Poseía una
mirada enigmática. En ciertas ocasiones sus ojos verde-azulados cambiaban de
color. Algunas personas aseguraban que con sólo mirarla podía saberse lo que
estaba pensando, que tenían un lenguaje propio. Lina no era más que una joven
alemana de 27 años que soñaba con ser directora de cine. Tenía una fuerte
convicción con la ideología nacionalsocialista, y había dispuesto todo su
talento en el ámbito cinematográfico para colaborar con el régimen nazi. De
hecho el propio Hitler se había manifestado seguidor de algunos de sus trabajos,
que habían obtenido una excelente crítica en la Alemania del Führer.
El 23 de
noviembre de 1942, Lina era galardonada con el primer premio del certamen
“Jóvenes directores de cine” en Berlín, consiguiendo así la posibilidad de
financiarse su primer largometraje. Al evento asistieron las principales
personalidades de la época, entre las que se encontraron el mismo Hitler o
Goebbels, responsable del ministerio de la propaganda nazi.
Lina sentía
verdadera pasión por España, por ello quería terminar de escribir su guión en
tierras españolas, además de buscar algunas de las localizaciones que
posteriormente se verían en su película. La alemana fue agasajada por el
régimen franquista ante su llegada, conocedor del importante papel que estaba
desarrollando en el gobierno amigo.
Al cabo de mes
y medio la joven dio por finalizado y retocado su guión, empezado meses atrás
en su país de origen. Seguidamente decidió recorrer toda la geografía española,
en un pequeño mercedes negro, que ella misma conducía.
Cuatro meses
más tarde, ya en Alemania, Lina tomó la decisión de recrear un entorno
típicamente español. Como curiosidad, la joven contrató a quince personas de
etnia gitana como extras. Los gitanos fueron obligados a dejar su poblado, y a
permanecer de forma diaria al lado de la cineasta hasta que finalizase el
rodaje. Entre los extras, se encontraban dos bebes y tres niños.
Al principio
los gitanos se encontraban completamente atemorizados, a sabiendas de las
acciones que estaban desarrollando los alemanes nazis contra su grupo. Pero sus
miedos quedaron en el olvido en poco tiempo, Lina no sólo había mejorado la
calidad de vida de sus figurantes, proporcionándoles buena comida y un entorno
favorable, sino que además se mostraba atenta y cariñosa con los más pequeños.
Incluso era conocida como “TitaLina”. En más de una ocasión los adultos le habían
comunicado a la directora que jamás podrían agradecerle todo lo que estaba haciendo
por ellos. En un cierto momento, Dori, una de las madres que había sido
contratada junto a su pequeño de siete meses, le dijo:
-
Señora,
es usted un ángel que ha bajado a la tierra para que todo vaya mejor.
Lina se acercó
hasta ella, acarició la cara de su bebé llamado Luluvo con cierta ternura, y le
respondió:
-
¡Mi
pequeño Luluvo, duerme!
Dos meses más
tarde, el rodaje se daba por finalizado. Sin distinciones, y demostrando su
unión, todos colaboraban a la hora de recoger todos los enseres. De repente, en
la primavera de mayo del 43, treinta miembros de las SS irrumpían en el lugar.
Sin mediar palabra procedieron a detener a cada uno de los gitanos allí
presentes.
Lina se acercó
hasta uno de los comandantes y le preguntó:
-
¿A
dónde los llevan?
El comandante
alemán le respondió:
-
Al
lugar en el que ya deberían de estar, a un campo de exterminio.
Los gitanos
mientras tanto observaban a la mujer dulce con la que habían compartido su vida
los dos últimos meses.
Dori, con
Luluvo en brazos, se desvió unos pasos para acercarse hasta Lina. Uno de los
miembros de la SS tiró de su brazo para hacerla retroceder. Lina desde la
distancia hizo una seña con la cabeza para que le permitiesen acceder hasta
ella.
Una vez, frente
a frente, le expresó su angustia:
-
Señora,
¿a dónde nos llevan?
Dori miró
fijamente los ojos de Lina, en un instante cambiaron por completo de color,
pasando del claro al oscuro. La madre gitana comenzó a sentir miedo, por un
momento sólo “vio” en aquella mirada rencor y asco.
Lina, se dio la
vuelta, miró hacia otro lado y siguió caminando.

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