Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 28 de diciembre de 2012

Los diamantes en el cielo



¿Alguna vez os habéis preguntado cómo reconocer a la persona que estáis esperando? ¿Alguna vez habéis tenido la sensación de que es muy posible que él/ella sea la persona de tu vida? Es inevitable que a lo largo de nuestra existencia, se presenten circunstancias a las que no podemos dar respuesta, y es preciso que nos enfrentemos a ellas, aun sabiendo que tendremos que volver a levantarnos.

Uno de los mayores miedos que tenemos los seres humanos es a enamorarnos, y digo miedo porque el amor está estrechamente ligado al sufrimiento, y en su contra, a la felicidad. Es por ello que en múltiples ocasiones nos escudamos en el:

-          No, ahora no es el momento.

-          Me has conocido en una etapa complicada

O recibimos respuestas tales como:

-          Eres la persona perfecta, pero… tengo en mente a otra persona.

También es bastante frecuente el uso de:

-          Lo siento, estoy muy cómodo/a contigo, pero… no busco nada serio.

El eterno PERO…, pero, ¿por qué ponemos tantas trabas al amor? O mejor dicho, ¿por qué nos gusta complicarnos tanto? Es cierto que la vida no es sencilla, pero no en pocas ocasiones, nos gusta complicárnosla en exceso. Parece que nos han educado en una sociedad en la que las cosas sencillas no se valoran, como si todo lo que realmente valiera la pena conllevara un terrible sufrimiento. Ésta es una de las posibles razones por las que pasamos inadvertidos lo realmente valioso.

Y he aquí el ERROR. A veces las cosas están ahí, a nuestro alcance, tan sólo tenemos que cogerlas y hacernos cargo de ellas. La responsabilidad reside precisamente en poner en práctica esa “consciencia”.

Nos encanta siempre ir por delante. Cuántas veces hemos escuchado:

-          Es que yo sabía que esto iría mal, por eso no he comenzado.
Vivimos en el entorno de los eternos profetas, pero, ¿qué pasaría  si las cosas sucedieran de forma diferente a la que nosotros esperamos? ¿Qué ocurriría si apartáramos a un lado nuestros miedos, y nos embarcáramos en el viaje de nuestra vida sin fobias? Algo tan básico como estar dispuesto a vivir, PERO… a vivir de verdad.
Dejemos a un lado, si él-ella es la persona adecuada, dejemos de preguntarnos por el mañana, porque por suerte o por desgracia no sabemos si vamos a estar aquí.

Con ello, no muestro un “grito” al libertinaje, no quiero dar una imagen equivocada. He aquí un grito a vivir la vida sin temores.

Se conocieron una tarde fría, de la manera más sencilla y habitual, por medio de unos amigos. Ninguno de los dos se planteó la posibilidad de que durante ese encuentro pudiera aparecer la persona que pudiera cambiar su vida.

Lejos de las cursiladas propias del proceso de enamoramiento, Jorge pudo reconocer en ella el amor, por la luz que desprendía. En cada mirada su mente viajaba a otro mundo, donde todo era posible, un lugar hecho para los dos, donde no existía ningún negro infortunio. Su sonrisa, le hacía sentir la calidez de algo desconocido, pero agradable, y a través de su tacto encontraba la seguridad y la estabilidad que necesitaba.

Jorge sentía que algo se había transformado en su interior. Su vida ahora había cambiado de color, pero el eterno PERO, una vez más, se adueñó de esta historia. Era posible que ella pudiera “sentir” algo por Jorge, pero tenía en mente a otro chico, a pesar de la imposibilidad de tener algo con él.

Pero…en esta ocasión Jorge no se dio por vencido, ni tuvo miedo a pasarlo mal. No sólo decidió apostar por algo en lo que creía, sino a demostrar a la otra persona que podía ofrecerle en su vida algo que hasta ahora desconocía, magia. La magia que sólo el amor puede conseguir.

Jorge y María decidieron volver a verse, olvidándose de las circunstancias previas de cada uno, con el único propósito de conocerse. Sin la pretensión de …, tan sólo de sentir, y de no poner trabas.

Los chicos paseaban por las calles de Madrid, abriendo sus corazones y poniéndose en antecedentes. Después de unas horas decidieron descansar, por lo que optaron por hacer una parada ante una curiosa terraza con hamacas acompañada de grandes calefactores.

