1 de febrero de 1938 (Arganda del rey, Madrid)
Se
oye un golpe, segundos después cae la puerta. Comienzan a entrar personas en el
salón, se escuchan sus pasos por la escalera, llegan hasta la habitación de mis padres. Mamá grita, pero
nadie responde:
-
¡No
se lo lleven por favor, no ha hecho nada!
No
hay tiempo, mamá nos viste a prisa a todos (hasta a Miguel, el más pequeño, que
sólo tiene cuatro años). Nuestra vecina Paca discute con Mamá, madre le
replica:
-
¡Que
no hay necesidad, que puedes generar un trauma a los niños!
Pero
mamá no razona:
-
¡Pepe
no va a estar sólo! ¡Nos lo van a arrebatar, pero estaremos hasta el último
segundo con él!
Paca
coge los abrigos, un candelabro y varias velas para emprender el oscuro camino
hasta el cerro de la horca, el lugar donde papá va a ver cumplida su condena a
muerte.
Cruzo
el umbral de la puerta, pero retrocedo, he decidido que no voy acudir. Mi madre
me maldice:
¡No hay nadie peor que tú, mereces
morir sola!
Las
luces se van alejando, vuelvo a entrar en la casa, subo las escaleras, me meto
en la cama y duermo.
1 de febrero de 1997
Despierto,
la cama está empapada de sudor, los antibióticos llevan días sin hacer efecto.
Los médicos me dijeron hace días que no había solución, que el cáncer no había
remitido. Busco a alguien en la habitación, pero estoy sola.
Sé
que me queda poco tiempo, puede que sea cuestión de días o quizá sólo de horas,
pero encuentro la entereza suficiente para cambiarme y coger el abrigo. Son las
cinco de la mañana, no hay nadie en la calle, comienzo el mismo camino que
realizaron mi madre, mis hermanos y “la Paca” hace más de medio siglo.
Mi
mente comienza a divagar… cómo pudo ser su calvario, qué vecinos pudieron
unirse a ellos en el camino, cuáles pudieron ser sus palabras de consuelo, qué
rondaría la mente de mis hermanos pequeños, qué estaría pensando mi madre de
mí, etc. Las puertas están cerradas, “la Paca” no ha salido con “la Merce” a
tomar el fresco en sus sillas de madera. El pueblo calla, aunque ya no es un
pueblo ni es “ná”. Ha perdido todo su encanto.
¡Qué
cosa más fea!, eso es lo único que aparece en mi mente.
Con
el paso del tiempo, todas las edificaciones bonitas han ido desapareciendo.
Tuerzo a mano derecha, llego hasta el pilón, al lado de la ermita. Sonrío, en
algunos instantes parece que el tiempo se hubiese detenido, que nada hubiese
sucedido, que todos somos felices antes de que comenzaran todas nuestras
desgracias. Pero miro al otro lado y veo todas esas horribles edificaciones y
vuelvo a la realidad, estoy casi en el S.XXI.
Continúo,
atajo por la calle carretera y llego hasta la calle carretas, recordando el
ajetreo de las carretillas de años atrás, de ahí su nombre.
A
los minutos comienzo a ver en lo alto del cerro la enorme “insignia” allí
ubicada, a la que siempre había vuelto la espalda. Históricamente había tenido
sus detractores(los del bando contrario), pero otros muchos decían que era un
símbolo para el recuerdo, para que nadie olvidase lo que había ocurrido allí durante
años.
Ahora
no giro la cabeza, sigo su dirección de manera firme.
Mi
corazón se agita, me encuentro agotada, frente a frente a ella. Comienzo a
sentir miedo. De repente, la enorme cruz de hierro que podía divisarse en casi
todo el pueblo, se transformó en una enorme horca de madera. Mis piernas
flaquean, caigo arrodillada ante ella, y agacho la cabeza. Unas luces comenzaron
a divisarse. De nuevo levanto la mirada, todo había desaparecido, tan sólo
había sido una especie de alucinación.
Me
tumbo hasta que alcanzo y rodeo con mis brazos la base de la cruz. Ahora que
intuyo que se está acercando mi hora, tengo la necesidad de acudir al lugar
donde mi padre pasó sus últimas horas de vida.
Comienzo
a tener frío, cada vez más. Una luz poderosa procedente de la parte superior de
la cruz me deslumbra. Empiezan a aparecer unas escaleras de madera. Me levanto,
comienzo a subirlas, veo a Papá. Me tiende su mano para ayudarme a subir,
mientras me limpia las lágrimas y me pide que no llore, que no estoy sola.

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