Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 14 de junio de 2013

Adio Kerida.(VI),"El pasado siempre vuelve"



(Piso de Mick, al noreste de la ciudad de  Stuttgart)

A pesar de encontrarme en la habitación contigua, su respiración tremendamente agitada permitía que escuchara y me percatara de su nerviosismo. Me acerqué de manera sigilosa contra la pared para intentar no perderme detalle de lo que estaba a punto de acontecer.

Mamá descolgó el auricular del teléfono (murmuraba algo que no podía entender), seguidamente sus dedos comenzaron a marcar (la rueda de los números del teléfono se detenía al cabo de unos segundos). A continuación se escucho su voz:
 
Quisiera realizar una denuncia. Sí. Se trata de un asunto un poco delicado. Verá… quiero denunciar a mi esposo….ya…verá me siento muy dolida, me tenía totalmente engañada, nunca me dijo que tenía sangre judía. He tenido mucho mucho miedo, pero finalmente no he podido remediarlo, siento asco, ellos no son como nosotros. ¿La dirección?, ¿dónde pueden encontrarle? Verá… su nombre es Kenneth de la Cueva. Sí, entiendo… así es, tal y como les consta tenemos un hijo, pero él ha salido a la madre (100 por 100 ario), de hecho mi pequeño es rubio, de piel blanca con los ojos claros, afortunadamente no ha salido como ese monstruo. ¿Cómo?, no, no… ¿acompañarles a la detención?, ¿con qué finalidad?, no quisiera ocasionar un escándalo en la vecindad, ¿podrían guardar discreción? Sí, si, ya sé que Mick ya os tenía al tanto y tan sólo les faltaba el consentimiento con mi llamada, pero… gracias se lo agradezco, han sido ustedes muy amables al considerar eso, pero… ya les digo que mi hijo es ario. Ya, comprendo…bien…sí…él nos acompañará. Eso es, ya salimos, ¿en 20 minutos? De acuerdo… Heil Hitler!

Me apresuré en volver a la habitación en la que estaba. Mamá no tardó en salir del otro cuarto con Mick. Mick agarraba por el hombro a mamá, como queriendo darle fuerzas. Por unos minutos se quedaron inmóviles en el marco de la puerta, como si fueran estatuas. Fue mi madre quien interrumpió el silencio:

-          Tenemos que ir a casa, todo se ha acabado, se llevan a Kenneth.

 

(Residencia de los De La Cueva y Perignat-Rosswell, en Stuttgart)

Kenneth había tomado la decisión hacía apenas unas horas, tenía la corazonada de que aquella pesadilla todavía no había acabado y que el siguiente era él. Por ello, había resuelto que recogería lo esencial y que volvería de inmediato a España. Las autoridades españolas estaban al tanto, de hecho un coche negro le esperaba en la calle colindante para no levantar ninguna sospecha, y trasladarle más tarde hasta la estación de trenes, donde comenzaría su largo camino de regreso hasta España.

El piso se encontraba una vez más entre penumbra, con las persianas ligeramente subidas, permitiendo adivinar la inmensa niebla que envolvía la ciudad. En esa casa sentía como si me faltara el aire, y mi respiración se entrecortaba continuamente. Por ello, subí completamente la persiana de la ventana central del salón, y abrí en su totalidad las ventanas del balcón.

Descubrí la maleta, apenas metí uno de mis trajes, un abrigo de invierno y unos zapatos de vestir. Ni siquiera sabía si era buena idea que quedara completamente claro que me había ido, quizá lo mejor era dejar una especie de “puerta abierta”.

Me apresuré, no quería permanecer más tiempo entre las paredes de aquella casa. No era necesaria una carta, ni dejar ninguna pista de mi paradero, ella ya se había encargado de advertirme por medio de sus actos de lo que estaba dispuesta a hacer para mantenerme lejos, y sobre todo para hacerme daño.
 
Giré el pomo de la puerta, pero no pude remediar echar la vista atrás. En la lejanía se adivinaba la primera imagen que alguien nos tomó juntos, cogidos de la mano (ahora enmarcada en plata vieja). Jarvia sonreía enérgicamente, mientras que en mí se adivinaba una sonrisa.

