Todas las mañanas la veía. Siempre me sonreía. Algunas veces no tenía ni tan siquiera un segundo para
pararme, pero sabía que no me fallaría, que ella siempre estaría allí. Recuerdo
perfectamente el día en que se cruzó por primera vez en mi camino, casi como si
hubiese ocurrido hoy mismo. Era una mañana “pasada por agua”, una de las
típicas de otoño en Madrid, en las que el metro se encuentra especialmente
lleno, y puede apreciarse ese olor tan característico de humedad entre los
vagones.
No era ninguna novedad, me dirigía al trabajo, e iba
justo de tiempo. Siempre acudía en metro, ante el
bullicio de la multitud. Había días en los que la gente se encontraba
especialmente en silencio, era en esos momentos donde me entretenía a imaginar
sus vidas y dar rienda suelta a mi imaginación. Les miraba y las recreaba, pensaba a
quién escribían el mensaje del teléfono por el que sonreían, o el por qué de
sus lloros, mientras escuchaban la música por los auriculares. Cualquiera de
vosotros podría pensar que estoy loco, o en la manera absurda de invertir mi
tiempo, pero a parte de soñar mi vida, también me gustaba soñar la de vida de otros;
y siempre las terminaba con un final feliz.
Era otra fría mañana otoñal,
y nuevamente el metro de Madrid se había averiado. Miraba una y otra vez el
reloj de mi muñeca izquierda, como si pensara que por mirarlo en cada instante
el tiempo iba a detenerse, pero no surtía efecto. Se abrieron las puertas del
vagón, y mis piernas se aceleraron, intentando salvaguardar los obstáculos
que me impedían llegar hasta la salida.
Nada más salir de la
estación la lluvia comenzó a caer con más fuerza. Por ello, me protegí durante unos segundos bajo techo, en busca del paraguas que llevaba en mi mochila. En
ese instante me percaté por primera vez de que ella se encontraba allí. Su mirada
me penetró, y durante unos instantes me
dejó en una especie de hipnosis; mi mente se quedó completamente en blanco, y
no pude dejar de mirarla.
Allí estaba, inmóvil, con la mirada perdida, sentada en una pequeña silla desplegable sin respaldo. Los relámpagos se hacían cada vez más sonoros, pero no parecían audibles para sus oídos. Yo me acerqué algo confuso, mientras observaba como aquella anciana de más de setenta años se empapaba ante la atenta mirada de decenas de transeúntes.
-¿Perdone, se encuentra bien?- fueron las
primeras palabras estúpidas que salieron de mis labios. La mujer parecía
incrédula y durante unos instantes no me ofreció contestación alguna.
- Todo el mundo pasa por
aquí, pero… hacía tiempo que nadie me preguntaba nada -me respondió.
- ¿Por qué no se mete en la entrada del
metro? Así al menos evitará mojarse -continué. La mujer se incorporó con
algo de dificultad, momento en el que le presté mi brazo para llegar a los
escasos metros que separaban la calle de la entrada de la estación de
metro.
Antes de emprender mi camino
hasta el trabajo, aquella señora pronunció una frase que no dejó de
“sonar” en mi cabeza de manera repetida.
- Que tenga usted un buen día hijo -fueron
sus palabras.
No eran nada del otro mundo,
¿pero cómo podía preocuparse una mujer, o mejor dicho una anciana, que
aparentemente vivía en la calle, de desearme un buen día?
A partir de ese día nuestra
relación se fue volviendo cada vez más estrecha.Por las mañanas le llevaba el
café, otros días, cualquier otra cosa que necesitara, e incluso había ocasiones en las que comíamos o cenábamos juntos. Se llamaba María, tenía 78 años, y
hacía 3 meses que le habían echado de su casa ya que pagaba el alquiler de una renta
antigua, y el dueño había decidido construir un nuevo edificio. La mujer tenía
una pequeñísima pensión que apenas le daba para comer, y mucho menos para
encontrar un techo. Me comentó las dificultades que tenía para encontrar una cama
caliente en los albergues de la ciudad, a no ser que fuera pronto, e hiciera una
larga cola. Además, la difícil situación económica había desbordado, al parecer,
todas las previsiones de este año.
María tenía problemas de
movilidad, y el centro más cercano para dormir se encontraba algo lejos. No
tenía familia, tan solo algunos parientes lejanos en Extremadura que le
habían dado la espalda al considerar que era una carga. Hacía varios meses que
había tramitado una ayuda en asuntos sociales, pero le habían comentado que
estaban saturados, y que estaban a la esperaba de una plaza en alguna residencia.
