Hubo un tiempo en el que todos éramos felices. No pocas veces escuché a mis abuelos decir: ¿os acordáis de aquellos años en los que no teníamos televisión, no traían los juguetes que nosotros pedíamos, o incluso a duras penas nuestros padres tenían para darnos de comer?
Corrían tiempos
difíciles, en el pueblo apenas había trabajo y muchas familias optaban por
emprender una mejor vida en la ciudad, donde vivíamos en pisos del extrarradio
apilados en minúsculas viviendas. Las jornadas laborales eran intensas, no había
tiempo para el descanso, pero aún así no faltaba la ocasión para sonreír y para
dar las gracias por lo que teníamos.
Hubo un tiempo
en el que no había móviles, tampoco teléfonos, y la electricidad, las
veinticuatro horas del día, sólo estaba al alcance de los más poderosos.
Recuerdo las
noches en las que me sentaba frente a la vela nocturna y escribía las cartas a mis primos, donde les
informaba de cómo era la vida en la gran urbe, y en definitiva, de cómo te
cambiaba la vida.
No puedo negar
que aquellos cambios habían removido una parte en lo más hondo de mí. Sobre
todo había creado una parcela de nostalgia, de respirar el aire puro del campo,
del olor al horno de la Bea, y más que nada echaba de menos el sonido del
campanario de la iglesia, implacable a su hora exacta.
Después, en muy
poco tiempo pasamos del no tener nada, a tenerlo absolutamente todo, al menos
ese era mi caso. Olvidando por completo todo el trabajo que le había costado a
mi familia, y a mí en particular.
Me convertí en
otra persona sin apenas darme cuenta, en un espécimen sin rumbo, que se autoengañaba
por lo que oía a su alrededor.
Crearon en mí
una serie de necesidades y expectativas
que estuvieron a punto de cegarme por completo, dirigiéndome a lo más oscuro.
La busqué por
todos lados: me cambié de trabajo en múltiples ocasiones, ocupando rangos de
gran importancia en mi sector profesional, y a pesar de escalar y escalar
“pisos”, nunca llegué a saborear el “éxito que yo deseaba”. Puesto que el
trabajo no suplía ese vacío en mí, traté de encontrarla en otra persona, y durante
años fui un mujeriego, “andando de aquí para allá”. Pasaron los años, y la
gente empezó a decirme que ya era mi hora, que tenía que casarme. Encontré a la
mujer perfecta, era guapa y me quería, pero no funcionó, tan sólo pude
contagiarle del mal que tenía, convirtiéndola en un calco de lo que era yo. Una
vez más, trate de suplir esa carencia con “algo”, cargando de nuevo la
responsabilidad en “otra cosa”, esta vez en ser padre.
Después se
encargaron de que descubriese que mi paraíso no se encontraba en un piso, sino
en una casa, en tener el último ordenador, en disponer de la nueva generación
de teléfonos móviles, el mejor coche, las mejores marcas…
Andaba por la calle
de la mano de mi hijo pequeño Carlos, y advertía en casi todos esos ojos que se
cruzaban ante los míos, el mismo vacío existencial. ¿Qué nos estaba
pasando? Era cierto que estábamos
viviendo momentos complicados, que la gente estaba viviendo verdaderas
dificultades, pero también, todos, incluido yo, estábamos obviando que si bien
no veíamos razones para tener fe, también habíamos excluido todos los signos
que nos permitían continuar por el camino, por el que en algún momento habíamos
andado.
La tía Paula
había muerto, tuve que volver al pueblo. Hacía años que no había pisado la
tierra por la que durante años pisé. Nada más llegar sentí un escalofrío, mi
localidad, quizá por su lejanía con las grandes capitales, apenas se había
corrompido por la “era del consumismo”. Tal era su “aislamiento”, que incluso
había vecinos que aún no tenían agua corriente en las casas, ni tampoco
electricidad, e inexplicablemente seguían manteniendo la misma sonrisa que
cuando los despedí, permanecían ajenos al salvajismo y a la selva de hienas en
la que se había convertido la “gran civilización”.
Antes de emprender
de nuevo mi rumbo perdido pasé por mi antigua casa y subí a la que fue mi
habitación. Me tumbé en mi pequeña cama, y sentí como si no hubiera sucedido
nada, que ni tan siquiera había pasado el tiempo. Me levanté, miré debajo de la
cama, pero Boby, mi antiguo perro, ya no estaba. Una caja de hojalata llamó mi
atención, era mi antigua caja mágica, el lugar donde guardaba todo lo que era
importante para mí.
Traté de
abrirla, para permanecía completamente cerrada, más tarde intenté forzarla,
hasta que recordé el lugar donde escondía la llave, justo debajo del armario de
madera, bajo una tablilla del suelo hueca que podía mover. Allí permanecía la
llave dorada que abría el lugar de mis recuerdos.
Todo se
encontraba tal y como lo había dejado: mi pulsera preferida de hilo, la
servilleta con las señas de María, mi primer amor de verano, un duro, la foto
de mi madre cuando era joven, una medalla de mi comunión, un soldadito de
plomo, etc. ¿Por qué no la habría querido llevar conmigo?
Guardé la caja
en el coche, y me colgué la llave dorada en el cuello, gracias al cordón ocre
que me había colocado mi abuela “Tere” para que no la pudiese perder, hacía más
de tres décadas.
Algo me había
transformado, había tenido siempre la llave: había estado completamente oculta,
abandonada, despreciada, pero ahora era consciente de que esa llave, la de de
mi felicidad, había permanecido siempre en el mismo lugar, única y
exclusivamente en mi, olvidada bajo unas tablas. Y yo necio, había tratado de
encontrarla en otros lugares vacíos.

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