Apreté el botón de la
grabadora y llegó el silencio.
Teresa negaba con la cabeza, y
sus ojos vidriosos advertían que estaba a punto de romper a llorar.
Yo le asentí con la cabeza,
enviándole fuerzas y advirtiéndole de que nada malo le podría suceder. Cogí su
mano derecha, le apreté ligeramente intentándole ofrecer apoyo y sobre todo
seguridad.
Teresa cerró los ojos,
suspiró, y comenzó a relatarme su historia:
-
Tenía diecisiete
años. Vivía en un pequeño pueblo de Sevilla, corría el año 64. Mi familia era bastante
conocida. Por aquel entonces, mi padre era el alcalde del municipio. Teníamos
una posición acomodada y disponíamos de numerosas tierras, no sólo en el lugar
donde residíamos, sino en toda la provincia.
Yo…
era una chica normal, iba a un colegio de monjas junto a mi hermana pequeña,
Inés. Era una muchacha inocente. Quizá algo infantil para mi edad,
completamente supeditada a las directrices autoritarias de mi padre. En
primavera conocí a Antonio, un chico tres años mayor que yo que trabaja en la
panadería de enfrente de mi colegio. Solía venir a buscarme a la salida, para
acompañarme hasta casa. Sin apenas darme cuenta me enamoré perdidamente de él.
Pronto le llegaron a mi padre los rumores de nuestro idilio (comienza a caerle
la primera lágrima a Teresa).
Me
prohibió terminantemente verme con él, alegando que pertenecíamos a clases
sociales diferentes. Papá terminó la conversación dando un fuerte golpe en la
mesa de madera de su despacho.
Cinco
meses después me quedé embarazada. No te quiero ni contar la serie de adjetivos
que me profirió. Primero me dio una bofetada, después llegó mamá alertada por
los gritos, y se interpuso entre los dos. De no haber llegado no sé lo que
hubiese pasado.
No
me dieron opción, me dijeron que el niño o yo.
Dos
días después, papá parecía que había reflexionado. Me dijo que tendría a mi
hijo en Madrid, que viviría en una casa de acogida para mujeres solteras,
asistida por monjas, que me ayudarían. Aquí comenzaría su diabólico plan.
Salí
del pueblo sin poder despedirme de mi novio Antonio, y con la incertidumbre de
no saber con qué iba a encontrarme.
Al
llegar en autobús a Madrid, me recogió una monja, concretamente Sor Aurora. Tenía
la cara llena de arrugas y parecía muy mayor. Un chófer nos esperaba dentro de
un gran coche negro.
Cuarenta
minutos más tarde llegaríamos hasta la residencia de la congregación, para la
acogida de madres solteras.
Ninguna
de las chicas que allí residían llegaba a los 21 años de edad. Habían venido de
casi todas las provincias de España, cada una de ellas por un motivo diferente.
Me llamó poderosamente la atención que todas, excepto yo, venían de un ambiente
con grandes dificultades económicas, es más, la gran mayoría no sabía ni leer ni
escribir.
La
estancia era gratuita, pero a cambio, nosotras nos encargábamos de las tareas
de la limpieza, del cuidado de los jardines, colada, comida, además de realizar
algunos trabajos de costura, etc. (mi padre me advirtió que ahora me daría
cuenta de la dureza de la vida)
Las
jornadas de trabajo eran, en ocasiones, de más de 10 horas.
En
el octavo mes de mi embarazo empecé a manchar –Teresa comienza de nuevo a llorar con fuerza, apretando
fuertemente sus labios. Yo no podía más, pero me hacían seguir trabajando. En
esa ocasión estaba limpiando el largo pasillo de entrada.
El
último mes lo pasé en la cama, de reposo absoluto. Por primera vez parecían
prestarme atención, con todo tipo de cuidados.
Apenas
tenía contacto con mi familia, mis padres ni siquiera vinieron a verme en
navidades. Mi madre y mi hermana pequeña Inés, eran las únicas que solían
escribirme una vez al mes.
