Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 22 de marzo de 2013

El hijo que siempre se espera

  
            
No podía parar de mirar a toda esa gente que se encontraba frente a mis ojos. Algunos de ellos se encontraban solos, otros acompañados. Una sola idea venía a mi mente, indistintamente de llevar una vida más o menos “ordenada”, todos podíamos acabar como ella.

Hacía año y medio que había decidido entrar a aquella organización sin ánimo de lucro, que entre otras actividades prestaba cobertura a personas de la tercera edad. Concretamente esa era mi labor.

Sus dirigentes desde el comienzo fueron claros con los voluntarios. Nosotros no estábamos allí para juzgar, sino para intentar hacerles la vida un poco más fácil.

Mercedes resultó ser mi primer destino. La primera vez que me abrió la puerta, me sorprendió su pelo perfectamente peinado, y su maquillaje impoluto. Su entrada ya daba muestra de su pasado glorioso y aventurero, cubierto por infinidad de cuadros con aire oriental. Aquel amplio piso del centro de Madrid había sido un trasiego de gentes, pero ahora sólo quedaban los “ecos” de aquellos tiempos de añoranza, tal y como me comentaba su dueña:

-  Tengo cuatro hijos, pero claro, cada uno tiene bastante con lo que tiene. El mayor vive en Barcelona, mi hija Aurora en Mallorca, el tercero vive en la sierra y el pequeño anda de aquí para allá.

En ningún momento me extrañó que en cada encuentro me hablara de sus hijos, toda madre siempre se siente orgullosa de sus vástagos. Lo que si me sorprendía, es que siempre tratara de excusarlos. Mercedes siempre tenía una razón para fundamentar sus ausencias.

En ocasiones tuve la tentación de decirle algo, pero al mirarla a los ojos, presentía que podría hacerle daño. No sabía exactamente si era una forma de autoengañarse, o realmente ella lo veía así, pero yo sólo quería que ella se sintiese cómoda cuando yo estuviese junto a ella.

Hacía seis meses que había sufrido una caída en su piso, fruto de ese aparatoso accidente, había perdido casi la total movilidad de su pierna izquierda. Esa era la razón por la que necesitaba ayuda para realizar mucha de las acciones cotidianas. Mercedes no podía salir a la calle, hacer la compra, ir al médico, o hacer alguna gestión en el banco.
Yo era consciente que mi visita, tan sólo una vez por semana durante unas horas, eran una desconexión de la rutina a la que se veía sometida. En alguna ocasión me comento:

-   Es que claro, si tú no vienes…no puedo salir a la calle, y no puedo ver la luz del sol.

De esta forma, Mercedes, me esperaba cada siete días, para respirar la vida fuera de sus cuatro paredes.

Durante nuestros paseos me contaba sus viajes por la India, Estados Unidos, África, o sus encuentros con relevantes personalidades de la sociedad. Mercedes despertaba vida, y a la vez protección. Y es que llega un punto en que los ancianos y los niños se convierten prácticamente en “una misma cosa”, son seres dependientes. Aquella madre ahora pedía a gritos la atención de sus hijos, y yo desconocía si ellos no eran conscientes de su estado, o simplemente “echaban la vista a otro lado”.

Y tras la caída de Mercedes, y su momentánea recuperación, llegó la enfermedad, venida por sus 85 años. Había dos cosas que no entendía: en primer lugar, porque no había una persona interna en la casa, por los datos que me decía, su familia tenía una posición acomodada. Y en segundo lugar, ¿cómo era posible que nunca tuviera  constancia de la permanencia de sus hijos en esa casa?.

El día 5 de febrero, al llegar a las 11:00 a.m, la vi muy “malita”. Hacía varias semanas que Mercedes me había dado unas copias de las llaves de su casa, mientras me decía:

-   Hijo, toma unas llaves, que cualquier día de estos no puedo abrirte.

Al tocarla la sentí muy fría y estaba algo pálida. Me acerqué un poco más. Le tomé la temperatura en la frente y le dije:

-  Mercedes guapa, ¿tiene frío?.

Mercedes me miró desorientada, mientras respondía:

-   He llamado a mi hijo, ahora viene, es que tiene mucho trabajo. Trabaja mucho el pobre, ¿sabes?.

