Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 15 de marzo de 2013

"El Amaneser" o el Amanecer


«Hemos decidido ordenar que todos los judíos, hombres y mujeres, de abandonar nuestro reino, y de nunca más volver. Con la excepción de aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios el 10 de julio de 1492 para no ya retornar bajo pena de muerte y confiscación de sus bienes (...)»

Todos tenemos trucos cuando no podemos dormir. Cada vez que la ansiedad me acechaba, particularmente cuando las preocupaciones eran infinitas, mi mente me transportaba a un lugar donde todo era calma y serenidad. Sin embargo antes de llegar  hasta ese lugar, tenía que seguir un arduo camino, un sendero en el que tenía que ir superando obstáculos que me impedían disfrutar de mi sueño.

Aquellas palabras enturbiaban la posibilidad de conciliarme con la noche: “Hemos decidido ordenar que todo los judíos, hombres y mujeres abandonen nuestro reino, y que nunca vuelvan”. ¿Cómo podía enfrentarse una a la posibilidad de no retornar nunca al lugar donde giraban todos mis sueños? No eran pocos los que me decían - déjalo, ya volveremos. Como si se tratase de algo momentáneo y pasajero, pero mi corazón por momentos se paraba y me advertía de que no sería así, de que era definitivo.

“Con la excepción de aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios”. Y yo reflexionaba, ¿y qué…si renuncio a mi fe? Por momentos pensaba que mi Dios se había alejado. No quería ser cristiana, pero ahora tampoco estaba segura de querer ser judía. Le pedí cientos de veces respuesta, pero no obtuve contestación.
¿Por qué se había llevado a mi abuela a la que tanto necesitaba, justo en este preciso instante? Si era verdad que estaba a mi lado, bien sabría que era como amputarme una parte de mí. Mi abuela Esther había muerto de repente, con la impotencia de tener que salir de su patria, de tener que abandonar todos sus recuerdos. ¿Por qué?, ¿Por qué a mí, Señor?
La cantidad de pensamientos que enturbiaban mi mente retrasaban mi viaje hacia el descanso, la que parecía definitivamente mi última noche en Sefarad.
Mi respiración comenzó a decrecer, poco a poco me iba tranquilizando. 
Inicio a bajar las escaleras para llegar hasta la primera planta de la casa. Abro la puerta, empiezo a sentir en mis pies descalzos el empedrado de las calles de la judería. Veo la casa de mi tío Jacob. No hay ninguna luz, prueba de que hace casi un mes que decidieron salir del país. Continúo por la calle del mercado, tuerzo a mano izquierda y comienzo el recorrido por las laberínticas calles de la judería.  Empiezo a correr, no sin antes mirar de vez en cuando hacia atrás para comprobar si alguien me sigue. Hoy no quiero dejar de pasar por ninguna de las calles que componen la aljama, pues algo me dice que será por última vez. Por fin, llego hasta las puertas que separan mi barrio del resto de la población (los cristianos). Sé que no puedo traspasar los portones a una determinada hora, pero estoy en mi sueño, y sólo por esta vez las reglas las pongo yo.

Comienzo de nuevo a acelerar mis pasos, e incluso río sin parar. Corro tan deprisa que nadie podría pararme. Y llego hasta su puerta, donde no hace falta que tire una pequeña piedra ante su ventana para que se descuelgue por ella. Esta vez él me espera. Me da un beso, me coge de la mano, y de nuevo iniciamos el camino hasta el lago.

Una vez allí nos sumergimos. El agua no está especialmente caliente, pero se agradece en una de estas cálidas noches de verano. Rodrigo me coge de nuevo de la mano. Nos encontramos los dos flotando boca arriba, mirando las estrellas. No estamos solos, nos acompaña la luna. Su reflejo puede apreciarse justo al lado de nosotros, siempre testigo de nuestro amor. El astro no sólo había sido observador, sino también confidente.

Rodrigo me había prometido que mi condición de judía no sería impedimento para nada, y que en cuanto tuviera el dinero suficiente, en caso de encontrarse con algún inconveniente me llevaría a algún lugar lejano donde pudiéramos vivir sin reservas nuestro amor. Tras el edicto todo cambió. Bien es cierto que me llevó, como cada noche, frente al lago. Por un momento pensé que para consolarme por la muerte de mi abuela Esther, pero todo resultó ser diferente. Era su despedida:

- No te puedo mentir, creo que no te quiero lo suficiente como para poner en riesgo mi vida.

Quizá no eran las palabras que me esperaba. Sentía tanto dolor, tanta rabia, que una parte de mí deseaba tan solo golpearle. Sin embargo me serené, ya no me quedaban más lágrimas, ni había lugar para más tragedias. Claro que sabía que me había querido, y que me quería, pero sólo teníamos dieciocho años, éramos casi unos niños, y era insensato  pedirle que pusiera en riesgo su propia integridad. Tragué saliva, le miré directamente a los ojos, y le dije:

- No importa el tiempo, tampoco el lugar. Yo sólo sé que nos quisimos libres.

Rodrigo me besó. Dirigió sus ojos hacia los míos y comenzó a llorar. Segundos más tarde desapareció de forma acelerada del lugar.

Posiblemente mis palabras habían penetrado en él más de lo que esperaba. 
Era consciente de que más allá de todas las inclemencias actuales, existía la posibilidad de que nuestro amor traspasase más allá. No ahora, ni en Sefarad, quizás en otro lugar donde fuéramos libres, al igual que lo fue nuestro amor.

No podía comprender nada, era inútil pensar en los porqués. La vida te enfrenta a miles de situaciones que nos desbordan, nos descolocan, pero en este momento comprendía que no podía perderme por caminos más oscuros. Tenía que tener confianza, pensar que era una dura prueba más, y que tenía que seguir adelante.

En ese instante miré al cielo. Ni siquiera me había percatado de que la luna había desaparecido. Los primeros rayos del sol alumbraban mi camino, era hora de volver por última vez a mi calle, la calle del “Amaneser”. Tenía que despertar y descubrir lo que me deparaba hoy la vida.

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