María me dijo que ya no le
quedaban lágrimas, que ya sólo le quedaba resignarse a vivir lo que le tocase.
Me agradecía mi interés, mi compañía y mi predisposición por echarle una mano.
En múltiples ocasiones, al llegar a casa me sentía estúpido, notaba que ella era la que me daba más aliento
y fuerza para sobrellevar algunos “problemillas” que me surgían, y que yo le
comentaba. Tenía la necesidad de ver a María siempre que podía, de protegerla,
y de darle el lugar que ella merecía.
Había días en los que antes de
acercarme a ella la observaba desde los cristales, sin que pudiera
percatarse, contemplando cómo pasaban ante ella las personas. A ninguno de ellos
parecía importarle que estuviese ahí; parecía que María fuera invisible, que
no existía. En alguna ocasión, algunos de ellos se paraban a echarle una
moneda, pero no se detenían, ni tan siquiera le miraban.
Hacía tres meses que había
conocido a María, y podría afirmar que me había aportado la sabiduría de una
persona que tenía mucho “mundo” y que tenía aún mucho que decir. Si hubiera
tenido una cierta libertad económica, os aseguro que me la habría llevado a
casa, sin embargo apenas tenía 25 años y trabajaba en una tienda de ropa (8 horas por
600 Euros). A pesar de ello le ayudaba en lo que buenamente podía. Habíamos acudido en
varias ocasiones a asuntos sociales, pero no paraban de decirnos que estos
casos solían dilatarse en el tiempo.
Esa tarde de invierno apenas pude concentrarme en el trabajo, algo me decía que algo no iba bien. Pero no
podía dejar la tienda e ir hasta el lugar donde María siempre permanecía.
Llegaron las diez, la hora de cierre, y caminé a toda prisa hasta el rincón
donde ella me esperaba. Pero la anciana ya no estaba. Sin embargo su silla
desplegable si permanecía allí, completamente vacía, sin rastro de su dueña.
Incrédulo ante la situación,
me senté en su silla, bajé la cabeza y pensé dónde podría estar, qué podía
haber sucedido. Al levantar la cabeza, una mujer que se asomaba por una
ventana procedente de un edifico próximo, comenzó a llamarme.
–
Tú eres el chico que venía a ayudar a la vieja -me preguntó.
– Sí,
¿qué ha pasado?, ¿dónde está? -le
contesté.
Al escuchar sus palabras mi
mente se bloqueó, dejé de oír por completo y comencé a sentir una presión en mi
cabeza, como si intentarán reducirla hasta hacerla desaparecer.
María había fallecido de un ataque al corazón, y había muerto sola, en silenció, y totalmente desprotegida. Me hubiera encantado haber estado con ella, haberle dicho que no se preocupara, que pronto estaría mejor, aunque fuera mentira. Sin embargo esas oportunidades sólo se daban en las películas, aquellos instantes en los que en los protagonistas siempre llegan justo a tiempo. Pero esto era la vida real, por eso no había habido ningún final feliz y María me había dejado para siempre.
Volví al lugar donde
permanecía su silla plegable azul, me coloqué a unos centímetros frente a
ella, y recordé la mañana en que ella, María, llenó de color mi vida. Desplegué
la silla, la apreté fuerte contra mí y lloré desconsoladamente. Me llevaba lo
único que tenía. Ahora sí, María se “venía” definitivamente conmigo a Casa.

Con el permiso del resto de mis compañeros, este blog es el que más me ha impactado. No por su diseño, que es clásico y simple. No por sus gadgets, que son prácticamente inexistentes. No por su colorido. La clave o, como bien dice su autor, la llave de este blog nos abre a un contenido muy rico, fantástico. Un contenido que no son más que historias; pero historias que no dejan indiferente. Lo más sorprendente es que todavía van tres entradas, y tu forma de expresarte ya me ha conquistado. Como amante de la escritura y de la creación literaria, deseo que sigas escribiendo en este espacio porque estoy seguro de que seremos muchos los que disfrutemos con tus textos. Si me permites una sugerencia, ante la calidad y sensibilidad de las entradas, yo le pondría música tranquila al blog, para acompañar la lectura y que ayude al lector a profundizar más si cabe en lo que desprenden los textos.
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