Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 22 de noviembre de 2013

España siempre está cerca o el amor que nunca se va


Las puertas de entrada se abren al detectar pasos. No hay nadie en la recepción.Un frío escalofriante, un silencio aterrador. Las paredes son grises. Un lugar poco acogedor, inapropiado para un hospital.
La noche había llegado hace horas. Las luces se encuentran a medio gas. Se ve a una enfermera. El chico llega a su destino, la habitación 502.

Mario había llegado de Madrid hasta la ciudad de Nueva York hacía tres semanas. Desde siempre había sido su sueño. Aún le parecía increíble, encontrarse allí después de haberlo imaginado tantas y tantas veces. Necesitaba el inglés, y más en estos momentos, con tanta crisis que había en España el mercado laboral se había vuelto más exigente.
-          ¡Madre mía en qué hora no hice caso y no puse más atención al inglés en el colegio! –Se lamentaba Mario mientras buscaba los ojos de Lola, que permanecía dormida en la cama.

El madrileño había alquilado una habitación a otra compatriota española en una localidad de Nueva Jersey, muy cercana a la ciudad de Nueva York. De esta forma pagaba una renta menor que en la urbe de los rascacielos, y a su vez se encontraba más protegido al estar en casa de una persona de su mismo país. Lola, su arrendataria, era una viuda de 72 años. Tenía cuatros hijos, pero con el paso de los años todos habían decidido volver a la anhelada España. La soledad y la rutina diaria le habían llevado a poner un anuncio en Internet para alquilar una de las habitaciones de su casa. Se sentía vacía y necesitaba que su vida recobrara la vida que hacía años había perdido.

Las clases de informática que tomaba desde hace años habían dado sus frutos. Era allí donde había aprendido a manejar la red y otras herramientas básicas de la informática. En un comienzo el ciberespacio suplió sus carencias en las relaciones humanas, después se dio cuenta de que lo que necesitaba era a alguien que diera luz a su vida.

Mario le pareció una persona responsable y educada. Precisamente ese fue el empujón que llevó a Dolores a decantarse por él. Una bendición que pudo confirmar más tarde, al caer enferma y tener que ser intervenida en el quirófano. El chico se ocupó de atenderla en todo momento, no importó que se conocieran de quince días atrás. Mario sabía que debía hacerlo y que ella lo merecía.

La española aún dormía, posiblemente bajo los efectos de los calmantes. El joven se sentó en el sillón anexo a la camilla cuidadosamente, tratando de hacer el menor ruido posible para no despertarla, pero unos ruidos procedentes de fuera sobresaltan la calma del hospital Clysford. Mario se incorpora de inmediato, Lola sigue durmiendo, parece que nada ni nadie puede enturbiar su profundo sueño. Los chillidos se intensifican, la inquietud del chico aumenta y decide salir al pasillo. Allí los gritos son cada vez más sonoros. El joven avanza muy lentamente, asomándose a cada una de las puertas entornadas de las habitaciones. Tras ellas encuentra, en su mayoría, a ancianos de avanzada edad, solos. Por fin comienza a descifrar alguno de esos lamentos:

-          ¡Karen, qué venga Karen!
-          ¿Pero es que no hay nadie que hable español?
-          ¡Pero como tarda tanto!
-          No, no… ¡Me hace daño!, ¡Déjeme!

Mario entró en la habitación como si conociera a la paciente, con decisión:

Ya, ya… ¡aquí hay alguien que habla español! ¿No ve que va a despertar a toda la planta? ¿Qué le pasa? – Pregunta mientras se acerca a ella.

La señora le mira en un principio de manera desafiante:

-          ¿Cómo tardaste tanto en llegar? ¿Te gusta escuchar los lamentos de una pobre anciana? – Responde con una media sonrisa.
-          Mario, para servirle – dice mientras le estrecha la mano.

