Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 30 de noviembre de 2012

Lo oculto




Mara se levantó sobresaltada de la cama. Acababa de tener una pesadilla. Se había incorporado angustiada, con la sensación de que todo había sido real, cogió su bata de raso que se encontraba en la silla de mimbre, y busco sus brazos para envolverse ella misma y sentirse protegida. Abrió la puerta de la habitación con sumo cuidado para comprobar que no había nadie, y suspiró aliviada al observar que se encontraba sola.

Volvió a cerrar la puerta y se dirigió hacia el tocador de madera ubicado frente a ella. Se sentó, apartó el pelo de su cara y se miró en el espejo. Pero su mirada rehuía la imagen ofrecida en el reflejo. La joven bajó su mirada y se encontró con la instantánea, que adornaba el lado derecho del tocador de mármol y madera, que había heredado de su madre.  Mara lo cogió con total delicadeza, y rememoró el instante en que fue tomada, en aquel mismo tocador, cuando ella todavía era una cría. Se acordaba de cómo su madre le había cogido encima de sus rodillas, del olor a violetas de su perfume, y de cómo su padre les había pedido que sonrieran.

En aquel mismo lugar había decidido que quería ser maquilladora profesional, al igual que su madre. Frente a ese cristal, había recibido los mejores trucos de su principal maestra, e incluso había fantaseado en cómo se pintaría en el futuro para su amado.

Mara volvió a la realidad, su madre no se encontraba junto a ella, ni tampoco tenía doce años. Lo primero que hizo fue acercarse la crema hidratante. La extendió por toda su cara, y sintió un enorme frescor en todo su rostro, especialmente en el lado derecho de su pómulo. Como si de un ritual se tratase, cogió el antiojeras de barra y se lo aplicó con pequeñísimos golpecitos en la región que sentía más necesaria (la franja del ojo que llegaba hasta la mejilla). Seguidamente utilizó una base correctora del número cinco acorde a su tono. Y finalizó, con un polvo compacto que se aplicó con la ayuda de una brocha mientras se deshacía el recogido del pelo, y se lo echaba hacía adelante.

La chica cogió una elegante blusa color ocre, y una falda marrón a juego con unos altos tacones. Miró su reloj de muñeca dorado, y antes de cerrar la puerta agarró su bolso, que se encontraba en el sillón de la entrada.
Mara trabajaba como maquilladora en un popular programa de testimonios de la televisión. Al llegar a la sala de maquillaje, su jefa Pepa con cierta preocupación le dijo:

-        Nuestra T1 ha aparecido con “la cara hecha un cristo”, mira tú si puedes hacer algo…porque así no va a salir.

Mara se asomó y se encontró a una joven de su edad, con parte de la cara amoratada. La maquilladora se dirigió a su jefa y expuso:

-        Pepa, díselo a Rober por favor, ya sabes que a mí estas cosas me dan muy mal rollo, de verdad.

Sin embargo su superiora no estaba dispuesta a darle tregua y sentenció:

-        Eres la mejor maquilladora del  programa, entra, comienza tu trabajo y dime qué puedes hacer.

La joven regresó a la sala de maquillaje, se acercó hasta la invitada del programa y le dijo:

-        ¿Pero… qué te ha pasado?

La chica, que se encontraba en el sillón de cuero negro no respondió. Tan sólo se limitó a intentar bajar la cara. Mara cariñosamente le subió la barbilla, las dos jóvenes se quedaron calladas durante algunos segundos, observándose a través del espejo. La maquilladora se acercó sigilosamente a su oído y le dijo:

-        ¿Cómo permites que alguien te haga esto?

Treinta minutos después, Pepa le daba la enhorabuena a Mara de manera efusiva:

-        ¿Qué te he dicho..?. Si es que… cualquiera diría que te tiras los días tapando moratones. ¡Gracias guapa!

Mara se quedó inmovilizada, con una falsa sonrisa que se quedó dibujada en su cara, después del beso que había recibido de su jefa.

Tras la jornada, volvió a casa. Antes de introducir la llave, la joven acercó el oído hasta la puerta, para intentar escuchar algún ruido. Finalmente, con decisión, la chica entró en su casa. No había nadie. Se quitó los altos tacones y se dirigió hasta el tocador de su habitación. Sacó de su neceser las toallitas, y comenzó a desmaquillarse. A los pocos segundos comenzaron a aparecer los moratones.

De repente la puerta de entrada se abrió, y se cerró de manera abrupta. Los pesados pasos que se dirigían hacía la habitación no dejaban duda, era Manuel. El joven de 1,90 y aspecto rudo, entró con cierta agresividad en la habitación donde se encontraba su novia. Se posicionó detrás de ella, la agarró del pelo y le dijo:

-        ¡Ya has vuelto a maquillarte como una puta!

Mara cerró los ojos y sintió el primer cosquilleo en su rostro. Más tarde, dejó de sentir nada.


viernes, 23 de noviembre de 2012

Mazizini


Nunca sintió la necesidad de mostrar el mínimo afecto por nadie, ni siquiera a su esposa o a su hijo. Javier insertaba su nuevo traje de Carolina Herrera en el portatrajes, sin poder quitarse de la cabeza una pregunta que llevaba haciéndose desde hace varios días, ¿ alguna vez había querido realmente a alguien? Durante unos minutos se quedó completamente inmóvil frente al espejo de su vestidor, con el traje en la mano y la mirada perdida. De repente su teléfono móvil comenzó a sonar. A Javier le pilló completamente desprevenido, el sobresalto le llevó a retrasar unos segundos más de lo normal la recepción de la llamada. La pantalla de su iphone le anunciaba que se trataba de su ex mujer Guadalupe. El caballero, de pelo engominado y aspecto elegante, descolgó el teléfono:

-         Dime…Guadalupe -fueron sus primeras palabras.

