Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 12 de abril de 2013

Quien se esconde debajo de la cama


Miré por el agujero del cerrojo de mi habitación, era lo suficientemente grande como para comprobar si había alguien en el pasillo. “No había moros en la costa”, abrí sigilosamente la puerta blanca de madera de mi habitación con la intención de dirigirme al dormitorio de mis padres.

Hoy tenía la importante misión de conducir al Capital Buckman y a su señoría al “fuerte” del poblado.  Allí se encontrarían seguros bajo mi protección. Ninguno de los habitantes del pueblo conocía su localización, así que no tenían de qué preocuparse.

La puerta de la habitación se encontraba entreabierta. A pesar de que la luz era tenue, el halo de claridad que se colaba por uno de los huecos de las cortinas de seda granates, era suficiente para moverse sin dificultad.

Antes de iniciar la operación, volví hasta la puerta de madera de roble, nadie parecía dispuesto a enturbiar mi misión, por lo que con mucho cuidado me fui metiendo debajo del lecho de mis padres.
La cama de madera era de gran tamaño, lo suficiente como para esconder a un niño que estaba a punto de cumplir 10 años.
La altura y la perspectiva de la cama hacían inviable comprobar si había una persona debajo, a no ser que uno se agachara por completo. Por ello, era el escondite perfecto, de hecho era mi preferido, nadie podía verme.

Todos de pequeños en algún momento hemos soñado con ser invisibles, y así me sentía yo cuando me introducía bajo esa cama. Por algún motivo, a nadie se le ocurría la brillante idea de buscarme en aquel lugar. Siempre era yo el que finalmente tenía que salir, y poner fin a mi juego.

Jamás revelé a nadie cuál era mi espacio secreto, pues sabía que el día que lo diese a conocer todo podría ser bien diferente.

Pero la tarde del 12 de abril de 1996 todo cambió, y el juego de un simple niño se convirtió en algo que me marcaría para siempre.
El reloj de la alcoba dio las 20:00, justo en ese momento me disponía a salir, pero unos gritos procedentes de la entrada de la casa, me llevaron a meterme de nuevo a toda prisa, para que no pudieran verme.

Los pasos cada vez estaban más cerca y eran más pesados. Mamá no paraba de gritar:

-          ¡Nooo, no aguanto más!

Julia, la señora que nos cuidaba y ayudaba a mamá en las tareas de la casa, trataba de tranquilizarla:

-          ¡Señora tranquilícese por favor, va a asustar al bebé!

Pero mamá se encontraba fuera de sí, y no respondía, tan sólo se escuchan golpes y más golpes, y como en cada paso rompía y rompía más cosas.

Papá era un hombre muy bueno, el pobre apenas decía nada, sólo palabras tranquilizadoras que trataban de calmar a Mamá, que no parecían surtir efecto:

-          ¡Yo no puedo más!, ¡no les aguanto! ¡Eres un “pelele”!, ¡lo han conseguido!, ¡me voy!, ¡me voy…para siempre!

En ese momento mamá cerró de golpe la puerta. El gran portazo hizo que me encogiera, e involuntariamente me protegiera con mis propios brazos.
Papá trataba de convencerla para que abriese, pero sin éxito. Tan sólo rompía y rompía más cosas: el jarrón de porcelana que estaba junto al tocador, una de las puertas del armario de madera de caoba que se encontraba frente a la cama, etc.

En un momento pareció tranquilizarse, o al menos eso parecía desde el ángulo en el que observaba atónito como se pintaba los labios frente al cristal de su tocador. Sin embargo algo raro le pasaba, no parecía la misma, no parecía mi mamá. Segundos más tarde estrelló el pintalabios contra el cristal, e inmediatamente, se tiro a llorar a la cama. La fuerza con la que se tiró al colchón hizo que me golpeara fuertemente. Fue ese el momento en el que empezó de nuevo a hablar en alto:

-          ¡Yo no quería esta vida!, ¿me oyes?, ¡que se entere todo el mundo! ¿Por qué tenemos que seguir con esta farsa?, ¡tú no me quieres!, tú no me quieres, mentiroso!, (mamá comenzó a meter golpes en el colchón).

Eran tales sus gritos y sus llantos, que justo en ese preciso instante yo también comencé a llorar, pero su histeria le impedía percatarse de que su hijo mayor de 9 años se encontraba debajo de su cama. Mamá no parecía dispuesta a callarse:

-          ¿Esto era lo que querían?, ¡pues lo han conseguido!, ¡no soporto esta casa!, ¡no soporto a toda tu gente! Y nooooooo… ¡yo no quería tener hijos! ¡Me obligasteis!, ¡yo tan sólo era un niña!, ¡soy demasiado joven!, ¡nooooooo!

Estuve a punto de salir, los golpes eran tan bruscos que comenzaban a impedirme respirar, no podía aguantar, e incluso las lágrimas de mi madre eran tan abundantes que parecían calar hasta las profundidades del somier. De nuevo paró, se levantó, pareció sacar una de las maletas y empezó a meter algunos de sus enseres, no sin parar de maldecirnos a todos nosotros:

-          ¡No os quiero a ninguno!, ¡a ninguno de vosotros! ¡Ellos serán como tú…llevan tus sangre!, ¡me habéis arruinado la vida!, ¡me dais asco!

Volvió a la cama, esta vez permaneció boca arriba en la misma posición que yo. Su respiración iba al mismo tiempo que la mía, y sus llantos iban a mi mismo compás. Decía que se iba para siempre y lo peor de todo, no paraba de decir que no nos quería.

Papá volvió a hablar tras la puerta:

-          ¡No mereces estar en esta casa!, ¡vete, no te necesitamos!

Al segundo, mamá tiró hacia la puerta una de las figuras de porcelana china que se encontraba en la coqueta anexa de la cama. El cuerpo de la figurita, de considerable tamaño, rebotó y llegó hasta el interior de la cama, a escasos metros de donde yo me encontraba. De repente se agachó, mi corazón comenzó a palpitar con más y más fuerza, estaba convencido de que me descubriría.

La puerta volvió a sonar, mamá retrocedió, y seguidamente metió una patada al cuerpo de la figura, que impactó en mi frente. Mamá profirió en el mismo instante, el mismo grito que yo. Lo mismo sucedió en la moqueta azul del cuarto, se llenó de sangré por dos lados, procedente de su herida del pié derecho, y de la brecha que acababa de ocasionar en mi frente.

Antes de abrir la puerta, mamá se miró en los restos del espejo de su tocador, parecía mucho más serena. Después abrió la puerta, miró de nuevo atrás, su mirada se detuvo en el tocador, retrocedió, y al llegar hasta el retrato de  nosotros, lo tiró por la ventana.

Poco a poco fui escuchando como sus tacones se despedían de cada palmo de la casa, interrumpidos por su último golpe final.

Tras el ruido de la puerta de entrada, y aún con el sobresalto, salí de debajo de la cama y me encontré frente a frente con Julia y mi padre. Papá se calló de rodillas, y él, que hasta el momento no había echado ni una lágrima, comenzó a sollozar mientras trataba de proteger mi frente.

Nuestros ojos se encontraron, y yo tan sólo podía llorar y negarle con la cabeza.

Jamás volvimos a saber de ella, nunca más volvió, tal y como anunció.

Nunca podré olvidar sus últimos pasos por el parqué, y sobre todo, como antes de marcharse rompió en mil pedazos nuestro retrato, y en definitiva, una parte de mi vida. Al igual que rompió mi frente, que me recuerda cada día el momento en que inocentemente me metí debajo de su cama, y presencié algo que jamás debió de contemplar un niño.

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