Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


jueves, 28 de febrero de 2013

Cuando se oculta la luna



Apreté el botón de la grabadora y llegó el silencio.
Teresa negaba con la cabeza, y sus ojos vidriosos advertían que estaba a punto de romper a llorar.
Yo le asentí con la cabeza, enviándole fuerzas y advirtiéndole de que nada malo le podría suceder. Cogí su mano derecha, le apreté ligeramente intentándole ofrecer apoyo y sobre todo seguridad.

Teresa cerró los ojos, suspiró, y comenzó a relatarme su historia:

-         Tenía diecisiete años. Vivía en un pequeño pueblo de Sevilla, corría el año 64. Mi familia era bastante conocida. Por aquel entonces, mi padre era el alcalde del municipio. Teníamos una posición acomodada y disponíamos de numerosas tierras, no sólo en el lugar donde residíamos, sino en toda la provincia.

Yo… era una chica normal, iba a un colegio de monjas junto a mi hermana pequeña, Inés. Era una muchacha inocente. Quizá algo infantil para mi edad, completamente supeditada a las directrices autoritarias de mi padre. En primavera conocí a Antonio, un chico tres años mayor que yo que trabaja en la panadería de enfrente de mi colegio. Solía venir a buscarme a la salida, para acompañarme hasta casa. Sin apenas darme cuenta me enamoré perdidamente de él. Pronto le llegaron a mi padre los rumores de nuestro idilio (comienza a caerle la primera lágrima a Teresa).
Me prohibió terminantemente verme con él, alegando que pertenecíamos a clases sociales diferentes. Papá terminó la conversación dando un fuerte golpe en la mesa de madera de su despacho.

Cinco meses después me quedé embarazada. No te quiero ni contar la serie de adjetivos que me profirió. Primero me dio una bofetada, después llegó mamá alertada por los gritos, y se interpuso entre los dos. De no haber llegado no sé lo que hubiese pasado.

No me dieron opción, me dijeron que el niño o yo.
Dos días después, papá parecía que había reflexionado. Me dijo que tendría a mi hijo en Madrid, que viviría en una casa de acogida para mujeres solteras, asistida por monjas, que me ayudarían. Aquí comenzaría su diabólico plan.

Salí del pueblo sin poder despedirme de mi novio Antonio, y con la incertidumbre de no saber con qué iba a encontrarme.

Al llegar en autobús a Madrid, me recogió una monja, concretamente Sor Aurora. Tenía la cara llena de arrugas y parecía muy mayor. Un chófer nos esperaba dentro de un gran coche negro.
Cuarenta minutos más tarde llegaríamos hasta la residencia de la congregación, para la acogida de madres solteras.

Ninguna de las chicas que allí residían llegaba a los 21 años de edad. Habían venido de casi todas las provincias de España, cada una de ellas por un motivo diferente. Me llamó poderosamente la atención que todas, excepto yo, venían de un ambiente con grandes dificultades económicas, es más, la gran mayoría no sabía ni leer ni escribir.

La estancia era gratuita, pero a cambio, nosotras nos encargábamos de las tareas de la limpieza, del cuidado de los jardines, colada, comida, además de realizar algunos trabajos de costura, etc. (mi padre me advirtió que ahora me daría cuenta de la dureza de la vida)

Las jornadas de trabajo eran, en ocasiones, de más de 10 horas.
En el octavo mes de mi embarazo empecé a manchar –Teresa  comienza de nuevo a llorar con fuerza, apretando fuertemente sus labios. Yo no podía más, pero me hacían seguir trabajando. En esa ocasión estaba limpiando el largo pasillo de entrada.
El último mes lo pasé en la cama, de reposo absoluto. Por primera vez parecían prestarme atención, con todo tipo de cuidados.

Apenas tenía contacto con mi familia, mis padres ni siquiera vinieron a verme en navidades. Mi madre y mi hermana pequeña Inés, eran las únicas que solían escribirme una vez al mes.

El 27 de mayo de 1965 a las 22:00 horas, empecé a tener fuertes contracciones. De nuevo, el coche negro apareció, aunque esta vez la hermana Angustias me acompañó. Comenzábamos el camino hasta Madrid. Semanas atrás me habían comunicado que tendría a mi niño en la Clínica Santa Cristina, y que ellas mismas me ayudarían a encontrar un trabajo en la capital, y un lugar para vivir con el pequeño.