Tras hacerle una mueca que no pude redimir, le contesté:

-   Muy bien, Mercedes, pero… ¿cómo se encuentra?.

La mujer no paraba de mirar a la puerta:

-   Estoy muy “malita”.
Durante unos instantes no supe que decir, seguidamente reaccioné:
-  ¡Qué no Mercedes, venga… anímese!.

De repente la anciana, empezó a tener problemas para respirar. Rápidamente le puse la bomba de oxígeno, pero sin ningún resultado. Por ello, seguidamente llamé al 112. Nada más volver a la habitación, la note más tranquila. Mercedes se dirigió a mí:
-   Anda llama a mi hijo, a ver… por dónde va. Está en la primera hoja de la agenda marrón.

De inmediato me dirigí al salón y marqué el número, insistí en varias ocasiones, pero nadie contestó.
Al regresar, la anciana me preguntó:
-   ¿Qué ha dicho Miguelito?.
Yo le respondí (sonriendo) :
-  ¡Ya viene…!.
Pero de nuevo el estado de Mercedes volvió a empeorar. Ella se cogió de mis brazos, agarrándose con tal fuerza que parecía incluso querer incorporarse. Fue entonces cuando se oyó un ruido. Mercedes de nuevo se tranquilizó. Por un momento me despegué de ella, salí de la habitación y me asomé al pasillo, pero no había nadie.

Al volver, nada más verme, comenzó a llorar, mientras me decía:
-   No va a venir, ¿verdad?. Es que anda muy ocupado, y ya tiene bastante con lo que tiene....

Por un momento me quede paralizado, sin saber que decir. Tragué saliva, y me dirigí de nuevo a su lado. No pude reprimir las lágrimas, sabía que la vida de Mercedes se apagaba y ella se merecía un final digno:
-   Pero no tiene de que preocuparse, por que yo estoy aquí.
Así se marchó Mercedes entre mis brazos, con una ligera sonrisa.
No podía parar de mirar a toda esa gente que se encontraba frente a mis ojos. Algunos de ellos se encontraban solos, otros acompañados. Una sola idea venía a mi mente, indistintamente de llevar una vida más o menos “ordenada”, aún teniendo hijos, todos podíamos acabar como ella.
                                                                                                                                                                    

viernes, 15 de marzo de 2013

"El Amaneser" o el Amanecer


«Hemos decidido ordenar que todos los judíos, hombres y mujeres, de abandonar nuestro reino, y de nunca más volver. Con la excepción de aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios el 10 de julio de 1492 para no ya retornar bajo pena de muerte y confiscación de sus bienes (...)»

Todos tenemos trucos cuando no podemos dormir. Cada vez que la ansiedad me acechaba, particularmente cuando las preocupaciones eran infinitas, mi mente me transportaba a un lugar donde todo era calma y serenidad. Sin embargo antes de llegar  hasta ese lugar, tenía que seguir un arduo camino, un sendero en el que tenía que ir superando obstáculos que me impedían disfrutar de mi sueño.

Aquellas palabras enturbiaban la posibilidad de conciliarme con la noche: “Hemos decidido ordenar que todo los judíos, hombres y mujeres abandonen nuestro reino, y que nunca vuelvan”. ¿Cómo podía enfrentarse una a la posibilidad de no retornar nunca al lugar donde giraban todos mis sueños? No eran pocos los que me decían - déjalo, ya volveremos. Como si se tratase de algo momentáneo y pasajero, pero mi corazón por momentos se paraba y me advertía de que no sería así, de que era definitivo.

