Las puertas de entrada se abren
al detectar pasos. No hay nadie en la recepción.Un frío escalofriante, un
silencio aterrador. Las paredes son grises. Un lugar poco acogedor,
inapropiado para un hospital.
La noche había llegado hace
horas. Las luces se encuentran a medio gas. Se ve a una enfermera. El chico
llega a su destino, la habitación 502.
Mario había llegado de Madrid
hasta la ciudad de Nueva York hacía tres semanas. Desde siempre había sido su
sueño. Aún le parecía increíble, encontrarse allí después de haberlo imaginado
tantas y tantas veces. Necesitaba el inglés, y más en estos momentos, con tanta
crisis que había en España el mercado laboral se había vuelto más exigente.
-
¡Madre mía en qué hora no hice caso y no puse más atención
al inglés en el colegio! –Se lamentaba Mario mientras buscaba los ojos de Lola,
que permanecía dormida en la cama.
El madrileño había alquilado una
habitación a otra compatriota española en una localidad de Nueva Jersey, muy
cercana a la ciudad de Nueva York. De esta forma pagaba una renta menor que en
la urbe de los rascacielos, y a su vez se encontraba más protegido al estar en
casa de una persona de su mismo país. Lola, su arrendataria, era una viuda de
72 años. Tenía cuatros hijos, pero con el paso de los años todos habían
decidido volver a la anhelada España. La soledad y la rutina diaria le habían
llevado a poner un anuncio en Internet para alquilar una de las habitaciones de
su casa. Se sentía vacía y necesitaba que su vida recobrara la vida que hacía
años había perdido.
Las clases de informática que
tomaba desde hace años habían dado sus frutos. Era allí donde había aprendido a
manejar la red y otras herramientas básicas de la informática. En un comienzo
el ciberespacio suplió sus carencias en las relaciones humanas, después se dio
cuenta de que lo que necesitaba era a alguien que diera luz a su vida.
Mario le pareció una persona
responsable y educada. Precisamente ese fue el empujón que llevó a Dolores a
decantarse por él. Una bendición que pudo confirmar más tarde, al caer enferma
y tener que ser intervenida en el quirófano. El chico se ocupó de atenderla en
todo momento, no importó que se conocieran de quince días atrás. Mario sabía que
debía hacerlo y que ella lo merecía.
La española aún dormía,
posiblemente bajo los efectos de los calmantes. El joven se sentó en el sillón
anexo a la camilla cuidadosamente, tratando de hacer el menor ruido posible
para no despertarla, pero unos ruidos procedentes de fuera sobresaltan la calma
del hospital Clysford. Mario se incorpora de inmediato, Lola sigue durmiendo,
parece que nada ni nadie puede enturbiar su profundo sueño. Los chillidos se
intensifican, la inquietud del chico aumenta y decide salir al pasillo. Allí
los gritos son cada vez más sonoros. El joven avanza muy lentamente, asomándose
a cada una de las puertas entornadas de las habitaciones. Tras ellas encuentra,
en su mayoría, a ancianos de avanzada edad, solos. Por fin comienza a descifrar
alguno de esos lamentos:
-
¡Karen, qué venga Karen!
-
¿Pero es que no hay nadie que hable español?
-
¡Pero como tarda tanto!
-
No, no… ¡Me hace daño!, ¡Déjeme!
Mario entró en la habitación como
si conociera a la paciente, con decisión:
Ya, ya… ¡aquí hay alguien que habla
español! ¿No ve que va a despertar a toda la planta? ¿Qué le pasa? – Pregunta mientras se acerca a ella.
La señora le mira en un principio
de manera desafiante:
-
¿Cómo tardaste tanto en llegar? ¿Te gusta escuchar los
lamentos de una pobre anciana? – Responde con una media sonrisa.
-
Mario, para servirle – dice mientras le estrecha la
mano.
De pronto el teléfono móvil de la
señora española comienza a sonar. La mujer le pide que conteste el joven. Mario
hace unas muecas de incredulidad pero al final accede:
-
¿Hello?- Pregunta mientras escucha por el auricular.
-
¿Eugenia?, ¿Quién es?- Contesta la persona del otro
lado.
-
Hola, soy Mario, estoy aquí con… -el joven desvía la
mirada en busca de la mujer. La señora responde mientras afirma con la cabeza.