Los jóvenes se pidieron un cóctel  y quedaron semi-tumbados en sus respectivas hamacas. Al cabo de unos segundos, la chica se dirigió a Jorge:

-          Y, ¿ qué pasa si esto va mal? No quiero hacerte daño. Ya sabes que aun tengo en la cabeza a…
Jorge le interrumpió, diciéndole:

-          No sigas… ¿sabes una cosa? Yo no sé cómo sería el otro chico, pero si puedo decirte, que debe de estar loco al haber dejado a una chica como tú. Y… ¿sabes otra cosa? Es posible que aun no te hayas dado cuenta que yo soy el chico de tú vida, pero  no te preocupes, que ahora me encargaré de que reconozcas que yo también soy el de la tuya.

Jorge continuó, mientras cogía su mano:
-          Mira… ¿ ves todas esas estrellas?  No son estrellas,  ahora para ti y para mí, son diamantes que brillan en el cielo. Creo que ninguno de esos diamantes da tanta luz como la que tú puedes aportar a mi vida. Y no…no te asustes, no voy demasiado rápido, ni demasiado lento. Tan sólo quiero que formes parte de mi mundo, y si fracaso no será tu culpa, porque nadie podrá quitarme que tú has sido la que me has mostrado esta noche, que son diamantes lo que brillan en el firmamento. Ahora, ninguno de esos diamantes puede resplandecer tanto como tú y yo lo estamos haciendo ahora.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Esperanza



Cristina había intentando sin éxito por todos los medios que estaban a su alcance, ser madre. Los médicos le habían advertido, que tanto ella como su marido estaban en perfectas condiciones.  Por ello, los expertos apuntaban que era más que probable que una de las causas que le impedían su ansiado deseo era el estrés al que estaba sometida.

Tenía 42 años, y estaba prácticamente concienciada de que su edad hacía aun más compleja su situación. Llevaba 14 años intentando buscar un niño, incluso había viajado hasta una de las mejores clínicas de inseminación “in Vitro”, aunque siempre sin éxito.

Sus ansias por ser madre les habían llevado, tanto a ella como a su marido, a plantearse la posibilidad de la adopción. De hecho, ya habían estado informándose, y estaban en proceso de presentar toda la documentación.

Por otro lado, Cristina y su marido vivían en una situación compleja, residían en una pequeña aldea a 27 kilómetros de Soria. Ambos habían crecido, se habían conocido y se habían enamorado allí. Cuando eran jóvenes casi una centena de habitantes vivía en la localidad, pero ahora la realidad era bien distinta, apenas una decena de personas componían su censo. Hacía 42 años que ningún niño se había inscrito en la aldea.

Villa de Castalejo, (que así se llamaba la aldea), había pasado a manos privadas en el año 2004. La Junta de Castilla y León se negaba a invertir un solo euro en el entorno, alegando que era una localidad prácticamente despoblada, destinada al abandono. La incapacidad de hacer frente a algunos servicios imprescindibles, había llevado a acoger con cierto agrado la oferta de un empresario madrileño, el cual se comprometía a comprar el pueblo al completo, y con ello sus casas. A cambio podrían disfrutar de los servicios que demandaban, e incluso a algunas mejoras. La cláusula que más controversia había creado entre sus habitantes era en la que se exponía, que en el año 2025, las 8 casas que habían sido vendidas, junto a otros edificios allí levantados, tendrían que ser dispuestas a manos del empresario,  para uso y disfrute exclusivo del dueño.

Fueron muchos los que argumentaron que no estaban dispuestos a vender sus raíces, y la tierra donde habían crecido, pero finalmente convenció más la opción de que en 25 años la vida daba muchas vueltas, y que incluso era probable que en ese tiempo creciera tanto la aldea, que fuera inviable que una sola persona pudiera hacer frente a todo.

Pero para sorpresa de todos, a finales del año 2012,en plenas navidades, los habitantes de Villa de Castalejo recibían una notificación en la que se informaba que en el plazo de un año debían de abandonar sus casas, tal y como se apuntaba en la cláusula 33.a. En ella se concretaba que si en el plazo de diez años no se producía ningún nacimiento, el contrato rescindiría a finales del 2013.

