Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 21 de noviembre de 2014

La abuela Concha


A veces todos tenemos presentimientos, y precisamente en ese viaje había algo que me inquietaba, lo comenté con mi madre y más tarde con mi tía Sol. Mi bisabuela Concha, a la que siempre llamé abuela por eso de que el “bisa” suena como más lejano, se encontraba en un estado delicado, pero todos pensábamos que el final no sería tan inminente. Creo que nunca somos capaces de ver con claridad cuando se acerca el final, tan solo nos rendimos a la evidencia cuando ya ha sucedido.

Si había algo que le caracterizaba era su pasión por aferrarse a la vida. Era una mujer de fuertes convicciones y sobre todo poseía una inteligencia especial. Las vivencias excepcionales que le habían tocado vivir la convertían en un ser verdaderamente valioso. En ocasiones pensé que las personas tan especiales como ella tenían que ser eternas.

Concha fue una mujer transgresora, moderna, inconformista, luchadora… pero si hubiera que definirla con un solo adjetivo, sería con el de una auténtica señora, entendiéndolo tal y como se usaba a principios del S. XX.

Por momentos me paraba a pensar en el egoísmo humano, parece que nunca nos basta con lo que tenemos. Era un auténtico privilegiado, había disfrutado de ella durante más de veintisiete años, pero eso no me reconfortaba en estos instantes, ahora quería llegar a tiempo para despedirme, a pesar de que lo verdaderamente importante son los actos que hacemos en vida.
En ese preciso momento me vino un mensaje procedente de la canción que estaba escuchando por los auriculares:

- “QUIERO SOÑAR QUE PUEDO HABLARTE AHORA”.


Se encontraba en uno de los ventanales del palacio de la Granja. Miraba a través del cristal aquella noche en la que las estrellas permanecían dormidas, ni la luna había despertado.

Concha miró sus manos, ya no quedaba rastro de sus arrugas, ni tan siquiera las señales del suero que instantes antes había sentido. El reflejo del cristal le advirtió de un cambio. Permaneció durante unos segundos dudosa, ¿era ella? ¿Se reconocía? Se palpó el rostro y sonrió. Aquella niña de noventa años atrás había vuelto de algún modo. Junto al ventanal aparecieron dos cofres acompañados de dos sobres. La niña escogió el primero de su derecha, lo abrió y leyó:

-         Desecha todo aquello que algún día te causó dolor.

A Concha lo primero que le vino a la mente fue la muerte de sus seres queridos. Seguidamente, alzó la voz y dijo:

-         No sé si tengo que darme más prisa, pero tengo miedo de desprenderme de mis recueros.

Una voz en su interior le respondió:

-         Sígueme y sólo te inundarán los buenos recuerdos.

La niña dijo con voz entrecortada – Estoy asustada.

La voz volvió:

-         ¿Por qué?

Concha continuó:

-         Desde pequeña he tenido que enfrentarme muchas veces a la muerte, y siempre me ha venido la misma sensación, la del miedo.

La voz le contestó:

-         Abre el primer cofre, en su interior encontrarás una llave, introdúcela en la cerradura de la puerta que tienes enfrente.

Concha abrió la puerta y se encontró con una inmensa oscuridad. De repente la luz volvió.

En la habitación del palacio había una niña a los pies de la cama de la infanta. Uno de los miembros del séquito real se percató de su presencia:

-         ¿Y usted quién es? –Le preguntó una de las mujeres encargada de sus cuidados.

-         Yo soy la vecina, que me he enterado que la infanta está enferma y he venido a acompañarla –Contestó con decisión.

La mujer permaneció durante algunos segundos incrédula, pero permitió que la niña continuara en la estancia.

-         ¿Por qué has querido volver aquí? – Preguntó la voz.

-         Fue la primera vez que presencié a la muerte y sentí mucho miedo. No pude entenderla –Respondió.

La voz dijo:

-         Despréndete de todos tus miedos ahora.

