Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 8 de noviembre de 2013

Colonia para morir



Se movía con sensualidad. A pesar de que las calles de Nueva York en hora punta estaban inundadas por transeúntes, Diana no pasaba desapercibida: erguida, con paso firme y sus piernas kilométricas, se convertía en el objeto de deseo de muchos de los hombres con los que cruzaba miradas.

Desde pequeña había tratado de memorizar aquel balanceo de caderas de manera obsesiva. Una sola idea le rondaba en la cabeza, de mayor quería convertirse en modelo para poder presentarse al certamen de Miss Puerto Rico, su país natal.

A los 18 años escapó de su casa. Su padre, alcohólico desde que le alcanza la memoria, jamás entendió que Diana se sintiera mujer. Había tratado de explicarle sin éxito que vivía atrapada en un cuerpo que no le correspondía, pero el patriarca de la familia respondía de manera firme mediante el uso de la violencia. Una furia consentida por su propia madre, que en muchas ocasiones le asistía después de las terribles palizas a las que se veía sometida.

Nancy, una de sus mejores amigas le proporcionó su billete de salvación. Un boleto para los Estados Unidos, a la ciudad de Nueva York, donde podría empezar una nueva vida. La ciudad que siempre había soñado.

Sin embargo Nueva York no resultó la ciudad idílica de todas aquellas películas de producciones Hollywoodienses que había visto años atrás. La vida en la ciudad era realmente dura. Sin apenas dinero y sin un conocimiento pleno del idioma era muy difícil subsistir. Por ello no le quedo más remedio que tener que vivir en la calle. Fue allí donde conoció a Susana una mujer hispana que le introdujo en el mundo de la prostitución. Se pueda creer o no, Diana luchó por todos los medios para buscar otra alternativa: como limpiadora, peluquera y dependienta, todas ellas sin éxito. De hecho, cada noche rezaba para poder cambiar su suerte. Soñaba con tener la suficiente plata para poder matricularse en la Universidad, estudiar Turismo y poder viajar por toda Europa.

Con el paso de los años se fue perdiendo más y más, hasta quedar atrapada en un círculo muy peligroso: el de las drogas y la prostitución.

Esta es la historia de la joven puertorriqueña que se reunía cada día con sus compañeras de profesión en el Mcdonalds de Penn Station. La historia de la chica que se sentía perdida en un laberinto del que no había escapatoria.

Diana hoy no se sentía con fuerzas. El “pico” de la noche anterior le había tocado de lleno. Llegó con dificultad hasta el servicio. Abrió el grifo y esperó a que el agua se calentara. Durante unos segundos mantuvo la cabeza agachada mientras se refrescaba la cara con agua tibia, con la intención de recuperar un bienestar que había perdido años atrás. Seguidamente mojó su pelo. En ese instante una imagen se reflejó en el cristal del espejo.

La joven quedó conmocionada al observar atónita una imagen que no reconocía, mientras palpaba con los dedos sus afiladas fracciones desnudas. La fatiga tamboreó su pecho y el asco se apoderó de su ser.

Una sola idea le venía a la cabeza, desde hacía tiempo no le quedaba nada. Ni tan siquiera se había quedado junto a ella una vana ilusión. Ahora era mucho más pobre que cuando llegó a los Estados Unidos.

Su teléfono móvil se iluminó, un mensaje conciso podía leerse en su pantalla:

-        Zorra págame lo que debes, tienes hasta las 7 p.  m. Ya no habrá más avisos. 

Diana no se inmutó, sabía que no podía pagarlo. Mantuvo una mueca desconcertada en el primer instante y posteriormente busco sin éxito alguna moneda en las repisas del pequeño armario que colgaba de su baño. Después buscó en su habitación unas mallas negras y un top del mismo color. No se maquilló porque sabía que días atrás sus cosméticos se habían acabado.

