Cristina había intentando sin éxito por todos los medios que estaban a su alcance, ser madre. Los médicos le habían advertido, que tanto ella como su marido estaban en perfectas condiciones. Por ello, los expertos apuntaban que era más que probable que una de las causas que le impedían su ansiado deseo era el estrés al que estaba sometida.
Tenía 42 años, y estaba prácticamente concienciada
de que su edad hacía aun más compleja su situación. Llevaba 14 años intentando
buscar un niño, incluso había viajado hasta una de las mejores clínicas de inseminación
“in Vitro”, aunque siempre sin éxito.
Sus ansias por ser madre les habían llevado, tanto a ella como a su marido, a plantearse la posibilidad de la adopción. De hecho, ya
habían estado informándose, y estaban en proceso de presentar toda la
documentación.
Por otro lado, Cristina y su marido vivían en una situación
compleja, residían en una pequeña aldea a 27 kilómetros de
Soria. Ambos habían crecido, se habían conocido y se habían enamorado allí.
Cuando eran jóvenes casi una centena de habitantes vivía en la localidad, pero
ahora la realidad era bien distinta, apenas una decena de personas componían su
censo. Hacía 42 años que ningún niño se había inscrito en la aldea.
Villa de Castalejo, (que así se llamaba la aldea), había pasado a
manos privadas en el año 2004. La Junta de Castilla y León se negaba a invertir
un solo euro en el entorno, alegando que era una localidad prácticamente
despoblada, destinada al abandono. La incapacidad de hacer frente a algunos
servicios imprescindibles, había llevado a acoger con cierto agrado la oferta
de un empresario madrileño, el cual se comprometía a comprar el pueblo al
completo, y con ello sus casas. A cambio podrían disfrutar de los servicios
que demandaban, e incluso a algunas mejoras. La cláusula que más
controversia había creado entre sus habitantes era en la que se exponía, que en
el año 2025, las 8 casas que habían sido vendidas, junto a otros edificios allí
levantados, tendrían que ser dispuestas a manos del empresario, para uso y disfrute exclusivo del dueño.
Fueron muchos los que argumentaron que no estaban dispuestos
a vender sus raíces, y la tierra donde habían crecido, pero finalmente
convenció más la opción de que en 25 años la vida daba muchas vueltas, y que
incluso era probable que en ese tiempo creciera tanto la aldea, que fuera
inviable que una sola persona pudiera hacer frente a todo.
Pero para sorpresa de todos, a finales del año 2012,en
plenas navidades, los habitantes de Villa de Castalejo recibían una
notificación en la que se informaba que en el plazo de un año debían de abandonar
sus casas, tal y como se apuntaba en la cláusula 33.a. En ella se concretaba que si en el plazo
de diez años no se producía ningún nacimiento, el contrato rescindiría a
finales del 2013.
Ninguno de los habitantes de Castalejo entendía como se les
podía haber pasado algo tan importante. Lo cierto es que los abogados les habían dicho que poco se podía hacer, a no ser que se produjera, tal y como se
indicaba, el nacimiento de un niño. Esto conllevaría la continuación del
“contrato” por 15 años más.
La desolación era absoluta, puesto que las únicas personas
que podían evitar el “desahucio” eran Cristina y su marido, Pedro, ya que las
demás personas ni por asomo se encontraban en edad “fértil”.
Habían trascurrido dos meses desde la notificación, y algunos
de los habitantes de la aldea comenzaban a trasladar sus enseres, para evitar alargar una agonía de la que
todos conocían el final. Pero Pedro y su mujer no se dejaron llevar por el
negativismo en esta ocasión. Por ello acudieron a la última misa que ofició el
párroco en la iglesia, antes de marcharse a otra localidad, para pedir a Dios
que les concediera el deseo de ser padres, y a su vez, permitir la continuidad
y la “vida” de los habitantes de Villa de Castalejo.
Cristina pidió a su marido y a Luis, el sacerdote, que le
dejaran unos minutos más sola, y que más tarde ella misma se encargaría de
cerrar el templo.
Las luces se apagaron y la mujer quedó de rodillas en la
primera de las filas de la iglesia, ante la virgen de la Soledad, iluminada por
unas cuantas velas, que horas antes habían sido encendidas por ella misma.
Cristina terminó los rezos, sopló las últimas velas que permanecían iluminadas,
y deambuló entre la oscuridad.
Meses más tarde, milagro o casualidad, la mujer recibía la
noticia de que estaba embarazada. Ni su marido ni ella misma podían creerlo.
Rápidamente comenzaron a presentar toda la documentación pertinente para
probar que antes de que acabara el año, un nuevo habitante nacería en
Castalejo. Concretamente el 24 de diciembre, Cristina saldría de cuentas.
Pero la noticia que había cambiado el rumbo de los
habitantes de la aldea, se vio truncada un mes y medio más tarde, cuando los
médicos descubrieron que a punto de cumplirse el cuarto mes de embarazo algo
iba mal. La prueba de la amniocentesis confirmó que el feto estaba sufriendo
algún tipo de malformación, y en el caso de seguir adelante con el embarazo, el
niño sufriría daños cerebrales importantes. Los médicos no fueron nada
positivos, comentándoles a los padres que era más que probable que las
lesiones fueran incompatibles con la vida.
Los futuros padres recibieron la noticia como un jarro de
agua fría y estuvieron pensando en interrumpir el embarazo, tal y como les
habían recomendado los médicos. Cristina, ese mismo día, cogió las llaves de la
iglesia, ya que se había prestado al cuidado y a la apertura del templo hasta
su partida, y situándose frente al altar, ante la virgen de la Soledad, volvió a arrodillarse, tal y como lo había hecho meses atrás, y le pidió respuestas. Al instante, la
mujer sintió una patada del pequeño que llevaba dentro. En ese momento supo que
debía de seguir adelante con el embarazo.
El 24 de diciembre a las 00:00 de la noche nacía Esperanza en el hospital de Soria. Los médicos anunciaron a sus padres, que tal y como
habían pronosticado, la pequeña sufría importantes daños cerebrales, y que era
posible que falleciera. Sin embargo la pequeña Esperanza luchó por seguir adelante.
Más tarde, los médicos advirtieron a los papás de que la bebé había superado un
duro trance, pero que por ejemplo, no podría realizar acciones tan básicas como
sonreír o mantenerse en pie. Pero Esperanza, con el esfuerzo de sus
padres, especialistas y de ella misma, consiguió “pasito a pasito” cosas que
en un principio parecían inviables.
Esperanza podía sonreír, e incluso distinguir quién era su padre o quién
era su madre. Es más, nada más cumplir los cinco años, ya luchaba por
mantenerse en pié.
La pequeña era una muestra de que pese a las tempestades y
dificultades, había luz después del túnel. No sólo se había convertido en la
alegría de una casa, que llevaba esperándola durante catorce años, sino que se había
convertido en el ejemplo de lucha de muchos niños en las mismas circunstancias,
y sobre todo, en la ESPERANZA de continuación de todo un pueblo y sus familias.

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