-con Eugenia.-respondió entonces él.
-
¡Karen…! ¿a qué esperas para llegar guapa? – Replica la
española entre gritos.
-
Imagino que ya escucha a la señora, pregunta que a qué
hora llega- le comenta Mario a Karen.
-
Estoy en un gran atasco, me dicen que tenemos como 30
minutos- contesta la interlocutora.
-
¿30 minutos? –Se lamenta la paciente postrada- ¿pero tú
te quedas hasta que llegue ella, verdad?- Prosigue.
-
¡Yo estoy con mi familiar señora, no puedo…! – Le
responde el joven.
-
¡No me quiero quedar sola!, ¡Kareeeeeeeeeeen! – inicia
de nuevo la mujer con gritos.
-
¡Vale, vale, pare. Me quedo! – Afirma el joven al
despedirse de karen mientras le reclama:
-¡Tarde lo menos posible, que yo estoy acompañando a otro familiar!
Mario le pide
que le conceda unos minutos para regresar a la habitación de Dolores para
comprobar que todo está en orden. Eugenia accede, no sin antes advertirle, que
si no regresa se lo hará saber de nuevo con gritos.
El joven llega
hasta la habitación de Lola y confirma que todo está bien, sigue dormida, por
lo que vuelve con su nueva conocida.
Eugenia parece
más calmada y le espera ansiosa, medio incorporada en la cama. Mario se coloca
a su derecha y le pregunta:
-
¿Qué le pasaba señora?, ¿por qué gritaba tanto?
-
¡Qué me estoy muriendo! – Contesta.
El español, incrédulo, se queda durante
unos instantes sin saber qué decir. Sus ojos coinciden con los de ella y cree
leer en su mirada que dice la verdad. Seguidamente le responde:
-
Entiendo…
La mujer se acostó de nuevo,
mientras el chico se sienta en una silla de madera próxima. La española
reinicia la conversación:
-
Cuando a uno se le va acercando su hora comienza a
recordar toda su vida. Empieza a rememorar los momentos más relevantes de la
infancia, de su adolescencia, juventud. La etapa de madurez y los momentos
anteriores de llegar a la vejez. ¿Sabes? No recuerdo cuando sucedió eso. Es
decir, el día en el que me hice vieja. Creo que nunca fui consciente hasta
ahora. Empiezas a hacer una lista mental de todas las cosas que te quedan por
hacer, y que nunca podrás desarrollar. Tú nombre era Mario, ¿verdad? Ni te
imaginas todas las cosas que me voy a ir sin poder hacer. ¿Tú alguna vez has
estado enamorado Mario?
Mario se sorprende, no
esperaba la pregunta. Se mantenía atento a la conversación, pero no esperaba
que la interlocutora se interesara por su suerte. No sabía qué responder pero
finalmente, contesta:
-
Sí, señora.
-
¿Pero has amado de verdad? Quiero decir, ese amor que
te ahoga y no te deja respirar cada vez que te separas de esa persona – le
insiste.
Mario se queda pensativo y
responde:
-
Creo que sé de lo que me habla señora.
Eugenia prosigue:
Cuando uno se está muriendo sólo
piensa en las personas a las que ha amado, a las que ha querido de verdad. Ya
no te atormenta ninguna pena, tampoco ninguna desgracia. El único tormento es
no haber amado suficiente, no haber correspondido a esa persona, o a esas
personas. ¿Qué te parece si te digo que nunca he dejado de pensar en mi primer
amor? En aquel primer beso, en el que se siente que es para siempre, para toda
la vida, y que nada ni nadie podrá igualarlo. El primer romance marca tanto que
nada es comprable.
A mí no me dejaron querer a quien
yo quería, y no sé si hice lo suficiente, pero nunca le fallé. Me despierto
cada día de mi vida pensando en él, cada noche le ofrezco como si fuera por
primera vez uno de mis besos. Eso es el amor. No me importa cómo esté, ni dónde,
porque vive en mí. Y por suerte la vida te da la oportunidad de soñar, era allí
donde nuestro amor era posible, donde cada día podía encontrarme con él.
Durante toda mi vida sólo quería soñar, sólo quería soñar para estar con él.
Eugenia se va quedando dormida
poco a poco mientras repite. Al final casi como un susurro:
- Sólo quería soñar para estar
con él, para estar con él…