De pronto el teléfono móvil de la señora española comienza a sonar. La mujer le pide que conteste el joven. Mario hace unas muecas de incredulidad pero al final accede:

-          ¿Hello?- Pregunta mientras escucha por el auricular.
-          ¿Eugenia?, ¿Quién es?- Contesta la persona del otro lado.
-         Hola, soy Mario, estoy aquí con… -el joven desvía la mirada en busca de la mujer. La señora responde mientras afirma con la cabeza. -con Eugenia.-respondió entonces él.
-          ¡Karen…! ¿a qué esperas para llegar guapa? – Replica la española entre gritos.
-          Imagino que ya escucha a la señora, pregunta que a qué hora llega- le comenta Mario a Karen.
-          Estoy en un gran atasco, me dicen que tenemos como 30 minutos- contesta la interlocutora.
-          ¿30 minutos? –Se lamenta la paciente postrada- ¿pero tú te quedas hasta que llegue ella, verdad?- Prosigue.
-          ¡Yo estoy con mi familiar señora, no puedo…! – Le responde el joven.
-          ¡No me quiero quedar sola!, ¡Kareeeeeeeeeeen! – inicia de nuevo la mujer con gritos.
-          ¡Vale, vale, pare. Me quedo! – Afirma el joven al despedirse de karen mientras  le reclama: -¡Tarde lo menos posible, que yo estoy acompañando a otro familiar!

Mario le pide que le conceda unos minutos para regresar a la habitación de Dolores para comprobar que todo está en orden. Eugenia accede, no sin antes advertirle, que si no regresa se lo hará saber de nuevo con gritos.

El joven llega hasta la habitación de Lola y confirma que todo está bien, sigue dormida, por lo que vuelve con su nueva conocida.

Eugenia parece más calmada y le espera ansiosa, medio incorporada en la cama. Mario se coloca a su derecha y le pregunta:

-          ¿Qué le pasaba señora?, ¿por qué gritaba tanto?
-          ¡Qué me estoy muriendo! – Contesta.

El español, incrédulo, se queda durante unos instantes sin saber qué decir. Sus ojos coinciden con los de ella y cree leer en su mirada que dice la verdad. Seguidamente le responde:

-          Entiendo…
La mujer se acostó de nuevo, mientras el chico se sienta en una silla de madera próxima. La española reinicia la conversación:

-          Cuando a uno se le va acercando su hora comienza a recordar toda su vida. Empieza a rememorar los momentos más relevantes de la infancia, de su adolescencia, juventud. La etapa de madurez y los momentos anteriores de llegar a la vejez. ¿Sabes? No recuerdo cuando sucedió eso. Es decir, el día en el que me hice vieja. Creo que nunca fui consciente hasta ahora. Empiezas a hacer una lista mental de todas las cosas que te quedan por hacer, y que nunca podrás desarrollar. Tú nombre era Mario, ¿verdad? Ni te imaginas todas las cosas que me voy a ir sin poder hacer. ¿Tú alguna vez has estado enamorado Mario?

Mario se sorprende, no esperaba la pregunta. Se mantenía atento a la conversación, pero no esperaba que la interlocutora se interesara por su suerte. No sabía qué responder pero finalmente, contesta:
-          Sí, señora.
-          ¿Pero has amado de verdad? Quiero decir, ese amor que te ahoga y no te deja respirar cada vez que te separas de esa persona – le insiste.

Mario se queda pensativo y responde:

-          Creo que sé de lo que me habla señora.

Eugenia prosigue:

Cuando uno se está muriendo sólo piensa en las personas a las que ha amado, a las que ha querido de verdad. Ya no te atormenta ninguna pena, tampoco ninguna desgracia. El único tormento es no haber amado suficiente, no haber correspondido a esa persona, o a esas personas. ¿Qué te parece si te digo que nunca he dejado de pensar en mi primer amor? En aquel primer beso, en el que se siente que es para siempre, para toda la vida, y que nada ni nadie podrá igualarlo. El primer romance marca tanto que nada es comprable.

A mí no me dejaron querer a quien yo quería, y no sé si hice lo suficiente, pero nunca le fallé. Me despierto cada día de mi vida pensando en él, cada noche le ofrezco como si fuera por primera vez uno de mis besos. Eso es el amor. No me importa cómo esté, ni dónde, porque vive en mí. Y por suerte la vida te da la oportunidad de soñar, era allí donde nuestro amor era posible, donde cada día podía encontrarme con él. Durante toda mi vida sólo quería soñar, sólo quería soñar para estar con él.

Eugenia se va quedando dormida poco a poco mientras repite. Al final casi como un susurro:

- Sólo quería soñar para estar con él, para estar con él…

viernes, 15 de noviembre de 2013

Volver a nacer

 

Karen se sitúa frente al espejo. Se observa a una distancia prudente.  Primero gira su cabeza hacia el lado derecho, examina la nueva tonalidad de su cabello. Se lo ha aclarado, parece satisfecha. Después toma su estuche de pinturas con la intención de aclarar sus facciones, con una base, dos tonos más claros al tono de su piel. Ella no sabe que de esta forma acentúa aún más sus rasgos hispanos, justo el efecto contrario al que desea.

