
No podía parar de mirar a
toda esa gente que se encontraba frente a mis ojos. Algunos de ellos se
encontraban solos, otros acompañados. Una sola idea venía a mi mente,
indistintamente de llevar una vida más o menos “ordenada”, todos podíamos
acabar como ella.
Hacía año y medio que había
decidido entrar a aquella organización sin ánimo de lucro, que entre otras
actividades prestaba cobertura a personas de la tercera edad. Concretamente esa
era mi labor.
Sus dirigentes desde el
comienzo fueron claros con los voluntarios. Nosotros no estábamos allí para
juzgar, sino para intentar hacerles la vida un poco más fácil.
Mercedes resultó ser mi
primer destino. La primera vez que me abrió la puerta, me sorprendió su pelo
perfectamente peinado, y su maquillaje impoluto. Su entrada ya daba muestra de
su pasado glorioso y aventurero, cubierto por infinidad de cuadros con aire
oriental. Aquel amplio piso del centro de Madrid había sido un trasiego de
gentes, pero ahora sólo quedaban los “ecos” de aquellos tiempos de añoranza,
tal y como me comentaba su dueña:
- Tengo cuatro
hijos, pero claro, cada uno tiene bastante con lo que tiene. El mayor vive en
Barcelona, mi hija Aurora en Mallorca, el tercero vive en la sierra y el pequeño
anda de aquí para allá.
En ningún momento me extrañó
que en cada encuentro me hablara de sus hijos, toda madre siempre se siente
orgullosa de sus vástagos. Lo que si me sorprendía, es que siempre tratara de
excusarlos. Mercedes siempre tenía una razón para fundamentar sus ausencias.
En ocasiones tuve la
tentación de decirle algo, pero al mirarla a los ojos, presentía que podría
hacerle daño. No sabía exactamente si era una forma de autoengañarse, o
realmente ella lo veía así, pero yo sólo quería que ella se sintiese cómoda
cuando yo estuviese junto a ella.
Hacía seis meses que había
sufrido una caída en su piso, fruto de ese aparatoso accidente, había perdido
casi la total movilidad de su pierna izquierda. Esa era la razón por la que
necesitaba ayuda para realizar mucha de las acciones cotidianas. Mercedes no
podía salir a la calle, hacer la compra, ir al médico, o hacer alguna gestión
en el banco.
Yo era consciente que mi
visita, tan sólo una vez por semana durante unas horas, eran una desconexión de
la rutina a la que se veía sometida. En alguna ocasión me comento:
- Es que claro, si
tú no vienes…no puedo salir a la calle, y no puedo ver la luz del sol.
De esta forma, Mercedes,
me esperaba cada siete días, para respirar la vida fuera de sus cuatro paredes.
Durante nuestros paseos me
contaba sus viajes por la India, Estados Unidos, África, o sus encuentros con
relevantes personalidades de la sociedad. Mercedes despertaba vida, y a la vez
protección. Y es que llega un punto en que los ancianos y los niños se
convierten prácticamente en “una misma cosa”, son seres dependientes. Aquella
madre ahora pedía a gritos la atención de sus hijos, y yo desconocía si ellos
no eran conscientes de su estado, o simplemente “echaban la vista a otro lado”.
Y tras la caída de Mercedes,
y su momentánea recuperación, llegó la enfermedad, venida por sus 85 años. Había dos cosas que no entendía: en
primer lugar, porque no había una persona interna en la casa, por los datos que
me decía, su familia tenía una posición acomodada. Y en segundo lugar, ¿cómo era
posible que nunca tuviera constancia de la permanencia de sus hijos en esa casa?.
El día 5 de febrero, al
llegar a las 11:00 a.m, la vi muy “malita”. Hacía varias
semanas que Mercedes me había dado unas copias de las llaves de su casa,
mientras me decía:
- Hijo, toma unas
llaves, que cualquier día de estos no puedo abrirte.
Al tocarla la sentí muy fría
y estaba algo pálida. Me acerqué un poco más. Le tomé la temperatura en la
frente y le dije:
- Mercedes guapa,
¿tiene frío?.
Mercedes me miró
desorientada, mientras respondía:
- He llamado a mi
hijo, ahora viene, es que tiene mucho trabajo. Trabaja mucho el pobre, ¿sabes?.
Tras hacerle una mueca que no
pude redimir, le contesté:
- Muy bien,
Mercedes, pero… ¿cómo se encuentra?.
La mujer no paraba de mirar a
la puerta:
- Estoy muy
“malita”.
Durante unos instantes no
supe que decir, seguidamente reaccioné:
- ¡Qué no Mercedes,
venga… anímese!.
De repente la anciana, empezó
a tener problemas para respirar. Rápidamente le puse la bomba de oxígeno, pero
sin ningún resultado. Por ello, seguidamente llamé al 112. Nada más volver a la
habitación, la note más tranquila. Mercedes se dirigió a mí:
- Anda llama a mi
hijo, a ver… por dónde va. Está en la primera hoja de la agenda marrón.
De inmediato me dirigí al
salón y marqué el número, insistí en varias ocasiones, pero nadie contestó.
Al regresar, la anciana me
preguntó:
- ¿Qué ha dicho
Miguelito?.
Yo le respondí (sonriendo) :
- ¡Ya viene…!.
Pero de nuevo el estado de
Mercedes volvió a empeorar. Ella se cogió de mis brazos, agarrándose con tal
fuerza que parecía incluso querer incorporarse. Fue entonces cuando se oyó un
ruido. Mercedes de nuevo se tranquilizó. Por un momento me despegué de ella,
salí de la habitación y me asomé al pasillo, pero no había nadie.
Al volver, nada más verme, comenzó
a llorar, mientras me decía:
- No va a venir, ¿verdad?. Es que anda muy ocupado, y ya tiene bastante con lo que tiene....
Por un momento me quede
paralizado, sin saber que decir. Tragué saliva, y me dirigí de nuevo a su lado. No pude reprimir las
lágrimas, sabía que la vida de Mercedes se apagaba y ella se merecía un final digno:
- Pero no tiene de que preocuparse,
por que yo estoy aquí.
Así se marchó Mercedes entre
mis brazos, con una ligera sonrisa.
No podía parar de mirar a
toda esa gente que se encontraba frente a mis ojos. Algunos de ellos se
encontraban solos, otros acompañados. Una sola idea venía a mi mente,
indistintamente de llevar una vida más o menos “ordenada”, aún teniendo hijos,
todos podíamos acabar como ella.
