Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 5 de abril de 2013

Oro (olvidada)


Hubo un tiempo en el que todos éramos felices. No pocas veces escuché a mis abuelos decir: ¿os acordáis de aquellos años en los que no teníamos televisión, no traían los juguetes que nosotros pedíamos, o incluso a duras penas nuestros padres tenían para darnos de comer?

Corrían tiempos difíciles, en el pueblo apenas había trabajo y muchas familias optaban por emprender una mejor vida en la ciudad, donde vivíamos en pisos del extrarradio apilados en minúsculas viviendas. Las jornadas laborales eran intensas, no había tiempo para el descanso, pero aún así no faltaba la ocasión para sonreír y para dar las gracias por lo que teníamos.

Hubo un tiempo en el que no había móviles, tampoco teléfonos, y la electricidad, las veinticuatro horas del día, sólo estaba al alcance de los más poderosos.
Recuerdo las noches en las que me sentaba frente a la vela nocturna  y escribía las cartas a mis primos, donde les informaba de cómo era la vida en la gran urbe, y en definitiva, de cómo te cambiaba la vida.

No puedo negar que aquellos cambios habían removido una parte en lo más hondo de mí. Sobre todo había creado una parcela de nostalgia, de respirar el aire puro del campo, del olor al horno de la Bea, y más que nada echaba de menos el sonido del campanario de la iglesia, implacable a su hora exacta.

Después, en muy poco tiempo pasamos del no tener nada, a tenerlo absolutamente todo, al menos ese era mi caso. Olvidando por completo todo el trabajo que le había costado a mi familia, y a mí en particular.

Me convertí en otra persona sin apenas darme cuenta, en un espécimen sin rumbo, que se autoengañaba por lo que oía a su alrededor.
Crearon en mí una serie de necesidades  y expectativas que estuvieron a punto de cegarme por completo, dirigiéndome a lo más oscuro.

La busqué por todos lados: me cambié de trabajo en múltiples ocasiones, ocupando rangos de gran importancia en mi sector profesional, y a pesar de escalar y escalar “pisos”, nunca llegué a saborear el “éxito que yo deseaba”. Puesto que el trabajo no suplía ese vacío en mí, traté de encontrarla en otra persona, y durante años fui un mujeriego, “andando de aquí para allá”. Pasaron los años, y la gente empezó a decirme que ya era mi hora, que tenía que casarme. Encontré a la mujer perfecta, era guapa y me quería, pero no funcionó, tan sólo pude contagiarle del mal que tenía, convirtiéndola en un calco de lo que era yo. Una vez más, trate de suplir esa carencia con “algo”, cargando de nuevo la responsabilidad en “otra cosa”, esta vez en ser padre.
Después se encargaron de que descubriese que mi paraíso no se encontraba en un piso, sino en una casa, en tener el último ordenador, en disponer de la nueva generación de teléfonos móviles, el mejor coche, las mejores marcas…

Andaba por la calle de la mano de mi hijo pequeño Carlos, y advertía en casi todos esos ojos que se cruzaban ante los míos, el mismo vacío existencial. ¿Qué nos estaba pasando?  Era cierto que estábamos viviendo momentos complicados, que la gente estaba viviendo verdaderas dificultades, pero también, todos, incluido yo, estábamos obviando que si bien no veíamos razones para tener fe, también habíamos excluido todos los signos que nos permitían continuar por el camino, por el que en algún momento habíamos andado.

La tía Paula había muerto, tuve que volver al pueblo. Hacía años que no había pisado la tierra por la que durante años pisé. Nada más llegar sentí un escalofrío, mi localidad, quizá por su lejanía con las grandes capitales, apenas se había corrompido por la “era del consumismo”. Tal era su “aislamiento”, que incluso había vecinos que aún no tenían agua corriente en las casas, ni tampoco electricidad, e inexplicablemente seguían manteniendo la misma sonrisa que cuando los despedí, permanecían ajenos al salvajismo y a la selva de hienas en la que se había convertido la “gran civilización”.
  
Antes de emprender de nuevo mi rumbo perdido pasé por mi antigua casa y subí a la que fue mi habitación. Me tumbé en mi pequeña cama, y sentí como si no hubiera sucedido nada, que ni tan siquiera había pasado el tiempo. Me levanté, miré debajo de la cama, pero Boby, mi antiguo perro, ya no estaba. Una caja de hojalata llamó mi atención, era mi antigua caja mágica, el lugar donde guardaba todo lo que era importante para mí.
Traté de abrirla, para permanecía completamente cerrada, más tarde intenté forzarla, hasta que recordé el lugar donde escondía la llave, justo debajo del armario de madera, bajo una tablilla del suelo hueca que podía mover. Allí permanecía la llave dorada que abría el lugar de mis recuerdos.

Todo se encontraba tal y como lo había dejado: mi pulsera preferida de hilo, la servilleta con las señas de María, mi primer amor de verano, un duro, la foto de mi madre cuando era joven, una medalla de mi comunión, un soldadito de plomo, etc. ¿Por qué no la habría querido llevar conmigo?

Guardé la caja en el coche, y me colgué la llave dorada en el cuello, gracias al cordón ocre que me había colocado mi abuela “Tere” para que no la pudiese perder, hacía más de tres décadas.


Algo me había transformado, había tenido siempre la llave: había estado completamente oculta, abandonada, despreciada, pero ahora era consciente de que esa llave, la de de mi felicidad, había permanecido siempre en el mismo lugar, única y exclusivamente en mi, olvidada bajo unas tablas. Y yo necio, había tratado de encontrarla en otros lugares vacíos.

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