“Con la excepción de aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios”. Y yo reflexionaba, ¿y qué…si renuncio a mi fe? Por momentos pensaba que mi Dios se había alejado. No quería ser cristiana, pero ahora tampoco estaba segura de querer ser judía. Le pedí cientos de veces respuesta, pero no obtuve contestación.
¿Por qué se había llevado a mi abuela a la que tanto necesitaba, justo en este preciso instante? Si era verdad que estaba a mi lado, bien sabría que era como amputarme una parte de mí. Mi abuela Esther había muerto de repente, con la impotencia de tener que salir de su patria, de tener que abandonar todos sus recuerdos. ¿Por qué?, ¿Por qué a mí, Señor?
La cantidad de pensamientos que enturbiaban mi mente retrasaban mi viaje hacia el descanso, la que parecía definitivamente mi última noche en Sefarad.
Mi respiración comenzó a decrecer, poco a poco me iba tranquilizando. 
Inicio a bajar las escaleras para llegar hasta la primera planta de la casa. Abro la puerta, empiezo a sentir en mis pies descalzos el empedrado de las calles de la judería. Veo la casa de mi tío Jacob. No hay ninguna luz, prueba de que hace casi un mes que decidieron salir del país. Continúo por la calle del mercado, tuerzo a mano izquierda y comienzo el recorrido por las laberínticas calles de la judería.  Empiezo a correr, no sin antes mirar de vez en cuando hacia atrás para comprobar si alguien me sigue. Hoy no quiero dejar de pasar por ninguna de las calles que componen la aljama, pues algo me dice que será por última vez. Por fin, llego hasta las puertas que separan mi barrio del resto de la población (los cristianos). Sé que no puedo traspasar los portones a una determinada hora, pero estoy en mi sueño, y sólo por esta vez las reglas las pongo yo.

Comienzo de nuevo a acelerar mis pasos, e incluso río sin parar. Corro tan deprisa que nadie podría pararme. Y llego hasta su puerta, donde no hace falta que tire una pequeña piedra ante su ventana para que se descuelgue por ella. Esta vez él me espera. Me da un beso, me coge de la mano, y de nuevo iniciamos el camino hasta el lago.

Una vez allí nos sumergimos. El agua no está especialmente caliente, pero se agradece en una de estas cálidas noches de verano. Rodrigo me coge de nuevo de la mano. Nos encontramos los dos flotando boca arriba, mirando las estrellas. No estamos solos, nos acompaña la luna. Su reflejo puede apreciarse justo al lado de nosotros, siempre testigo de nuestro amor. El astro no sólo había sido observador, sino también confidente.

Rodrigo me había prometido que mi condición de judía no sería impedimento para nada, y que en cuanto tuviera el dinero suficiente, en caso de encontrarse con algún inconveniente me llevaría a algún lugar lejano donde pudiéramos vivir sin reservas nuestro amor. Tras el edicto todo cambió. Bien es cierto que me llevó, como cada noche, frente al lago. Por un momento pensé que para consolarme por la muerte de mi abuela Esther, pero todo resultó ser diferente. Era su despedida:

- No te puedo mentir, creo que no te quiero lo suficiente como para poner en riesgo mi vida.

Quizá no eran las palabras que me esperaba. Sentía tanto dolor, tanta rabia, que una parte de mí deseaba tan solo golpearle. Sin embargo me serené, ya no me quedaban más lágrimas, ni había lugar para más tragedias. Claro que sabía que me había querido, y que me quería, pero sólo teníamos dieciocho años, éramos casi unos niños, y era insensato  pedirle que pusiera en riesgo su propia integridad. Tragué saliva, le miré directamente a los ojos, y le dije:

- No importa el tiempo, tampoco el lugar. Yo sólo sé que nos quisimos libres.

Rodrigo me besó. Dirigió sus ojos hacia los míos y comenzó a llorar. Segundos más tarde desapareció de forma acelerada del lugar.

Posiblemente mis palabras habían penetrado en él más de lo que esperaba. 
Era consciente de que más allá de todas las inclemencias actuales, existía la posibilidad de que nuestro amor traspasase más allá. No ahora, ni en Sefarad, quizás en otro lugar donde fuéramos libres, al igual que lo fue nuestro amor.

No podía comprender nada, era inútil pensar en los porqués. La vida te enfrenta a miles de situaciones que nos desbordan, nos descolocan, pero en este momento comprendía que no podía perderme por caminos más oscuros. Tenía que tener confianza, pensar que era una dura prueba más, y que tenía que seguir adelante.

En ese instante miré al cielo. Ni siquiera me había percatado de que la luna había desaparecido. Los primeros rayos del sol alumbraban mi camino, era hora de volver por última vez a mi calle, la calle del “Amaneser”. Tenía que despertar y descubrir lo que me deparaba hoy la vida.

viernes, 8 de marzo de 2013

Quien muere de pena


Algunos fijaban nuestra presencia desde la época del rey Salomón. De lo que no existían dudas era de nuestro establecimiento bajo dominio romano, tal y como podía constatarse a través de diferentes documentos.

