Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


jueves, 28 de febrero de 2013

Cuando se oculta la luna



Apreté el botón de la grabadora y llegó el silencio.
Teresa negaba con la cabeza, y sus ojos vidriosos advertían que estaba a punto de romper a llorar.
Yo le asentí con la cabeza, enviándole fuerzas y advirtiéndole de que nada malo le podría suceder. Cogí su mano derecha, le apreté ligeramente intentándole ofrecer apoyo y sobre todo seguridad.

Teresa cerró los ojos, suspiró, y comenzó a relatarme su historia:

-         Tenía diecisiete años. Vivía en un pequeño pueblo de Sevilla, corría el año 64. Mi familia era bastante conocida. Por aquel entonces, mi padre era el alcalde del municipio. Teníamos una posición acomodada y disponíamos de numerosas tierras, no sólo en el lugar donde residíamos, sino en toda la provincia.

Yo… era una chica normal, iba a un colegio de monjas junto a mi hermana pequeña, Inés. Era una muchacha inocente. Quizá algo infantil para mi edad, completamente supeditada a las directrices autoritarias de mi padre. En primavera conocí a Antonio, un chico tres años mayor que yo que trabaja en la panadería de enfrente de mi colegio. Solía venir a buscarme a la salida, para acompañarme hasta casa. Sin apenas darme cuenta me enamoré perdidamente de él. Pronto le llegaron a mi padre los rumores de nuestro idilio (comienza a caerle la primera lágrima a Teresa).
Me prohibió terminantemente verme con él, alegando que pertenecíamos a clases sociales diferentes. Papá terminó la conversación dando un fuerte golpe en la mesa de madera de su despacho.

Cinco meses después me quedé embarazada. No te quiero ni contar la serie de adjetivos que me profirió. Primero me dio una bofetada, después llegó mamá alertada por los gritos, y se interpuso entre los dos. De no haber llegado no sé lo que hubiese pasado.

No me dieron opción, me dijeron que el niño o yo.
Dos días después, papá parecía que había reflexionado. Me dijo que tendría a mi hijo en Madrid, que viviría en una casa de acogida para mujeres solteras, asistida por monjas, que me ayudarían. Aquí comenzaría su diabólico plan.

Salí del pueblo sin poder despedirme de mi novio Antonio, y con la incertidumbre de no saber con qué iba a encontrarme.

Al llegar en autobús a Madrid, me recogió una monja, concretamente Sor Aurora. Tenía la cara llena de arrugas y parecía muy mayor. Un chófer nos esperaba dentro de un gran coche negro.
Cuarenta minutos más tarde llegaríamos hasta la residencia de la congregación, para la acogida de madres solteras.

Ninguna de las chicas que allí residían llegaba a los 21 años de edad. Habían venido de casi todas las provincias de España, cada una de ellas por un motivo diferente. Me llamó poderosamente la atención que todas, excepto yo, venían de un ambiente con grandes dificultades económicas, es más, la gran mayoría no sabía ni leer ni escribir.

La estancia era gratuita, pero a cambio, nosotras nos encargábamos de las tareas de la limpieza, del cuidado de los jardines, colada, comida, además de realizar algunos trabajos de costura, etc. (mi padre me advirtió que ahora me daría cuenta de la dureza de la vida)

Las jornadas de trabajo eran, en ocasiones, de más de 10 horas.
En el octavo mes de mi embarazo empecé a manchar –Teresa  comienza de nuevo a llorar con fuerza, apretando fuertemente sus labios. Yo no podía más, pero me hacían seguir trabajando. En esa ocasión estaba limpiando el largo pasillo de entrada.
El último mes lo pasé en la cama, de reposo absoluto. Por primera vez parecían prestarme atención, con todo tipo de cuidados.

Apenas tenía contacto con mi familia, mis padres ni siquiera vinieron a verme en navidades. Mi madre y mi hermana pequeña Inés, eran las únicas que solían escribirme una vez al mes.

