A veces todos tenemos presentimientos, y precisamente en ese viaje había algo que me inquietaba, lo comenté con mi madre y más tarde con mi tía Sol. Mi bisabuela Concha, a la que siempre llamé abuela por eso de que el “bisa” suena como más lejano, se encontraba en un estado delicado, pero todos pensábamos que el final no sería tan inminente. Creo que nunca somos capaces de ver con claridad cuando se acerca el final, tan solo nos rendimos a la evidencia cuando ya ha sucedido.
Si había algo que le
caracterizaba era su pasión por aferrarse a la vida. Era una mujer de fuertes
convicciones y sobre todo poseía una inteligencia especial. Las vivencias
excepcionales que le habían tocado vivir la convertían en un ser verdaderamente
valioso. En ocasiones pensé que las personas tan especiales como ella tenían
que ser eternas.
Concha fue una mujer
transgresora, moderna, inconformista, luchadora… pero si hubiera que definirla
con un solo adjetivo, sería con el de una auténtica señora, entendiéndolo tal y
como se usaba a principios del S. XX.
Por momentos me paraba a
pensar en el egoísmo humano, parece que nunca nos basta con lo que tenemos. Era
un auténtico privilegiado, había disfrutado de ella durante más de veintisiete
años, pero eso no me reconfortaba en estos instantes, ahora quería llegar a
tiempo para despedirme, a pesar de que lo verdaderamente importante son los actos
que hacemos en vida.
En ese preciso momento me
vino un mensaje procedente de la canción que estaba escuchando por los
auriculares:
- “QUIERO SOÑAR QUE PUEDO
HABLARTE AHORA”.
Se encontraba en uno de los
ventanales del palacio de la Granja. Miraba a través del cristal aquella noche
en la que las estrellas permanecían dormidas, ni la luna había despertado.
Concha miró sus manos, ya no
quedaba rastro de sus arrugas, ni tan siquiera las señales del suero que
instantes antes había sentido. El reflejo del cristal le advirtió de un cambio.
Permaneció durante unos segundos dudosa, ¿era ella? ¿Se reconocía? Se palpó el
rostro y sonrió. Aquella niña de noventa años atrás había vuelto de algún modo.
Junto al ventanal aparecieron dos cofres acompañados de dos sobres. La niña
escogió el primero de su derecha, lo abrió y leyó:
-
Desecha todo
aquello que algún día te causó dolor.
A Concha lo primero que le
vino a la mente fue la muerte de sus seres queridos. Seguidamente, alzó la voz
y dijo:
-
No sé si tengo
que darme más prisa, pero tengo miedo de desprenderme de mis recueros.
Una voz en su interior le
respondió:
-
Sígueme y sólo te
inundarán los buenos recuerdos.
La niña dijo con voz
entrecortada – Estoy asustada.
La voz volvió:
-
¿Por qué?
Concha continuó:
-
Desde pequeña he
tenido que enfrentarme muchas veces a la muerte, y siempre me ha venido la
misma sensación, la del miedo.
La voz le contestó:
-
Abre el primer
cofre, en su interior encontrarás una llave, introdúcela en la cerradura de la
puerta que tienes enfrente.
Concha abrió la puerta y se
encontró con una inmensa oscuridad. De repente la luz volvió.
En la habitación del palacio había
una niña a los pies de la cama de la infanta. Uno de los miembros del séquito
real se percató de su presencia:
-
¿Y usted quién
es? –Le preguntó una de las mujeres encargada de sus cuidados.
La
mujer permaneció durante algunos segundos incrédula, pero permitió que la niña
continuara en la estancia.
-
¿Por qué has
querido volver aquí? – Preguntó la voz.
-
Fue la primera
vez que presencié a la muerte y sentí mucho miedo. No pude entenderla –Respondió.
La
voz dijo:
-
Despréndete de
todos tus miedos ahora.
La niña recordó de nuevo la
muerte de sus familiares: tres de sus hijos, padres, hermanos…
Una vez que se liberó de todo
aquello que no la dejaba continuar, la voz le dijo que cerrara la puerta y que
volviera al ventanal. Una vez allí prosiguió:
-
Concha, nacemos
para morir, y esa debería de ser razón suficiente para vivir más concienciados
con la muerte. La vida terrenal es solo el comienzo, un tránsito de aprendizaje
para todo lo que viene después, pero… ¿qué es la muerte?, ¿qué separa a la
muerte de la vida?
Junto al ventanal permanecía
un último cofre y un sobre.
Concha lo abrió y leyó en voz
alta:
-
La llave de Jose.
La voz resonó:
-
¿Quieres abrir
esta puerta?
La chica dijo que sí, a pesar
de no entender muy bien este mensaje. Al introducir la llave en la cerradura,
de nuevo le inundó la oscuridad. Más tarde la habitación se llenó de luz.
La silueta de una persona se
adivinaba en la lejanía.
-
¿Quién es? –
Preguntó la voz de nuevo.
-
Mi bisnieto mayor
– Contestó Concha con una amplia sonrisa.
Jose
se acercó a ella y le abrazó intensamente –Abuela, seguramente todos hubieran
querido venir, pero me he tomado la licencia de llegar hasta aquí, porque
quiero regalarte y entregarte esta última llave. Estamos todos contigo y...
¿sabes? Yo también tengo miedo, por eso he venido contigo. Pienso…que todos
tenemos en algún momento temor a la muerte porque no tenemos la certeza de lo
que va a haber después, de que todo se acabe, pero… ¿qué pasaría si supiéramos
que “allí” todo va a estar bien? Estoy seguro que ya no sufriríamos.
Quiero
tener el convencimiento de que vas a estar perfectamente, por eso quiero que
subamos tú y yo hasta el cielo.
Los
dos cerramos los ojos, mientras cruzábamos nuestras manos y empezábamos a notar
como nos alzábamos, llegando a alcanzar lo más alto, el cielo. Una vez allí,
junto a una gran nube, observamos como dos bellos ángeles custodiaban un gran
portón. Antes de darnos el último beso, una potente voz resonó, mientras mi
abuela abría su última puerta:
-
Vuela, vuela
lejos. Lejos, vuela, vuela y no mires hacia atrás porque la vida… LA VIDA NO
PUEDE MORIR CONTIGO.