La niña recordó de nuevo la muerte de sus familiares: tres de sus hijos, padres, hermanos…

Una vez que se liberó de todo aquello que no la dejaba continuar, la voz le dijo que cerrara la puerta y que volviera al ventanal. Una vez allí prosiguió:

-         Concha, nacemos para morir, y esa debería de ser razón suficiente para vivir más concienciados con la muerte. La vida terrenal es solo el comienzo, un tránsito de aprendizaje para todo lo que viene después, pero… ¿qué es la muerte?, ¿qué separa a la muerte de la vida?

Junto al ventanal permanecía un último cofre y un sobre.
Concha lo abrió y leyó en voz alta:

-         La llave de Jose.

La voz resonó:

-         ¿Quieres abrir esta puerta?

La chica dijo que sí, a pesar de no entender muy bien este mensaje. Al introducir la llave en la cerradura, de nuevo le inundó la oscuridad. Más tarde la habitación se llenó de luz.

La silueta de una persona se adivinaba en la lejanía.

-         ¿Quién es? – Preguntó la voz de nuevo.

-         Mi bisnieto mayor – Contestó Concha con una amplia sonrisa.

Jose se acercó a ella y le abrazó intensamente –Abuela, seguramente todos hubieran querido venir, pero me he tomado la licencia de llegar hasta aquí, porque quiero regalarte y entregarte esta última llave. Estamos todos contigo y... ¿sabes? Yo también tengo miedo, por eso he venido contigo. Pienso…que todos tenemos en algún momento temor a la muerte porque no tenemos la certeza de lo que va a haber después, de que todo se acabe, pero… ¿qué pasaría si supiéramos que “allí” todo va a estar bien? Estoy seguro que ya no sufriríamos.

Quiero tener el convencimiento de que vas a estar perfectamente, por eso quiero que subamos tú y yo hasta el cielo.
Los dos cerramos los ojos, mientras cruzábamos nuestras manos y empezábamos a notar como nos alzábamos, llegando a alcanzar lo más alto, el cielo. Una vez allí, junto a una gran nube, observamos como dos bellos ángeles custodiaban un gran portón. Antes de darnos el último beso, una potente voz resonó, mientras mi abuela abría su última puerta:

-         Vuela, vuela lejos. Lejos, vuela, vuela y no mires hacia atrás porque la vida… LA VIDA NO PUEDE MORIR CONTIGO.

viernes, 31 de octubre de 2014

Un beso por si acaso

     
¿Cuántos besos damos a lo largo de nuestra vida? Besos de bienvenida, besos que despiertan viejas heridas, besos que entristecen, besos que te duermen, besos que presagian algo, besos que no acaban…
 
Los besos son lenguaje. No son una forma de comunicación descuidada e involuntaria. Los besos están conectados con el alma, con lo más profundo de nuestro ser. Y es que cada vez que nuestros labios rozan la mejilla o la boca de otra persona, un sin fin de sensaciones se despiertan en nuestro cuerpo.

Los besos están vinculados con nuestro corazón, y una vez que éste los detecta, nos susurra lo que la otra persona quiere transmitirnos: Te quiero, no me hagas daño, no quiero volver a verte, ayúdame, no te vayas…

¿Por qué no escuchamos a los besos? ¿A qué tenemos miedo? Muy posiblemente somos más conscientes de la importancia de los besos de lo que a priori creemos. Éste es el motivo por el que nos olvidamos en la rutina de besar a nuestros seres queridos, o a las personas que tenemos cerca en determinados momentos. ¿Tememos que quede al descubierto nuestra parte más íntima? ¿Que mostremos nuestra fragilidad? ¿Que quede de manifiesto que somos seres necesitados de otras personas? Nos empeñamos en no descubrirnos, en no separarnos de nuestra máscara, en aparentar que todo va bien; por eso cada vez nos cuesta más besar. Y si besamos, que sea rápido, casi sin rozarnos, para que nada pueda alterar lo que está dentro de nosotros y que mantenemos apartado.