El aire de la gran manzana hoy sopla con fuerza, parece que silva entre sus rascacielos.   Una señora con un abrigo con estampado de tigre. La camioneta que recoge a los panchos. Un taxi que presiona su claxon. El humo de las chimeneas. La gente se arremolina ante la entrada del Mcdonalds de Penn Statión.

-          Una prostituta moribunda en el suelo.
-          ¿Qué ha pasado?
-          ¡Qué asco!
-         ¿Una transexual?
-          ¡Son enfermos!
-          ¿Lo viste?
-          ¿Me deja pasar?
-          ¡Llego tarde!
-          ¡Quítense!
-          ¡Me vertió el café!
-          ¡Sí, ha muerto!         

Eugenia espera en su casa de Manhattan a la joven mexicana a la que ha contratado para que le ayude con las tareas de la casa. Hace unos meses le diagnosticaron parkinson, y la enfermedad comienza a hacer mella. Le aterra pensar en volver a ser dependiente, no soporta la idea. Se mira frente al espejo mientras peina su sedoso pelo blanco. A continuación perfila sus labios con un rojo intenso y se coloca los cuellos de su camisa de seda morada. Está radiante y goza de una elegancia innata.

La joven mexicana toma la calle a mano derecha, mira su reloj. Tiene tiempo, va bien de hora. Trata de quitarse todas las preocupaciones de su cabeza, quiere centrarse en el trabajo y desea causar buena impresión, pero apenas puede.

No, ella no le ama. A veces trata de engañarse, o mejor dicho compensar su falta de afecto pensando en todo lo positivo: es bueno con ella, parece que la quiere, dispone de un trabajo que le reporta un buen sueldo, y lo más importante, la posibilidad de mantenerse de forma legal en el país. ¿Algún día podría enamorarse de él?

Respira profundamente, traga saliva y su corazón le responde:

 - ¡NO!

¿Tendría que mantenerse el resto de su vida con alguien por el que no sentía ni una mínima atracción? - ¡No!- Le respondía su otra parte. Sería un máximo de cinco años.

La señora de la casa, que provenía de una familia aristócrata española venida a menos, había emigrado hasta los Estados Unidos en los años 50 tras haber contraído matrimonio con un burgués de la zona. Uno de esos matrimonios de conveniencia frecuentes de la época, orquestado por la familia de ambos: ellos ponían el título nobiliario y los Villarubia el dinero.

Se miraba en el espejo y recordaba con nostalgia su tez tersa, su larga trenza de antaño y aquellos vestidos de las boutiques francesas que nunca le dejaban ponerse, porque eran demasiados cortos. Se daba cuenta que ya no era una niña y que nunca podría recuperar la felicidad que le habían arrebatado. Aquel tiempo en el que soñaba con ser una de esas princesas que se enamoraban de príncipes lejanos cuyo amor podía cambiar el mundo.

Con total honestidad, era consciente, que la viudedad le había otorgado la paz que ella ansiaba. Al menos no tenía que soportar levantarse al lado de un ser que despreciaba, y que en ningún momento le había puesto las cosas fáciles. Desde el primer día le dejó claro que sería suya hasta el día que  muriera, y así fue.

-          ¡Ilusa, qué ilusa!- Pensaba Eugenia después de ponerse el collar de perlas, mientras recordaba el momento en el que el doctor Villar le comunicó que padecía una enfermedad degenerativa.

Días atrás había pensado que quizá la vida le daría una segundad oportunidad, que podría aprender a ser feliz aún estando cerca de la vejez, que tendría tiempo para borrar su pasado, que podría volver a soñar…

Miraba esa cama en la que tantas lágrimas había derramado, la misma que compartía con ese sujeto que le hacia sentir el ser más insignificante del mundo. Aún temblada cuando pensaba en las noches. Aquel momento en el que tenía que compartir lecho con la persona que le repugnaba. Más de alguna vez había pensado en envenenarlo, en deshacerle de él, pero cómo era la vida…le había cuidado hasta en su leche de muerte, tras una larga enfermedad.

El timbre de la puerta le sobresaltó, alguien llamaba, seguramente fuera la nueva asistenta. Nada más abrir hubo un incomodo cruce de miradas. A Eugenia le resultó novedosa aquella extraña situación, nunca la había experimentado.

