Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 28 de marzo de 2014

La canción de Floryka

 
Se encuentra tumbada en la colcha color canela. Lleva un largo vestido blanco que resalta aún más sus pendientes de rubíes. En sus manos porta los acordes de la nueva melodía que tenía que interpretar el próximo sábado. Unos días atrás había cumplido catorce años, aún se sentía agitada. No podía creer que  al fin le hubieran entregado el acordeón familiar del abuelo Jabolyda.

Se dirigió hacia la ventana, todo lo que podía observar era el verde que inundaba la villa donde vivían. Un hombre se aproximaba en la lejanía, llevaba un traje marrón y un maletín. De repente observó como cada tres o cuatro pasos miraba hacia atrás, como si temiese que alguien estuviera siguiéndole.

La campana de la casa suena mientras Flory prepara su tocadiscos para escuchar el Concierto para piano, op. 78, del compositor español Isaac Albéniz.  Por un momento se escucha un pequeño revuelo procedente de la sala primera, motivo por el que durante unos segundos detiene la melodía. A continuación prosigue, pero alguien comienza a golpear la puerta. Es Luna, una de las chicas del servicio de la casa que le pide que baje hasta la sala central.

-       La señorita tiene que bajar de inmediato al salón, su padre le está esperando. – Con un tono que denota cierta inquietud.

Flory se limita a bajar la larga escalera de caracol de madera de roble de la casa familiar. A escasos peldaños de poner fin, su padre le interrumpe el paso. Con semblante serio, acompañado del hombre desconocido y su madre, le comunica algo que no logra comprender:

-Tienes que recoger tus cosas y tomar un tren dentro de cuatro horas. En unas semanas nos encontraremos en Italia. Es mejor que no hagas más preguntas. Sube arriba y haz caso a lo que te digo.

La joven permaneció durante unos segundos paralizada. Sería su primer viaje sola pero, ¿a qué venía tanta prisa? Recordó las palabras de su padre…“Es mejor que no hagas más preguntas”. Eso le bastó para reconducir su camino hacia su habitación y preparar los enseres que se llevaría. De Yugoslavia a Italia.

Comenzó a sacar alguno de sus vestidos preferidos, junto a algunos de sus abrigos a juego con sus tocados. De nuevo la presencia de su padre, que se encontraba a escasos pasos de la puerta, no solo le sobresalta, sino que le hace percatarse de que algo verdaderamente importante sucede:

-       Pequeña, creo que aún no eres consciente. No vas a poder llevar nada de eso. Ahora atiéndeme con atención.  Solo podrás llevar tu acordeón. Y lo más importante, no podrás hablar con absolutamente nadie. Recuerda, no podrás pronunciar ninguna palabra a no ser que sea con música. Si alguien te pregunta tú le responderás cantando. ¿Me has entendido?

Flory asintió con un ligero movimiento de cabeza.

Su padre continuó:
 
-       Nunca has hablado djudeo, no has tenido relación con judíos. Bórralo de tu cabeza. Eres serbia y algo te impide hablar, a no ser que sea acompañado por una melodía. Si alguien escucha tu acento sabrá quién eres y de dónde vienes. Sé que podrás hacerlo.

Dos horas más tarde Floryka, que era así como la conocían en su entorno familiar, embarcaba con una nueva identidad, Betty, tan solo acompañada por un acordeón.

Lo que nunca imaginó aquella joven sefardí es que ese mismo tren, podría conducirle a diferentes caminos. Podría convertirse en el tren de su salvación o en el tren de su muerte.

Durante su recorrido Flory se enfrentó a constantes interrogatorios por parte de diferentes oficiales alemanes. Pronto acabaron conociéndola como la “loca del acordeón”. Su talento innato con la música y posiblemente, su ignorancia, es decir, no haberse preguntado realmente a lo que estaba enfrentándose, la salvaron de un final oscuro.

Todas las noches antes de que en los vagones dejaran de escucharse las últimas voces, aquella chica amenizaba la velada a los allí presentes con melodías populares sefardíes adaptadas al yugoslavo.

Cada canción se traducía en un día más de vida, significaba que había escapado de la muerte.

viernes, 14 de marzo de 2014

El 14 de enero


Me he dado cuenta de que cuanta más belleza se muestra en el exterior, mayor es la tormenta que pervive dentro.

Hubiese querido haber leído cualquier otra cosa. El anuncio de un nuevo proyecto teatral, cinematográfico o tu regreso a los Estados Unidos.

No eras mi mejor amigo, no nos dio tiempo. Pero el tiempo no determina nada, tan solo tú y yo sabemos lo que vivimos: nuestras largas conversaciones, nuestros interminables paseos por la gran manzana, nuestras risas, nuestras lágrimas, todos aquellos momentos han quedado para nosotros, imborrables e infranqueables.

Ahora trato de darle algún sentido a todo lo sucedido, pero desgraciadamente no puedo encontrarlo. Es posible que ahora entienda ciertas cosas que me confiaste o ciertos aspectos a los que no supe dar respuesta en su momento.

Recuerdo el día en que la vida nos encontró en Manhattan, los dos de Madrid, ambos actores, pero algo quiso que nos conociéramos allí. ¡Por alguna razón sería! Si hay algo con lo que tuviera que identificarte, sería con una amplía sonrisa. ¡Despendrías luz!

Los dos llegamos a Nueva York cargados de ilusión.  Una de nuestras metas era vivir en aquella ciudad con la que tantas veces soñamos, ¡Lo conseguimos! ¡Los dos estuvimos allí, lo pudimos hacer realidad!

No quiero pensar que es demasiado tarde, nunca es demasiado tarde. Bien es cierto que quizás no todo se desarrolló como ambos hubiéramos deseado, pero verdaderamente pienso que las personas no mueren si permanecen en la memoria de las personas, y tú desde luego estarás en la mía hasta el día que volvamos a reencontrarnos.
 
Me has enseñado algunas cosas importantes, tal vez contigo me haya percatado de que todos debemos estar más alerta. No solo tenemos que reaccionar cuando alguien nos pida o nos diga algo. Un silencio, una mirada, a veces significan precisamente eso.

¿Sabes? A veces cierro los ojos y nos veo a los dos caminando por Nueva York, felices, como cuando llegamos. Trato de recuperar cada instante, cada detalle para alargarlo lo máximo posible, y cuando abro los ojos todo vuelve a la realidad, pero creo que una parte de nosotros se ha quedado allí para siempre. Sí Jesús, en alguna parte los dos seguimos caminando por alguna calle de Nueva York, seguimos viviendo nuestro sueño.