El 27 de mayo de 1965 a las 22:00 horas, empecé a tener fuertes contracciones. De nuevo, el coche negro apareció, aunque esta vez la hermana Angustias me acompañó. Comenzábamos el camino hasta Madrid. Semanas atrás me habían comunicado que tendría a mi niño en la Clínica Santa Cristina, y que ellas mismas me ayudarían a encontrar un trabajo en la capital, y un lugar para vivir con el pequeño.

Siento escalofríos –Teresa  se coge con fuerza a la silla sobre la que está sentada. Habían anunciado en el telediario que esa misma noche habría un eclipse lunar.

El dolor era tan fuerte que en ciertos momentos creía que iba a perder la consciencia. Me asomé por el cristal, y pude ver como la luna comenzaba a ocultarse fruto del eclipse.

No llegamos a la clínica hasta pasadas las 22:30 horas, mire el reloj antes de que me montaran en la camilla. Dos horas más tarde, a las 00:00 h, me bajaron a quirófano, justo en el momento en que empezó a sonar un potente reloj que adornaba el oscuro pasillo que conducía hasta la sala de operaciones.

El Doctor Manuel me dijo que ya estaba todo listo, que ya había pasado lo peor, pero que tenía que empujar un poco más. Pero yo no podía más. Estaba chorreando de sudor, y había perdido más sangre de lo habitual. Estaba a punto de desfallecer, e incluso pensé que iba a morir.

Tengo algunas lagunas, por lo que no sé cuánto tiempo transcurrió. Me encontraba algo débil, pero creí escuchar:

-         ¿Hora del nacimiento? –Alguien  contestó que a las 00.35

El doctor pidió que me pusieran sangre, más tarde dijo:

-         Yo aquí ya no tengo nada que hacer, yo no quiero saber nada.

Al instante vino una enfermera que me dijo que había tenido una niña.

-         ¿Cómo la vas a llamar? –me preguntó dulcemente.

-         ¡Carmen! Se va a llamar Carmen –le respondí.


Pero el encuentro se vio interrumpido con la llegada de una monja, a la que nunca antes había visto. La enfermera estaba a punto de entregarme a mi hija en brazos, cuando sobresaltada gritó:

-         ¿Pero…qué haces? ¿cómo le entregas a la niña?

La enfermera retrocedió y le entregó mi hija a aquella mujer.

Inmediatamente yo pregunté:

-         ¿Qué pasa?

La monja contestó:

-         ¡Esta niña no ha nacido bien! ¡Que se la lleven!

Yo intenté recomponerme, e incluso levantarme de la camilla, pero ella me lo impidió. No sé de dónde saqué las fuerzas, pero pedí explicaciones:

-         ¿Qué le pasa?, ¿a dónde se la llevan?

La monja miró para otro lado y me dijo:

-         La niña…no respiraba – dijo en un tono dubitativo y bajo.

La angustia y el terror se apoderaron de mí.

-         ¿Qué? ¿Cómo? Pero si la he escuchado llorar, ¡estaba llorando!

Comencé a gritar desesperadamente:

-         ¡Quiero ver a mi hija! ¡Llévenme dónde la tengan!

En ese momento estuve a punto de caerme de la camilla.  Estaba dispuesta a ir donde fuera.

A los minutos, no sin antes de haberme suministrarme algo por una de las vías que tenía, me trajeron a mi hija. Me dijeron que había muerto. No podía ver su rostro. La medicación comenzaba a surtir efecto:

-         Acérquemela… quiero darle un beso –les  pedí entre susurros.

Los ojos se me cerraban, pero yo luchaba para que no sucediese. Sentí hielo, un hielo que llegaba a quemar. Besé su rostro, y de nuevo se la llevaron. Miré por la ventana de la izquierda de la ventana, la luna ya se había ocultado por completo.