¿Nos hemos parado a pensar en la relevancia de un beso? Seguro que alguna vez hemos escuchado: “yo solo hubiera querido darle un beso”, “con un beso hubiera bastado”, u otras expresiones como “dame un beso y está todo arreglado”... El poder de los besos.

No pudo ser casualidad que Judas, uno de los discípulos de Jesús, decidiera utilizar el beso como método identificativo para venderle a sus postores. Ese beso significaba mucho más, significaba muerte, pero traía consigo el perdón, y más tarde la esperanza del mundo futuro.

 
Hasta hace unos meses, casi cerca de un año, Josué tenía por costumbre caminar por la mañana temprano. Le encantaba observar a la gente. El simple sonido de la taladradora de los trabajadores que estaban arreglando la acera de la zona centro le hacía sentirse vivo. Aún no se había habituado a los carriles bici, por eso de cuando en cuando se sobresaltaba cuando divisaba que algún ciclista se aproximaba. A veces no le quedaba casi tiempo para impedir que se produjera el impacto. Josué por momentos olvidaba que ya se encontraba al otro lado. Le gustaba la sensación del sol sobre su cabeza, conseguía dibujarle una sonrisa.

Decidió sentarse en uno de los bancos de madera próximos, extendió sus brazos sobre el respaldo y empezó a pensar en los últimos recuerdos que conservaba en su cabeza. De nuevo le inundó la tristeza. Josué buscó el sol, necesitaba encontrar la luz. Sabía que la luz le conduciría hacia su nuevo camino. De repente, una abuela se sentó con el que parecía su nieto, a escasos metros de donde se encontraba él. Parecían algo distantes. Al menos eso denotaba su lejanía física. En menos de dos minutos el chico se levantó y le dijo que se tenía que ir, que ya hablarían. La anciana se levantó con cierta dificultad mientras decía:

-        Bueno… dame un beso por si acaso…

El joven se volvió, y le miró pensativo:

-        Por si acaso, ¿qué?

La abuela le besó y el chico desapareció entre los demás transeúntes.

Josué vio en los ojos de esa mujer a su madre, y descubrió que él comenzó a morir el día en el que se olvidó de besar. Se arrepentía tanto, anhelaba sobre todos aquellos besos, los de todos.
                                                                                                                                                                  

viernes, 18 de abril de 2014

El árbol de la vida


Mi abuelo Juan me contó una vez que mis antepasados, además de traerse la llave de nuestra casa de España se llevaron las semillas de un gran árbol que había en la puerta de su hogar. Esta fue la razón por la que desde hacia más de cuatro siglos, a cada primogénito de la familia se le encomendaba la tarea de proteger aquel arbusto.

A veces apoyaba la cabeza en su corteza, con los brazos extendidos en su tronco. Aunque su enorme grosor me impedía alcanzarlo por completo. Podía parecer extraño, pero para mi estirpe era uno de los vínculos que nos unía a aquella vida de siglos atrás, del lugar de donde proveníamos, de Sefarad.

Por algún motivo las entrañas de aquel ser viviente desde hacia tiempo se habían ido apagando. Buscamos todas las opciones que estaban en nuestra mano, pero nada, absolutamente nada hacía que volviera a la vida. Aún así yo me resistía a dejarlo, iba junto a él cada tarde, a susurrarle que nunca le íbamos a abandonar.

La situación en Tirnaso, mi pequeño pueblo situado a pocos kilómetros de Larisa era cada vez más tensa. Aquí nos conocíamos todos, y a pesar de que nuestra comunidad no tenía un número considerable, empezaba a sentirse cierto miedo, ya que las noticias que llegaban de los periódicos y la radio hablaban de matanzas en diferentes ciudades de Europa por parte del ejército alemán.