En una esquina de su mesilla, ya en el olvido, una muestra de un perfume español le hace rememorar los días en que ella soñaba con viajar hasta la madre patria. Antes de salir se echó unas gotas y guardó el frasquito de cristal en la parte inferior de su sostén.

Segundos después abandonó su casa, sometida a la rutina diaria: encontrar algún cliente, conseguir su perdición y tratar de saldar cuentas.
 
-        Unas gotas de colonia, ¡colonia! Esto es lo único que me queda – piensa Diana mientras llega hasta el Mcdonalds de Penn Station.

Mientras tanto, su compañera Martha le está esperando en la misma mesa de siempre. Hoy no tiene apetito, tampoco dinero. Así que prefiere guardar silencio:

-        ¡Porque tú eres muy bonita! ¡Ay sí mi niña, yo siempre quise ser tu amiga! – le replica su compañera.

Pero Diana sin embargo parece ida. Comienza a inquietarle el mensaje de su camello. Mira por el cristal del restaurante de manera constante y también su reloj. Sí, quiere salir del establecimiento y tomar el aire, aquel ajetreo de gente le está agobiado. Al intentar Salir del sillón de cuero negro pisa violentamente a un joven que se encuentra a escasos metros de ella, no lo había visto:

-        ¡Perdón! Digo… ¡sorry! – se disculpa Diana.

-        Nada, no te preocupes – responde el joven animosamente.

Diana se sorprende. Aquel chico tiene un marcado acento español:

-        ¿De dónde es que tú eres? – le pregunta.

-        De España – responde el chico.

-        ¡Diana, mucho gusto! – le dice mientras le estrecha la mano.

Durante unos minutos mantiene una animada conversación con Alberto, al que al poco tiempo después le confiesa:

-        Mira Alberto, yo no sé si te has dado cuenta pero yo soy una transexual – le revela.

El chico desde el primer momento se había percatado. Durante unos segundos piensa qué debe de decir. Opta por decirle que sí, pero en el último momento y de manera inconsciente expresa:

-        ¿De verdad? ¡No me había dado cuenta? – Le contesta mientras se siente ridículo.

La conversación se ve interrumpida con la llegada de otra de las compañeras, Anni, un transexual de enormes senos sin dentadura.

Diana comienza a ser consciente del ambiente que le rodea, y empieza a sentir cierta incomodidad por aquel chico, e incluso por ella misma. Hacía mucho tiempo que no tenía una conversación corriente, ni nadie le había tratado como una persona normal. Siente cierta felicidad:

-        Alberto voy a salir un momento con mi amiga a buscar una cosa. Espérame aquí, ¿si? Ahora vuelvo. – tratando de deshacerse de su compañera y recuperar cierta privacidad con el chico.

Pero el joven aprovecha para abandonar el lugar por la otra puerta.

Diana regresa e incrédula se da cuenta que ya no está su “amigo español”. Se siente decepcionada y un halo de soledad vuelve a retomar en lo más hondo de su ser. Saca su frasquito de cristal y le sonríe mientras piensa: ¿así olerá España? Antes de salir a la calle vuelve a introducir el frasquito en el lugar anterior, no sin antes retocarse con una gotita más.

Una vez fuera recibe de nuevo un mensaje. Instantes después de mirarlo siente un fuerte golpe en el pecho. Percibe como se rompe en mil pedazos el perfume que se encuentra en el interior de su sujetador. A continuación ve los ojos de su camello. Su cuerpo cae desvanecido al suelo, Fradd desaparece. La gente de Nueva York camina inalterada por el drama. La joven permanece inmóvil, ligeramente acurrucada. 

Comienza a sentir que respira con dificultad. Un olor inunda su olfato: huele a España. Recuerda la cara de Alberto y empieza a divisar ciudades de la misma: Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla. Una media sonrisa comienza a dibujarse en su cara. No sabe lo que está pasando:

- ¿Habré llegado a España? – se pregunta la joven mientras su corazón se congela para siempre.

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