El único delito que habían cometido Francisco Azulay y su familia, había sido
acudir todos los domingos a misa. Al parecer, eso y su profesión de médico,
habían sido razones suficientes para ser denunciados, supuestamente, de manera
anónima, por algún vecino, quien aseguró que él y los suyos eran partidarios
del bando sublevado (La familia Azulay vivía en Madrid bajo el mando
republicano).
Los azulay jamás habían entrado en
política, de hecho nunca les había interesado.
Las cosas en la ciudad se estaban poniendo
cada vez más complicadas, y la destrucción y la desolación estaban al orden del
día. Semanas atrás, Paco fue informado de que próximamente sería detenido. Días
antes de que esto sucediese, la familia malvendió todo lo que tenían y huyeron
a Berlín. Francisco era uno de los mejores cirujanos de aquel entonces y aun
disponía de grandes contactos.
La integración en la ciudad no fue fácil, sobre
todo por la dificultad del idioma, además de ello, resultaba muy complicado
empezar una vida de cero sin tener apenas nada. Lo que no sabían los Azulay-
Sainz es que lo peor estaba por llegar.
Años más tarde toda la familia sería
conducida hasta un centro de exterminio Nazi. La razón, tener sangre judía. Al
principio de su detención, el clan lo tomó con tranquilidad, sobre todo porque
pensaron que se trataba de un error. Más tarde se dieron cuenta del terrible
destino que les esperaba. Pero, ¿qué había ocurrido? Desde hacía tres
generaciones los Azulay eran católicos, de hecho el propio Paco apenas tenía
muchos datos sobre aquello, sólo recordaba que su padre le había contado que su
bisabuelo era judío, y que al contraer matrimonio con su abuela Ana, se había
convertido al catolicismo. Paco no tenía ni idea de la cultura judía.
Los Azulay- Sainz tenían dos hijas: Marta
de 18 y Cristina de 23, ellas se enteraron en el momento del arresto de sus
orígenes judeo-españoles. Hasta ese momento nunca tuvieron conocimiento de sus
ancestros judíos. De hecho, todos ellos atestiguaron a las autoridades alemanas
que eran ciudadanos españoles, católicos, y que no se sentían ni por asomo
judíos. Por si servía de algo, el padre de familia informó a las autoridades
pertinentes de que se habían visto obligados a abandonar España huyendo del
comunismo. De poco le sirvió, pues tres días más tarde llegaban al centro de
Bergen- Belsen.
Los nazis estaban realizando una
persecución extrema contra la población judía, y su mayor ansia y finalidad era
exterminar por completo a toda su población. Una de las herramientas para
su exterminio era la búsqueda de judíos a través de sus apellidos, un arma
infalible, pues tenían conocimiento de que era una de las mayores señas de
identidad de este grupo, puesto que había apellidos de los que sólo ellos eran
portadores. Cualquier persona que tuviera una “mancha”, o tuviera el más mínimo
rastro judío estaba en peligro.
Los azulay habían huido del
socialismo-comunismo español, y ahora estaban en el punto de mira del fascismo
nazi.
Al parecer, el gobierno de Franco intentó
movilizar por vía diplomática el que se estaba cometiendo un error, puesto que
estaban reteniendo a ciudadanos españoles y no judíos. Para entonces las
relaciones entre Franco y Hitler se habían distanciando.
El gobierno de España recibía más tarde
noticias de la Alemana nazi, alegando que no tenían conocimiento de la
ubicación de los Azulay- Sainz
Campo de exterminio de Bergen-Belsen
29 de mayo de 1944
Al llegar al campo de Bergen-Belsen, los
Azulay fueron separados y conducidos a distintos barracones. Se vivieron
momentos de máxima tensión. Entre gritos Cristina y Marta se resistían a
separarse.
Cristina había perdido la noción del
tiempo, pero creía que llevaba entre dos o tres meses allí. No tenía ninguna
noticia de sus familiares, y a duras penas podía comunicarse con ninguna de las
chicas que se encontraban en su barracón. Se le daba francamente mal el alemán.
Por otro lado, casi no comía, y se enfrentaba a largas horas de trabajo y a
pésimas condiciones de higiene. Además, hacía mucho frío y no tenía ropa de
abrigo.
De repente una luz se abrió en el
horizonte. La semana anterior escuchó a una chica que intentaba comunicarse con
algunas de sus compañeras en español. ¿Era posible? Cristina se dirigió a ella,
con una sonrisa:
- ¿Hablas
español?, ¿qué haces aquí?
La chica portaba un distintivo de
identificación de distinto color al de Cristina. De inmediato le contestó:
- ¿Eres otra
de mis camaradas? La mujer se abrazó a ella y comenzó a cantar de manera
efusiva:
Los campos heridos de tanta metralla,
Los pueblos sangrantes de tanto dolor,
y los campesinos sobre la batalla,
para destrozar al fascismo traidor...
Cristina de inmediato le tapó la boca y le
dijo:
- Pero… ¿estás loca?, ¿qué
quieres que nos maten? Tú no sabes a dónde te han traído….
Durante la noche, Verónica, la mujer
anarquista de Barcelona que había ido hasta Berlín a combatir contra el
fascismo alemán, era informada por Cristina del día a día en Bergen-Belsen.
Verónica quedó asombrada con la historia de
Cristina:
- ¿Así que a
vosotros os han metido aquí porque dicen que sois judíos? ¡Malditos cerdos…se
creen los dueños de todo, y pretenden eliminar del mapa a todos aquellos que no
les gusten!