Siento escalofríos –Teresa  se coge con fuerza a la silla sobre la que está sentada. Habían anunciado en el telediario que esa misma noche habría un eclipse lunar.

El dolor era tan fuerte que en ciertos momentos creía que iba a perder la consciencia. Me asomé por el cristal, y pude ver como la luna comenzaba a ocultarse fruto del eclipse.

No llegamos a la clínica hasta pasadas las 22:30 horas, mire el reloj antes de que me montaran en la camilla. Dos horas más tarde, a las 00:00 h, me bajaron a quirófano, justo en el momento en que empezó a sonar un potente reloj que adornaba el oscuro pasillo que conducía hasta la sala de operaciones.

El Doctor Manuel me dijo que ya estaba todo listo, que ya había pasado lo peor, pero que tenía que empujar un poco más. Pero yo no podía más. Estaba chorreando de sudor, y había perdido más sangre de lo habitual. Estaba a punto de desfallecer, e incluso pensé que iba a morir.

Tengo algunas lagunas, por lo que no sé cuánto tiempo transcurrió. Me encontraba algo débil, pero creí escuchar:

-         ¿Hora del nacimiento? –Alguien  contestó que a las 00.35

El doctor pidió que me pusieran sangre, más tarde dijo:

-         Yo aquí ya no tengo nada que hacer, yo no quiero saber nada.

Al instante vino una enfermera que me dijo que había tenido una niña.

-         ¿Cómo la vas a llamar? –me preguntó dulcemente.

-         ¡Carmen! Se va a llamar Carmen –le respondí.


Pero el encuentro se vio interrumpido con la llegada de una monja, a la que nunca antes había visto. La enfermera estaba a punto de entregarme a mi hija en brazos, cuando sobresaltada gritó:

-         ¿Pero…qué haces? ¿cómo le entregas a la niña?

La enfermera retrocedió y le entregó mi hija a aquella mujer.

Inmediatamente yo pregunté:

-         ¿Qué pasa?

La monja contestó:

-         ¡Esta niña no ha nacido bien! ¡Que se la lleven!

Yo intenté recomponerme, e incluso levantarme de la camilla, pero ella me lo impidió. No sé de dónde saqué las fuerzas, pero pedí explicaciones:

-         ¿Qué le pasa?, ¿a dónde se la llevan?

La monja miró para otro lado y me dijo:

-         La niña…no respiraba – dijo en un tono dubitativo y bajo.

La angustia y el terror se apoderaron de mí.

-         ¿Qué? ¿Cómo? Pero si la he escuchado llorar, ¡estaba llorando!

Comencé a gritar desesperadamente:

-         ¡Quiero ver a mi hija! ¡Llévenme dónde la tengan!

En ese momento estuve a punto de caerme de la camilla.  Estaba dispuesta a ir donde fuera.

A los minutos, no sin antes de haberme suministrarme algo por una de las vías que tenía, me trajeron a mi hija. Me dijeron que había muerto. No podía ver su rostro. La medicación comenzaba a surtir efecto:

-         Acérquemela… quiero darle un beso –les  pedí entre susurros.

Los ojos se me cerraban, pero yo luchaba para que no sucediese. Sentí hielo, un hielo que llegaba a quemar. Besé su rostro, y de nuevo se la llevaron. Miré por la ventana de la izquierda de la ventana, la luna ya se había ocultado por completo.

Al día siguiente volví a la residencia, me resultó extraño que no me dejaran despedirme de ninguna de mis compañeras. En el autobús de vuelta pensé sobre ello. No había caído en la cuenta de que todas las chicas que salían de la casa después de alumbrar, “desaparecían”. Nadie volvía a hablar de ellas, siempre con alguna excusa.

Jamás podré olvidar la cajita donde me dijeron que enterraban a mi hija.
Tuve serios problemas. Les amenacé con denunciarles si no me dejaban ir a su entierro. Hasta tuvieron que arrancarme de la lápida de mi hija Carmen.

Al llegar al pueblo, Papá ya no parecía enfadado, pero tampoco sorprendido. Me extrañó muchísimo que no se compadeciera del dolor de una madre después de haber perdido a su hijo.

