Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 18 de enero de 2013

La vida eterna




El único delito que habían cometido Francisco Azulay y su familia, había sido acudir todos los domingos a misa. Al parecer, eso y su profesión de médico, habían sido razones suficientes para ser denunciados, supuestamente, de manera anónima, por algún vecino, quien aseguró que él y los suyos eran partidarios del bando sublevado (La familia Azulay vivía en Madrid bajo el mando republicano).

Los azulay jamás habían entrado en política, de hecho nunca les había interesado.
Las cosas en la ciudad se estaban poniendo cada vez más complicadas, y la destrucción y la desolación estaban al orden del día. Semanas atrás, Paco fue informado de que próximamente sería detenido. Días antes de que esto sucediese, la familia malvendió todo lo que tenían y huyeron a Berlín. Francisco era uno de los mejores cirujanos de aquel entonces y aun disponía de grandes contactos.

La integración en la ciudad no fue fácil, sobre todo por la dificultad del idioma, además de ello, resultaba muy complicado empezar una vida de cero sin tener apenas nada. Lo que no sabían los Azulay- Sainz es que lo peor estaba por llegar.
Años más tarde toda la familia sería conducida hasta un centro de exterminio Nazi. La razón, tener sangre judía. Al principio de su detención, el clan lo tomó con tranquilidad, sobre todo porque pensaron que se trataba de un error. Más tarde se dieron cuenta del terrible destino que les esperaba. Pero, ¿qué había ocurrido? Desde hacía tres generaciones los Azulay eran católicos, de hecho el propio Paco apenas tenía muchos datos sobre aquello, sólo recordaba que su padre le había contado que su bisabuelo era judío, y que al contraer matrimonio con su abuela Ana, se había convertido al catolicismo. Paco no tenía ni idea de la cultura judía.

Los Azulay- Sainz tenían dos hijas: Marta de 18 y Cristina de 23, ellas se enteraron en el momento del arresto de sus orígenes judeo-españoles. Hasta ese momento nunca tuvieron conocimiento de sus ancestros judíos. De hecho, todos ellos atestiguaron a las autoridades alemanas que eran ciudadanos españoles, católicos, y que no se sentían ni por asomo judíos. Por si servía de algo, el padre de familia informó a las autoridades pertinentes de que se habían visto obligados a abandonar España huyendo del comunismo. De poco le sirvió, pues tres días más tarde llegaban al centro de Bergen- Belsen.

Los nazis estaban realizando una persecución extrema contra la población judía, y su mayor ansia y finalidad era exterminar por completo a toda su población. Una de las herramientas para su exterminio era la búsqueda de judíos a través de sus apellidos, un arma infalible, pues tenían conocimiento de que era una de las mayores señas de identidad de este grupo, puesto que había apellidos de los que sólo ellos eran portadores. Cualquier persona que tuviera una “mancha”, o tuviera el más mínimo rastro judío estaba en peligro.
Los azulay habían huido del socialismo-comunismo español, y ahora estaban en el punto de mira del fascismo nazi.

Al parecer, el gobierno de Franco intentó movilizar por vía diplomática el que se estaba cometiendo un error, puesto que estaban reteniendo a ciudadanos españoles y no judíos. Para entonces las relaciones entre Franco y Hitler se habían distanciando.
El gobierno de España recibía más tarde noticias de la Alemana nazi, alegando que no tenían conocimiento de la ubicación de los Azulay- Sainz


Campo de exterminio de Bergen-Belsen

29 de mayo de 1944

Al llegar al campo de Bergen-Belsen, los Azulay fueron separados y conducidos a distintos barracones. Se vivieron momentos de máxima tensión. Entre gritos Cristina y  Marta se resistían a separarse.

Cristina había perdido la noción del tiempo, pero creía que llevaba entre dos o tres meses allí. No tenía ninguna noticia de sus familiares, y a duras penas podía comunicarse con ninguna de las chicas que se encontraban en su barracón. Se le daba francamente mal el alemán. Por otro lado, casi no comía, y se enfrentaba a largas horas de trabajo y a pésimas condiciones de higiene. Además, hacía mucho frío y no tenía ropa de abrigo.

De repente una luz se abrió en el horizonte. La semana anterior escuchó a una chica que intentaba comunicarse con algunas de sus compañeras en español. ¿Era posible? Cristina se dirigió a ella, con una sonrisa:

     - ¿Hablas español?, ¿qué haces aquí?

La chica portaba un distintivo de identificación de distinto color al de Cristina. De inmediato le contestó:

     - ¿Eres otra de mis camaradas? La mujer se abrazó a ella y comenzó a cantar de manera  efusiva:

Los campos heridos de tanta metralla,
Los pueblos sangrantes de tanto dolor,
y los campesinos sobre la batalla,
para destrozar al fascismo traidor...

Cristina de inmediato le tapó la boca y le dijo:

  - Pero… ¿estás loca?, ¿qué quieres que nos maten? Tú no sabes a dónde te han traído….

Durante la noche, Verónica, la mujer anarquista de Barcelona que había ido hasta Berlín a combatir contra el fascismo alemán, era informada por Cristina del día a día en Bergen-Belsen.

Verónica quedó asombrada con la historia de Cristina:

   - ¿Así que a vosotros os han metido aquí porque dicen que sois judíos? ¡Malditos cerdos…se creen los dueños de todo, y pretenden eliminar del mapa a todos aquellos que no les gusten!