Desde hacía unas semanas había comenzado a tener unas terribles pesadillas, que me despertaban en medio de la noche y que me impedían volver a dormir. No sabía cuál era la causa, pero tras el desvelo, una sola imagen venía a mi cabeza, aquel árbol. Esta era la razón por la que abandonaba mi lecho con sumo cuidado, para no despertar a mis hermanos pequeños y me dirigía hasta él. Una vez allí, en una de esas madrugadas, descubrí un hueco de tamaño considerable que me permitía acceder hasta su interior. La sensación una vez dentro, era de inmensa paz. De completa protección.
Desde aquel día convertí sus profundidades en mi hábitat, y el lugar donde podía conciliar el sueño, lejos de aquellas extrañas voces e imágenes que perturbaban mis noches.

Las noticias de guerra eran cada vez más sonoras y la entrada de los alemanes en nuestro país parecía cada vez más cerca. Algunas personas con cierto poder en la localidad comenzaron a prohibir el acceso al trabajo a la población judía. Incluso se hablaba de que la entrada de los nazis sería inminente y que se llevarían a todos los judíos.  ¿A dónde? Papá decía que le habían contado lo que hacían con nosotros, que querían hacernos desaparecer de la faz de la tierra, pero yo me negaba a creerlo. ¡Nosotros no habíamos hecho nada! ¡No tenía sentido!

Una vez que los alemanes entraron en territorio griego, los malos presagios inundaron todos nuestros hogares, ¡Ya no había duda! ¡Venían a por todos nosotros!

Agotone, el alcalde del pueblo que tenía cierto trato con papá le recomendó que huyéramos, pero ¡No teníamos donde ir! ¡Tarde o temprano acabarían encontrándonos! Por ello mi padre se negó a que nos moviéramos de allí. Agatone le tentó con una importante suma de dinero, si le vendíamos el terreno que adquirió mi familia nada más llegar hasta esta aldea. Ya no quedaba nada de aquella casa familiar, pero si se mantenían las raíces moribundas de aquel árbol sin vida que prometimos sostener hasta el final de nuestro linaje.
El regidor del municipio quería ampliar la plaza de Tirnaso. El terreno familiar se encontraba en la parte trasera del núcleo del pueblo, y este momento era una buena ocasión para su compra y para nuestro abandono.

Papá tan solo hizo una pregunta - ¿Habría alguna opción para mantener el arbusto?

Agatone contestó con sorpresa- ¿Qué árbol? ¡Ya solo existe un tronco inerte!
Mi padre dio media vuelta mientras respondía con total rotundidad – Mi respuesta es no.

El Alcalde cerró su agenda mientras murmuraba:
-         Un árbol muerto va a propiciar vuestra propia muerte.

Tres días después tropas alemanas alcanzaron el municipio. Horas más tarde se dio la orden de que todas las personas judías teníamos que presentarnos en la plaza central. Una de los hombres al mando portaba una pequeña lista en la que constaban las 109 personas judías que vivíamos allí. Entre ellas los doce miembros de mi familia. Un soldado nazi tocó nuestra puerta. Al segundo comenzaron los gritos y los lloros entre los vecinos. Todos teníamos que acudir sin excepción. Mamá llevaba en sus brazos al pequeño ángel de siete meses que no paraba de sollozar.

Una vez que todos habíamos salido de nuestras casas, nos mandaron formar una fila. Nada más comenzar la marcha, empezaron a escucharse disparos procedentes de la plaza. Tan solo esos sonidos quebrantaban el silencio absoluto que reinaba en nuestras calles.

Una inmensa niebla comenzó a cubrir el cielo. Y con esa bruma, una imagen vino a mi cabeza, la del árbol. Me dirigí al abuelo Juan y le dije:

-         ¡Nos conducen a la muerte! ¿Confiarías en mí? Pide a todas las personas que puedas que me sigan. ¡Tengo una idea! Una vez que pasemos la calle del torreón, seguiremos hasta el terreno donde está nuestro árbol, se encuentra de paso. Si lo hacemos con sumo cuidado no se darán cuenta, apenas se puede ver nada ¡No hay tiempo que perder!