Mes y medio más tarde, una calurosa mañana de julio, el teléfono comenzó a sonar. Papá atendió la llamada en su despacho. Yo, procedía a volver a mi habitación cuando le escuché:

-         ¿Entonces la niña está bien? ¡Con esa gente no le faltará de nada! Me alegró de que se la hayáis entregado a esa familia. Leí en el periódico que no podían tener hijos. Os lo agradezco mucho… es lo único que os pedí, que estuviera en buenas manos.

Me volví fuera de mí, abrí la puerta de su despacho, y  tiré hacía él golpeándolo:

-         ¡Mi hija! ¡Dónde está mi hija!

Perdí el conocimiento. Más tarde desperté en un centro psiquiátrico.  La maldad de mi padre llegó hasta límites insospechados, al tratar de hacerme creer que estaba loca. Pude salir del centro al cumplir los veintiún años, la mayoría de edad. Lo dejé todo y me fui a Málaga, a casa de una tía, la cual me ofreció todo su apoyo, cuando le conté todo lo sucedido.

Desde entonces nunca he podido ser feliz. Con el paso del tiempo intenté rehacer mi vida con otro hombre, con el que tuve otro hijo, Iván, pero nunca he logrado recomponerme. Siempre he estado sometida a la depresión, y he acompañado mi soledad y mi ansiedad con pastillas.

Ahora, tras el descubrimiento de que son miles los casos de niños robados, y tras confirmarse que no existía ningún acta de defunción de mi hija, y por supuesto, cuerpo alguno en su supuesto lugar de enterramiento, no dudé en interponer ,de nuevo, una demanda, para averiguar el paradero de mi hija Carmen. Años atrás lo intenté, pero corrían otros tiempos, y mis historiales médicos no ayudaron. Tenía todos los ingredientes para tratarse de la paranoia de una desequilibrada.


Pero… Jose, ¿sabes una cosa? Tengo mucha fe. Rezo todos los días por reencontrarme con mi hija. Y a pesar de que algunas personas puedan pensar que no tiene lógica lo que voy a decirte, ¡No! La iglesia no tiene culpa de nada. No ha habido ni un solo segundo en que haya dejado de creer. La iglesia está formada por hombres, y al igual que en cualquier otro lado existen personas llenas de maldad. A lo largo de la historia ha habido otras épocas en las que en nombre de la iglesia, se han hecho todo tipo de atrocidades. Con el paso del tiempo, se ha procedido a pedir perdón, se ha reconocido y se ha aprendido. Por ello, no hay que pasar por alto que esa no es la verdadera Iglesia, tan sólo son personas, personas que “hablan en nombre de…”, o dicen “ser de…”.

Ellos son los que algún día tendrán que pedir perdón, y tendrán que dar explicaciones de los actos cometidos, algunos en nombre de Dios.
Ellos, los implicados, saben lo que hicieron. No me robaron a mi hija, sino que me arrebataron la vida. Me robaron una parte de mí. Me destrozaron en ese instante en mil pedazos.

A día de hoy mi corazón se hiela, se congela, en el momento en el que miro el cielo y presencio cuando se oculta la luna.
  

viernes, 22 de febrero de 2013

Las ciudades donde la vida no vale nada



No importa el nombre del lugar, no quiero acordarme.

A veces pienso si se trata de alguna maldición del continente, pues no es un caso aislado. ¿Qué pasará por la mente de una persona antes de matar a otra?

Se llamaba Alberto,y tan sólo tenía quince años. De mayor decía que quería ser médico.

Le encantaba ir los domingos con papá en busca de pueblos abandonados, para luego escribir historias sobre las causas de su abandono. Era un chico atípico, de los que no pasaban desapercibido, todo el vecindario le quería y era bastante popular.

Siempre soñaba despierto, decía que le hubiese encantado haber vivido en la época precolombina, pues le apasionaba también la astronomía, y decían que los constructores de las pirámides de nuestro país eran expertos en cuerpos celestes.

Se podía tirar horas hablando, no paraba. En ocasiones mamá le tenía que pedir que se callara, pues terminaba mareando. Era un gran autodidacta, siempre por sus cumpleaños nos pedía libros de medicina, y a pesar de que solamente era un niño, no solía equivocarse en sus diagnósticos. Hubiera sido un gran profesional de la medicina.

