¿A cuántos nos ha pasado eso
de mantenernos anclados en algo?
¿Con qué finalidad? Eso mismo
me pregunto ahora yo.
Al final, te das cuenta de
que lo único que es verdad es que no somos nada, y que la mente, nuestra mente,
hace con nosotros lo que buenamente quiere. ¿Si no somos capaces de controlar
nuestros pensamientos, cómo vamos a poder dirigir nuestra vida? Sí, lo sé, no
es tarea sencilla.
Nuestra cabeza nos atormenta
haciéndonos reflexionar sobre si pudimos hacer las cosas de otra manera, si
somos culpables, inocentes o víctimas. Y no viene de más que en ocasiones nuestras
conciencia se encienda y nos haga darnos cuenta de cosas que a priori pueden
pasar desapercibidas, pero… ¿qué sucede cuándo quedamos atrapados en el desconsuelo?
Corremos un grave riesgo, que
es el de acomodarnos en la satisfacción del dolor, y es un camino donde los
peldaños cada vez son más altos y más oscuros.
Por tanto, nuestra cabeza
tiene que estar al servicio del individuo, y no el individuo al servicio de la
cabeza.
Siempre existen sucesos
desafortunados que nos generan una inestabilidad emocional. Precisamente esa
fue la razón por la que durante días, semanas, e incluso meses, traté sin éxito
de que algo o alguien me ofreciera una respuesta. Una respuesta que yo mismo
sabía que no tenía una posible contestación.
¿Por qué? Y con ese por qué
aparecían otros interrogantes.
¿Por qué en ese momento? ¿Por
qué en ese lugar? ¿Por qué no dije nada a tiempo? ¿Por qué nadie se dio cuenta?
Una voz comienza a sonar en
tu cabeza de manera intermitente: ¡Por qué! ¡Por qué! Y más tarde llega un
proceso habitual, el de la auto culpa.
Aunque resulte absurdo. De alguna forma son mecanismos habituales que utiliza
nuestro admirable motor cerebral, como si fuéramos máquinas.
Me hubiera gustada muchas
cosas, entre otras, olvidar ese frío 14 de enero. Y aunque en algunos momentos
sigo queriendo engañarme, y pienso que tan solo es un oscuro sueño, poco a poco
trato de irme alejando de ese mundo paralelo que cree para protegerte en Nueva
York, donde siempre te vi feliz y así me lo demostraste. Y eso no significa no
seguir teniéndote presente, simplemente no quiero vivir en una ilusión de algo
que no existe, pero sí que existió.
Trato de quedarme con algo,
con tan solo un instante, y viene a mi mente de inmediato, tu gran sonrisa. Jamás
pensé que una sonrisa pudiera esconder tanta tristeza.
Hoy es hoy y tú sigues
estando aquí. Me has enseñado que hay que vivir, pero además de tener los pies
en la tierra hay que aprender a ver más allá, a descubrir que se esconde detrás
de cada mirada, antes de que todo sea demasiado tarde.

No hay comentarios:
Publicar un comentario