-         ¿ Vas a tener la decencia de venir a ver a tu hijo antes de que se muera? Por que yo…ya no puedo más?- pronunció la ex mujer de Javier antes de colgar.

La llamada finalizó, y Javier sintió una presión en el estómago. Tenía que coger un vuelo en menos de 3 horas, pero… ¿ realmente su hijo Javi estaba tan mal? Todos conocían el carácter exagerado de su ex mujer, por lo que era más que probable que una vez más quisiera llamar su atención. Tan solo disponía de cinco minutos para pensar si ponía rumbo al aeropuerto, o se quedaba y se dirigía hacia el hospital.

Lo que si que era verdad, es que el padre de Javi no era consciente de la gravedad de la enfermedad. Llevaba más de tres meses sin ver a su hijo. Ni siquiera estuvo presente el día en el que le diagnosticaron el tumor cerebral (maligno). Pero los médicos habían sido optimistas y le habían comunicado que era más que probable que después de la operación y la quimioterapia, todo desapareciera. ¿Qué habría pasado?

Javier lanzó a la cama su portatrajes y mediante una llamada canceló su viaje de negocios a Milán.

Antes de entrar en la clínica, Javier llamó a Guadalupe. Nunca le habían gustado los hospitales y no sabía con qué se iba a encontrar. Al instante vio salir a su ex esposa en una de las primeras habitaciones de la derecha. Javier se quedó impresionado al ver su aspecto físico, la presión que minutos antes se había posicionado en su estómago, ahora se trasladaba hacía el pecho. Ya no quedaba nada de la cantante glamurosa que él había conocido. Guadalupe estaba totalmente demacrada: presentaba unas ojeras tremendas, tenía los ojos completamente hundidos, el pelo recogido, totalmente desaliñado, etc.

Hacía diez años que se habían separado. Su hijo, Javi, cumplía por entonces quince años. La causa de la separación, a parte de la falta de amor, fueron las continuas discusiones y la incompatibilidad de horarios a causas de sus trabajos. El marido se pasaba los días viajando por Europa y Guadalupe de gira. Mientras tanto, su hijo Javi permanecía solo, al cargo de “Oti”, una señora que se encargaba de su cuidado y del mantenimiento de la casa. El acuerdo de divorcio fue bastante rápido, y desde su firma, siempre se habían mostrado correctos y predispuestos a mantener la mejor relación posible.

Guadalupe se mantenía distante, y rehuyó del más mínimo contacto con su ex marido. Se posicionó frente a él, con la mirada baja y dijo:

-     La operación no ha ido bien, tiene metástasis. El tumor de la cabeza es muy grande, él no lo sabe. Esto es cuestión de días, semanas, o… como máximo tres meses. No se puede hacer nada…
 
Javier le interrumpió:

-         Tengo un contacto en el hospital de Houston, quizás allí….

Guadalupe sobresaltada, subió el tono de voz y sentenció:

-         Se está muriendo, se está muriendo, y… ¡no podemos hacer nada!

El padre entró en la habitación con “el corazón en un puño”. Allí estaba su hijo Javi, tumbado en la cama. Tenía la cabeza vendada, había perdido algo de peso, y presentaba un aspecto más frágil y aniñado. Estaba completamente blanco, parecía más bien la piel de un cadáver que la dermis de un ser humano. En ese instante su padre fue consciente de que su hijo se estaba apagando.

Javier no quiso que su hijo fuera consciente de la gravedad, por ello tragó saliva y le dijo:

-         A ver…¿ahora qué te has inventado para faltar a la Universidad macho? -fue lo primero que se le ocurrió.

Su hijo le respondió con una amplia sonrisa:

-         Pues ya ves… aquí estoy a ver si engaño a alguna enfermera. Y tú... ¿qué haces por aquí?,¿te han dejado escaparte?

El padre, miró a Guadalupe que se encontraba enfrente, y le respondió a su hijo:

-         ¡Que he vendido la empresa hijo! Que uno ya está muy mayor. Y me he dicho…pues me voy al hospital con mi hijo… hasta que se recupere. A ver…si me llevo yo también a una enfermera.

Guadalupe no parecía dar crédito, y su hijo tampoco. Javi así lo expresó:

-         ¡Qué te lo crees tú! ¿vas enserio? ¿Te voy a poder ver dos días seguidos? ¡Si lo llego a saber…me pongo antes malo! A mi no me vaciles ¿eh?

 
Javier se acercó a la cama, le acarició la mejilla y le dijo:

-         Esta noche dormimos juntos…

Durante la madrugada, Javier (padre), no pudo pegar ojo. En primer lugar, mandó a descansar a su ex mujer a casa, seguidamente estuvo pensando en cómo iba a organizar su empresa, de la que iba a estar ausente de manera indefinida. Su prioridad siempre había sido el trabajo, pero ahora lo era su hijo. Javier era consciente de que ya era tarde para ganarse el cariño de su vástago, bien era cierto que Javi jamás le había reprochado nada. Siempre le había recibido con una sonrisa, y nunca le había reprendido sus ausencias, la carencia de besos y de afecto. Y… ¿ por qué ahora…?, ¡ a su hijo! Un chico tan bueno, con tantos  proyectos, ¿ por qué le tenía que pasar a él? Javi se merecía ser feliz, no había tenido una buena infancia, ni tan siquiera una familia, pero él tenía derecho a formar una. Sin la posibilidad de encontrar respuestas, Javier se fue durmiendo poco a poco mientras observaba a su hijo Javi, que desde hacía horas descansaba.