Todos le recordarán por su carácter solidario, por su espontaneidad y su eterna sonrisa.

El 15 de febrero del 2013, se despertó como cada mañana para ir al colegio. Se tomó su taza de zumo con su croissant, y pasó antes de marcharse, como de costumbre, por la habitación de mamá para que le bendijera con la señal de la cruz. A la tarde, a la salida del colegio, Willy, le invitó a dar una vuelta con su grupo de amigos.

A las 18:45 pasaron a la altura de la avenida de Pizarro con la 314, donde un grupo de personas se arremolinaba a la puerta de una cafetería. De repente, comenzaron a escucharse unos disparos. Una mujer comienza a gritar:

-          ¡Un médico por favor!

Mi hermano se adelantó, y cruzó a prisa hasta la acera de enfrente para intentar socorrer a la víctima. Willy salió tras él para intentar impedírselo. Los disparos prosiguieron, los testigos dicen que al menos ocho cadáveres yacían en el suelo. Al momento aparecieron dos camionetas negras, de las que se bajaron un total de quince hombres. Se identificaron como la policía, se llevaron a mi hermano Alberto, a Willy, a cuatro de los amigos que fueron en su búsqueda, y a otras cinco personas más.

Entonces comienza nuestra búsqueda por todas las comisarías, pero los agentes nos aseguran que no les consta ninguna detención con el nombre de mi hermano, ni de ninguno de sus amigos. En los últimos meses la ola de violencia se ha desatado, y es frecuente que los diferentes grupos violentos se hagan pasar por policías. Nos tememos lo peor, pero mantenemos la esperanza de que a los “nuestros”, no les haya pasado nada. Son tan sólo unos niños.

El teléfono suena, recibimos la ansiada noticia, ha aparecido Alberto, pero muerto, junto al resto de sus amigos, y las demás personas desaparecidas. Han encontrado sus cuerpos en una cuneta a nueve kilómetros de la ciudad donde la vida no vale nada.

Los asesinos desconocen la piedad, no les importa que sean niños, inocentes, ancianos o adultos. Sus pistolas no tiemblan a la hora de apuntar. Los criminales no piensan en sus familias, en los sueños rotos que están a punto de quebrantar.

Alberto desde arriba, trabajará para recordar a la humanidad en lo que se ha convertido, en seres monstruosos, sin sentido.

Alberto ahora está en un lugar mejor, donde no existe el odio, donde no existe el rencor.

Alberto ya no escuchará más pistolas, más llantos. Alberto ya no presenciará más familias rotas.

jueves, 14 de febrero de 2013

El último beso en Arganda


La primera toma de la primera escena de su ópera prima.

Su corazón latía con fuerza, ya estaba allí, en Roma, grabando su primera película, sin haberse dado apenas cuenta.

-          ¡Acción!
 
Su mente retorna a la realidad, observa el monitor de la pantalla y admira a la joven que aparece en una cama blanca impoluta.  Su tez, del mismo color que las sábanas, casi se funde en la misma tonalidad. Tiene el pelo muy negro, alborotado (semisalvaje). Sus labios gruesos parecen casi dibujados, sus líneas están completamente marcadas, al igual que sus cejas. Permanece con los ojos cerrados, aun así, tras la pantalla se ven enormes, acompañados de unas largas pestañas. Todo el equipo permanece en absoluto silencio, tan solo interrumpido por el comentario de uno de sus miembros:

-       ¡Parece un ángel!

De manera inesperada, abre los ojos. Su corazón se paraliza, le falta el aire, parece como si Roberta le estuviese observando sólo a él. En ese momento, no tiene dudas, se ha enamorado.

Cinco meses después deciden pasar por el altar, e incluso (nunca dejó de  preguntarse cómo pudo hacerlo), logró que cambiase de residencia, su querida y amada Roma, por el pueblo que le vio nacer a él, Arganda del Rey. Allí Roberta pasaba desapercibida, ninguno de sus habitantes conocía su secreto, que era una de las grandes estrellas del cine italiano del momento.