Pero lo que en principio podría haber sido el máximo apoyo para Cristina, pronto se convirtió en uno de sus mayores lastres. Como cada noche, la joven, antes de dormir tenía por hábito leer su biblia, que era una de las pocas cosas que pudo coger antes de ser detenida por la Gestapo. La joven salió de su camastro y se dirigió hasta el poyete de la ventana de madera para poder leer a la luz de la luna. Verónica la siguió sin que ella se diese cuenta.

Cristina sigilosamente comenzó a leer:

         El señor es mi pastor, nada me falta.
         En prados de hierba fresca me hace reposar,
         me conduce junto a fuentes tranquilas
         y repara mis fuerzas…

Verónica asistía atenta a la escena. Segundos después volvía al camastro.

Al día siguiente, Verónica volvió a presenciar la misma escena, sólo con una variación, que Cristina rezaba el rosario. En esta ocasión la mujer anarquista no pudo contener su ira. Se dirigió violentamente hacia ella, y le arrebató el rosario de sus manos. Las cuentas comenzaron a rodar por el suelo. Cristina de inmediato se tiró al suelo indefensa, intentando recomponer el primer rosario que su madre le había regalado.

Verónica desde arriba la observaba con cierta sonrisa maquiavélica, disfrutando de su acción. Cristina tirada en el suelo, le miraba con cierto temor. La mujer se acercó a un palmo de ella, se agachó y le dijo:

- ¿Alguna vez te han dicho que eres sumamente estúpida? Deja de perder el tiempo, tu Dios no existe. ¿Dónde está?, ¿acaso está aquí? ¿Por qué no responde, eh? Piensa, traza un plan para escapar de aquí, porque estás condenada a morir. Tu Dios misericordioso quiere que te pudras de la manera más cruel, lejos de tu tierra, sin nadie de tu familia. ¡Reza maldita desgraciada ignorante!, ¡reza!
¡Todos vosotros sois los culpables! ¡Los creyentes, los débiles! Tenéis que creer en algo para paliar vuestras desgracias, porque sabéis la mierda en la que vivís y de la que no hay salida ¡Eres una mierda! Yo he venido a luchar por la libertad, y tú sin embargo te escondes, ¡basura, escoria! ¡Yo tengo la fortaleza, yo a nada le temo, porque sólo yo decido mi rumbo…!
  
Cristina no medió palabra, esperó a que marchase, volvió a la ventana y miró por el cristal hasta quedarse dormida.

Al día siguiente Cristina se levantó sobresaltada. Una de las jóvenes de su barracón había escuchado que esa misma mañana se llevarían a la mayoría de las 98 mujeres que allí se concentraban. Las mujeres y las chicas se agolpaban para escuchar la información:

-     Dicen que nos van a utilizar para sus experimentos científicos. Cuentan que nos abren en canal hasta vernos morir. Por eso he conseguido algunos frascos de veneno, ¡prefiero morir con dignidad!, ¡no somos animales! Las mujeres comenzaron a golpearla, intentando hacerse con los 2 frascos que llevaba en la mano. Las mujeres gritaban, se empujaban, y algunas de ellas empezaron a sollozar.

De repente la puerta se abrió, doce soldados alemanes entraron, y por un momento reinó el silencio.

El oficial más alto gritó:

-   ¡Wortlos in Reih und Glied! (en orden y en silencio).

Al instante un chico más joven se adelantó y comenzó a inspeccionar a las allí presentes. De manera aleatoria fue diciendo:

     -   ¡Du, du, du, du, du…! ( ¡tú, tú, tú, tú, tú!).

La mayoría de las mujeres que daban un paso al frente entraban en un estado de histeria. Algunas comenzaban a gritar amargamente, e incluso pataleaban. El soldado alemán se paró ante Cristina, durante unos segundos le miró fijamente, le sonrió y finalmente le dijo:

 -   Du noch nicht! (¡tú todavía no!).

Cuatro pasos más adelante se encontraba Verónica. El oficial sin dudarlo le dijo:

 -  Du ().

Verónica quedó paralizada y no se adelantó. El oficial retrocedió, le golpeó y volvió a decir:

  -  Du ().

Verónica se arrodilló y comenzó a llorar:

  -  Por favor!. A mí no… por favor.  ¡Haré lo que me pidan!

El oficial hizo una seña al soldado, segundos después, el soldado sacó una pistola dispuesto a acabar con la vida de Verónica en ese mismo momento delante de todos.

Cristina se adelantó y dijo:

 -  Nein! Ich werde stattdessen gehen! (¡No!, ¡iré yo en su lugar!).

El soldado retrocedió, volvió a sonreír a Cristina y le dijo:

  -  Ängstige dich nicht!. Du musst mir danken, dass ich dir freilasse, dass jetzt ist alles beendet. (¡Adelante, no tengas miedo!. Tienes que agradecerme que te libere, que todo se acabe ahora)

Cristina desafiante le dijo en perfecto alemán:

  - Nichts Kommt zu Ende. Alles fängt jetzt an. Die Person, die an Gott glaubt, lebt ewig dass jetzt alles beendet ist. (Nada se acaba, todo empieza ahora. El que cree tiene vida eterna).


Todos quedaron en absoluto silencio.



*(En memoria de todos los que sufrieron la persecución nazi).

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