Al día siguiente volví a la residencia, me resultó extraño que no me dejaran despedirme de ninguna de mis compañeras. En el autobús de vuelta pensé sobre ello. No había caído en la cuenta de que todas las chicas que salían de la casa después de alumbrar, “desaparecían”. Nadie volvía a hablar de ellas, siempre con alguna excusa.

Jamás podré olvidar la cajita donde me dijeron que enterraban a mi hija.
Tuve serios problemas. Les amenacé con denunciarles si no me dejaban ir a su entierro. Hasta tuvieron que arrancarme de la lápida de mi hija Carmen.

Al llegar al pueblo, Papá ya no parecía enfadado, pero tampoco sorprendido. Me extrañó muchísimo que no se compadeciera del dolor de una madre después de haber perdido a su hijo.

Mes y medio más tarde, una calurosa mañana de julio, el teléfono comenzó a sonar. Papá atendió la llamada en su despacho. Yo, procedía a volver a mi habitación cuando le escuché:

-         ¿Entonces la niña está bien? ¡Con esa gente no le faltará de nada! Me alegró de que se la hayáis entregado a esa familia. Leí en el periódico que no podían tener hijos. Os lo agradezco mucho… es lo único que os pedí, que estuviera en buenas manos.

Me volví fuera de mí, abrí la puerta de su despacho, y  tiré hacía él golpeándolo:

-         ¡Mi hija! ¡Dónde está mi hija!

Perdí el conocimiento. Más tarde desperté en un centro psiquiátrico.  La maldad de mi padre llegó hasta límites insospechados, al tratar de hacerme creer que estaba loca. Pude salir del centro al cumplir los veintiún años, la mayoría de edad. Lo dejé todo y me fui a Málaga, a casa de una tía, la cual me ofreció todo su apoyo, cuando le conté todo lo sucedido.

Desde entonces nunca he podido ser feliz. Con el paso del tiempo intenté rehacer mi vida con otro hombre, con el que tuve otro hijo, Iván, pero nunca he logrado recomponerme. Siempre he estado sometida a la depresión, y he acompañado mi soledad y mi ansiedad con pastillas.

Ahora, tras el descubrimiento de que son miles los casos de niños robados, y tras confirmarse que no existía ningún acta de defunción de mi hija, y por supuesto, cuerpo alguno en su supuesto lugar de enterramiento, no dudé en interponer ,de nuevo, una demanda, para averiguar el paradero de mi hija Carmen. Años atrás lo intenté, pero corrían otros tiempos, y mis historiales médicos no ayudaron. Tenía todos los ingredientes para tratarse de la paranoia de una desequilibrada.


Pero… Jose, ¿sabes una cosa? Tengo mucha fe. Rezo todos los días por reencontrarme con mi hija. Y a pesar de que algunas personas puedan pensar que no tiene lógica lo que voy a decirte, ¡No! La iglesia no tiene culpa de nada. No ha habido ni un solo segundo en que haya dejado de creer. La iglesia está formada por hombres, y al igual que en cualquier otro lado existen personas llenas de maldad. A lo largo de la historia ha habido otras épocas en las que en nombre de la iglesia, se han hecho todo tipo de atrocidades. Con el paso del tiempo, se ha procedido a pedir perdón, se ha reconocido y se ha aprendido. Por ello, no hay que pasar por alto que esa no es la verdadera Iglesia, tan sólo son personas, personas que “hablan en nombre de…”, o dicen “ser de…”.

Ellos son los que algún día tendrán que pedir perdón, y tendrán que dar explicaciones de los actos cometidos, algunos en nombre de Dios.
Ellos, los implicados, saben lo que hicieron. No me robaron a mi hija, sino que me arrebataron la vida. Me robaron una parte de mí. Me destrozaron en ese instante en mil pedazos.

A día de hoy mi corazón se hiela, se congela, en el momento en el que miro el cielo y presencio cuando se oculta la luna.
  

No hay comentarios:

Publicar un comentario