Pasaron los días y el distanciamiento entre ambas era cada vez más notable. Eugenia trató de solventar aquellos largos y tediosos momentos incómodos, por lo que optó por un acercamiento. Sabía que ella no disponía de un permiso de trabajo. De hecho había barajado la posibilidad de arreglar su situación legal si las cosas iban bien, pero antes deseaba conocer un poco su historia: cómo había llegado hasta allí, de dónde venía…

-          Karen, ¿de dónde eres? - Le preguntó mientras le ayudaba a terminar de sacar la compra
 
-          Soy de Nueva York señora.  - respondió con un sonado acento hispano.

La española quedó sorprendida ante su respuesta, por un momento pensó en no proseguir con la ronda de preguntas, pero no soportaba la idea de que alguien le tomara el pelo en su propia casa. Ella sabía perfectamente que no podía trabajar de manera regular en los Estados Unidos. De hecho, su amiga Christien, nexo de unión entre ambas, le había puesto en antecedentes. Le sobrecogió que una joven de 22 años estuviera sola en aquella selva. Esa fue la razón por la que consideró ayudarla.

Pensó en lo importante que hubiera sido que alguien le hubiera echado una mano en sus 22 años, cuando tuvo que casarse obligada con un hombre al que no amaba.

Al día siguiente Karen le pidió permiso para que hablaran en el salón. Allí le confesó que se sentía avergonzada por sus orígenes hispanos y su deseo de convertirse en norteamericana y vivir como una ciudadana más.

Eugenia quedó asombrada:

-          Jamás reniegues de lo que eres. Hay muchas razones por la que debes de sentir orgullo por venir de donde vienes.
 
-          ¿De verdad? – respondió incrédula la chica.
 
-          Si tu sueño es permanecer en los Estados Unidos adelante, pero mantente alerta, observa, escucha, porque muy pronto te darás cuenta que tú eres igual que ellos. Los Estados Unidos es el país que es porque conseguimos formarlo entre todos: ingleses, hispanos, italianos, griegos… y es por ello que todos merecemos el mismo respeto, y debemos tener la misma consideración. Sin la ayuda de todos, esto no hubiera sido posible.- Sentenció la española.

La mexicana se fue pensativa a casa, aún le quedaban dos meses para permanecer en USA de manera legal. No quería volver a su país natal. No tenía una familia estable. Ni siquiera quería rememorar todos los problemas que había dejado atrás. En realidad no estaba huyendo, sabía que no podía huir eternamente. Tenía la certeza que tarde o temprano, los problemas volverían a aparecer a su acecho. Deseaba tranquilidad, una nueva vida, ser independiente. Por ello, no se encontraba segura de si valía la pena poner en riesgo su libertad, volver a cargar con una dependencia de un hombre que si quería podía tenerla atada de píes y manos. Ella sabía que en el momento que se firmaran los papeles, él tenía el poder. ¿De que huía?, la joven creía no tener respuesta, o al menos esa era su forma de no querer afrontar una verdad. La verdad que en muchos casos no queremos descubrir.

Seguramente la mayoría de nosotros hemos sentido esta misma sensación en algún momento. Aquel instante en el que afirmamos no saber lo que nos pasa, aún sabiendo que no es verdad.  Pero tarde o temprano acabamos cogiendo esa llave que abre una puerta que se debe de abrir, para descubrir lo que hay tras ella, o para cerrarla para siempre.

Esa misma noche, la joven aceptó, bajó una inmensa presión, el ofrecimiento de matrimonio de Fernando, el dominicano con nacionalidad americana, 24 años mayor que ella.

A la mañana siguiente, le inundó un tremendo desconsuelo al divisar la gran manzana, desde los cristales del ático de la casa donde trabajaba. A ella le hubiera gustado otro final para su película en la ciudad que nunca duerme.

Karen sacó de su bolso una foto en la que aparecía con Fernando. Permaneció inmóvil durante unos instantes, seguidamente imaginó cómo sería la vida al lado de una persona por la que no se siente nada. El llanto volvió de nuevo y se apoderó de ella.

A escasos metros Eugenia observaba con atención la escena. Se acercó con cuidado y una vez que notó que estaba más calmada le dijo:

-          No tienes que decirme nada, te he seguido. Sé que habéis ido al registro, que vas a casarte. Tan sólo quiero hacerte una pregunta, ¿Le quieres?

