Nos tumbamos en
el campo de girasoles, a las fueras del municipio, nuestros brazos podían
rozarse. Miré hacia arriba y el universo parecía amarillo en su totalidad.
Pensé en lo idílico de la situación, al fin el mundo era de mi color preferido,
pero el viento abrasante impactó en nuestros rostros, y fui consciente de la
situación. No hacia falta que él me dijese nada, sabía que la guerra se lo
llevaba.
Permanecimos
callados durante intensos y pesados minutos, aquellos incómodos momentos en los
que uno no sabe que decir.
Kenneth me
sonrió, apenas podía verlo, el sol se había posicionado frente a sus facciones,
pero adivinaba su semblante y su boca resplandeciente.
No podía parar
de darle vueltas, ahora que nos habíamos prometido, me lo querían arrebatar.
¿Por qué se tenía que ir?,¿por qué no podríamos escapar?
Nos conocimos
en el colegio alemán cuando apenas teníamos ocho años, y nunca nos habíamos
separado. Hacía cuatros años que a mi padre, un afamado oficial alemán, le habían
trasladado como cónsul hasta la ciudad de Madrid. Allí descubrimos que no sólo
nuestros padres eran militares, sino que residíamos en el mismo pueblo cercano
a la capital. Recuerdo con precisión el día en el que se me acercó por primera
vezen el patio de la escuela. Estaba llorando, porque mi padre había muerto de
un ataque al corazón el día anterior. Kenneth me preguntó cuál era el motivo de
mis lágrimas. Al conocer el motivo, me respondió:
-
No
estés triste porque sino yo también lo estaré. Si te casas conmigo, te llevaré
en mi caballo blanco a mi castillo. Está muy lejos, pero allí seremos muy
felices y nunca más volverás a llorar.
¿Dónde habían
quedado esos sueños?, ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no escapar juntos a sus
castillo?, ¿por qué no huir a un lugar muy muy lejano donde nadie pudiera
enturbiar nuestro futuro?
Kenneth puso su
mano en mi vientre y me dijo:
-
Voy
a volver por dos motivos. El primero, porque un día te prometí que te llevaría
en mi caballo blanco hasta mi castillo donde seríamos felices. Y en segundo
lugar porque mi hijo tiene que poner cara a su padre.
Nunca pretendí
ponérselo más difícil, pero en ese instante mis lágrimas empezaron a aparecer.
Cerré los ojos, Kenneth me besó muy despacio. Sentí como si en cada beso
nuestros labios no quisieran despegarse, posiblemente porque eran conscientes
de que estarían durante mucho tiempo sin reencontrarse. De repente, el frío
volvió, Kenneth se despegó, cogió de nuevo su mochila, el sol empezó a
ocultarsey la fría noche heló hasta lo más hondo de mi corazón.
Durante los
primeros cinco meses desde su partida, recibí puntualmente y de manera semanal
sus cartas. A través de ese medio, yo le informaba de como iban las cosas por
aquí, y de como iba la gestación de nuestro hijo.
El 19 de abril
de 1937 recibí su última carta:
Para mi Sol y mi vida:
Amor mío, nunca pensé que
el hombre pudiera cometer las atrocidades que aquí estoy viendo. Mi única
motivación eres tú. Sólo pienso en que volveremos a estar juntos, y que nunca
más, nada ni nadie podrá separarnos.
¿Cómo va el pequeño?
Quiero que sepas que no
paro de pensar en ti. Todas las noches antes de dormir releo todas tus cartas.
No tienes que tener miedo, porque yo nunca faltaría a una de mis promesas,
volveré. Así que por favor no quiero que pienses cosas malas.
No te preocupes, todas las
noches rezo porque se acabe todo esto. Nadie se merece lo que aquí está
pasando. Gracias a Dios no he tenido que matar a nadie, lo evitaré siempre que
pueda.
Siempre tuyo.
Kenneth de la Cueva y
Perignat
Después de esta
carta no volvimos a saber de él. Dos años más tarde, cuando acabó la guerra, lo
dieron por muerto. Durante todos esos años no paré de pedirle al Señor que me
lo devolviera, le pedí que me lo trajera sano y salvo, pues no sabía como vivir
sin él.
En numerosas
ocasiones volví al campo de girasoles, repitiendo siempre la misma acción. Nada
más llegar hasta el lugar de nuestra despedida gritaba:
-
¡No
puedes dejarme sola!, ¡me lo prometiste!, ¡Vuelveeee!,¡Vuelveee!
Tras mis
reprimendas caía al suelo desolada y derrotada. Había ocasiones en los que no
me movía durante días del lugar. Mi familia se encontraba verdaderamente
preocupada, eran conscientes de que ahora tenía un hijoy tenía que ocuparme de
él, pero sabían que no estaba bien mentalmente, por ello mi madre era la que se
encargaba de su cuidado.
Con el paso de
los años, no tuve más remedio que hacerme a la idea, de que Kenneth no
volvería. Tenía que buscar un padre para mi hijo, y sobre todo tenía derecho a
volver a enamorarme y ser feliz, sólo tenía 27 años.
Sin quererlo,
volví a sentir el amor, aunque de manera diferente. Mick, amigo de ambosy
compañero de la escuela, me apoyó de manera incondicional desde el inicio.
Posiblemente a su lado, y después de tanto sufrimiento podría volver a ver la
luz.
Pero algo
totalmente imprevisiblevolvió a enturbiar parte del futuro que había empezado a
recomponer, justo cinco años después de su partida, y tres años después de
haber terminado la guerra. El 19 de abril de 1942, me encontraba hablando con
Mick en la cocina,mientras lavaba los platos. Mi hermana Angela entró
sobresaltada:
-
¡Dicen
que han encontrado a Kenneth!,¡acaba de entrar en el pueblo!
El plato que
lavaba se partió en mis manos, una mancha de sangré comenzó a brotar en el
fregadero. Inmediatamente miré a Mick. Una sola idea venía a mi cabeza. Durante
años pedí a Dios para que me lo devolviese, ahora sólo deseaba una cosa, que se
lo llevase, y lo volviera a perder en la guerra.

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