Conté un total de veinticinco personas introducidas por el agujero de aquel árbol. Por último, y antes de que entrara la última, y me introdujera yo, unas voces con un pronunciado acento germano comenzaron a rodear el lugar donde nos encontrábamos. Mientras tanto, todos los que nos concentrábamos allí atrincherados, a  duras penas podíamos mover ni un músculo, nos manteníamos  aterrados, conscientes de una muerta segura.

El sonido de los disparos comenzó a ser cada vez más frecuente, y  de nuevo las voces extranjeras que evidenciaban un gran enfado, tuvieron como resultado que las mujeres presentaran un incómodo tembleque nervioso.

De nuevo, un gruñido y una luz entró por la cavidad del árbol ancestral. ¡Habíamos sido descubiertos!

Mi hermano de apenas siete meses, desde hacía unos minutos había dejado de llorar. Como si hubiera sido consciente del peligro al que nos enfrentábamos. Nunca olvidaré aquella mirada perdida de mamá, y como sostenía por el cuello al pequeño ángel para acabar con su vida antes de que pudieran hacer con él algunas de las sonadas atrocidades nazis.

De repente una voz desconocida retumbó en el interior: ¡Aquí no hay nada! ¡Han huido!


El silencio volvió a imperar de nuevo, acompañado de algunas lágrimas que empezaron a cubrir el terreno de aquel árbol muerto. Aquel árbol de la vida.

viernes, 28 de marzo de 2014

La canción de Floryka

 
Se encuentra tumbada en la colcha color canela. Lleva un largo vestido blanco que resalta aún más sus pendientes de rubíes. En sus manos porta los acordes de la nueva melodía que tenía que interpretar el próximo sábado. Unos días atrás había cumplido catorce años, aún se sentía agitada. No podía creer que  al fin le hubieran entregado el acordeón familiar del abuelo Jabolyda.

Se dirigió hacia la ventana, todo lo que podía observar era el verde que inundaba la villa donde vivían. Un hombre se aproximaba en la lejanía, llevaba un traje marrón y un maletín. De repente observó como cada tres o cuatro pasos miraba hacia atrás, como si temiese que alguien estuviera siguiéndole.

La campana de la casa suena mientras Flory prepara su tocadiscos para escuchar el Concierto para piano, op. 78, del compositor español Isaac Albéniz.  Por un momento se escucha un pequeño revuelo procedente de la sala primera, motivo por el que durante unos segundos detiene la melodía. A continuación prosigue, pero alguien comienza a golpear la puerta. Es Luna, una de las chicas del servicio de la casa que le pide que baje hasta la sala central.

-       La señorita tiene que bajar de inmediato al salón, su padre le está esperando. – Con un tono que denota cierta inquietud.

Flory se limita a bajar la larga escalera de caracol de madera de roble de la casa familiar. A escasos peldaños de poner fin, su padre le interrumpe el paso. Con semblante serio, acompañado del hombre desconocido y su madre, le comunica algo que no logra comprender:

-Tienes que recoger tus cosas y tomar un tren dentro de cuatro horas. En unas semanas nos encontraremos en Italia. Es mejor que no hagas más preguntas. Sube arriba y haz caso a lo que te digo.

La joven permaneció durante unos segundos paralizada. Sería su primer viaje sola pero, ¿a qué venía tanta prisa? Recordó las palabras de su padre…“Es mejor que no hagas más preguntas”. Eso le bastó para reconducir su camino hacia su habitación y preparar los enseres que se llevaría. De Yugoslavia a Italia.

Comenzó a sacar alguno de sus vestidos preferidos, junto a algunos de sus abrigos a juego con sus tocados. De nuevo la presencia de su padre, que se encontraba a escasos pasos de la puerta, no solo le sobresalta, sino que le hace percatarse de que algo verdaderamente importante sucede:

-       Pequeña, creo que aún no eres consciente. No vas a poder llevar nada de eso. Ahora atiéndeme con atención.  Solo podrás llevar tu acordeón. Y lo más importante, no podrás hablar con absolutamente nadie. Recuerda, no podrás pronunciar ninguna palabra a no ser que sea con música. Si alguien te pregunta tú le responderás cantando. ¿Me has entendido?