Sefarad, la tierra en la que llevábamos habitando durante más de XV siglos nos iba a ser arrebatada. Ahora resultaba que uno era menos “español” por el mero hecho de no ser cristiano. Sin embargo, ni los reyes Fernando e Isabel, que ahora nos gobernaban, ni nadie, podrían quitarme mi pertenencia y la vinculación con mi país, con el cual me sentía plenamente identificada.

Yo era sefardí, y permítanme que lo ponga en cuestión, probablemente mucho más que estos señores que estaban a punto de abrir una de las puertas más negras de la historia de Sefarad.

Mi abuela Esther tenía setenta y cinco años, era una mujer fuerte, pero tras el edicto de expulsión su estado de salud había mermado, y no parecía dispuesta a cumplir con ninguna de las condiciones exigidas. Hasta el último momento tratamos de convencerla para la partida, pero parecía firme con su decisión:

-         ¡No voy a renunciar a abandonar mi casa, ni mi religión!

Nosotros habíamos decidido, como la mayoría, abandonar nuestra localidad, y no porque lo deseáramos. Poca gente podría amar tanto como lo hacíamos nosotros a Sefarad, pero renunciar a nuestras creencias, era renunciar a nuestra cultura y en definitiva, a nuestros orígenes. Sería una autonegación a nosotros mismos.

No podíamos sacar oro, de nada servía vender nuestros bienes. A parte de que fueron muchos los que se aprovecharon del momento y quisieron encontrar su oportunidad en nuestra desgracia.

En algún momento tengo que admitir que me planteé la posibilidad de la conversión, pero yo misma sabía que no podría vivir mucho tiempo en la mentira, y que finalmente todo acabaría mal. ¿Qué podríamos hacer para que la abuela nos acompañase?

Teníamos todo listo, eran pocas las cosas que podíamos llevar. Mañana partiríamos rumbo a un incierto.
La abuela permanecía en el enorme jardín de la casa familiar, frente a la higuera centenaria, observando el firmamento. Me acerqué sigilosamente, y al llegar hasta ella no pude remediar abrazarla. Al instante comenzó a sollozar. Después de unos segundos se sosegó, yo me senté junto a ella en el borde del escalón de piedra. Me estrechó con su brazo por los hombros y me dijo:

-         ¡Sí hija, mañana… iré con vosotros!

Estuvimos hablando durante horas, y finalmente decidimos dormir nuestra última noche en el patio para solventar de la mejor manera la cálida oscuridad de julio. Nos tumbamos en las esterillas, y pusimos los cojines. La abuela comenzó a acariciarme el pelo. Las estrellas invadían la noche y mis ojos comenzaron a cerrarse mientras escuchaba a la matriarca de la familia recitar:

Arvoles lloran por lluvia
Y montañas por aire
Ansí lloran mis ojos
Por ti querido amante.
Lloro y digo qué va a ser de mí
EN TIERRAS AJENAS ME VO MURIR.

Enfrente de mi hay un angelo
Con tus ojos me mira
Llorar quero y no puedo
Mi corazón suspira
Lloro y digo qué va a ser de mí
EN TIERRA AJENAS ME VO MURIR.


El canto del gallo y la luz de los rayos del sol anunciaban el nuevo día:

-          ¡Abuela, tenemos que ponernos en píe!, ¡abuela!, ¡abuelaaaaaaa!


Todos alguna vez habíamos escuchado la expresión: “morir de pena”, pero yo misma pude comprobar ese día su veracidad, de como el sentimiento de una persona, y en definitiva, de que la tristeza puede desencadenar y acelerar la muerte. Mi abuela, no podía soportar la idea tal y como expresaba horas antes, preludio de su final, de morir en tierras ajenas.

Esther sería enterrada bajo la tierra en la que creció. Sus raíces quedarían arraigadas en el lugar al que tanto amor procesaba.
Quién sabe, quizá algún día podríamos regresar y descubrir que en el lugar en el que ahora todo estaba seco, las flores volvían a brotar.

Antes de marcharme, coloqué un pedrusco encima de la lápida de mi abuela, símbolo de que siempre habría alguien que se acordaría de ella.