Vivían en una casita blanca, de tres plantas, ubicada en lo alto de una cuesta. El hogar había sido adquirido por el joven argandeño dos años atrás, después de haber sido reformada, ofreciéndole un toque algo más bohemio.

A Roberta le costó adaptarse a la nueva vida en Arganda, pero ella siempre solía comentar que era un pueblo con encanto, con gente muy entrañable y muy particular. Le encantaban los encierros, especialmente los de la calle de José Antonio, el vino y la iglesia de San Juan Bautista. Solía expresar su admiración por el templo:

¡Es una auténtica joya! - decía con emoción.

No había noche a la que no acudiera a su lugar preferido, la última planta de la casa, que albergaba una pequeña terraza desde donde se veía toda la localidad. En varias ocasiones su marido se la había encontrado traspuesta en la hamaca de madera, aun en las noches más gélidas de invierno solía quedarse dormida mirando las estrellas

Hacía tres meses que habían estado separados por motivos de trabajo, Roberta estaba grabando una superproducción en Roma, y Alfonso estaba escribiendo el nuevo guión de su nueva película, que sería protagonizada nuevamente, por la gran Roberta Rossellini.

 
13 de febrero de 1955. (Arganda del Rey). 22.52 h.

Alfonso no para de mirar su reloj, pide a su amigo Carlos que acelere.

-       ¡Mira que es mala suerte! ¿Cómo pueden ser tan pesados?,  ¡y todo…para que no nos den la subvención!

Su amigo le responde:

-       ¿Qué te pensabas que era esto… “llegar y besar el santo”?

Alfonso se echa las manos a la cabeza:

-       ¡Anda cállate y vete más rápido que Roberta me mata!, ¡tres meses sin vernos, y mira a qué hora llego!

Carlos bromea:

-       ¡A las estrellas de cine no se les hace esperar!

No queda nadie en la calle, hace mucho frío. Aparcan el coche y se dirigen a la puerta de la casa. Abren la puerta y encienden la luz. Alfonso comienza a llamar a su mujer:

-       ¡Robertaaa, ya estoy aquí!

(Nadie contesta).

Alfonso comienza a subir por las escaleras de madera e invita a su amigo a acompañarle:

-       ¡Sube, sube, no te quedes ahí…  seguro que está en la terraza!

Pero al llegar hasta la última planta descubren que no está. Alfonso se extraña:

-       ¿Dónde se ha metido?

Carlos le interrumpe

-       ¡Mira, hay luz en la habitación!

Los dos amigos bajan de nuevo hasta el segundo piso, Alfonso llama en dos ocasiones a la puerta, pero no obtiene respuesta. Empuja el picaporte y entra. Hay una pequeña luz que procede de la lámpara de la “mesita” de noche, Roberta permanece en la cama.

-       ¡Roberta, amore mio, que ya ha llegado!

(Pero no responde).

Alfonso se dispone a despertarla, pero su amigo Carlos le frena:

-       ¡Fonsi, que te ha dejado una nota en la mesilla! Mira te ha puesto que ha llegado muy cansada del viaje, que no hicieras mucho ruido…

Alfonso le contesta:

-       ¡Da igual voy a despertarla!, ¡que hace tres meses que no la veo!

Carlos vuelve a frenarle:

-       ¡Mira que tienes mala idea!, ¡que debe de estar rota la pobre de tanto viaje!

Alfonso toma distancia:

-       ¡Pues mira…tienes razón! ¿Te acuerdas?, ¡hace ya casi dos años!…¡cuándo nos fuimos a grabar a Roma! Ella estaba justamente igual, parece la misma imagen. Roberta sobre la cama dormida, ¿qué era lo que todos decíais?

Carlos le responde:

-       ¡Parece un ángel!

 Alfonso se ríe (tratando de no hacer ruido):

-       ¡Eso es!, oye, ¿por qué no nos haces una foto? Siempre me he imaginado la escena que grabamos, con la variación de estar observándola mientras le doy un beso de buenas noches. Seguro que cuando la revelemos se lleva una gran sorpresa y le hace ilusión. ¡Mira abre esa bolsa negra!, ¡ahí está la cámara!

Carlos se posiciona justo frente a la escena. Entretanto, Alfonso se introduce sigilosamente en la cama y le da un beso en la parte izquierda de la sien a Roberta, mientras su amigo inmortaliza el momento.