Al día siguiente por la tarde. Javi, su madre y su padre permanecían en la habitación de la clínica. Su hijo, les estaba contando la anécdota de un viaje que había hecho meses atrás a Santander:
 
-         Y entonces… era de noche, e iba por la playa siguiendo mis huellas. Total, que iba tan concentrando en encajar mis pasos, que me choqué con una chica, y nos caímos al suelo. Y….la chica…. de repente Javi se quedó callado.
 
En la cabeza del chico pasó algo. El joven sabía que estaba hablando de una chica, pero… ¿qué chica? Javier trató de recordarlo. Estaba en una playa, se cayó, y había una chica. Pero no recordaba qué chica. Javi comenzó a agobiarse, se había borrado por completo de su memoria.

Sus padres empezaron a ser conscientes de que le pasaba algo. Su padre fue el primero en preguntárselo:
  
    -      Javi,¿ qué pasa?
 
Pero Javi…no podía rememorarlo, no sabía quién era esa chica. La ansiedad empezó a apoderase de él. Javi al fin contestó:

     -            Papá, espera un momento…
 
El joven trató de relajarse, buscando el instante que había desaparecido de su memoria del suceso que iba a relatar. Su padre volvió a insistir:
 
-         Javi, ¿qué pasa?

Javi era consciente de que había olvidado lo que iba a contar. Sin embargo, “algo” le impedía ponerlo en palabras. Una sensación de angustia estuvo a punto de llevarle al lloro.

Javi no fue consciente de que sus padres salieron a llamar a los médicos. Cuando volvió a mirar al frente, el doctor y dos enfermeras se encontraban ya en la habitación. Una voz dulce, y que provenía de la lejanía, le sugirió que se sosegara, segundos después sintió que una mano le introducía una pastilla en la boca. Javier cerró los ojos y dejó de sentirse perdido en el laberinto.

El doctor les comunicó a sus padres que la perdida de memoria a corto plazo en los pacientes de tumores cerebrales era bastante habitual, y sobre todo en un proceso de tumor tan avanzado como el que presentaba su hijo. El médico les anunció que le habían suministrado un tranquilizante, y que posiblemente permanecería dormido durante horas.

Guadalupe salió de manera apresurada hacia la salida del hospital. Entretanto, Javier seguía sus pasos de cerca. Al llegar a la altura del jardín, se encogió, y se tiró al suelo, mientras decía de manera incontrolada:
 
-         ¡Mi niño! ¡mi niño!
 
Su ex marido sin saber muy bien qué hacer, se quitó la americana y se la puso por encima. Le cogió por el brazo izquierdo, la levantó, y la volvió a llevar hacia el interior de la clínica.

A la mañana siguiente, Javi amaneció bastante entristecido. Apenas hablaba, y no había querido probar bocado. Su padre, aprovechó el momento en que su madre bajó a la cafetería a comer para preguntarle:
 
-         Golfo, ¿qué te pasa?

      Javi le respondió:
 
-         Nada, nada.

Pero su padre sabía que no le estaba diciendo la verdad:

-         Venga, eso se lo dices a otro, cuéntame -le contestó.


Javier quiso que su mirada se encontrara con la de su padre, y en ese momento se sinceró:
 
-         Papá, yo nunca te he pedido nada. Sabes que no te lo pediría si tuviese otra opción. Eres la única persona que me puede ayudar. Hace unos meses te conté que quería irme de voluntario a la India. También sabes que desde hace dos años colaboro con una fundación en Tanzania(en un orfanato de niños). Te acuerdas, ¿no? Allí conocí a una niña, Faisha, y le prometí el pasado verano que en diciembre volvería. Ella no tiene a nadie. Un día me dijo que todas las personas que quería, siempre le habían abandonado. Yo le prometí que jamás lo haría, y que nunca dejaría de faltar en cada “misión” de diciembre. Es muy importante que no crea que me he olvidado de ella. Yo le comenté que al conocerme todo sería diferente, y que ya no estaría sola. Papá yo no puedo ir. El vuelo lo tengo pagado, y tú te llamas como yo. Ve por mí y dile a Faisha que no hay ni un solo día en que no me acuerde de ella, y que cuando tenga 18 años tal y como le prometí, la adoptaré y seré su papá. ¿Tú sabías que en Tanzania no se puede adoptar? Bueno, el caso… es que allí sólo es obligatoria la vacuna de la fiebre amarilla, y tú esa la tienes porque hace nada estuviste en Kenia. Necesito que te vayas la semana que vienes, y cumplas mi promesa, es lo único que te pido.

Javier (padre), no supo que decir:

-         Bueno… tú ahora duerme la siesta y mañana vemos que podemos hacer -Le respondió.

A Javier le parecía inviable la posibilidad de hacer ese viaje a Tanzania. Primeramente no soportaba a los niños, no era especialmente cariñoso, y era bastante maniático. Por otro lado, no le parecía aconsejable dejar a su hijo y su madre, en estos momentos.

 A la hora de la cena, el padre se lo comunicó al hijo:
 
-         Hijo, lo siento mucho, pero…no puedo ir al viaje.

Al hijo no pareció que le sorprendiera la noticia:
 
-         Una vez más haces lo que te da la gana, ya me lo imaginaba….

Cinco días después, el padre de Javi cogía un vuelo con rumbo a Tanzania, sin saber muy bien con qué iba a enfrentarse, con el único deseo de cumplir la última voluntad de su hijo.

