Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


viernes, 18 de abril de 2014

El árbol de la vida


Mi abuelo Juan me contó una vez que mis antepasados, además de traerse la llave de nuestra casa de España se llevaron las semillas de un gran árbol que había en la puerta de su hogar. Esta fue la razón por la que desde hacia más de cuatro siglos, a cada primogénito de la familia se le encomendaba la tarea de proteger aquel arbusto.

A veces apoyaba la cabeza en su corteza, con los brazos extendidos en su tronco. Aunque su enorme grosor me impedía alcanzarlo por completo. Podía parecer extraño, pero para mi estirpe era uno de los vínculos que nos unía a aquella vida de siglos atrás, del lugar de donde proveníamos, de Sefarad.

Por algún motivo las entrañas de aquel ser viviente desde hacia tiempo se habían ido apagando. Buscamos todas las opciones que estaban en nuestra mano, pero nada, absolutamente nada hacía que volviera a la vida. Aún así yo me resistía a dejarlo, iba junto a él cada tarde, a susurrarle que nunca le íbamos a abandonar.

La situación en Tirnaso, mi pequeño pueblo situado a pocos kilómetros de Larisa era cada vez más tensa. Aquí nos conocíamos todos, y a pesar de que nuestra comunidad no tenía un número considerable, empezaba a sentirse cierto miedo, ya que las noticias que llegaban de los periódicos y la radio hablaban de matanzas en diferentes ciudades de Europa por parte del ejército alemán.

Desde hacía unas semanas había comenzado a tener unas terribles pesadillas, que me despertaban en medio de la noche y que me impedían volver a dormir. No sabía cuál era la causa, pero tras el desvelo, una sola imagen venía a mi cabeza, aquel árbol. Esta era la razón por la que abandonaba mi lecho con sumo cuidado, para no despertar a mis hermanos pequeños y me dirigía hasta él. Una vez allí, en una de esas madrugadas, descubrí un hueco de tamaño considerable que me permitía acceder hasta su interior. La sensación una vez dentro, era de inmensa paz. De completa protección.
Desde aquel día convertí sus profundidades en mi hábitat, y el lugar donde podía conciliar el sueño, lejos de aquellas extrañas voces e imágenes que perturbaban mis noches.

Las noticias de guerra eran cada vez más sonoras y la entrada de los alemanes en nuestro país parecía cada vez más cerca. Algunas personas con cierto poder en la localidad comenzaron a prohibir el acceso al trabajo a la población judía. Incluso se hablaba de que la entrada de los nazis sería inminente y que se llevarían a todos los judíos.  ¿A dónde? Papá decía que le habían contado lo que hacían con nosotros, que querían hacernos desaparecer de la faz de la tierra, pero yo me negaba a creerlo. ¡Nosotros no habíamos hecho nada! ¡No tenía sentido!

Una vez que los alemanes entraron en territorio griego, los malos presagios inundaron todos nuestros hogares, ¡Ya no había duda! ¡Venían a por todos nosotros!

Agotone, el alcalde del pueblo que tenía cierto trato con papá le recomendó que huyéramos, pero ¡No teníamos donde ir! ¡Tarde o temprano acabarían encontrándonos! Por ello mi padre se negó a que nos moviéramos de allí. Agatone le tentó con una importante suma de dinero, si le vendíamos el terreno que adquirió mi familia nada más llegar hasta esta aldea. Ya no quedaba nada de aquella casa familiar, pero si se mantenían las raíces moribundas de aquel árbol sin vida que prometimos sostener hasta el final de nuestro linaje.
El regidor del municipio quería ampliar la plaza de Tirnaso. El terreno familiar se encontraba en la parte trasera del núcleo del pueblo, y este momento era una buena ocasión para su compra y para nuestro abandono.

Papá tan solo hizo una pregunta - ¿Habría alguna opción para mantener el arbusto?

Agatone contestó con sorpresa- ¿Qué árbol? ¡Ya solo existe un tronco inerte!
Mi padre dio media vuelta mientras respondía con total rotundidad – Mi respuesta es no.

El Alcalde cerró su agenda mientras murmuraba:
-         Un árbol muerto va a propiciar vuestra propia muerte.

Tres días después tropas alemanas alcanzaron el municipio. Horas más tarde se dio la orden de que todas las personas judías teníamos que presentarnos en la plaza central. Una de los hombres al mando portaba una pequeña lista en la que constaban las 109 personas judías que vivíamos allí. Entre ellas los doce miembros de mi familia. Un soldado nazi tocó nuestra puerta. Al segundo comenzaron los gritos y los lloros entre los vecinos. Todos teníamos que acudir sin excepción. Mamá llevaba en sus brazos al pequeño ángel de siete meses que no paraba de sollozar.

Una vez que todos habíamos salido de nuestras casas, nos mandaron formar una fila. Nada más comenzar la marcha, empezaron a escucharse disparos procedentes de la plaza. Tan solo esos sonidos quebrantaban el silencio absoluto que reinaba en nuestras calles.

Una inmensa niebla comenzó a cubrir el cielo. Y con esa bruma, una imagen vino a mi cabeza, la del árbol. Me dirigí al abuelo Juan y le dije:

-         ¡Nos conducen a la muerte! ¿Confiarías en mí? Pide a todas las personas que puedas que me sigan. ¡Tengo una idea! Una vez que pasemos la calle del torreón, seguiremos hasta el terreno donde está nuestro árbol, se encuentra de paso. Si lo hacemos con sumo cuidado no se darán cuenta, apenas se puede ver nada ¡No hay tiempo que perder!

Conté un total de veinticinco personas introducidas por el agujero de aquel árbol. Por último, y antes de que entrara la última, y me introdujera yo, unas voces con un pronunciado acento germano comenzaron a rodear el lugar donde nos encontrábamos. Mientras tanto, todos los que nos concentrábamos allí atrincherados, a  duras penas podíamos mover ni un músculo, nos manteníamos  aterrados, conscientes de una muerta segura.

El sonido de los disparos comenzó a ser cada vez más frecuente, y  de nuevo las voces extranjeras que evidenciaban un gran enfado, tuvieron como resultado que las mujeres presentaran un incómodo tembleque nervioso.

De nuevo, un gruñido y una luz entró por la cavidad del árbol ancestral. ¡Habíamos sido descubiertos!

Mi hermano de apenas siete meses, desde hacía unos minutos había dejado de llorar. Como si hubiera sido consciente del peligro al que nos enfrentábamos. Nunca olvidaré aquella mirada perdida de mamá, y como sostenía por el cuello al pequeño ángel para acabar con su vida antes de que pudieran hacer con él algunas de las sonadas atrocidades nazis.

De repente una voz desconocida retumbó en el interior: ¡Aquí no hay nada! ¡Han huido!


El silencio volvió a imperar de nuevo, acompañado de algunas lágrimas que empezaron a cubrir el terreno de aquel árbol muerto. Aquel árbol de la vida.

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