«Hemos decidido ordenar que todos los judíos, hombres y mujeres, de abandonar nuestro reino, y de nunca más volver. Con la excepción de aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios el 10 de julio de 1492 para no ya retornar bajo pena de muerte y confiscación de sus bienes (...)»
Todos tenemos trucos cuando no podemos dormir. Cada vez que la ansiedad me acechaba, particularmente cuando las preocupaciones eran infinitas, mi mente me transportaba a un lugar donde todo era calma y serenidad. Sin embargo antes de llegar hasta ese lugar, tenía que seguir un arduo camino, un sendero en el que tenía que ir superando obstáculos que me impedían disfrutar de mi sueño.
Aquellas palabras enturbiaban la posibilidad de conciliarme con la noche: “Hemos decidido ordenar que todo los judíos,
hombres y mujeres abandonen nuestro reino, y que nunca vuelvan”. ¿Cómo
podía enfrentarse una a la posibilidad de no retornar nunca al lugar donde
giraban todos mis sueños? No eran pocos los que me decían - déjalo, ya
volveremos. Como si se tratase de algo momentáneo y pasajero, pero mi corazón
por momentos se paraba y me advertía de que no sería así, de que era
definitivo.
“Con la excepción de aquellos
que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios”. Y yo
reflexionaba, ¿y qué…si renuncio a mi fe? Por momentos pensaba que mi Dios se
había alejado. No quería ser cristiana, pero ahora tampoco estaba segura de
querer ser judía. Le pedí cientos de veces respuesta, pero no obtuve
contestación.
¿Por qué se había llevado a
mi abuela a la que tanto necesitaba, justo en este preciso instante? Si era
verdad que estaba a mi lado, bien sabría que era como amputarme una parte de
mí. Mi abuela Esther había muerto de repente, con la impotencia de tener que
salir de su patria, de tener que abandonar todos sus recuerdos. ¿Por qué?, ¿Por
qué a mí, Señor?
La cantidad de pensamientos que enturbiaban mi mente retrasaban mi viaje
hacia el descanso, la que parecía definitivamente mi última noche en Sefarad.
Mi respiración comenzó a decrecer, poco a poco me iba tranquilizando.
Inicio a bajar las escaleras para llegar hasta la primera planta de la
casa. Abro la puerta, empiezo a sentir en mis pies descalzos el empedrado de
las calles de la judería. Veo la casa de mi tío Jacob. No hay ninguna luz,
prueba de que hace casi un mes que decidieron salir del país. Continúo por la
calle del mercado, tuerzo a mano izquierda y comienzo el recorrido por las
laberínticas calles de la judería.
Empiezo a correr, no sin antes mirar de vez en cuando hacia atrás para
comprobar si alguien me sigue. Hoy no quiero dejar de pasar por ninguna de las
calles que componen la aljama, pues algo me dice que será por última vez. Por
fin, llego hasta las puertas que separan mi barrio del resto de la población (los
cristianos). Sé que no puedo traspasar los portones a una determinada hora,
pero estoy en mi sueño, y sólo por esta vez las reglas las pongo yo.
Comienzo de nuevo a acelerar mis pasos, e incluso río sin parar. Corro tan deprisa que nadie podría pararme. Y llego hasta su puerta, donde no hace falta que tire una pequeña piedra ante su ventana para que se descuelgue por ella. Esta vez él me espera. Me da un beso, me coge de la mano, y de nuevo iniciamos el camino hasta el lago.
Comienzo de nuevo a acelerar mis pasos, e incluso río sin parar. Corro tan deprisa que nadie podría pararme. Y llego hasta su puerta, donde no hace falta que tire una pequeña piedra ante su ventana para que se descuelgue por ella. Esta vez él me espera. Me da un beso, me coge de la mano, y de nuevo iniciamos el camino hasta el lago.
Una vez allí nos sumergimos. El agua no está especialmente caliente, pero
se agradece en una de estas cálidas noches de verano. Rodrigo me coge de nuevo
de la mano. Nos encontramos los dos flotando boca arriba, mirando las
estrellas. No estamos solos, nos acompaña la luna. Su reflejo puede apreciarse
justo al lado de nosotros, siempre testigo de nuestro amor. El astro no sólo
había sido observador, sino también confidente.
Rodrigo me había prometido que mi condición de judía no sería impedimento
para nada, y que en cuanto tuviera el dinero suficiente, en caso de encontrarse
con algún inconveniente me llevaría a algún lugar lejano donde pudiéramos vivir
sin reservas nuestro amor. Tras el edicto todo cambió. Bien es cierto que me
llevó, como cada noche, frente al lago. Por un momento pensé que para
consolarme por la muerte de mi abuela Esther, pero todo resultó ser diferente.
Era su despedida:
- No te puedo mentir, creo que no te quiero lo suficiente como para poner
en riesgo mi vida.
Quizá no eran las palabras que me esperaba. Sentía tanto dolor, tanta
rabia, que una parte de mí deseaba tan solo golpearle. Sin embargo me serené,
ya no me quedaban más lágrimas, ni había lugar para más tragedias. Claro que
sabía que me había querido, y que me quería, pero sólo teníamos dieciocho años, éramos casi unos niños, y era insensato pedirle que pusiera en riesgo su
propia integridad. Tragué saliva, le miré directamente a los ojos, y le dije:
- No importa el tiempo, tampoco el lugar. Yo sólo sé que nos quisimos
libres.
Rodrigo me besó. Dirigió sus ojos hacia los míos y comenzó a llorar.
Segundos más tarde desapareció de forma acelerada del lugar.
Posiblemente mis palabras habían penetrado en él más de lo que
esperaba.
Era consciente de que más allá de todas las inclemencias actuales, existía la
posibilidad de que nuestro amor traspasase más allá. No ahora, ni en Sefarad,
quizás en otro lugar donde fuéramos libres, al igual que lo fue nuestro amor.
No podía comprender nada, era inútil pensar en los porqués. La vida
te enfrenta a miles de situaciones que nos desbordan, nos descolocan, pero en este momento comprendía que no podía perderme por caminos más oscuros. Tenía que tener
confianza, pensar que era una dura prueba más, y que tenía que seguir adelante.
En ese instante miré al cielo. Ni siquiera me había percatado de que la
luna había desaparecido. Los primeros rayos del sol alumbraban mi camino, era
hora de volver por última vez a mi calle, la calle del “Amaneser”. Tenía que
despertar y descubrir lo que me deparaba hoy la vida.
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