El señor de pelo engominado y aspecto elegante, colgó sus trajes de Carolina Herrera y se adentró en el orfanato Mazizini, donde convivían 52 niños, con edades comprendidas entre 2 y 20 años. Al comienzo, Javier se mostraba un tanto distante con el resto de los cooperantes. Los primeros días tan sólo se dedicó a observar, no era capaz de acercarse a jugar con los más pequeños, o a involucrarse de lleno. Pero al cabo de tres días fue consciente de a qué había ido allí. Por ello se apresuró y buscó a la pequeña Faisha, una niña de 10 años de enormes ojos negros y una gran sonrisa. Lo primero que hizo, fue explicarle (en inglés) que Javi no había podido ir porque estaba malo en el hospital. Pero que no debía de preocuparse, porque le había pedido que fuera él, y estuviera con ella y sus amigas.

Quizás lo que más le impactó a Javier, fue  “ver” que lo que más deseaban esos niños era afecto: que alguien les prestara atención, que jugara con ellos, que les abrazara o les diese un beso. Hubo un momento de su estancia donde presenció como varios niños se pegaban por coger su mano. Los niños del orfanato no poseían nada de lo que tenían los niños de nuestro país: no tenían tantos juguetes, no se iban de compras y no iban al cine. Sin embargo, lo que les hacia felices era sentirse queridos, e importantes para alguien. Y tuvo que ser en África, concretamente en Tanzania, y gracias a su hijo (al que estaba a punto de perder), donde se había dado cuenta de lo importante que era querer y ser querido, y sobre todo, de lo primordial que es demostrar que se quiere a alguien.

Tras pasar dos semanas, tocaba el momento de la despedida, sin duda, una de las situaciones más duras que vivió allí. Faisha le preguntó:

-         ¿ Vas a venir a verme la próxima vez?

Javier no supo que contestar.

Faisha, prosiguió:

-         Si no vas a venir, no me mientas y dímelo, y en ese caso, sólo te pido que te acuerdes de mí. Dile a Javi que lo quiero mucho, y que tengo muchas ganas de verle.
 
Javier abrazó a Faisha y le dijo:

- Nunca me voy a olvidar de ti, porque Javi y yo vamos a cuidar de ti siempre.

Faisha le regaló un gran beso. Seguidamente Javier se montó en el coche que le llevaba al aeropuerto, mientras observaba como Fasiha le lanzaba besos, y se hacia cada vez más pequeña en la lejanía.

Javier llegó a Madrid a las 6 de la mañana, no pasó por casa y se dirigió al hospital. Guadalupe le comunicó que esa misma noche Javi había entrado en coma, estaba completamente sedado, y al parecer, no respondía a ningún estímulos. Su madre estaba junto a él, encima de la cama. Tenía puesta su mano en la cara de su hijo, y con una gran delicadeza le acariciaba, y recorría las facciones de su cara con los dedos. Era imposible mostrar a una persona tanto amor. Guadalupe cerró sus ojos mientras proseguía con las caricias, y comenzó a cantar la nana con la que dormía siempre a Javi de pequeño.

La preciosa voz de Guadalupe, le llevó al padre a cerrar también los ojos. Poco después, al volver a abrirlos, como si de una alucinación se tratase, las paredes de la habitación comenzaron a desaparecer, y la estancia comenzó a transformarse, convirtiéndose en la habitación de su hijo Javi, de 23 años atrás. Javier observaba atónito como su mujer cantaba a su pequeño de dos año, esa misma canción:

Sueños azules tocan las nubes, dan vueltas en el aire.
Mientras tus ojos y tus manitas cuidan que no se escapen.
Dos estrellitas bajan solitas, para traerte el cielo.
Mientras la luna, cerca del suelo, te envuelve caramelos.

Ay, ay, ay, ay, tus manos en el viento.
Ay, ay, ay, ay, bailan como en un cuento.

Cuando te duermes, llega el silencio.
Con sus recuerdos que sólo traen mi soledad.
Que no se van, hasta despertar.

Ay, ay, ay, ay, tus manos en el viento.
Ay, ay, ay, ay, bailan como en un cuento.

 
Guadalupe besó en la frente a su hijo, y se dirigió hacia sus pies. La madre se agarró a su pié derecho y se echó encima de él. Su padre Javier hizo exactamente lo mismo, con el otro pie y cogió con fuerza la otra mano de Guadalupe,que tenía libre, y la besó.

En ese preciso instante, su hijo realizó una respiración muy profunda, y antes de ofrecer su último suspiro pronunció con voz débil:
 
-         Felicidad… era la chica, decirle que la quiero. Os quiero, Papá, Mamá.

Los médicos más tarde comentaron, que era un milagro que Javi se hubiese podido despedir. Hablaron de un fenómeno muy curioso y desconcertante, la “mejoría de la muerte. Un instante donde el paciente experimenta una mejoría relativa y engañosa para despedirse de sus familiares antes de partir.

Cuenta una leyenda, que a pesar de que el cisne no canta nunca, lo máximo que emite es un ronquido sordo, antes de su muerte algunos cisnes emiten el canto más melodioso como premonición de su propia muerte.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Los miedos



 
MIEDO: El miedo es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro, o incluso pasado. Es una emoción primaria que deriva de la aversión natural al riesgo o a la amenaza, y se manifiesta en todos los animales. La máxima expresión del miedo es el terror. Además el miedo está relacionado con la ansiedad.

Javier, tenía 25 años, y huía de Madrid porque no tenía un trabajo que le motivara. Había estudiado periodismo, pero a lo más periodístico que podía aspirar en estos momentos, era a enviar “tweets” de los sucesos que le resultaban más reseñables. Felicidad era periodista, tenía 24 años y vivía en Madrid. Trabajaba en el departamento de comunicación de una conocida empresa telefónica como becaria. Su jornada laboral era de 6 horas y su sueldo no alcanzaba los 500 Euros. Llevaba un año buscando un trabajo con mejores condiciones, pero no había tenido suerte.