Flory asintió con un ligero movimiento de cabeza.

Su padre continuó:
 
-       Nunca has hablado djudeo, no has tenido relación con judíos. Bórralo de tu cabeza. Eres serbia y algo te impide hablar, a no ser que sea acompañado por una melodía. Si alguien escucha tu acento sabrá quién eres y de dónde vienes. Sé que podrás hacerlo.

Dos horas más tarde Floryka, que era así como la conocían en su entorno familiar, embarcaba con una nueva identidad, Betty, tan solo acompañada por un acordeón.

Lo que nunca imaginó aquella joven sefardí es que ese mismo tren, podría conducirle a diferentes caminos. Podría convertirse en el tren de su salvación o en el tren de su muerte.

Durante su recorrido Flory se enfrentó a constantes interrogatorios por parte de diferentes oficiales alemanes. Pronto acabaron conociéndola como la “loca del acordeón”. Su talento innato con la música y posiblemente, su ignorancia, es decir, no haberse preguntado realmente a lo que estaba enfrentándose, la salvaron de un final oscuro.

Todas las noches antes de que en los vagones dejaran de escucharse las últimas voces, aquella chica amenizaba la velada a los allí presentes con melodías populares sefardíes adaptadas al yugoslavo.

Cada canción se traducía en un día más de vida, significaba que había escapado de la muerte.

viernes, 14 de marzo de 2014

El 14 de enero


Me he dado cuenta de que cuanta más belleza se muestra en el exterior, mayor es la tormenta que pervive dentro.

Hubiese querido haber leído cualquier otra cosa. El anuncio de un nuevo proyecto teatral, cinematográfico o tu regreso a los Estados Unidos.

No eras mi mejor amigo, no nos dio tiempo. Pero el tiempo no determina nada, tan solo tú y yo sabemos lo que vivimos: nuestras largas conversaciones, nuestros interminables paseos por la gran manzana, nuestras risas, nuestras lágrimas, todos aquellos momentos han quedado para nosotros, imborrables e infranqueables.

Ahora trato de darle algún sentido a todo lo sucedido, pero desgraciadamente no puedo encontrarlo. Es posible que ahora entienda ciertas cosas que me confiaste o ciertos aspectos a los que no supe dar respuesta en su momento.

Recuerdo el día en que la vida nos encontró en Manhattan, los dos de Madrid, ambos actores, pero algo quiso que nos conociéramos allí. ¡Por alguna razón sería! Si hay algo con lo que tuviera que identificarte, sería con una amplía sonrisa. ¡Despendrías luz!

Los dos llegamos a Nueva York cargados de ilusión.  Una de nuestras metas era vivir en aquella ciudad con la que tantas veces soñamos, ¡Lo conseguimos! ¡Los dos estuvimos allí, lo pudimos hacer realidad!

No quiero pensar que es demasiado tarde, nunca es demasiado tarde. Bien es cierto que quizás no todo se desarrolló como ambos hubiéramos deseado, pero verdaderamente pienso que las personas no mueren si permanecen en la memoria de las personas, y tú desde luego estarás en la mía hasta el día que volvamos a reencontrarnos.
 
Me has enseñado algunas cosas importantes, tal vez contigo me haya percatado de que todos debemos estar más alerta. No solo tenemos que reaccionar cuando alguien nos pida o nos diga algo. Un silencio, una mirada, a veces significan precisamente eso.

¿Sabes? A veces cierro los ojos y nos veo a los dos caminando por Nueva York, felices, como cuando llegamos. Trato de recuperar cada instante, cada detalle para alargarlo lo máximo posible, y cuando abro los ojos todo vuelve a la realidad, pero creo que una parte de nosotros se ha quedado allí para siempre. Sí Jesús, en alguna parte los dos seguimos caminando por alguna calle de Nueva York, seguimos viviendo nuestro sueño.