tuviera a la verdadera Jarvia delante. Mi corazón
se aceleró, trague saliva y entoné desde lo más profundo de mi ser:
Tu madre cuando te parió
Y te quito al mundo
Corazón ella no te dio
Para amar segundo,
Corazón ella no te dio
Para amar segundo.
Adio,
Adio Kerida,
No quero la vida,
M l´amargates tu
Adio,
Adio Kerida,
No quero la vida,
M l´amargates tu…
De repente un fuerte sonido
(procedente del piso superior) me sobresaltó. El marco que sujetaba entre mis
manos, cayó al suelo y se hizo añicos. Seguidamente escuché:
-
Abran la puerta, ¡la Gestapo!
Antes de salir, observé por la
mirilla de la puerta, no había nadie. Cogí la maleta. En ese instante
comenzaron a sonar las alarmas de la policía, corrí hacia el balcón, me asomé,
pero aún no habían llegado. No podía bajar con aquella maleta, ya que
significaba correr más riesgos. Mi mente dejó de funcionar de manera racional,
pasando a ser una mera herramienta instintiva, dejé caer la maleta al lado del
balcón y corrí (sin importarme el ruido que hacia). Bajé a prisa las escaleras mientras
escuchaba infinidad de golpes procedentes de la parte superior (mis ojos ya no
veían, tan sólo distinguían algunos peldaños).
En el momento en el que llegué
hasta la entrada, decenas de miembros de la Gestapo se amontonaban a las
puertas del edificio (tal y como pude ver a través de los cristales) ¡estaba
perdido! Ya no tenía escapatoria. De repente se oyó un fuerte sonido seco (procedente
de la calle) acompañado por infinidad de gritos femeninos. Aproveché ese
momento para salir por la puerta de servicio, sin que nadie pudiera percatarse de
quién salía. Comencé a abrirme paso
entre la multitud allí presente, una mancha de sangre cubría parte de la
carretera. Aquel hombre había decidido quitarse la vida, y precisamente esa
muerte era la que había salvado probablemente la mía. Una muerte por una vida.
(Coche de Mick, en su interior Jarvia y el pequeño Kenneth)
Casi podían contarse por
centenares. La gente se arremolinaba frente a la entrada de nuestro edificio.
Mick abrió paso, y mamá y yo logramos acceder por la puerta central. Los
tacones de mamá se dejaban oír en cada escalón. Llegamos hasta nuestro piso, la
puerta estaba abierta y dos hombres de la Gestapo inspeccionaban la casa. Trataron
de decirnos algo, pero mamá les pidió que se callaran. Al entrar había en el
suelo un marco roto, mamá se adelantó hasta el salón. El balcón central estaba
completamente abierto, y junto a la puerta derecha había una maleta. Mamá se
adelantó hasta él, y tras observar desde arriba el bullicio, su semblante
cambió, adoptando una mirada de horror y tragedia. Corrió hasta los miembros de
la Gestapo en busca de respuesta:
-
¿Qué ha pasado? (preguntó)
-
¡Ha sido ese señor que se ha tirado! (respondieron)
-
¿Cómo?, ¿cómo? (dijo incrédula).
Los señores
continuaron detallando:
-
sí, ha debido de aprovechar ese momento para irse….
Cuando llegamos aquí…ya no había nadie.
Pero mamá ya
estaba fuera de sí, recuerdo que miró un momento el suelo para recoger el marco
caído (que apoyó contra su pecho). A continuación se dirigió hacia el salón, antes
de entrar, miró el lugar donde estaba la maleta. Aceleró sus pasos, y se tiró
por el balcón.
Un fuerte
sonido seco se escuchó, a continuación un sinfín de gritos femeninos.
