Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 15 de noviembre de 2013

Volver a nacer

 

Karen se sitúa frente al espejo. Se observa a una distancia prudente.  Primero gira su cabeza hacia el lado derecho, examina la nueva tonalidad de su cabello. Se lo ha aclarado, parece satisfecha. Después toma su estuche de pinturas con la intención de aclarar sus facciones, con una base, dos tonos más claros al tono de su piel. Ella no sabe que de esta forma acentúa aún más sus rasgos hispanos, justo el efecto contrario al que desea.

El aire de la gran manzana hoy sopla con fuerza, parece que silva entre sus rascacielos.   Una señora con un abrigo con estampado de tigre. La camioneta que recoge a los panchos. Un taxi que presiona su claxon. El humo de las chimeneas. La gente se arremolina ante la entrada del Mcdonalds de Penn Statión.

-          Una prostituta moribunda en el suelo.
-          ¿Qué ha pasado?
-          ¡Qué asco!
-         ¿Una transexual?
-          ¡Son enfermos!
-          ¿Lo viste?
-          ¿Me deja pasar?
-          ¡Llego tarde!
-          ¡Quítense!
-          ¡Me vertió el café!
-          ¡Sí, ha muerto!         

Eugenia espera en su casa de Manhattan a la joven mexicana a la que ha contratado para que le ayude con las tareas de la casa. Hace unos meses le diagnosticaron parkinson, y la enfermedad comienza a hacer mella. Le aterra pensar en volver a ser dependiente, no soporta la idea. Se mira frente al espejo mientras peina su sedoso pelo blanco. A continuación perfila sus labios con un rojo intenso y se coloca los cuellos de su camisa de seda morada. Está radiante y goza de una elegancia innata.

La joven mexicana toma la calle a mano derecha, mira su reloj. Tiene tiempo, va bien de hora. Trata de quitarse todas las preocupaciones de su cabeza, quiere centrarse en el trabajo y desea causar buena impresión, pero apenas puede.

No, ella no le ama. A veces trata de engañarse, o mejor dicho compensar su falta de afecto pensando en todo lo positivo: es bueno con ella, parece que la quiere, dispone de un trabajo que le reporta un buen sueldo, y lo más importante, la posibilidad de mantenerse de forma legal en el país. ¿Algún día podría enamorarse de él?

Respira profundamente, traga saliva y su corazón le responde:

 - ¡NO!

¿Tendría que mantenerse el resto de su vida con alguien por el que no sentía ni una mínima atracción? - ¡No!- Le respondía su otra parte. Sería un máximo de cinco años.

La señora de la casa, que provenía de una familia aristócrata española venida a menos, había emigrado hasta los Estados Unidos en los años 50 tras haber contraído matrimonio con un burgués de la zona. Uno de esos matrimonios de conveniencia frecuentes de la época, orquestado por la familia de ambos: ellos ponían el título nobiliario y los Villarubia el dinero.

Se miraba en el espejo y recordaba con nostalgia su tez tersa, su larga trenza de antaño y aquellos vestidos de las boutiques francesas que nunca le dejaban ponerse, porque eran demasiados cortos. Se daba cuenta que ya no era una niña y que nunca podría recuperar la felicidad que le habían arrebatado. Aquel tiempo en el que soñaba con ser una de esas princesas que se enamoraban de príncipes lejanos cuyo amor podía cambiar el mundo.

Con total honestidad, era consciente, que la viudedad le había otorgado la paz que ella ansiaba. Al menos no tenía que soportar levantarse al lado de un ser que despreciaba, y que en ningún momento le había puesto las cosas fáciles. Desde el primer día le dejó claro que sería suya hasta el día que  muriera, y así fue.

-          ¡Ilusa, qué ilusa!- Pensaba Eugenia después de ponerse el collar de perlas, mientras recordaba el momento en el que el doctor Villar le comunicó que padecía una enfermedad degenerativa.

Días atrás había pensado que quizá la vida le daría una segundad oportunidad, que podría aprender a ser feliz aún estando cerca de la vejez, que tendría tiempo para borrar su pasado, que podría volver a soñar…

Miraba esa cama en la que tantas lágrimas había derramado, la misma que compartía con ese sujeto que le hacia sentir el ser más insignificante del mundo. Aún temblada cuando pensaba en las noches. Aquel momento en el que tenía que compartir lecho con la persona que le repugnaba. Más de alguna vez había pensado en envenenarlo, en deshacerle de él, pero cómo era la vida…le había cuidado hasta en su leche de muerte, tras una larga enfermedad.

El timbre de la puerta le sobresaltó, alguien llamaba, seguramente fuera la nueva asistenta. Nada más abrir hubo un incomodo cruce de miradas. A Eugenia le resultó novedosa aquella extraña situación, nunca la había experimentado.

Pasaron los días y el distanciamiento entre ambas era cada vez más notable. Eugenia trató de solventar aquellos largos y tediosos momentos incómodos, por lo que optó por un acercamiento. Sabía que ella no disponía de un permiso de trabajo. De hecho había barajado la posibilidad de arreglar su situación legal si las cosas iban bien, pero antes deseaba conocer un poco su historia: cómo había llegado hasta allí, de dónde venía…

-          Karen, ¿de dónde eres? - Le preguntó mientras le ayudaba a terminar de sacar la compra
 
-          Soy de Nueva York señora.  - respondió con un sonado acento hispano.