Ninguno de los habitantes de Castalejo entendía como se les podía haber pasado algo tan importante. Lo cierto es que los abogados les habían dicho que poco se podía hacer, a no ser que se produjera, tal y como se indicaba, el nacimiento de un niño. Esto conllevaría la continuación del “contrato” por 15 años más.

La desolación era absoluta, puesto que las únicas personas que podían evitar el “desahucio” eran Cristina y su marido, Pedro, ya que las demás personas ni por asomo se encontraban en edad “fértil”.

Habían trascurrido dos meses desde la notificación, y algunos de los habitantes de la aldea comenzaban a trasladar sus enseres,  para evitar alargar una agonía de la que todos conocían el final. Pero Pedro y su mujer no se dejaron llevar por el negativismo en esta ocasión. Por ello acudieron a la última misa que ofició el párroco en la iglesia, antes de marcharse a otra localidad, para pedir a Dios que les concediera el deseo de ser padres, y a su vez, permitir la continuidad y la “vida” de los habitantes de Villa de Castalejo.

Cristina pidió a su marido y a Luis, el sacerdote, que le dejaran unos minutos más sola, y que más tarde ella misma se encargaría de cerrar el templo.

Las luces se apagaron y la mujer quedó de rodillas en la primera de las filas de la iglesia, ante la virgen de la Soledad, iluminada por unas cuantas velas, que horas antes habían sido encendidas por ella misma. Cristina terminó los rezos, sopló las últimas velas que permanecían iluminadas, y deambuló entre la oscuridad.

Meses más tarde, milagro o casualidad, la mujer recibía la noticia de que estaba embarazada. Ni su marido ni ella misma podían creerlo. Rápidamente comenzaron a presentar toda la documentación pertinente para probar que antes de que acabara el año, un nuevo habitante nacería en Castalejo. Concretamente el 24 de diciembre, Cristina saldría de cuentas.

Pero la noticia que había cambiado el rumbo de los habitantes de la aldea, se vio truncada un mes y medio más tarde, cuando los médicos descubrieron que a punto de cumplirse el cuarto mes de embarazo algo iba mal. La prueba de la amniocentesis confirmó que el feto estaba sufriendo algún tipo de malformación, y en el caso de seguir adelante con el embarazo, el niño sufriría daños cerebrales importantes. Los médicos no fueron nada positivos, comentándoles a los padres que era más que probable que las lesiones fueran incompatibles con la vida.

Los futuros padres recibieron la noticia como un jarro de agua fría y estuvieron pensando en interrumpir el embarazo, tal y como les habían recomendado los médicos. Cristina, ese mismo día, cogió las llaves de la iglesia, ya que se había prestado al cuidado y a la apertura del templo hasta su partida, y situándose frente al altar, ante la virgen de la Soledad, volvió a arrodillarse, tal y como lo había hecho meses atrás, y le pidió respuestas. Al instante, la mujer sintió una patada del pequeño que llevaba dentro. En ese momento supo que debía de seguir adelante con el embarazo.

El 24 de diciembre a las 00:00 de la noche nacía Esperanza en el hospital de Soria. Los médicos anunciaron a sus padres, que tal y como habían pronosticado, la pequeña sufría importantes daños cerebrales, y que era posible que falleciera. Sin embargo la pequeña Esperanza luchó por seguir adelante. Más tarde, los médicos advirtieron a los papás de que la bebé había superado un duro trance, pero que por ejemplo, no podría realizar acciones tan básicas como sonreír o mantenerse en pie. Pero Esperanza, con el esfuerzo de sus padres, especialistas y de ella misma, consiguió “pasito a pasito” cosas que en un principio parecían inviables.

Esperanza podía sonreír, e incluso distinguir quién era su padre o quién era su madre. Es más, nada más cumplir los cinco años, ya luchaba por mantenerse en pié.

La pequeña era una muestra de que pese a las tempestades y dificultades, había luz después del túnel. No sólo se había convertido en la alegría de una casa, que llevaba esperándola durante catorce años, sino que se había convertido en el ejemplo de lucha de muchos niños en las mismas circunstancias, y sobre todo, en la ESPERANZA de continuación de todo un pueblo y sus familias.