El
27 de mayo de 1965 a
las 22:00 horas, empecé a tener fuertes contracciones. De nuevo, el coche negro
apareció, aunque esta vez la hermana Angustias me acompañó. Comenzábamos el
camino hasta Madrid. Semanas atrás me habían comunicado que tendría a mi niño
en la Clínica Santa Cristina, y que ellas mismas me ayudarían a encontrar un
trabajo en la capital, y un lugar para vivir con el pequeño.
Siento
escalofríos –Teresa se coge con fuerza a
la silla sobre la que está sentada. Habían anunciado en el telediario que esa
misma noche habría un eclipse lunar.
El
dolor era tan fuerte que en ciertos momentos creía que iba a perder la
consciencia. Me asomé por el cristal, y pude ver como la luna comenzaba a ocultarse
fruto del eclipse.
No
llegamos a la clínica hasta pasadas las 22:30 horas, mire el reloj antes de que
me montaran en la camilla. Dos horas más tarde, a las 00:00 h, me bajaron a
quirófano, justo en el momento en que empezó a sonar un potente reloj que
adornaba el oscuro pasillo que conducía hasta la sala de operaciones.
El
Doctor Manuel me dijo que ya estaba todo listo, que ya había pasado lo peor,
pero que tenía que empujar un poco más. Pero yo no podía más. Estaba chorreando
de sudor, y había perdido más sangre de lo habitual. Estaba a punto de
desfallecer, e incluso pensé que iba a morir.
Tengo
algunas lagunas, por lo que no sé cuánto tiempo transcurrió. Me encontraba algo
débil, pero creí escuchar:
-
¿Hora del
nacimiento? –Alguien contestó que a las
00.35
El
doctor pidió que me pusieran sangre, más tarde dijo:
-
Yo aquí ya no
tengo nada que hacer, yo no quiero saber nada.
Al
instante vino una enfermera que me dijo que había tenido una niña.
-
¿Cómo la vas a
llamar? –me preguntó dulcemente.
-
¡Carmen! Se va a
llamar Carmen –le respondí.
Pero
el encuentro se vio interrumpido con la llegada de una monja, a la que nunca
antes había visto. La enfermera estaba a punto de entregarme a mi hija en
brazos, cuando sobresaltada gritó:
-
¿Pero…qué haces?
¿cómo le entregas a la niña?
La
enfermera retrocedió y le entregó mi hija a aquella mujer.
Inmediatamente
yo pregunté:
-
¿Qué pasa?
La monja contestó:
-
¡Esta niña no ha
nacido bien! ¡Que se la lleven!
Yo intenté recomponerme, e
incluso levantarme de la camilla, pero ella me lo impidió. No sé de dónde saqué
las fuerzas, pero pedí explicaciones:
-
¿Qué le pasa?, ¿a
dónde se la llevan?
La monja miró para otro lado
y me dijo:
-
La niña…no
respiraba – dijo en un tono dubitativo y bajo.
La angustia y el terror se
apoderaron de mí.
-
¿Qué? ¿Cómo? Pero
si la he escuchado llorar, ¡estaba llorando!
Comencé a gritar
desesperadamente:
-
¡Quiero ver a mi
hija! ¡Llévenme dónde la tengan!
En ese momento estuve a punto
de caerme de la camilla. Estaba
dispuesta a ir donde fuera.
A los minutos, no sin antes
de haberme suministrarme algo por una de las vías que tenía, me trajeron a mi
hija. Me dijeron que había muerto. No podía ver su rostro. La medicación
comenzaba a surtir efecto:
-
Acérquemela…
quiero darle un beso –les pedí entre
susurros.
Los ojos se me cerraban, pero
yo luchaba para que no sucediese. Sentí hielo, un hielo que llegaba a quemar.
Besé su rostro, y de nuevo se la llevaron. Miré por la ventana de la izquierda
de la ventana, la luna ya se había ocultado por completo.