La chica no pudo redimir los sollozos. Eugenia cogió su mano derecha con la intención de tranquilizarla:

-          Hace unos años, hubo una chica de 22 años que fue obligada a casarse con alguien al que no quería. No había una razón de peso, tan sólo cumplió el deseo de su familia. No quiso desafiar la sociedad del momento. Esa mujer vivió durante décadas sumida en la tristeza, perdiéndose la belleza del mundo exterior, encerrada tras una puerta. Esperando a que algo sucediese. La puerta se abrió, pero ya era demasiado tarde pues la muerte comenzó a acechar su vida.

Es posible que tú y yo no estemos aquí por casualidad. Es posible que esto ocurriera, a esa muchacha que era yo, para hacerte ver que un error puede marcar toda una vida.

De repente, el teléfono de la joven comenzó a sonar. En el móvil aparece el nombre de su novio Fernando. La española retoma la conversación:

-          Hoy eres tú la que puedes decidir si quieres una nueva vida. Puedes quedarte aquí, no tienes que volver a tu casa.

Eugenia la sitúa de nuevo frente al cristal del salón:

-          Mira, ¿Ves Nueva York? Estamos en el S. XXI. ¡Ahora somos libres!

Karen se acerca sigilosamente tras la ventana mientras tira su teléfono móvil.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Colonia para morir



Se movía con sensualidad. A pesar de que las calles de Nueva York en hora punta estaban inundadas por transeúntes, Diana no pasaba desapercibida: erguida, con paso firme y sus piernas kilométricas, se convertía en el objeto de deseo de muchos de los hombres con los que cruzaba miradas.

Desde pequeña había tratado de memorizar aquel balanceo de caderas de manera obsesiva. Una sola idea le rondaba en la cabeza, de mayor quería convertirse en modelo para poder presentarse al certamen de Miss Puerto Rico, su país natal.

A los 18 años escapó de su casa. Su padre, alcohólico desde que le alcanza la memoria, jamás entendió que Diana se sintiera mujer. Había tratado de explicarle sin éxito que vivía atrapada en un cuerpo que no le correspondía, pero el patriarca de la familia respondía de manera firme mediante el uso de la violencia. Una furia consentida por su propia madre, que en muchas ocasiones le asistía después de las terribles palizas a las que se veía sometida.

Nancy, una de sus mejores amigas le proporcionó su billete de salvación. Un boleto para los Estados Unidos, a la ciudad de Nueva York, donde podría empezar una nueva vida. La ciudad que siempre había soñado.

Sin embargo Nueva York no resultó la ciudad idílica de todas aquellas películas de producciones Hollywoodienses que había visto años atrás. La vida en la ciudad era realmente dura. Sin apenas dinero y sin un conocimiento pleno del idioma era muy difícil subsistir. Por ello no le quedo más remedio que tener que vivir en la calle. Fue allí donde conoció a Susana una mujer hispana que le introdujo en el mundo de la prostitución. Se pueda creer o no, Diana luchó por todos los medios para buscar otra alternativa: como limpiadora, peluquera y dependienta, todas ellas sin éxito. De hecho, cada noche rezaba para poder cambiar su suerte. Soñaba con tener la suficiente plata para poder matricularse en la Universidad, estudiar Turismo y poder viajar por toda Europa.

Con el paso de los años se fue perdiendo más y más, hasta quedar atrapada en un círculo muy peligroso: el de las drogas y la prostitución.

Esta es la historia de la joven puertorriqueña que se reunía cada día con sus compañeras de profesión en el Mcdonalds de Penn Station. La historia de la chica que se sentía perdida en un laberinto del que no había escapatoria.

Diana hoy no se sentía con fuerzas. El “pico” de la noche anterior le había tocado de lleno. Llegó con dificultad hasta el servicio. Abrió el grifo y esperó a que el agua se calentara. Durante unos segundos mantuvo la cabeza agachada mientras se refrescaba la cara con agua tibia, con la intención de recuperar un bienestar que había perdido años atrás. Seguidamente mojó su pelo. En ese instante una imagen se reflejó en el cristal del espejo.

La joven quedó conmocionada al observar atónita una imagen que no reconocía, mientras palpaba con los dedos sus afiladas fracciones desnudas. La fatiga tamboreó su pecho y el asco se apoderó de su ser.

Una sola idea le venía a la cabeza, desde hacía tiempo no le quedaba nada. Ni tan siquiera se había quedado junto a ella una vana ilusión. Ahora era mucho más pobre que cuando llegó a los Estados Unidos.

