Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 21 de diciembre de 2012

Esperanza



Cristina había intentando sin éxito por todos los medios que estaban a su alcance, ser madre. Los médicos le habían advertido, que tanto ella como su marido estaban en perfectas condiciones.  Por ello, los expertos apuntaban que era más que probable que una de las causas que le impedían su ansiado deseo era el estrés al que estaba sometida.

Tenía 42 años, y estaba prácticamente concienciada de que su edad hacía aun más compleja su situación. Llevaba 14 años intentando buscar un niño, incluso había viajado hasta una de las mejores clínicas de inseminación “in Vitro”, aunque siempre sin éxito.

Sus ansias por ser madre les habían llevado, tanto a ella como a su marido, a plantearse la posibilidad de la adopción. De hecho, ya habían estado informándose, y estaban en proceso de presentar toda la documentación.

Por otro lado, Cristina y su marido vivían en una situación compleja, residían en una pequeña aldea a 27 kilómetros de Soria. Ambos habían crecido, se habían conocido y se habían enamorado allí. Cuando eran jóvenes casi una centena de habitantes vivía en la localidad, pero ahora la realidad era bien distinta, apenas una decena de personas componían su censo. Hacía 42 años que ningún niño se había inscrito en la aldea.

Villa de Castalejo, (que así se llamaba la aldea), había pasado a manos privadas en el año 2004. La Junta de Castilla y León se negaba a invertir un solo euro en el entorno, alegando que era una localidad prácticamente despoblada, destinada al abandono. La incapacidad de hacer frente a algunos servicios imprescindibles, había llevado a acoger con cierto agrado la oferta de un empresario madrileño, el cual se comprometía a comprar el pueblo al completo, y con ello sus casas. A cambio podrían disfrutar de los servicios que demandaban, e incluso a algunas mejoras. La cláusula que más controversia había creado entre sus habitantes era en la que se exponía, que en el año 2025, las 8 casas que habían sido vendidas, junto a otros edificios allí levantados, tendrían que ser dispuestas a manos del empresario,  para uso y disfrute exclusivo del dueño.

Fueron muchos los que argumentaron que no estaban dispuestos a vender sus raíces, y la tierra donde habían crecido, pero finalmente convenció más la opción de que en 25 años la vida daba muchas vueltas, y que incluso era probable que en ese tiempo creciera tanto la aldea, que fuera inviable que una sola persona pudiera hacer frente a todo.

Pero para sorpresa de todos, a finales del año 2012,en plenas navidades, los habitantes de Villa de Castalejo recibían una notificación en la que se informaba que en el plazo de un año debían de abandonar sus casas, tal y como se apuntaba en la cláusula 33.a. En ella se concretaba que si en el plazo de diez años no se producía ningún nacimiento, el contrato rescindiría a finales del 2013.

Ninguno de los habitantes de Castalejo entendía como se les podía haber pasado algo tan importante. Lo cierto es que los abogados les habían dicho que poco se podía hacer, a no ser que se produjera, tal y como se indicaba, el nacimiento de un niño. Esto conllevaría la continuación del “contrato” por 15 años más.

La desolación era absoluta, puesto que las únicas personas que podían evitar el “desahucio” eran Cristina y su marido, Pedro, ya que las demás personas ni por asomo se encontraban en edad “fértil”.

Habían trascurrido dos meses desde la notificación, y algunos de los habitantes de la aldea comenzaban a trasladar sus enseres,  para evitar alargar una agonía de la que todos conocían el final. Pero Pedro y su mujer no se dejaron llevar por el negativismo en esta ocasión. Por ello acudieron a la última misa que ofició el párroco en la iglesia, antes de marcharse a otra localidad, para pedir a Dios que les concediera el deseo de ser padres, y a su vez, permitir la continuidad y la “vida” de los habitantes de Villa de Castalejo.

Cristina pidió a su marido y a Luis, el sacerdote, que le dejaran unos minutos más sola, y que más tarde ella misma se encargaría de cerrar el templo.

Las luces se apagaron y la mujer quedó de rodillas en la primera de las filas de la iglesia, ante la virgen de la Soledad, iluminada por unas cuantas velas, que horas antes habían sido encendidas por ella misma. Cristina terminó los rezos, sopló las últimas velas que permanecían iluminadas, y deambuló entre la oscuridad.

Meses más tarde, milagro o casualidad, la mujer recibía la noticia de que estaba embarazada. Ni su marido ni ella misma podían creerlo. Rápidamente comenzaron a presentar toda la documentación pertinente para probar que antes de que acabara el año, un nuevo habitante nacería en Castalejo. Concretamente el 24 de diciembre, Cristina saldría de cuentas.

Pero la noticia que había cambiado el rumbo de los habitantes de la aldea, se vio truncada un mes y medio más tarde, cuando los médicos descubrieron que a punto de cumplirse el cuarto mes de embarazo algo iba mal. La prueba de la amniocentesis confirmó que el feto estaba sufriendo algún tipo de malformación, y en el caso de seguir adelante con el embarazo, el niño sufriría daños cerebrales importantes. Los médicos no fueron nada positivos, comentándoles a los padres que era más que probable que las lesiones fueran incompatibles con la vida.

Los futuros padres recibieron la noticia como un jarro de agua fría y estuvieron pensando en interrumpir el embarazo, tal y como les habían recomendado los médicos. Cristina, ese mismo día, cogió las llaves de la iglesia, ya que se había prestado al cuidado y a la apertura del templo hasta su partida, y situándose frente al altar, ante la virgen de la Soledad, volvió a arrodillarse, tal y como lo había hecho meses atrás, y le pidió respuestas. Al instante, la mujer sintió una patada del pequeño que llevaba dentro. En ese momento supo que debía de seguir adelante con el embarazo.

El 24 de diciembre a las 00:00 de la noche nacía Esperanza en el hospital de Soria. Los médicos anunciaron a sus padres, que tal y como habían pronosticado, la pequeña sufría importantes daños cerebrales, y que era posible que falleciera. Sin embargo la pequeña Esperanza luchó por seguir adelante. Más tarde, los médicos advirtieron a los papás de que la bebé había superado un duro trance, pero que por ejemplo, no podría realizar acciones tan básicas como sonreír o mantenerse en pie. Pero Esperanza, con el esfuerzo de sus padres, especialistas y de ella misma, consiguió “pasito a pasito” cosas que en un principio parecían inviables.

Esperanza podía sonreír, e incluso distinguir quién era su padre o quién era su madre. Es más, nada más cumplir los cinco años, ya luchaba por mantenerse en pié.

La pequeña era una muestra de que pese a las tempestades y dificultades, había luz después del túnel. No sólo se había convertido en la alegría de una casa, que llevaba esperándola durante catorce años, sino que se había convertido en el ejemplo de lucha de muchos niños en las mismas circunstancias, y sobre todo, en la ESPERANZA de continuación de todo un pueblo y sus familias.



* Para los cristianos, cada año se renueva la ESPERANZA con el nacimiento de Jesús.
¡FELIZ NAVIDAD!


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