* Para los cristianos, cada año se renueva la ESPERANZA con el nacimiento de Jesús.
¡FELIZ NAVIDAD!


viernes, 14 de diciembre de 2012

La cajita de música



Era el último objeto de valor que le quedaba, por eso se hacía tan complicado.

Paula intentaba serenarse, su padre si estuviese junto a ella, le animaría y le daría fuerzas, pero era el último vínculo que la unía a él. Permaneció durante unos instantes ante el mostrador de la tienda de empeño, intentando que apareciese una señal, algo que le hiciese sentir que estaba haciendo lo correcto. Paula cerró los ojos, respiró y levantó la cabeza. Lo hacía siempre que quería hablarles o pedirles consejo. De esa manera los sentía más cerca.

Todo había comenzado seis años atrás, aquel fatídico mes de enero del 2006 cuando su madre, Carolina, falleció en un accidente de coche. Decían que las desgracias venían juntas, y todas ellas estaban golpeando con dureza a la familia Rodriguez- De la fuente.

Tras el fallecimiento de su madre, Paula tuvo que ver como su padre, un reputado arquitecto madrileño, era despedido del estudio en el que había trabajado desde hacía más de 35 años. Fue en ese momento cuando abandonó su sueño de ser bailarina para echar una mano en casa.

Pero las deudas de su padre y la incapacidad de hacerles frente, les llevó a tener que vender su lujoso chalet de Pozuelo y mudarse a un pequeño apartamento a las afueras de la capital. Lo vendieron absolutamente todo, era tal el agobio económico de la familia, que ni tan siquiera su padre tuvo que decirle que pusiera a le venta sus vestidos de primeras firmas. Y así, mes tras mes, pudo comprobar cómo decenas de compradoras se hacían con sus pertenencias a través de eBay: ropa, ordenador, joyas, iphone, etc.

A Paula no le importaba tener que desprenderse de todos sus objetos. Ahora su máxima preocupación era estar cerca de su padre y ayudarle lo máximo posible. Desde pequeña tuvo claro que quería ser bailarina, por ello su familia decidió que se formara en las mejores escuelas de danza de Madrid. En ciertas ocasiones, numerosos familiares le habían echado en cara que no dejara su vana ilusión y que hiciera algo de provecho. En definitiva, que buscara un trabajo serio, ¿pero qué era un trabajo serio? Al parecer, para muchas personas todo lo que envolvía el ámbito artístico era una especie de hobby. La mayoría de sus parientes infravaloraba su profesión, y le presionaban para que buscara un trabajo, según ellos, más acordes a sus características. En una ocasión, su tía Cayetana le había humillado en un encuentro familiar, diciéndole que si con 24 años no había entrado en ninguna compañía de prestigio, sería posiblemente porque no tenía suficiente talento.

Pero su máximo apoyo siempre habían sido su padre y su madre, le habían hecho creer en ella, y habían apostado por su talento. Su padre siempre le decía que la vida estaba llena de obstáculos, pero que esas dificultades hacían a las personas más fuertes, y más comprometidas con la existencia.

Su profesora de danza le había animado a no abandonar su sueño, advirtiéndole que hacía tiempo que no veía a una bailarina de sus características: con tanta elegancia, y sobre todo con esa maestría en sus movimientos y en su forma de expresar, aunque al parecer, esa pasión por dedicarse al mundo de la danza le impedía por otro lado, que en las audiciones no diera lo mejor de ella. Paula tenía tantas ganas, le movía tanto entusiasmo, que llegaba a perjudicarla. Le resultaba chocante, pero su propio deseo la estaba alejando de su sueño.
Una noche, al llegar a casa, su padre le estaba esperando despierto con su bata de raso azul marino en el sillón ocre del salón. Paula se sobresaltó al encontrarse con su padre con una luz muy tenue.

-     Papá, vaya susto! ¿Qué haces levantado?

Su padre se quitó las gafas de pasta marrón y le contestó:

-     Vete haciendo la maleta, que nos vamos en dos semanas a Nueva York. Ya está vendido el apartamento. ¡Cariño ahora sólo estamos tú y yo!, y no voy a permitir que no puedas cumplir tu sueño. Tú has nacido bailarina, y morirás siendo una bailarina. Si en este país nadie quiere darte una oportunidad, nosotros iremos a buscarla.