Su teléfono móvil se iluminó, un mensaje conciso podía leerse en su pantalla:

-        Zorra págame lo que debes, tienes hasta las 7 p.  m. Ya no habrá más avisos. 

Diana no se inmutó, sabía que no podía pagarlo. Mantuvo una mueca desconcertada en el primer instante y posteriormente busco sin éxito alguna moneda en las repisas del pequeño armario que colgaba de su baño. Después buscó en su habitación unas mallas negras y un top del mismo color. No se maquilló porque sabía que días atrás sus cosméticos se habían acabado.

En una esquina de su mesilla, ya en el olvido, una muestra de un perfume español le hace rememorar los días en que ella soñaba con viajar hasta la madre patria. Antes de salir se echó unas gotas y guardó el frasquito de cristal en la parte inferior de su sostén.

Segundos después abandonó su casa, sometida a la rutina diaria: encontrar algún cliente, conseguir su perdición y tratar de saldar cuentas.
 
-        Unas gotas de colonia, ¡colonia! Esto es lo único que me queda – piensa Diana mientras llega hasta el Mcdonalds de Penn Station.

Mientras tanto, su compañera Martha le está esperando en la misma mesa de siempre. Hoy no tiene apetito, tampoco dinero. Así que prefiere guardar silencio:

-        ¡Porque tú eres muy bonita! ¡Ay sí mi niña, yo siempre quise ser tu amiga! – le replica su compañera.

Pero Diana sin embargo parece ida. Comienza a inquietarle el mensaje de su camello. Mira por el cristal del restaurante de manera constante y también su reloj. Sí, quiere salir del establecimiento y tomar el aire, aquel ajetreo de gente le está agobiado. Al intentar Salir del sillón de cuero negro pisa violentamente a un joven que se encuentra a escasos metros de ella, no lo había visto:

-        ¡Perdón! Digo… ¡sorry! – se disculpa Diana.

-        Nada, no te preocupes – responde el joven animosamente.

Diana se sorprende. Aquel chico tiene un marcado acento español:

-        ¿De dónde es que tú eres? – le pregunta.

-        De España – responde el chico.

-        ¡Diana, mucho gusto! – le dice mientras le estrecha la mano.

Durante unos minutos mantiene una animada conversación con Alberto, al que al poco tiempo después le confiesa:

-        Mira Alberto, yo no sé si te has dado cuenta pero yo soy una transexual – le revela.

El chico desde el primer momento se había percatado. Durante unos segundos piensa qué debe de decir. Opta por decirle que sí, pero en el último momento y de manera inconsciente expresa:

-        ¿De verdad? ¡No me había dado cuenta? – Le contesta mientras se siente ridículo.

La conversación se ve interrumpida con la llegada de otra de las compañeras, Anni, un transexual de enormes senos sin dentadura.

Diana comienza a ser consciente del ambiente que le rodea, y empieza a sentir cierta incomodidad por aquel chico, e incluso por ella misma. Hacía mucho tiempo que no tenía una conversación corriente, ni nadie le había tratado como una persona normal. Siente cierta felicidad:

-        Alberto voy a salir un momento con mi amiga a buscar una cosa. Espérame aquí, ¿si? Ahora vuelvo. – tratando de deshacerse de su compañera y recuperar cierta privacidad con el chico.

Pero el joven aprovecha para abandonar el lugar por la otra puerta.

Diana regresa e incrédula se da cuenta que ya no está su “amigo español”. Se siente decepcionada y un halo de soledad vuelve a retomar en lo más hondo de su ser. Saca su frasquito de cristal y le sonríe mientras piensa: ¿así olerá España? Antes de salir a la calle vuelve a introducir el frasquito en el lugar anterior, no sin antes retocarse con una gotita más.

Una vez fuera recibe de nuevo un mensaje. Instantes después de mirarlo siente un fuerte golpe en el pecho. Percibe como se rompe en mil pedazos el perfume que se encuentra en el interior de su sujetador. A continuación ve los ojos de su camello. Su cuerpo cae desvanecido al suelo, Fradd desaparece. La gente de Nueva York camina inalterada por el drama. La joven permanece inmóvil, ligeramente acurrucada. 

Comienza a sentir que respira con dificultad. Un olor inunda su olfato: huele a España. Recuerda la cara de Alberto y empieza a divisar ciudades de la misma: Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla. Una media sonrisa comienza a dibujarse en su cara. No sabe lo que está pasando:

- ¿Habré llegado a España? – se pregunta la joven mientras su corazón se congela para siempre.