Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 31 de octubre de 2014

Un beso por si acaso

     
¿Cuántos besos damos a lo largo de nuestra vida? Besos de bienvenida, besos que despiertan viejas heridas, besos que entristecen, besos que te duermen, besos que presagian algo, besos que no acaban…
 
Los besos son lenguaje. No son una forma de comunicación descuidada e involuntaria. Los besos están conectados con el alma, con lo más profundo de nuestro ser. Y es que cada vez que nuestros labios rozan la mejilla o la boca de otra persona, un sin fin de sensaciones se despiertan en nuestro cuerpo.

Los besos están vinculados con nuestro corazón, y una vez que éste los detecta, nos susurra lo que la otra persona quiere transmitirnos: Te quiero, no me hagas daño, no quiero volver a verte, ayúdame, no te vayas…

¿Por qué no escuchamos a los besos? ¿A qué tenemos miedo? Muy posiblemente somos más conscientes de la importancia de los besos de lo que a priori creemos. Éste es el motivo por el que nos olvidamos en la rutina de besar a nuestros seres queridos, o a las personas que tenemos cerca en determinados momentos. ¿Tememos que quede al descubierto nuestra parte más íntima? ¿Que mostremos nuestra fragilidad? ¿Que quede de manifiesto que somos seres necesitados de otras personas? Nos empeñamos en no descubrirnos, en no separarnos de nuestra máscara, en aparentar que todo va bien; por eso cada vez nos cuesta más besar. Y si besamos, que sea rápido, casi sin rozarnos, para que nada pueda alterar lo que está dentro de nosotros y que mantenemos apartado.

¿Nos hemos parado a pensar en la relevancia de un beso? Seguro que alguna vez hemos escuchado: “yo solo hubiera querido darle un beso”, “con un beso hubiera bastado”, u otras expresiones como “dame un beso y está todo arreglado”... El poder de los besos.

No pudo ser casualidad que Judas, uno de los discípulos de Jesús, decidiera utilizar el beso como método identificativo para venderle a sus postores. Ese beso significaba mucho más, significaba muerte, pero traía consigo el perdón, y más tarde la esperanza del mundo futuro.

 
Hasta hace unos meses, casi cerca de un año, Josué tenía por costumbre caminar por la mañana temprano. Le encantaba observar a la gente. El simple sonido de la taladradora de los trabajadores que estaban arreglando la acera de la zona centro le hacía sentirse vivo. Aún no se había habituado a los carriles bici, por eso de cuando en cuando se sobresaltaba cuando divisaba que algún ciclista se aproximaba. A veces no le quedaba casi tiempo para impedir que se produjera el impacto. Josué por momentos olvidaba que ya se encontraba al otro lado. Le gustaba la sensación del sol sobre su cabeza, conseguía dibujarle una sonrisa.

Decidió sentarse en uno de los bancos de madera próximos, extendió sus brazos sobre el respaldo y empezó a pensar en los últimos recuerdos que conservaba en su cabeza. De nuevo le inundó la tristeza. Josué buscó el sol, necesitaba encontrar la luz. Sabía que la luz le conduciría hacia su nuevo camino. De repente, una abuela se sentó con el que parecía su nieto, a escasos metros de donde se encontraba él. Parecían algo distantes. Al menos eso denotaba su lejanía física. En menos de dos minutos el chico se levantó y le dijo que se tenía que ir, que ya hablarían. La anciana se levantó con cierta dificultad mientras decía:

-        Bueno… dame un beso por si acaso…

El joven se volvió, y le miró pensativo:

-        Por si acaso, ¿qué?

La abuela le besó y el chico desapareció entre los demás transeúntes.

Josué vio en los ojos de esa mujer a su madre, y descubrió que él comenzó a morir el día en el que se olvidó de besar. Se arrepentía tanto, anhelaba sobre todos aquellos besos, los de todos.