¿Cuántos besos damos a lo
largo de nuestra vida? Besos de bienvenida, besos que despiertan viejas
heridas, besos que entristecen, besos que te duermen, besos que presagian algo,
besos que no acaban…
Los besos son lenguaje. No
son una forma de comunicación descuidada e involuntaria. Los besos están
conectados con el alma, con lo más profundo de nuestro ser. Y es que cada vez
que nuestros labios rozan la mejilla o la boca de otra persona, un sin fin de
sensaciones se despiertan en nuestro cuerpo.
Los besos están vinculados
con nuestro corazón, y una vez que éste los detecta, nos susurra lo que la otra
persona quiere transmitirnos: Te quiero, no me hagas daño, no quiero volver a
verte, ayúdame, no te vayas…
¿Por qué no escuchamos a los besos?
¿A qué tenemos miedo? Muy posiblemente somos más conscientes de la importancia
de los besos de lo que a priori creemos. Éste es el motivo por el que nos
olvidamos en la rutina de besar a nuestros seres queridos, o a las personas que
tenemos cerca en determinados momentos. ¿Tememos que quede al descubierto
nuestra parte más íntima? ¿Que mostremos nuestra fragilidad? ¿Que quede de
manifiesto que somos seres necesitados de otras personas? Nos empeñamos en no
descubrirnos, en no separarnos de nuestra máscara, en aparentar que todo va
bien; por eso cada vez nos cuesta más besar. Y si besamos, que sea rápido, casi
sin rozarnos, para que nada pueda alterar lo que está dentro de nosotros y que
mantenemos apartado.
¿Nos hemos parado a pensar en
la relevancia de un beso? Seguro que alguna vez hemos escuchado: “yo solo
hubiera querido darle un beso”, “con un beso hubiera bastado”, u otras
expresiones como “dame un beso y está todo arreglado”... El poder de los besos.
No pudo ser casualidad que
Judas, uno de los discípulos de Jesús, decidiera utilizar el beso como método identificativo
para venderle a sus postores. Ese beso significaba mucho más, significaba
muerte, pero traía consigo el perdón, y más tarde la esperanza del mundo
futuro.
Hasta hace unos meses, casi
cerca de un año, Josué tenía por costumbre caminar por la mañana temprano. Le
encantaba observar a la gente. El simple sonido de la taladradora de los
trabajadores que estaban arreglando la acera de la zona centro le hacía
sentirse vivo. Aún no se había habituado a los carriles bici, por eso de cuando
en cuando se sobresaltaba cuando divisaba que algún ciclista se aproximaba. A
veces no le quedaba casi tiempo para impedir que se produjera el impacto. Josué
por momentos olvidaba que ya se encontraba al otro lado. Le gustaba la
sensación del sol sobre su cabeza, conseguía dibujarle una sonrisa.
Decidió sentarse en uno de
los bancos de madera próximos, extendió sus brazos sobre el respaldo y empezó a
pensar en los últimos recuerdos que conservaba en su cabeza. De nuevo le inundó
la tristeza. Josué buscó el sol, necesitaba encontrar la luz. Sabía que la luz
le conduciría hacia su nuevo camino. De repente, una abuela se sentó con el que
parecía su nieto, a escasos metros de donde se encontraba él. Parecían algo
distantes. Al menos eso denotaba su lejanía física. En menos de dos minutos el
chico se levantó y le dijo que se tenía que ir, que ya hablarían. La anciana se
levantó con cierta dificultad mientras decía:
-
Bueno… dame un
beso por si acaso…
El joven se volvió, y le miró
pensativo:
-
Por si acaso,
¿qué?
La abuela le besó y el chico
desapareció entre los demás transeúntes.
Josué vio en los ojos de esa
mujer a su madre, y descubrió que él comenzó a morir el día en el que se olvidó
de besar. Se arrepentía tanto, anhelaba sobre todos aquellos besos, los de
todos.