La española quedó sorprendida ante su respuesta, por un momento pensó en no proseguir con la ronda de preguntas, pero no soportaba la idea de que alguien le tomara el pelo en su propia casa. Ella sabía perfectamente que no podía trabajar de manera regular en los Estados Unidos. De hecho, su amiga Christien, nexo de unión entre ambas, le había puesto en antecedentes. Le sobrecogió que una joven de 22 años estuviera sola en aquella selva. Esa fue la razón por la que consideró ayudarla.

Pensó en lo importante que hubiera sido que alguien le hubiera echado una mano en sus 22 años, cuando tuvo que casarse obligada con un hombre al que no amaba.

Al día siguiente Karen le pidió permiso para que hablaran en el salón. Allí le confesó que se sentía avergonzada por sus orígenes hispanos y su deseo de convertirse en norteamericana y vivir como una ciudadana más.

Eugenia quedó asombrada:

-          Jamás reniegues de lo que eres. Hay muchas razones por la que debes de sentir orgullo por venir de donde vienes.
 
-          ¿De verdad? – respondió incrédula la chica.
 
-          Si tu sueño es permanecer en los Estados Unidos adelante, pero mantente alerta, observa, escucha, porque muy pronto te darás cuenta que tú eres igual que ellos. Los Estados Unidos es el país que es porque conseguimos formarlo entre todos: ingleses, hispanos, italianos, griegos… y es por ello que todos merecemos el mismo respeto, y debemos tener la misma consideración. Sin la ayuda de todos, esto no hubiera sido posible.- Sentenció la española.

La mexicana se fue pensativa a casa, aún le quedaban dos meses para permanecer en USA de manera legal. No quería volver a su país natal. No tenía una familia estable. Ni siquiera quería rememorar todos los problemas que había dejado atrás. En realidad no estaba huyendo, sabía que no podía huir eternamente. Tenía la certeza que tarde o temprano, los problemas volverían a aparecer a su acecho. Deseaba tranquilidad, una nueva vida, ser independiente. Por ello, no se encontraba segura de si valía la pena poner en riesgo su libertad, volver a cargar con una dependencia de un hombre que si quería podía tenerla atada de píes y manos. Ella sabía que en el momento que se firmaran los papeles, él tenía el poder. ¿De que huía?, la joven creía no tener respuesta, o al menos esa era su forma de no querer afrontar una verdad. La verdad que en muchos casos no queremos descubrir.

Seguramente la mayoría de nosotros hemos sentido esta misma sensación en algún momento. Aquel instante en el que afirmamos no saber lo que nos pasa, aún sabiendo que no es verdad.  Pero tarde o temprano acabamos cogiendo esa llave que abre una puerta que se debe de abrir, para descubrir lo que hay tras ella, o para cerrarla para siempre.

Esa misma noche, la joven aceptó, bajó una inmensa presión, el ofrecimiento de matrimonio de Fernando, el dominicano con nacionalidad americana, 24 años mayor que ella.

A la mañana siguiente, le inundó un tremendo desconsuelo al divisar la gran manzana, desde los cristales del ático de la casa donde trabajaba. A ella le hubiera gustado otro final para su película en la ciudad que nunca duerme.

Karen sacó de su bolso una foto en la que aparecía con Fernando. Permaneció inmóvil durante unos instantes, seguidamente imaginó cómo sería la vida al lado de una persona por la que no se siente nada. El llanto volvió de nuevo y se apoderó de ella.

A escasos metros Eugenia observaba con atención la escena. Se acercó con cuidado y una vez que notó que estaba más calmada le dijo:

-          No tienes que decirme nada, te he seguido. Sé que habéis ido al registro, que vas a casarte. Tan sólo quiero hacerte una pregunta, ¿Le quieres?

La chica no pudo redimir los sollozos. Eugenia cogió su mano derecha con la intención de tranquilizarla:

-          Hace unos años, hubo una chica de 22 años que fue obligada a casarse con alguien al que no quería. No había una razón de peso, tan sólo cumplió el deseo de su familia. No quiso desafiar la sociedad del momento. Esa mujer vivió durante décadas sumida en la tristeza, perdiéndose la belleza del mundo exterior, encerrada tras una puerta. Esperando a que algo sucediese. La puerta se abrió, pero ya era demasiado tarde pues la muerte comenzó a acechar su vida.

Es posible que tú y yo no estemos aquí por casualidad. Es posible que esto ocurriera, a esa muchacha que era yo, para hacerte ver que un error puede marcar toda una vida.

De repente, el teléfono de la joven comenzó a sonar. En el móvil aparece el nombre de su novio Fernando. La española retoma la conversación:

-          Hoy eres tú la que puedes decidir si quieres una nueva vida. Puedes quedarte aquí, no tienes que volver a tu casa.

Eugenia la sitúa de nuevo frente al cristal del salón:

-          Mira, ¿Ves Nueva York? Estamos en el S. XXI. ¡Ahora somos libres!

Karen se acerca sigilosamente tras la ventana mientras tira su teléfono móvil.

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