 A Javier y a Felicidad no sólo les unía su faceta profesional, sino que sus vidas habían estado “conectadas” desde mucho tiempo atrás: habían frecuentado los mismos lugares de ocio, se habían cruzado en el metro, en la calle, etc. Pero había “algo” que les impedía darse cuenta de la presencia del otro.

Javier necesitaba despejarse, estaba planteándose dar un giro en su vida. Había pensado en la posibilidad de irse de voluntario a la India. Mientras tanto, quería viajar unos días a Santander solo, algo que nunca antes había hecho, ya que necesitaba reflexionar y estar tranquilo, alejado de los problemas de la ciudad. Felicidad acababa de llegar de la India, había pasado varios meses en Calcuta durante sus vacaciones. Desde hacía unos meses llevaba reflexionando sobre lo que realmente quería hacer con su vida. Se encontraba algo perdida y necesitaba una “señal” que le motivara a tomar una decisión. En el último momento había decidido irse a Santander, aprovechando el puente, y porque guardaba muy buenos recuerdos de cuando era pequeña, ya que veraneaba allí.

Felicidad viajaba en el mismo autobús que Javier, tan sólo les separaban dos filas. Él leía, mientras que ella escuchaba música. Habían reservado habitación en el mismo hotel, pero un problema informático en la reserva de la joven le había llevado a reubicarse en otro de la misma cadena, que se encontraba en la calle paralela.

El peor momento del día para ambos era la noche. Además, la razón por la que no descansaban era similar en ambos casos. En la “oscuridad” encontraban la oportunidad de  “cambiar el mundo”: daban vueltas y vueltas a las cosas en sus cabezas, y eso les generaba una gran angustia y ansiedad.

La chica había llegado cansada del viaje, y con mal cuerpo. No tenía ganas de cenar, pero su madre le convenció por teléfono de que se tomara un vaso de leche, para no irse a la cama con el estómago vacío. Felicidad no le había contado ninguna de las cosas que rondaban por su cabeza. Ni tan siquiera que había acudido sola hasta allí. Trataba de mostrarse aparentemente feliz, siempre dispuesta a ofrecer una sonrisa a aquellos que le rodeaban. Estaba convencida de que, ni por asomo, nadie podría plantearse la situación en la que estaba. Se tomó la leche y sintió la necesidad de bajar a la playa, que se encontraba muy próxima, para intentar conciliar mejor el sueño.

Era una noche con el cielo totalmente despejado y el mar estaba tranquilo. Felicidad se acercó hasta el mar, se descalzó, y sintió la frescura del agua. La brisa marina impactó suavemente en su rostro, inspiró profundamente y sintió como el aíre “limpio” entraba en sus pulmones. Comenzó a andar, y a escasos metros observó unas huellas en la arena. Empezó a seguirlas, esmerándose por encajar cada uno de sus píes en los pasos impresos en la arena, tanto, que ni siquiera se preocupaba por mirar al frente. Al otro lado, Javier seguía el camino de vuelta de sus propias huellas de la misma forma.

De repente los dos jóvenes chocaron, y cayeron al suelo. Javier fue el primero en intentar incorporarse, y pudo comprobar que había una chica tendida en la arena.

-         ¡Madre mía, vaya golpe! ¿Estás bien? - Le preguntó Javier.

La chica algo desconcertada asintió con la cabeza, se apoyó en el chico para levantarse y continuó el camino.

-         Oye perdona… ¿tú no has venido esta tarde en el autobús de Madrid de las 20:00 horas? - Preguntó de nuevo Javier.

La joven se volvió y cambió por completo su actitud, ni ella misma comprendió por qué.

-         ¿Qué pasa que me espías? - Le contestó.

El chico se acercó mas a ella, diciéndole con una sonrisa:

-         ¡Claro!, pero sólo espío a las chicas guapas.
 
Los dos chicos comenzaron a hablar, iniciando de nuevo la marcha con dirección al paseo marítimo. Allí descubrieron que ambos eran periodistas, y que compartían gustos e intereses. Pero lo que quizás les llamó más la atención, fue que ambos habían sido cooperantes, y que compartían una percepción muy similar de ver la vida. Desde ese momento, Javier y Felicidad acordaron reunirse cada día. El lugar de encuentro sería el sitio donde se habían conocido, la playa.

Casi desde el comienzo, los dos chicos se dieron cuenta de que habían sentido algo diferente al conocerse. Por ejemplo, a Javier no le había impactado especialmente físicamente Felicidad, y no porque fuera fea, pero podría decirse que no entraba dentro de su “prototipo”. Sin embargo se sentía enormemente atraído por todo lo que a ella le “envolvía”. Nunca antes había sentido nada parecido.
 
El tiempo que no pasaban juntos, que era más bien escaso, lo pasaban escribiéndose vía whatsapp, y a pesar de que aparentemente se contaban todo, Javier sentía que Felicidad no se abría del todo, que había algo que no le quería contar. Él, consciente del poco tiempo que hacía que se conocían, no quería presionarla.

La noche del sábado fue Javier quien siguió las huellas de Felicidad, pero esta vez sin choque. Los dos se sentaron en la arena y miraron las estrellas. Javier cogió la mano derecha de la chica de manera temblorosa, y le dijo:

-         Me voy a la India en enero.