Pero lo que en principio podría haber sido
el máximo apoyo para Cristina, pronto se convirtió en uno de sus mayores
lastres. Como cada noche, la joven, antes de dormir tenía por hábito leer su
biblia, que era una de las pocas cosas que pudo coger antes de ser detenida por
la Gestapo. La joven salió de su camastro y se dirigió hasta el poyete de la
ventana de madera para poder leer a la luz de la luna. Verónica la siguió sin
que ella se diese cuenta.
Cristina sigilosamente comenzó a leer:
El
señor es mi pastor, nada me falta.
En prados de hierba fresca me hace reposar,
me
conduce junto a fuentes tranquilas
y
repara mis fuerzas…
Verónica asistía atenta a la escena. Segundos
después volvía al camastro.
Al día siguiente, Verónica volvió a
presenciar la misma escena, sólo con una variación, que Cristina rezaba el
rosario. En esta ocasión la mujer anarquista no pudo contener su ira. Se
dirigió violentamente hacia ella, y le arrebató el rosario de sus manos. Las
cuentas comenzaron a rodar por el suelo. Cristina de inmediato se tiró al suelo
indefensa, intentando recomponer el primer rosario que su madre le había
regalado.
Verónica desde arriba la observaba con
cierta sonrisa maquiavélica, disfrutando de su acción. Cristina tirada en el
suelo, le miraba con cierto temor. La mujer se acercó a un palmo de ella, se
agachó y le dijo:
- ¿Alguna vez te han dicho que eres
sumamente estúpida? Deja de perder el tiempo, tu Dios no existe. ¿Dónde está?,
¿acaso está aquí? ¿Por qué no responde, eh? Piensa, traza un plan para escapar
de aquí, porque estás condenada a morir. Tu Dios misericordioso quiere que te
pudras de la manera más cruel, lejos de tu tierra, sin nadie de tu familia.
¡Reza maldita desgraciada ignorante!, ¡reza!
¡Todos vosotros sois los culpables! ¡Los
creyentes, los débiles! Tenéis que creer en algo para paliar vuestras
desgracias, porque sabéis la mierda en la que vivís y de la que no hay salida
¡Eres una mierda! Yo he venido a luchar por la libertad, y tú sin embargo te
escondes, ¡basura, escoria! ¡Yo tengo la fortaleza, yo a nada le temo, porque sólo
yo decido mi rumbo…!
Cristina no medió palabra, esperó a que
marchase, volvió a la ventana y miró por el cristal hasta quedarse dormida.
Al día siguiente Cristina se levantó
sobresaltada. Una de las jóvenes de su barracón había escuchado que esa misma mañana
se llevarían a la mayoría de las 98 mujeres que allí se concentraban. Las
mujeres y las chicas se agolpaban para escuchar la información:
- Dicen que nos van
a utilizar para sus experimentos científicos. Cuentan que nos abren en
canal hasta vernos morir. Por eso he conseguido algunos frascos de veneno,
¡prefiero morir con dignidad!, ¡no somos animales! Las mujeres comenzaron a
golpearla, intentando hacerse con los 2 frascos que llevaba en la mano. Las
mujeres gritaban, se empujaban, y algunas de ellas empezaron a sollozar.
De repente la puerta se abrió, doce
soldados alemanes entraron, y por un momento reinó el silencio.
El oficial más alto gritó:
-
¡Wortlos in Reih und Glied! (en orden y en silencio).
Al instante un chico más joven se adelantó
y comenzó a inspeccionar a las allí presentes. De manera aleatoria fue
diciendo:
- ¡Du, du,
du, du, du…! ( ¡tú, tú, tú,
tú, tú!).
La mayoría de las mujeres que daban un paso
al frente entraban en un estado de histeria. Algunas comenzaban a gritar
amargamente, e incluso pataleaban. El soldado alemán se paró ante Cristina,
durante unos segundos le miró fijamente, le sonrió y finalmente le dijo:
- Du noch nicht! (¡tú
todavía no!).
Cuatro pasos más adelante se encontraba
Verónica. El oficial sin dudarlo le dijo:
- Du (tú).
Verónica quedó paralizada y no se adelantó.
El oficial retrocedió, le golpeó y volvió a decir:
- Du (tú).
Verónica se arrodilló y comenzó a llorar:
- Por favor!. A mí no…
por favor. ¡Haré lo que me pidan!
El oficial hizo una seña al soldado,
segundos después, el soldado sacó una pistola dispuesto a acabar con la vida de
Verónica en ese mismo momento delante de todos.
Cristina se adelantó y dijo:
- Nein! Ich werde stattdessen
gehen! (¡No!, ¡iré yo en su lugar!).
El soldado retrocedió, volvió a sonreír a
Cristina y le dijo:
- Ängstige dich nicht!. Du musst mir danken, dass ich dir freilasse, dass jetzt ist alles
beendet. (¡Adelante, no
tengas miedo!. Tienes que
agradecerme que te libere, que todo se acabe ahora)
Cristina desafiante le dijo en perfecto
alemán:
- Nichts Kommt zu Ende. Alles fängt jetzt an. Die Person, die an
Gott glaubt, lebt ewig dass jetzt alles beendet ist. (Nada se acaba, todo empieza ahora. El
que cree tiene vida eterna).
Todos quedaron en absoluto silencio.
*(En memoria de todos los que sufrieron la persecución nazi).

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