Paula se quedó paralizada y no dijo nada, su padre prosiguió:

-      No hay nada que pensar, vamos a empezar una nueva vida allí. El tío Agustín ha facilitado mucho el tema del papeleo, porque como sabes, trabaja en la embajada de Estados Unidos. Y bueno…vas a poder entrar en la escuela que querías. He vendido lo poco que nos quedaba. Yo intentaré buscar trabajo allí, que por lo que me han dicho, las cosas andan algo mejor ¡Así que dame un beso y dime que me quieres!

Paula se tiró a sus brazos, al principio no pudo articular palabra. Más tarde le dijo:

-     Gracias por estar aquí conmigo, por ser como eres, y por hacerme la hija más feliz del mundo.

Pero en Nueva York, la ciudad de los sueños de Paula, la vida estaba a punto de darle el último golpe. Su padre moría de un ataque al corazón cuando sólo habían transcurrido dos meses y medio desde su llegada. Y allí, completamente sola, tuvo que hacerse cargo de todo. La joven invirtió una gran parte de los ahorros en repatriar el cuerpo de su padre para que fuese enterrado junto a su madre, no sin antes ofrecerle una misa funeral en una iglesia cercana a su domicilio.

Su familia, tanto materna como paterna, no paró de culparle de la locura a la que había sumido a su padre. Y no sólo eso, también le acusaron de malgastar el poco dinero que le quedaba de su familia en una vana ilusión. Paula se encontraba totalmente derrotada, por eso se negó a volver a España, no quería estar cerca de unas personas que no le mostraban ningún tipo de afecto y que vivían en un entorno en el que ella no se sentía identificada.

Tuvo que dejar sus clases de danza en Nueva York mientras veía como su dinero iba desapareciendo, hasta verse obligada a vivir en la calle. La chica se aguardaba del frío en los bajos de la escalera de un edificio, arropada con una manta que le había hecho su madre cuando era pequeña y tapada por cartones. Pero de lo que estaba segura, es de que su padre, que ahora se encontraba en el cielo protegiéndole junto a su madre, nunca le abandonaría. En cada momento del día se comunicaba con ellos y les pedía fuerza, y sobre todo que no se olvidaran de ella.

Esta era una de las razones que habían llevado a Paula a acudir hasta la tienda de empeño para intentar conseguir algo de dinero y asegurarse comida durante unas semanas. La primera lágrima cayó por el rostro de la joven. Sentía que desprenderse de la alianza de casado de su padre era alejarse de él. Paula salió de la tienda con 200 dólares más totalmente hundida. Seguidamente, se dirigió de nuevo a los bajos de su improvisada casa, la escalera de emergencia de aquel edificio de ladrillo.

Nada más llegar sacó de su mochila, de la que nunca se desprendía, un bonito joyero de madera oscuro. Se retiró el pelo, e introdujo la llave que llevaba como colgante en la cerradura. La bailarina de su cajita comenzó a bailar mientras Paula observaba la última foto tomada en la navidad del 2005, antes de que comenzara su pesadilla.

De pronto, la música de la cajita comenzó a entremezclarse con una melodía mucho más poderosa procedente del edificio de enfrente. Paula la reconoció al instante, se trataba del Lago de los cisnes. Una extraño impulsó la llevo a levantarse, y allí completamente sola, comenzó su particular adaptación de Tchaikovsky. Se encontraba totalmente tranquila, dispuso su joyero unos metros frente ella, y pensó en regalar la función a sus padres, frente a la fotografía de su joyero. Paula alzó con firmeza sus brazos, sintiendo profundamente cada nota de la melodía. Sus extremidades se movían solas.

Lo que Paula no sabía, es que precisamente en la ventana de enfrente del lugar de donde venía la música, alguien le observaba atentamente. Dos minutos después, el señor que le miraba tras el ventanal salió en su búsqueda. Al llegar a su encuentro, pocos segundos antes de que finalizase la música, el caballero le aplaudió efusivamente. La chica, algo sofocada y sin poder mediar palabra, retrocedió algunos pasos. El señor sonriente y con un sonado acento inglés británico le dijo:

-      ¿Qué haces aquí? Tú tienes que venirte a trabajar conmigo.