Mi mente retrocedió justo hasta ese instante, rememorando los buenos momentos que habíamos pasado juntos y el intenso amor que seguía profesando por ella, aún hoy, (a ella y a mi hijo).

Cogí la imagen, y miré los ojos de aquella muchacha como si tuviera a la verdadera Jarvia delante. Mi corazón se aceleró, trague saliva y entoné desde lo más profundo de mi ser:

Tu madre cuando te parió
Y te quito al mundo
Corazón ella no te dio
Para amar segundo,
Corazón ella no te dio
Para amar segundo.
 
Adio,
Adio Kerida,
No quero la vida,
M l´amargates tu

Adio,
Adio Kerida,
No quero la vida,
M l´amargates tu…

De repente un fuerte sonido (procedente del piso superior) me sobresaltó. El marco que sujetaba entre mis manos, cayó al suelo y se hizo añicos. Seguidamente escuché:

-          Abran la puerta, ¡la Gestapo!

Antes de salir, observé por la mirilla de la puerta, no había nadie. Cogí la maleta. En ese instante comenzaron a sonar las alarmas de la policía, corrí hacia el balcón, me asomé, pero aún no habían llegado. No podía bajar con aquella maleta, ya que significaba correr más riesgos. Mi mente dejó de funcionar de manera racional, pasando a ser una mera herramienta instintiva, dejé caer la maleta al lado del balcón y corrí (sin importarme el ruido que hacia). Bajé a prisa las escaleras mientras escuchaba infinidad de golpes procedentes de la parte superior (mis ojos ya no veían, tan sólo distinguían algunos peldaños).

En el momento en el que llegué hasta la entrada, decenas de miembros de la Gestapo se amontonaban a las puertas del edificio (tal y como pude ver a través de los cristales) ¡estaba perdido! Ya no tenía escapatoria. De repente se oyó un fuerte sonido seco (procedente de la calle) acompañado por infinidad de gritos femeninos. Aproveché ese momento para salir por la puerta de servicio, sin que nadie pudiera percatarse de quién salía.  Comencé a abrirme paso entre la multitud allí presente, una mancha de sangre cubría parte de la carretera. Aquel hombre había decidido quitarse la vida, y precisamente esa muerte era la que había salvado probablemente la mía. Una muerte por una vida.

 

(Coche de Mick, en su interior Jarvia y el pequeño Kenneth)

Casi podían contarse por centenares. La gente se arremolinaba frente a la entrada de nuestro edificio. Mick abrió paso, y mamá y yo logramos acceder por la puerta central. Los tacones de mamá se dejaban oír en cada escalón. Llegamos hasta nuestro piso, la puerta estaba abierta y dos hombres de la Gestapo inspeccionaban la casa. Trataron de decirnos algo, pero mamá les pidió que se callaran. Al entrar había en el suelo un marco roto, mamá se adelantó hasta el salón. El balcón central estaba completamente abierto, y junto a la puerta derecha había una maleta. Mamá se adelantó hasta él, y tras observar desde arriba el bullicio, su semblante cambió, adoptando una mirada de horror y tragedia. Corrió hasta los miembros de la Gestapo en busca de respuesta:

-          ¿Qué ha pasado? (preguntó)
 
-          ¡Ha sido ese señor que se ha tirado! (respondieron)

-          ¿Cómo?, ¿cómo? (dijo incrédula).

Los señores continuaron detallando:

-          sí, ha debido de aprovechar ese momento para irse…. Cuando llegamos aquí…ya no había nadie.

Pero mamá ya estaba fuera de sí, recuerdo que miró un momento el suelo para recoger el marco caído (que apoyó contra su pecho). A continuación se dirigió hacia el salón, antes de entrar, miró el lugar donde estaba la maleta. Aceleró sus pasos, y se tiró por el balcón.

Un fuerte sonido seco se escuchó, a continuación un sinfín de gritos femeninos.