 
Felicidad, sin mirarle le contestó:

-    Al final te has decidido…

Sin pensarlo dos veces, Javier cerró los ojos, se acercó hasta Felicidad y la besó. Era su primer beso, la primera vez que percibió el roce de sus labios. El chico sintió que el mundo se detenía. Una sensación de bienestar le inundó, y advirtió algo que no puede expresarse con palabras, que sólo puede experimentar. Ahora se sentía protegido, no tenía miedo a nada, lo veía todo mucho más claro.

Felicidad y Javier se tumbaron por completo, cogidos de la mano, y durante unos segundos no hablaron, dejando que sus oídos sólo percibieran el oleaje del mar. De repente Javier apretó la mano de la chica y dijo:

- ¿Has visto ese luz que acaba de aparecer? Antes no estaba.  - Pero Felicidad no dijo nada.

- ¿Y si los astros conscientes de este mágico suceso, se han alineado, y hemos hecho que nazca algo único en la constelación? - Dijo Javier de manera reincidente, y con cierto tono de emoción.

Felicidad le contestó:

- Javi… ¿siempre eres así de intenso?

Javier se quedó algo cortado, pero siguió como si nada:

- Mira… ¿ves ese punto?, pues grábalo en tu memoria, porque es una prueba de que ha nacido algo que ha traspasado el universo, que quiere estar ahí, que quiere dar prueba de ello. Si alguna vez te sientes sola, te sientes perdida, o tienes miedo, pase lo que pase, yo estaré ahí. Siempre habrá un lugar para nosotros donde ha quedado todo grabado.

Al día siguiente los dos partían rumbo a Madrid, pero esta vez no compartían el mismo autobús. Pero Javier tampoco le dio mayor importancia, ya que en un día, si querían, podrían volver a verse. Antes de la despedida se abrazaron. La chica se acercó al oído de Javier, y como si de un susurro se tratase le dijo:

-¿Por qué no has aparecido antes?

Al llegar a la capital, y con el paso de los días, Javier sintió que las cosas no iban como al principio. Era muy probable que Felicidad no sintiera lo mismo. Con anterioridad, el chico había cometido algunos errores (en todos los ámbitos) por tener cierta ansia y precipitarse. A Javier le aterró la idea de agobiar a la chica, por eso decidió romper todo vínculo con ella, creyendo que pronto podría olvidarse de ella y viceversa, ya que hacía apenas unos días que se habían conocido. Pero el joven se equivocaba, y tan sólo tardó dos días en volver a ponerse en contacto con la chica.

Felicidad le dijo que era demasiado tarde, que las cosas no se hacían así, y que necesitaba tiempo… (pensaba que las cosas habían ido demasiado deprisa). En definitiva, quería dejarlo estar, con la posibilidad de que sus vidas pudieran volver a encontrarse. Pero Javier sentía claramente que Felicidad no le estaba siendo del todo sincera, ¿se habría buscado la excusa perfecta para no ser “la mala de la película”? El chico se había dado cuenta de que necesitaba a la joven cerca, aunque fuera tan solo con una relación de amistad. Sin embargo, la chica parecía no dejar una “puerta abierta” a una segunda oportunidad.

Las personas, en algunos momentos de la vida, no somos capaces de reconocer ese “algo” que nos traspasa, y que nos toca de lleno el alma. Una “razón” que se nos escapa de la lógica y que nos hace experimentar un estado de magia, donde parece que todo es posible. En ocasiones pensamos que es demasiado pronto, otras veces que es demasiado tarde, o que no es el momento, pero, ¿quiénes somos nosotros para alterar el “orden del universo”? Somos seres insignificantes. Sin embargo, nos acecha una era en la que los hombres se creen dioses o semidioses, capaces de dar respuesta a todo y a hacer todo aquello que se nos antoje.

Nuestro entorno nos ha hecho creer en una falsa felicidad, donde huimos del compromiso, donde se supone que el más afortunado es el hombre “libre”, el que “vive el momento”, el que prueba todo, el que hace de todo, etc . No obstante, detrás de esa “satisfacción artificial”, existe un hombre vacio, ciego y sin rumbo. No hay un hombre libre si no se compromete, y sólo por medio del compromiso adquiere valor y sentido la vida.

Javier y Felicidad, de manera diferente, estaban dejando escapar una oportunidad que sólo sucedía una vez en la vida, por no ser conscientes de que en casos concretos, el tren no pasa dos veces.

Javier esa noche tuvo un extraño sueño. Se vio caminando en la playa de Santander, iba siguiendo el rastro de unas huellas. Sin embargo, de inmediato, pudo percatarse de la existencia de otras huellas, que comenzaban a aparecer justo en el lado contrario del camino. Una sensación de intranquilidad e incertidumbre se adueño de él, y le llevó a sentarse en la arena y a observar el firmamento. Segundos después, el chico presenciaba cómo desaparecía del cielo la estrella que había “nacido” con Javier y Felicidad, apagándose para siempre. Mientras en la lejanía, el chico identificó una melodía que parecía provenir de unas luces de berbena, que se “entremezclaba” con el sonido de las olas, y que  decía:

-Sólo conoce el que realmente ama. Sólo es libre el que es capaz de entregarse a algo o alguien.  Sólo se ve con el corazón.

Tan sólo era cuestión de tiempo, de crear vínculos, de unir lazos, de abrir puertas, etc. Pero las cuerdas se tensaron y se rompieron para siempre.