Mr. Spool, un afamado y reputado director de danza clásica, nacido en Gibraltar y afincado en Londres desde hacía más de 40 años, le comentó que llevaba semanas realizando audiciones frente a ella, en el edificio blanco. Y como había quedado impresionado con su talento y su destreza artística, no tenía dudas, quería que ella fuera la protagonista de su nuevo montaje. Paula, le comentó la difícil situación que estaba viviendo y los enormes problemas con los que se estaba encontrando. Sin embargo, Mr Spool acordó que él le pagaría todo a cambio de que ella formara parte de su elenco, y que más tarde ella se lo devolvería con su primer sueldo. A lo que no estaba dispuesto el director inglés, era a perder a una bailarina de su categoría.

De esta forma, y tras duros meses de ensayos, la joven se subía a los escenarios de Nueva York encabezando el cartel. La función fue un rotundo éxito y la crítica no paró de envolver en elogios a la chica española que había enamorado a todos los asistentes allí presentes.

Tras finalizar la función, llegó el momento en el que Paula, ante un potente foco y la atenta mirada del público, que no parecía dispuesto a dejar de aplaudir, salió de manera individual a agradecer su asistencia. Se dispuso en mitad del escenario, radiante y con una esplendida sonrisa. De inmediato el público se puso en pié y comenzó a aplaudir con más fuerza. Paula sintió la necesidad de fijarse en los rostros de las primeras filas, fantaseando poder encontrarse con sus padres, hecho que no sucedió.

Paula cerró los ojos, subió la cabeza hacía el cielo, y dirigió su mirada de nuevo a las primeras filas. Allí, a escasas butacas de distancia, estaba su madre, con un precioso vestido azul celeste, el pelo recogido y con el collar de perlas que le había regalado su padre en su último cumpleaños. Le aplaudía, mientras lloraba y le enviaba besos. Su padre, justo a su lado, se puso la mano derecha en su pecho, mientras gritaba:

-      ¡Lo conseguiste princesa!

Paula miró de nuevo hacia arriba mientras lanzaba besos y agradecía el respaldo del público.

Dos días después, la prensa española se hacía eco del gran éxito de la bailarina española. Su tía Cayetana, en compañía de unas amigas, leía avergonzada el editorial del diario El País, en el que ponía:

España forma el talento y lo exporta al resto del mundo: Paula Rodríguez-De la fuente.
 
Cayetana, tardo poco tiempo, en pronunciarse ante las allí presentes:

-      ¡Esta es mi querida sobrina Paula, siempre supe que llegaría lejos!

viernes, 7 de diciembre de 2012

Despertar




Javi y Belén se conocieron el fin de semana pasado en la fiesta de unos amigos. Allí intercambiaron los móviles. Ahora han decidido volver a verse, ésta vez en una cafetería.

BELÉN: Y… entonces, ¿a qué te dedicas?

JAVI: Pues… soy abogado. Estudié derecho en la “Complu”, pero ahora mismo…no ejerzo. ¿Y tú qué haces con tu vida?

BELÉN: Soy actriz. Me vine a estudiar interpretación a Madrid, hace cuatro años, cuando decidí que…

JAVI: (Le interrumpe, sorprendido) ¡Vaya… actriz! – dice incrédulo. ¿Eres actriz?

BELÉN: (con cierta incomodidad). Sí…sí, soy actriz. ¿Tienes algún problema con las actrices? – pregunta con risa falsa.

JAVI: (un poco “ido”) No, no… es que… yo siempre quise ser actriz….digo actor – acompañado de una risa.

BELÉN: Cada día me encuentro con un montón de personas que me dicen lo mismo… ¿Y por qué no estudiaste interpretación?

JAVI: (El joven pensativo… como si cada palabra “pesase”) ¿Qué por qué…no estudié interpretación? Por que no me atreví. Porque no fui capaz de enfrentarme a mi familia, ni de decirles que no sé inglés porque de pequeño me escapaba de la academia para ir a clases de teatro. Porque no les dije que prefería ser feliz a tener dinero, de levantarme cada mañana y hacer lo que realmente quería. Pero, ¿sabes una cosa Belén?
Se acabó la pesadilla. Ahora he despertado y… estoy aquí, contigo.