Una
chica sentada en un sillón de cuero amarillo vintage de los años 50.
La
joven se encuentra concentrada en un lienzo de Nueva York que cuelga de la
pared de ladrillo del salón de su casa. Lleva un vestido salmón de gasa sobre
un forro de raso de un tono más oscuro.
Está muy agitada, el sudor de su pecho hace que el tejido se pegue a su
piel, sensación que le incomoda profundamente.
Tiene
el pelo corto color chocolate, con un característico flequillo algo más largo que
el resto del pelo, que se coloca hacia el lado izquierdo.
En
este momento se está retirando ligeramente el pelo por detrás de la oreja
derecha, repite el mismo movimiento hasta en tres ocasiones mientras juega con
su mano derecha sobre una de sus rodillas. Sí, lleva un anillo de oro blanco en
su dedo índice, adornado con un discreto brillante en la parte central. Se
acaricia con el dedo pulgar la sortija, parece una alianza.
Algo
le sobresalta, comienza a mirar los techos de su casa. Siente que algo ha
cambiado, son de madera, no los reconoce. Se levanta del sillón de cuero
amarillo y observa parte de la cocina americana que forma parte de la sala en
la que se encuentra. Retrocede unos pasos, vuelve al asiento amarillo, frente
al cuadro de Nueva York, justo encima del gran ventanal de su piso. No entiende
que le sucede, algo le empuja a levantarse y observar por la ventana. Admira
incrédula la imagen, se encuentra en Nueva York, lo había olvidado.
Trata
de entenderlo. Reflexiona. Una imagen repetida, la real, observada tras la
ventana de su casa en Nueva York, y la de su cuadro con las mismas vistas.
Pero
ella nunca había estado en Nueva York, ¿Cómo era posible? – se pregunta.
Descuelga
el cuadro, lo sitúa frente a ella y resuelve internamente:
-
“Estática, las
luces y el color, congelan Nueva York en este cuadro que cuelga de la pared.
Refugio del dolor que marca mi latir y he decidido a venirme a vivir aquí, sin
ti…no puedo”.
La
primera lágrima cae sobre su mejilla, mientras se saca violentamente
la alianza que golpea contra el suelo.
Se pone una chaqueta gris de lana gorda, mientras introduce las llaves de casa
en uno de los bolsillos XL de la misma.
Comienza
a bajar a pié la gran avenida, reconoce todas sus calles, todas sus luces. No se
siente extraña, ella ya estuvo allí. ¿Cuántas veces había recorrido en aquella
imagen todas esas calles? Un futuro atrapado en la imagen de un cuadro.
No,
no sabe si quiere enfrentarse a la realidad. Si va a tener fuerzas para
descubrir si él se encuentra allí, en aquella esquina en la que debería de
aparecer. Se sienta en uno de los peldaños, pero tiene la certeza de que no sucederá,
que pesan demasiado las cicatrices.
Un
sonido venido de fuera le sobresalta. Le hace despertar, trata de recomponerse
¿un sueño dentro de un sueño?
La
primera imagen que logra identificar es el cuadro de Nueva York que cuelga
sobre su pared. A continuación coge su ordenador blanco apple. Entra en un
buscador de vuelos. Saca dos billetes para Nueva York. Uno para ella con salida
en 12 horas, y otro para Manuel con salida catorce horas después.
Sonríe,
sale de la casa, no lleva maleta, tan sólo los billetes impresos. Un chaquetón
color camel y un bolso con sus llaves. Antes de cerrar la puerta echa un último
vistazo al cuadro. Una vez en la castellana, coge un taxi con dirección a la
casa de Manuel ubicada en el barrio de Salamanca. Le pide al taxista que
espere, la puerta del portal está abierta. Sube hasta el quinto piso. Piensa si
llamar a la puerta. Se escucha el sonido de la televisión. Finalmente decide no
hacerlo, saca un bolígrafo de su bolso y pone un adhesivo amarillo sobre los
billetes de avión que introduce por debajo de la puerta:
-
Porque un día
valió la pena, porque dimos tantas vueltas en aquel cuadro, allí me
encontrarás. Nueva York.
La joven vuelve a meterse en el taxi. El vehículo
comienza a perderse entre las calles de Madrid rumbo al aeropuerto de Barajas.

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