Era más que probable que sus vidas estuvieran entrelazándose de manera continua. Pero ellos no fueron capaces de verlo. La vida estuvo dispuesta a darles una oportunidad, a cruzar sus caminos, sin embargo no siempre es tan fácil ver las cosas con claridad. Ellos dejaron escapar “algo” que sólo puede ocurrir una vez.  

viernes, 9 de noviembre de 2012

La fe


Moisés se despertó más pronto de lo habitual. Estaba amaneciendo completamente nublado y apenas se veía. Había sido una noche dura. El frío invernal no le había dejado dormir, y su compañero de lecho, Jacob, no había vuelto desde hacía cinco días. Había echado en falta la agradable sensación de sentir el calor de un cuerpo humano, aunque fuera el de un casi desconocido, y a pesar de no hablar la misma lengua (Jacob no hablaba judeoespañol). Pero el idioma sólo había sido un impedimento al comienzo, pronto pudieron entenderse a través de la lengua "universal", es decir, por medio del lenguaje no verbal.

Desde hacía varios meses Moisés se encontraba muy débil, había perdido mucho peso y el duro trabajo al que le sometían le hacía temerse lo peor. En numerosas ocasiones, antes de cerrar los ojos, pensaba en la  posibilidad de no volver a despertar. Pero cada día que pasaba podía comprobar, ante su sorpresa, que pese al agotamiento, las malas condiciones y la falta de comida, su vida seguía adelante.

Hacía dos días que se había enterado por medio de un oficial alemán, que anteriormente había sido compañero suyo del colegio y que se encontraba en el mismo centro, de que ese mismo viernes todo acabaría.

Meses atrás, las personas allí presentes acogieron con esperanza la posibilidad de mejoras entre los allí retenidos cuando les anunciaron la llegada de “duchas”. Más tarde comprobaron que las personas que entraban, jamás volvían.

Danish, su compañero de la escuela, le había prometido que esa misma madrugada le llevaría hasta el barracón donde se encontraba su madre para que pudiera despedirse de ella.Su antiguo vecino les anunció que sólo disponían de cinco minutos. Les condujo hasta un granero anexo de madera, y cerró la puerta.

Yael, su madre, al instante se lanzó a los brazos de su hijo, y comenzó a notar como se clavaban cada una de las costillas de sus respectivos cuerpos. Su hijo se desprendió de sus brazos, se apartó unos pasos, la observó, y a continuación le apretó contra él con todas sus fuerzas. Segundos después se miraron, habían pasado seis meses desde la última vez que se habían visto. Su madre no paró de poner sus manos en su cara, de besarle y de sonreírle.

Durante esos minutos no hubo lugar para el lamento, sólo para la esperanza. Yael cogió de las manos a su hijo, y le dijo:

-        Ya queda un día menos para que volvamos a estar juntos. Tenemos que estar serenos, el señor está con nosotros y ahora te va a llamar para llevarte con él. No tenga miedo porque nunca nos ha abandonado. 

Moisés no pudo contener el llanto, y se acurrucó junto a su madre como un niño. Yael de nuevo se pronunció, diciéndole:

-        No pienses que nos ha abandonado, tenemos fe, tenemos esperanza. No nos encontramos vacíos, nuestra vida comienza con otra vida. Pide al señor que te haga más fuerte, que te acerque a él y no tendrás miedo. Confía, porque no estarás solo. 

La puerta volvió a abrirse, la madre de Moisés le beso en la frente y se despidió cantándole:

Cuando el corazón llora, sólo Dios escucha.
Escucha Israel, mi Dios, tú que todo lo puedes. Me diste la vida, me diste todo.
Escucha Israel, mi Dios, ahora estoy solo.
Hazme más fuerte, mi Dios, haz que no tenga miedo.



* Para todas las personas que nunca han perdido la fe a pesar de las dificultades que se presentan en la vida (y en especial a B.L. y toda su gente).

viernes, 2 de noviembre de 2012

Los "olvidados"



Todas las mañanas la veía. Siempre me sonreía. Algunas veces no tenía ni tan siquiera un segundo para pararme, pero sabía que no me fallaría, que ella siempre estaría allí. Recuerdo perfectamente el día en que se cruzó por primera vez en mi camino, casi como si hubiese ocurrido hoy mismo. Era una mañana “pasada por agua”, una de las típicas de otoño en Madrid, en las que el metro se encuentra especialmente lleno, y puede apreciarse ese olor tan característico de humedad entre los vagones.

No era ninguna novedad, me dirigía al trabajo, e iba justo de tiempo. Siempre acudía en metro, ante el bullicio de la multitud. Había días en los que la gente se encontraba especialmente en silencio, era en esos momentos donde me entretenía a imaginar sus vidas y dar rienda suelta a mi imaginación. Les miraba y las recreaba, pensaba a quién escribían el mensaje del teléfono por el que sonreían, o el por qué de sus lloros, mientras escuchaban la música por los auriculares. Cualquiera de vosotros podría pensar que estoy loco, o en la manera absurda de invertir mi tiempo, pero a parte de soñar mi vida, también me gustaba soñar la de vida de otros; y siempre las terminaba con un final feliz.
Era otra fría mañana otoñal, y nuevamente el metro de Madrid se había averiado. Miraba una y otra vez el reloj de mi muñeca izquierda, como si pensara que por mirarlo en cada instante el tiempo iba a detenerse, pero no surtía efecto. Se abrieron las puertas del vagón, y mis piernas se aceleraron, intentando salvaguardar los obstáculos que me impedían llegar hasta la salida.
Nada más salir de la estación la lluvia comenzó a caer con más fuerza. Por ello, me protegí durante unos segundos bajo techo, en busca del paraguas que llevaba en mi mochila. En ese instante me percaté por primera vez de que ella se encontraba allí. Su mirada me penetró, y durante unos instantes  me dejó en una especie de hipnosis; mi mente se quedó completamente en blanco, y no pude dejar de mirarla.