Los dos amigos se despiden, pero antes de salir, Carlos se asoma por el umbral de la puerta:

-       ¿No está un poco blanca? A ver si…

Alfonso le empuja y comienza a bajar las escaleras:

-       ¿Pero no te acuerdas de los rodajes, cuando le decíais que su piel era como de porcelana?

Carlos se ríe:

-       ¡Pues también es verdad! Anda…¡hasta mañana!, ¡descansad!

 
14 de febrero de febrero de 1955. (Arganda del Rey). 08:30 h.
 
Los vecinos comienzan a agolparse debajo de la casa de Alfonso y Roberta. Al instante llegar el primer coche de la policía. Las vecinas no paran de señalar la parte trasera de la casa (algunas se echan la mano a la cara).

La policía llama hasta en tres ocasiones al timbre de la casa, pero no se escucha nada. Finalmente echan la puerta abajo. Los vecinos colindantes se asoman expectantes.“La Espe” y “la Mari” rezan, a pesar de no entender muy bien lo que está pasando (ellas fueron las que llamaron a la policía, ya que fueron las primeras que lo vieron cuando salieron a comprar el pan).

Los municipales bajan a los 15 minutos:

-       ¡Aquí no hay nadie!, ¿les dijeron que salían a algún sitio?

      “La Espe”, contesta:

-       ¡Yo a las 05:00 a.m, creí escuchar un lloro muy intenso, pero pensé que lo había soñado!

La policía les pide que se metan en casa, que en cuanto sepan algo les avisarán.

 
14 de febrero de 1955 12: 30 (Arganda del Rey)

Carlos llega desde Madrid alertado por la policía. Uno de los municipales le impide el paso al intentar subir hasta el final de la cuesta donde se encuentra la casa de Alfonso. Ya son cientos de personas las que se agolpan debajo de la casa, y el tráfico ha sido cerrado en toda la calle. El joven se identifica y uno de ellos acuerda hacerse cargo del coche.

Comienza a subir la cuesta a pie, intentando abrirse camino entre la muchedumbre. Al segundo queda paralizado, la pared trasera de la casa está cubierta por una inmensa tela blanca con la imagen que él mismo había retratado horas antes. Mientras tanto oye a unas mujeres que debaten:

-       Pero, ¿está muerta?, o ¿está viva?

A los municipales les confirmó que él había sido el que había realizado la foto que, ahora colgaba de la parte de atrás de la casa de su amigo. Les aseguró que en ningún momento Alfonso le había comentado que tuvieran previsto salir de viaje. Tan sólo les rogó que les encontrasen y que se pusieran en contacto con él.


13 de febrero de 2013

La policía jamás pudo dar explicación a la misteriosa desaparición de Alfonso y Roberta. Nunca más se supo de ellos, ni tan si quiera se tuvieron pistas sobre su paradero. Tampoco nadie pudo dar respuesta a quién colocó aquella foto allí, y cómo pudo  hacerlo, pues nadie lo vio. Una imagen colocada por alguna razón hace más de medio siglo, que recuerda en cada momento a los transeúntes que por allí pasan, el amor que Alfonso y Roberta se procesaban. Un instante detenido en el tiempo, que nadie podrá borrar.

Desde el suceso, Carlos acude cada 13 de febrero a Arganda del Rey para observar la inmensa fotografía que “inunda” la pared trasera de la casa. La imagen, que permanece en el mismo lugar en que fue colocada, y que sigue siendo objeto de polémica. Todo el mundo que la mira, se pregunta:

Roberta, ¿estaba dormida?, o ¿estaba muerta?

¿Era un beso de buenas noches?, o ¿Era su beso de “hasta siempre"?

Ni Carlos, ni ninguno de  los habitantes de Arganda tendrán jamás respuesta de lo que sucedió esa noche, pero de lo que nadie tiene duda, es que esa imagen es un reflejo de su inmenso amor, y sobre todo de su último beso (fuera en el contexto que fuera).

Su último beso en Arganda.

viernes, 1 de febrero de 2013

El cerro de la horca


1 de febrero de 1938 (Arganda del rey, Madrid)

Se oye un golpe, segundos después cae la puerta. Comienzan a entrar personas en el salón, se escuchan sus pasos por la escalera, llegan hasta  la habitación de mis padres. Mamá grita, pero nadie responde:

-       ¡No se lo lleven por favor, no ha hecho nada!

