Permanecí durante cinco años alejado de
todos mis recuerdos. Tras el disparo, mi mente se había sumergido en un pozo
sin fondo donde no había lugar para el pasado. Tan sólo para la esperanza de
poder engancharme a la vida, sobre todos en los primeros meses en los que las
personas que me protegieron y me cuidaroneran bastante pesimistas con mi salud.
Cuanto más quería recordar, más perdido
me sentía. Me resultaba imposible, ni siquiera conocía mi nombre. Me
encontraron sin documentos y sin ninguna seña con la que pudiera ser
identificado. Acudí en varias ocasiones a la ciudad más cercana, pero el caos
de la guerra seguía muy presente. Apenas había censos, y aún se estaba
reorganizando la vida e instaurando el
nuevo régimen. Me pedían paciencia:
-
En
algún momento alguien te reclamará, pero por el momento no podemos ayudarte.
Y así fueron pasando los años, hasta un
total de cinco. Mi vida durante todo ese tiempo tampoco es que fuera idílica.
Nunca tuve a una persona junto a mi cama esperando a que despertara, tal y como
sucedía en muchas de las historias de guerra, ¿pero qué más podía esperar? En
parte habían arriesgado su vida al llevarme hasta su casa, y encima me habían
dado la oportunidad de quedarme en su hogar, a cambio de trabajar de jornalero
en sus tierras. Francisco, el hombre de la casa, ya era mayor, y apenas tenía
fuerzas para hacerse cargo de ellas. Su mujer Luisa, al parecer tenía problemas
de fertilidad, y no le pudo dar nunca los hijos que tanto deseaban. Por ello,
me acogieron como a un hijo.
Cuando prácticamente me había hecho a
la idea de que nunca mas podría retomar mis orígenes, sucedió el milagro. Una
de las mañanas en las que me encontraba arando, un coche se paró ante mí:
-
Señor,
¿cuál es el camino que lleva hasta la vía central con destino a Madrid?
Los ojos de aquel hombre se quedaron
paralizados ante los míos:
-
¿Kenneth?,
¿eres tú?, ¡oh Dios mío!
Y como si mi memoria se tratara de una
puerta con llave, las palabras de ese hombre, uno de mis antiguos compañeros de
la unidad de mando donde serví durante la Guerra Civil, consiguieron que
recuperara casi al instante parte del pasado que no podía descifrar. Un sinfín
de imágenes vinieron a mi mente: el colegio, mis padres, mi mujer, el pueblo,
los paseos por el campo de girasoles…
Dos días más tarde, las autoridades
correspondientes me llevaron con todo tipo de comodidades, y con honores de
héroe de guerra, hasta el pueblo, donde me recibieron de manera gloriosa. Me
resultaba todo tremendamente extraño, no podía dar crédito, decenas de personas
se agolpaban en la calle para darme la bienvenida. El coche al fin se detuvo
frente a mi casa, la silueta de Jarvia, mi esposa, se adivinaba entre los
visillos. Durante unos segundos permaneció desde la distancia, mirándome como
si fuera un desconocido. Seguidamente se abalanzó a mis brazos, mientras los
ciudadanos allí presentes aplaudían al son de la música.
Esa noche, Jarvia se posicionó al otro
extremo de la cama, sentía como si me quisiera rehuir, o le molestase mi
presencia. Recuerdo que no pude pegar ojo. Ella por el contrario se durmió en
cuestión de segundos, como si de esa forma pudiera olvidarse de que yo estaba
ahí.
Y así, día tras día, Jarvia se alejaba
de mis besos, y evitaba cualquier tipo de roce. Siempre conseguía mantenerse
ocupada o encontraba cualquier excusa para que nos mantuviéramos alejados. ¿Qué
había sucedido con la mujer que había conocido años atrás?, aquella que me
anhelaba y que sólo con mirarla podía adivinar todos sus pensamientos. Parecía
una mujer distinta, fría y sobre todo manipuladora. Conseguía hacerme creer que
yo era el culpable de todas las desdichas, y lo peor de todo, conseguía
mantenerme alejado de mi hijo, del pequeño del que me habían mantenido separado
durante tantos años.
Pero una inesperada carta pareció
cambiar el rumbo de nuestras vidas. El consulado español en Stuttgart, una
ciudad alemana a más de 630
kilómetros de Berlín, me ofrecía la posibilidad de
trabajar allí tras la baja de algunos de sus trabajadores, por el peligro de la
guerra alemana. La actitud de mi mujer, casi de manera sobrenatural cambió, y
me pidió de manera constante que nos trasladásemos hasta allí. Decía que quería
volver precisamente hasta la ciudad donde había nacido, estar cerca de su
madre, y recuperar la calma que necesitaba.
Al fin y al cabo no era una ciudad desconocida, ya que allí había pasado
largas temporadas con Jarvia, y contábamos con grandes amistades, que seguro
que nos ayudarían a integrarnos en la vida social de la ciudad.
Pero un país en guerra no me parecía el
lugar más adecuado. El asunto es que creía que estaba en deuda con ella, hacía
unos años le había tenido que dejar por culpa de la guerra, y ahora otra guerra
parecía volver a separarnos, por ello acepté, tan solo deseaba que todo volviese
a ser igual.
El 3 de mayo de 1942 llegábamos hasta
nuestro nuevo hogar, la madre de Jarvia, Wilma, y algunos de sus parientes,
vinieron a nuestro encuentro. Permanecíamos a escasos metros de ellos,
esperando a entregar nuestros pasaportes. Jarvia y el pequeño pasaron el
control con gran rapidez, pero al entregar mi pasaporte, un grupo de
personalidades alemanas comenzaron a agolparse ante la mesa:
-
¿Sucede
algo caballero? - le pregunté.
El alemán, de aspecto rudo, mantenía mi
pasaporte en sus manos, mientras comprobaba interminables folios de color
amarillo. Después de veinte minutos, cuando mi mujer volvió junto a mí para
comprobar qué sucedía, un oficial alemán venido desde unas oficinas próximas me
invitó a acompañarle. Una vez sentados allí, el oficial pronunció aquella
frase:
-
¿Es
usted judío?
Los ojos de Jarvia me penetraron de tal
forma que parecían cuchillos afilados. Con seguridad le respondí:
-
No,
caballero, yo soy ciudadano español, y vengo a servir al pueblo alemán desde la
embajada de España.
El alemán no pareció darse por vencido:
-
¿Tiene
usted parientes judíos aquí?
Le respondí:
-
Toda
mi familia es española, no tenemos parientes judíos.
El oficial comenzó a fumarse un puro,
mientras mantenía un listado:
-
Hay
constancia de judíos con sus mismos apellidos, señor de la Cueva.
El teléfono de la salita comenzó a
sonar, tras una breve conversación, el alemán abrió la puerta y me dijo:
-
Puede
retirarse, se ha debido de tratar de un error. Disfrute de la ciudad, pero
tenga cuidado, esto no es España.
Tras la salida de aquel lugar el
silencio fue absoluto, mire por la ventanilla del coche y adiviné en la lejanía
la ciudad. El corazón me dio un vuelco tras comprobar que en Stuttgart los
bosques no eran verdes, eran negros.



