Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 19 de abril de 2013

Quien se pierde en la guerra.(I).El pasado siempre vuelve


Nos tumbamos en el campo de girasoles, a las fueras del municipio, nuestros brazos podían rozarse. Miré hacia arriba y el universo parecía amarillo en su totalidad. Pensé en lo idílico de la situación, al fin el mundo era de mi color preferido, pero el viento abrasante impactó en nuestros rostros, y fui consciente de la situación. No hacia falta que él me dijese nada, sabía que la guerra se lo llevaba.

Permanecimos callados durante intensos y pesados minutos, aquellos incómodos momentos en los que uno no sabe que decir.
Kenneth me sonrió, apenas podía verlo, el sol se había posicionado frente a sus facciones, pero adivinaba su semblante y su boca resplandeciente.

No podía parar de darle vueltas, ahora que nos habíamos prometido, me lo querían arrebatar. ¿Por qué se tenía que ir?,¿por qué no podríamos escapar?
Nos conocimos en el colegio alemán cuando apenas teníamos ocho años, y nunca nos habíamos separado. Hacía cuatros años que a mi padre, un afamado oficial alemán, le habían trasladado como cónsul hasta la ciudad de Madrid. Allí descubrimos que no sólo nuestros padres eran militares, sino que residíamos en el mismo pueblo cercano a la capital. Recuerdo con precisión el día en el que se me acercó por primera vezen el patio de la escuela. Estaba llorando, porque mi padre había muerto de un ataque al corazón el día anterior. Kenneth me preguntó cuál era el motivo de mis lágrimas. Al conocer el motivo, me respondió:

-          No estés triste porque sino yo también lo estaré. Si te casas conmigo, te llevaré en mi caballo blanco a mi castillo. Está muy lejos, pero allí seremos muy felices y nunca más volverás a llorar.

¿Dónde habían quedado esos sueños?, ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no escapar juntos a sus castillo?, ¿por qué no huir a un lugar muy muy lejano donde nadie pudiera enturbiar nuestro futuro?


Kenneth puso su mano en mi vientre y me dijo:

-          Voy a volver por dos motivos. El primero, porque un día te prometí que te llevaría en mi caballo blanco hasta mi castillo donde seríamos felices. Y en segundo lugar porque mi hijo tiene que poner cara a su padre.

Nunca pretendí ponérselo más difícil, pero en ese instante mis lágrimas empezaron a aparecer. Cerré los ojos, Kenneth me besó muy despacio. Sentí como si en cada beso nuestros labios no quisieran despegarse, posiblemente porque eran conscientes de que estarían durante mucho tiempo sin reencontrarse. De repente, el frío volvió, Kenneth se despegó, cogió de nuevo su mochila, el sol empezó a ocultarsey la fría noche heló hasta lo más hondo de mi corazón.

Durante los primeros cinco meses desde su partida, recibí puntualmente y de manera semanal sus cartas. A través de ese medio, yo le informaba de como iban las cosas por aquí, y de como iba la gestación de nuestro hijo.
El 19 de abril de 1937 recibí su última carta:

Para mi Sol y mi vida:

Amor mío, nunca pensé que el hombre pudiera cometer las atrocidades que aquí estoy viendo. Mi única motivación eres tú. Sólo pienso en que volveremos a estar juntos, y que nunca más, nada ni nadie podrá separarnos.
¿Cómo va el pequeño?

Quiero que sepas que no paro de pensar en ti. Todas las noches antes de dormir releo todas tus cartas. No tienes que tener miedo, porque yo nunca faltaría a una de mis promesas, volveré. Así que por favor no quiero que pienses cosas malas.

No te preocupes, todas las noches rezo porque se acabe todo esto. Nadie se merece lo que aquí está pasando. Gracias a Dios no he tenido que matar a nadie, lo evitaré siempre que pueda.

Siempre tuyo.

Kenneth de la Cueva y Perignat


Después de esta carta no volvimos a saber de él. Dos años más tarde, cuando acabó la guerra, lo dieron por muerto. Durante todos esos años no paré de pedirle al Señor que me lo devolviera, le pedí que me lo trajera sano y salvo, pues no sabía como vivir sin él.

En numerosas ocasiones volví al campo de girasoles, repitiendo siempre la misma acción. Nada más llegar hasta el lugar de nuestra despedida gritaba:

-          ¡No puedes dejarme sola!, ¡me lo prometiste!, ¡Vuelveeee!,¡Vuelveee!

Tras mis reprimendas caía al suelo desolada y derrotada. Había ocasiones en los que no me movía durante días del lugar. Mi familia se encontraba verdaderamente preocupada, eran conscientes de que ahora tenía un hijoy tenía que ocuparme de él, pero sabían que no estaba bien mentalmente, por ello mi madre era la que se encargaba de su cuidado.

Con el paso de los años, no tuve más remedio que hacerme a la idea, de que Kenneth no volvería. Tenía que buscar un padre para mi hijo, y sobre todo tenía derecho a volver a enamorarme y ser feliz, sólo tenía 27 años.

Sin quererlo, volví a sentir el amor, aunque de manera diferente. Mick, amigo de ambosy compañero de la escuela, me apoyó de manera incondicional desde el inicio. Posiblemente a su lado, y después de tanto sufrimiento podría volver a ver la luz.

Pero algo totalmente imprevisiblevolvió a enturbiar parte del futuro que había empezado a recomponer, justo cinco años después de su partida, y tres años después de haber terminado la guerra. El 19 de abril de 1942, me encontraba hablando con Mick en la cocina,mientras lavaba los platos. Mi hermana Angela entró sobresaltada:

-         ¡Dicen que han encontrado a Kenneth!,¡acaba de entrar en el pueblo!

El plato que lavaba se partió en mis manos, una mancha de sangré comenzó a brotar en el fregadero. Inmediatamente miré a Mick. Una sola idea venía a mi cabeza. Durante años pedí a Dios para que me lo devolviese, ahora sólo deseaba una cosa, que se lo llevase, y lo volviera a perder en la guerra.

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