No hay tiempo, mamá nos viste a prisa a todos (hasta a Miguel, el más pequeño, que sólo tiene cuatro años). Nuestra vecina Paca discute con Mamá, madre le replica:

-       ¡Que no hay necesidad, que puedes generar un trauma a los niños!

Pero mamá no razona:

-       ¡Pepe no va a estar sólo! ¡Nos lo van a arrebatar, pero estaremos hasta el último segundo con él!

Paca coge los abrigos, un candelabro y varias velas para emprender el oscuro camino hasta el cerro de la horca, el lugar donde papá va a ver cumplida su condena a muerte.

Cruzo el umbral de la puerta, pero retrocedo, he decidido que no voy acudir. Mi madre me maldice:

¡No hay nadie peor que tú, mereces morir sola!

Las luces se van alejando, vuelvo a entrar en la casa, subo las escaleras, me meto en la cama y duermo.


1 de febrero de 1997

Despierto, la cama está empapada de sudor, los antibióticos llevan días sin hacer efecto. Los médicos me dijeron hace días que no había solución, que el cáncer no había remitido. Busco a alguien en la habitación, pero estoy sola.
Sé que me queda poco tiempo, puede que sea cuestión de días o quizá sólo de horas, pero encuentro la entereza suficiente para cambiarme y coger el abrigo. Son las cinco de la mañana, no hay nadie en la calle, comienzo el mismo camino que realizaron mi madre, mis hermanos y “la Paca” hace más de medio siglo.

Mi mente comienza a divagar… cómo pudo ser su calvario, qué vecinos pudieron unirse a ellos en el camino, cuáles pudieron ser sus palabras de consuelo, qué rondaría la mente de mis hermanos pequeños, qué estaría pensando mi madre de mí, etc. Las puertas están cerradas, “la Paca” no ha salido con “la Merce” a tomar el fresco en sus sillas de madera. El pueblo calla, aunque ya no es un pueblo ni es “ná”. Ha perdido todo su encanto.

¡Qué cosa más fea!, eso es lo único que aparece en mi mente.
Con el paso del tiempo, todas las edificaciones bonitas han ido desapareciendo. Tuerzo a mano derecha, llego hasta el pilón, al lado de la ermita. Sonrío, en algunos instantes parece que el tiempo se hubiese detenido, que nada hubiese sucedido, que todos somos felices antes de que comenzaran todas nuestras desgracias. Pero miro al otro lado y veo todas esas horribles edificaciones y vuelvo a la realidad, estoy casi en el S.XXI.

Continúo, atajo por la calle carretera y llego hasta la calle carretas, recordando el ajetreo de las carretillas de años atrás, de ahí su nombre.
A los minutos comienzo a ver en lo alto del cerro la enorme “insignia” allí ubicada, a la que siempre había vuelto la espalda. Históricamente había tenido sus detractores(los del bando contrario), pero otros muchos decían que era un símbolo para el recuerdo, para que nadie olvidase lo que había ocurrido allí durante años.

Ahora no giro la cabeza, sigo su dirección de manera firme.

Mi corazón se agita, me encuentro agotada, frente a frente a ella. Comienzo a sentir miedo. De repente, la enorme cruz de hierro que podía divisarse en casi todo el pueblo, se transformó en una enorme horca de madera. Mis piernas flaquean, caigo arrodillada ante ella, y agacho la cabeza. Unas luces comenzaron a divisarse. De nuevo levanto la mirada, todo había desaparecido, tan sólo había sido una especie de alucinación.

Me tumbo hasta que alcanzo y rodeo con mis brazos la base de la cruz. Ahora que intuyo que se está acercando mi hora, tengo la necesidad de acudir al lugar donde mi padre pasó sus últimas horas de vida.

Comienzo a tener frío, cada vez más. Una luz poderosa procedente de la parte superior de la cruz me deslumbra. Empiezan a aparecer unas escaleras de madera. Me levanto, comienzo a subirlas, veo a Papá. Me tiende su mano para ayudarme a subir, mientras me limpia las lágrimas y me pide que no llore, que no estoy sola.