Allí estaba, inmóvil, con la mirada perdida, sentada en una pequeña silla desplegable sin respaldo. Los relámpagos se hacían cada vez más sonoros, pero no parecían audibles para sus oídos. Yo me acerqué algo confuso, mientras observaba como aquella anciana de más de setenta años se empapaba ante la atenta mirada de decenas de transeúntes.
 -¿Perdone, se encuentra bien?- fueron las primeras palabras estúpidas que salieron de mis labios. La mujer parecía incrédula y durante unos instantes no me ofreció contestación alguna.
- Todo el mundo pasa por aquí, pero… hacía tiempo que nadie me preguntaba nada -me respondió. 
- ¿Por qué no se mete en la entrada del metro? Así al menos evitará mojarse -continué. La mujer se incorporó con algo de dificultad, momento en el que le presté mi brazo para llegar a los escasos metros que separaban la calle de la entrada de la estación de metro.
Antes de emprender mi camino hasta el trabajo, aquella señora pronunció una frase que no dejó de “sonar” en mi cabeza de manera repetida.
- Que tenga usted un buen día hijo -fueron sus palabras.
No eran nada del otro mundo, ¿pero cómo podía preocuparse una mujer, o mejor dicho una anciana, que aparentemente vivía en la calle, de desearme un buen día?
A partir de ese día nuestra relación se fue volviendo cada vez más estrecha.Por las mañanas le llevaba el café, otros días, cualquier otra cosa que necesitara, e incluso había ocasiones en las que comíamos o cenábamos juntos. Se llamaba María, tenía 78 años, y hacía 3 meses que le habían echado de su casa ya que pagaba el alquiler de una renta antigua, y el dueño había decidido construir un nuevo edificio. La mujer tenía una pequeñísima pensión que apenas le daba para comer, y mucho menos para encontrar un techo. Me comentó las dificultades que tenía para encontrar una cama caliente en los albergues de la ciudad, a no ser que fuera pronto, e hiciera una larga cola. Además, la difícil situación económica había desbordado, al parecer, todas las previsiones de este año.
María tenía problemas de movilidad, y el centro  más cercano para dormir se encontraba algo lejos. No tenía familia, tan solo algunos parientes lejanos en Extremadura que le habían dado la espalda al considerar que era una carga. Hacía varios meses que había tramitado una ayuda en asuntos sociales, pero le habían comentado que estaban saturados, y que estaban a la esperaba de una plaza en alguna residencia.
María me dijo que ya no le quedaban lágrimas, que ya sólo le quedaba resignarse a vivir lo que le tocase. Me agradecía mi interés, mi compañía y mi predisposición por echarle una mano. En múltiples ocasiones, al llegar a casa me sentía estúpido, notaba que ella era la que me daba más aliento y fuerza para sobrellevar algunos “problemillas” que me surgían, y que yo le comentaba. Tenía la necesidad de ver a María siempre que podía, de protegerla, y de darle el lugar que ella merecía.
Había días en los que antes de acercarme a ella la observaba desde los cristales, sin que pudiera percatarse, contemplando cómo pasaban ante ella las personas. A ninguno de ellos parecía importarle que estuviese ahí; parecía que María fuera invisible, que no existía. En alguna ocasión, algunos de ellos se paraban a echarle una moneda, pero no se detenían, ni tan siquiera le miraban.
Hacía tres meses que había conocido a María, y podría afirmar que me había aportado la sabiduría de una persona que tenía mucho “mundo” y que tenía aún mucho que decir. Si hubiera tenido una cierta libertad económica, os aseguro que me la habría llevado a casa, sin embargo apenas tenía 25 años y trabajaba en una tienda de ropa (8 horas por 600 Euros). A pesar de ello le ayudaba en lo que buenamente podía. Habíamos acudido en varias ocasiones a asuntos sociales, pero no paraban de decirnos que estos casos solían dilatarse en el tiempo.
Esa tarde de invierno apenas pude concentrarme en el trabajo, algo me decía que algo no iba bien. Pero no podía dejar la tienda e ir hasta el lugar donde María siempre permanecía. Llegaron las diez, la hora de cierre, y caminé a toda prisa hasta el rincón donde ella me esperaba. Pero la anciana ya no estaba. Sin embargo su silla desplegable si permanecía allí, completamente vacía, sin rastro de su dueña.
Incrédulo ante la situación, me senté en su silla, bajé la cabeza y pensé dónde podría estar, qué podía haber sucedido. Al levantar la cabeza, una mujer que se asomaba por una ventana procedente de un edifico próximo, comenzó a llamarme.

 – Tú eres el chico que venía a ayudar a la vieja -me preguntó.
 – Sí, ¿qué ha pasado?, ¿dónde está? -le contesté.
Al escuchar sus palabras mi mente se bloqueó, dejé de oír por completo y comencé a sentir una presión en mi cabeza, como si intentarán reducirla hasta hacerla desaparecer.

María había fallecido de un ataque al corazón, y había muerto sola, en silenció, y totalmente desprotegida. Me hubiera encantado haber estado con ella, haberle dicho que no se preocupara, que pronto estaría mejor, aunque fuera mentira. Sin embargo esas oportunidades sólo se daban en las películas, aquellos instantes en los que en los protagonistas siempre llegan justo a tiempo. Pero esto era la vida real, por eso no había habido ningún final feliz y María me había dejado para siempre.
Volví al lugar donde permanecía su silla plegable azul, me coloqué a unos centímetros frente a ella, y recordé la mañana en que ella, María, llenó de color mi vida. Desplegué la silla, la apreté fuerte contra mí y lloré desconsoladamente. Me llevaba lo único que tenía. Ahora sí, María se “venía” definitivamente conmigo a Casa.