Mi abuelo Juan me contó una
vez que mis antepasados, además de traerse la llave de nuestra casa de
España se llevaron las semillas de un gran árbol
que había en la puerta de su hogar. Esta fue la razón por la que desde hacia
más de cuatro siglos, a cada primogénito de la familia se le encomendaba la
tarea de proteger aquel arbusto.
A veces apoyaba la cabeza en
su corteza, con los brazos extendidos en su tronco. Aunque su enorme grosor me
impedía alcanzarlo por completo. Podía parecer extraño, pero para mi estirpe
era uno de los vínculos que nos unía a aquella vida de siglos
atrás, del lugar de donde proveníamos, de Sefarad.
Por algún motivo las entrañas
de aquel ser viviente desde hacia tiempo se habían ido apagando. Buscamos todas
las opciones que estaban en nuestra mano, pero nada, absolutamente nada hacía que
volviera a la vida. Aún así yo me resistía a dejarlo, iba junto a él cada
tarde, a susurrarle que nunca le íbamos a abandonar.
La situación en Tirnaso, mi
pequeño pueblo situado a pocos kilómetros de Larisa era cada vez más tensa.
Aquí nos conocíamos todos, y a pesar de que nuestra comunidad no tenía un
número considerable, empezaba a sentirse cierto
miedo, ya que las noticias que llegaban de los
periódicos y la radio hablaban de matanzas en
diferentes ciudades de Europa por parte del ejército alemán.
Desde hacía unas semanas
había comenzado a tener unas terribles pesadillas, que me despertaban en medio
de la noche y que me impedían volver a dormir.
No sabía cuál era la causa, pero tras el desvelo, una sola imagen venía a mi
cabeza, aquel árbol. Esta era la razón por la que abandonaba mi lecho con sumo
cuidado, para no despertar a mis hermanos pequeños y me dirigía hasta él. Una
vez allí, en una de esas madrugadas, descubrí un hueco de tamaño considerable
que me permitía acceder hasta su interior. La sensación una vez dentro, era de
inmensa paz. De completa protección.
Desde aquel día convertí sus
profundidades en mi hábitat, y el lugar donde podía conciliar el sueño, lejos
de aquellas extrañas voces e imágenes que perturbaban mis noches.
Las noticias de guerra eran
cada vez más sonoras y la entrada de los alemanes en nuestro país parecía cada
vez más cerca. Algunas personas con cierto poder en la localidad comenzaron a
prohibir el acceso al trabajo a la población judía. Incluso se hablaba de que
la entrada de los nazis sería inminente y que se llevarían a todos los judíos.
¿A dónde? Papá decía que le habían contado lo que hacían con nosotros,
que querían hacernos desaparecer de la faz de la tierra, pero yo me negaba a
creerlo. ¡Nosotros no habíamos hecho nada! ¡No tenía sentido!
Una vez que los alemanes
entraron en territorio griego, los malos presagios inundaron todos nuestros
hogares, ¡Ya no había duda! ¡Venían a por todos nosotros!
Agotone, el alcalde del
pueblo que tenía cierto trato con papá le recomendó que huyéramos, pero ¡No
teníamos donde ir! ¡Tarde o temprano acabarían encontrándonos! Por ello mi
padre se negó a que nos moviéramos de allí. Agatone le tentó con una importante
suma de dinero, si le vendíamos el terreno que adquirió mi familia nada más
llegar hasta esta aldea. Ya no quedaba nada de aquella casa familiar, pero si
se mantenían las raíces moribundas de aquel árbol sin vida que prometimos sostener
hasta el final de nuestro linaje.
El regidor del municipio
quería ampliar la plaza de Tirnaso. El terreno familiar se encontraba en la
parte trasera del núcleo del pueblo, y este momento era una buena ocasión para
su compra y para nuestro abandono.
Papá tan solo hizo una
pregunta - ¿Habría alguna opción para mantener el arbusto?
Agatone contestó con
sorpresa- ¿Qué árbol? ¡Ya solo existe un tronco inerte!
Mi padre dio media vuelta
mientras respondía con total rotundidad – Mi respuesta es no.
El Alcalde cerró su agenda
mientras murmuraba:
-
Un árbol muerto
va a propiciar vuestra propia muerte.
Tres días después tropas
alemanas alcanzaron el municipio. Horas más tarde se dio la orden de que todas
las personas judías teníamos que presentarnos en la plaza central. Una de los
hombres al mando portaba una pequeña lista en la que constaban las 109 personas
judías que vivíamos allí. Entre ellas los doce miembros de mi familia. Un
soldado nazi tocó nuestra puerta. Al segundo comenzaron los gritos y los lloros
entre los vecinos. Todos teníamos que acudir sin excepción. Mamá llevaba en sus
brazos al pequeño ángel de siete meses que no paraba de sollozar.
Una vez que todos habíamos
salido de nuestras casas, nos mandaron formar una fila. Nada más comenzar la
marcha, empezaron a escucharse disparos procedentes de la plaza. Tan solo esos
sonidos quebrantaban el silencio absoluto que reinaba
en nuestras calles.
Una inmensa niebla comenzó a
cubrir el cielo. Y con esa bruma, una imagen vino a mi cabeza, la del árbol. Me
dirigí al abuelo Juan y le dije:
-
¡Nos conducen a
la muerte! ¿Confiarías en mí? Pide a todas las personas que puedas que me
sigan. ¡Tengo una idea! Una vez que pasemos la calle del torreón, seguiremos
hasta el terreno donde está nuestro árbol, se encuentra de paso. Si lo hacemos
con sumo cuidado no se darán cuenta, apenas se puede ver nada ¡No hay tiempo
que perder!
Conté un total de veinticinco
personas introducidas por el agujero de aquel árbol. Por último, y antes de que
entrara la última, y me introdujera yo, unas voces con un pronunciado acento
germano comenzaron a rodear el lugar donde nos encontrábamos. Mientras tanto,
todos los que nos concentrábamos allí atrincherados, a duras penas podíamos mover ni un
músculo, nos manteníamos aterrados, conscientes de una muerta
segura.
El sonido de los disparos
comenzó a ser cada vez más frecuente, y
de nuevo las voces extranjeras que evidenciaban un gran enfado, tuvieron
como resultado que las mujeres presentaran un incómodo tembleque
nervioso.
De nuevo, un gruñido y una
luz entró por la cavidad del árbol ancestral.
¡Habíamos sido descubiertos!
Mi hermano de apenas siete
meses, desde hacía unos minutos había dejado de llorar. Como si hubiera sido
consciente del peligro al que nos enfrentábamos. Nunca olvidaré aquella mirada
perdida de mamá, y como sostenía por el cuello al pequeño ángel para acabar con
su vida antes de que pudieran hacer con él algunas de las sonadas atrocidades
nazis.
De repente una voz
desconocida retumbó en el interior: ¡Aquí no hay nada! ¡Han huido!
El silencio volvió a imperar de
nuevo, acompañado de algunas lágrimas que empezaron a cubrir el terreno de
aquel árbol muerto. Aquel árbol de la vida.
