Se dirigió hacia la ventana,
todo lo que podía observar era el verde que inundaba la villa donde vivían. Un
hombre se aproximaba en la lejanía, llevaba un traje marrón y un maletín. De
repente observó como cada tres o cuatro pasos miraba hacia atrás, como si
temiese que alguien estuviera siguiéndole.
La campana de la casa suena
mientras Flory prepara su tocadiscos para escuchar el Concierto para piano, op.
78, del compositor español Isaac Albéniz.
Por un momento se escucha un pequeño revuelo procedente de la sala
primera, motivo por el que durante unos segundos detiene la melodía. A
continuación prosigue, pero alguien comienza a golpear la puerta. Es Luna, una
de las chicas del servicio de la casa que le pide que baje hasta la sala
central.
-
La señorita tiene
que bajar de inmediato al salón, su padre le está esperando. – Con un tono que
denota cierta inquietud.
Flory
se limita a bajar la larga escalera de caracol de madera de roble de la casa
familiar. A escasos peldaños de poner fin, su padre le interrumpe el paso. Con
semblante serio, acompañado del hombre desconocido y su madre, le comunica algo
que no logra comprender:
-Tienes
que recoger tus cosas y tomar un tren dentro de cuatro horas. En unas semanas
nos encontraremos en Italia. Es mejor que no hagas más preguntas. Sube arriba y
haz caso a lo que te digo.
La
joven permaneció durante unos segundos paralizada. Sería su primer viaje sola
pero, ¿a qué venía tanta prisa? Recordó las palabras de su padre…“Es mejor que
no hagas más preguntas”. Eso le bastó para reconducir su camino hacia su
habitación y preparar los enseres que se llevaría. De Yugoslavia a Italia.
Comenzó
a sacar alguno de sus vestidos preferidos, junto a algunos de sus abrigos a
juego con sus tocados. De nuevo la presencia de su padre, que se encontraba a
escasos pasos de la puerta, no solo le sobresalta, sino que le hace percatarse
de que algo verdaderamente importante sucede:
-
Pequeña, creo que
aún no eres consciente. No vas a poder llevar nada de eso. Ahora atiéndeme con
atención. Solo podrás llevar tu
acordeón. Y lo más importante, no podrás hablar con absolutamente nadie.
Recuerda, no podrás pronunciar ninguna palabra a no ser que sea con música. Si
alguien te pregunta tú le responderás cantando. ¿Me has entendido?
Flory
asintió con un ligero movimiento de cabeza.
Su
padre continuó:
-
Nunca has hablado
djudeo, no has tenido relación con judíos. Bórralo de tu cabeza. Eres serbia y
algo te impide hablar, a no ser que sea acompañado por una melodía. Si alguien escucha
tu acento sabrá quién eres y de dónde vienes. Sé que podrás hacerlo.
Dos
horas más tarde Floryka, que era así como la conocían en su entorno familiar,
embarcaba con una nueva identidad, Betty, tan solo acompañada por un acordeón.
Lo
que nunca imaginó aquella joven sefardí es que ese mismo tren, podría conducirle
a diferentes caminos. Podría convertirse en el tren de su salvación o en el
tren de su muerte.
Durante
su recorrido Flory se enfrentó a constantes interrogatorios por parte de
diferentes oficiales alemanes. Pronto acabaron conociéndola como la “loca del
acordeón”. Su talento innato con la música y posiblemente, su ignorancia, es
decir, no haberse preguntado realmente a lo que estaba enfrentándose, la
salvaron de un final oscuro.
Todas
las noches antes de que en los vagones dejaran de escucharse las últimas voces,
aquella chica amenizaba la velada a los allí presentes con melodías populares
sefardíes adaptadas al yugoslavo.
Cada
canción se traducía en un día más de vida, significaba que había escapado de la
muerte.

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