Al día siguiente volví a la
residencia, me resultó extraño que no me dejaran despedirme de ninguna de mis
compañeras. En el autobús de vuelta pensé sobre ello. No había caído en la cuenta
de que todas las chicas que salían de la casa después de alumbrar,
“desaparecían”. Nadie volvía a hablar de ellas, siempre con alguna excusa.
Jamás podré olvidar la cajita
donde me dijeron que enterraban a mi hija.
Tuve serios problemas. Les
amenacé con denunciarles si no me dejaban ir a su entierro. Hasta tuvieron que
arrancarme de la lápida de mi hija Carmen.
Al llegar al pueblo, Papá ya
no parecía enfadado, pero tampoco sorprendido. Me extrañó muchísimo que no se
compadeciera del dolor de una madre después de haber perdido a su hijo.
Mes y medio más tarde, una
calurosa mañana de julio, el teléfono comenzó a sonar. Papá atendió la llamada
en su despacho. Yo, procedía a volver a mi habitación cuando le escuché:
-
¿Entonces la niña
está bien? ¡Con esa gente no le faltará de nada! Me alegró de que se la hayáis
entregado a esa familia. Leí en el periódico que no podían tener hijos. Os lo
agradezco mucho… es lo único que os pedí, que estuviera en buenas manos.
Me volví fuera de mí, abrí la
puerta de su despacho, y tiré hacía él
golpeándolo:
-
¡Mi hija! ¡Dónde
está mi hija!
Perdí el conocimiento. Más
tarde desperté en un centro psiquiátrico. La maldad de mi padre llegó hasta límites
insospechados, al tratar de hacerme creer que estaba loca. Pude salir del
centro al cumplir los veintiún años, la mayoría de edad. Lo dejé todo y me fui
a Málaga, a casa de una tía, la cual me ofreció todo su apoyo, cuando le conté
todo lo sucedido.
Desde entonces nunca he
podido ser feliz. Con el paso del tiempo intenté rehacer mi vida con otro
hombre, con el que tuve otro hijo, Iván, pero nunca he logrado recomponerme.
Siempre he estado sometida a la depresión, y he acompañado mi soledad y mi
ansiedad con pastillas.
Ahora, tras el descubrimiento
de que son miles los casos de niños robados, y tras confirmarse que no existía
ningún acta de defunción de mi hija, y por supuesto, cuerpo alguno en su
supuesto lugar de enterramiento, no dudé en interponer ,de nuevo, una demanda,
para averiguar el paradero de mi hija Carmen. Años atrás lo intenté, pero
corrían otros tiempos, y mis historiales médicos no ayudaron. Tenía todos los
ingredientes para tratarse de la paranoia de una desequilibrada.
Pero… Jose, ¿sabes una cosa?
Tengo mucha fe. Rezo todos los días por reencontrarme con mi hija. Y a pesar de
que algunas personas puedan pensar que no tiene lógica lo que voy a decirte,
¡No! La iglesia no tiene culpa de nada. No ha habido ni un solo segundo en que
haya dejado de creer. La iglesia está formada por hombres, y al igual que en
cualquier otro lado existen personas llenas de maldad. A lo largo de la
historia ha habido otras épocas en las que en nombre de la iglesia, se han
hecho todo tipo de atrocidades. Con el paso del tiempo, se ha procedido a pedir
perdón, se ha reconocido y se ha aprendido. Por ello, no hay que pasar por alto
que esa no es la verdadera Iglesia, tan sólo son personas, personas que “hablan
en nombre de…”, o dicen “ser de…”.
Ellos son los que algún día tendrán
que pedir perdón, y tendrán que dar explicaciones de los actos cometidos,
algunos en nombre de Dios.
Ellos, los implicados, saben
lo que hicieron. No me robaron a mi hija, sino que me arrebataron la vida. Me
robaron una parte de mí. Me destrozaron en ese instante en mil pedazos.
A día de hoy mi corazón se
hiela, se congela, en el momento en el que miro el cielo y presencio cuando se
oculta la luna.

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