Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


martes, 5 de julio de 2016

La abuela Juliana


Recuerdo aquel día que subí a verte unos días después de tu 99 cumpleaños. El salón estaba repleto de ramos de flores. Tú ya no podías reconocerme, pero aún me sonreías. Tus gafas estaban encima de la mesa, y ese libro del evangelio abierto. En este momento no recuerdo qué pasaje era, pero sabía que tu fe permanecía inquebrantable. 
Una gama de colores inundaba la habitación, sin embargo aquellas flores comenzaban a apagarse. Igual fue en ese instante, no lo sé, pero quizás fui consciente de que a ti comenzaba a sucederte algo parecido.

Todavía estabas con nosotros, y mientras recorría el largo pasillo que conducía hasta tu habitación, pasando por la cocina, el despacho del abuelo Cipriano, el servicio, la habitación de la prima Inma y la habitación de la abuela Raimunda, reflexionaba sobre el valor de la enfermedad. ¿Cuál era el motivo, o… por qué era necesario pasar ese trance de “sufrimiento” antes de alcanzar la muerte? No podía entenderlo. No lo consideraba justo. 
Por eso, antes de perderme por caminos oscuros, decidí apoyarme en la fe que tú siempre me habías enseñado y me habías demostrado.

Ahora pienso en las personas buenas. Esa es la primera imagen que aparece en mi mente cada vez que pienso en ti. 

Siento la misma angustia que en otros momentos. Y no por la incertidumbre de lo que puede acontecer, sino de asistir a algo que a todos se nos escapa.
Le doy vueltas a ese segundo, a ese preciso instante en el que todo cambia.
Aquel segundo fugaz.

Cierro los ojos. Veo una sala inundada de negritud donde se adivinan puertas que permanecen cerradas. Un destello se proyecta en mi mano derecha; es una llave dorada. Me invade el deseo de abrir esas puertas una a una. Descubro tras ellas una luz que se vuelve cada vez más potente.

Hace no mucho la abuela Concha me dijo refiriéndose a ti que “la mejor palabra era la que no se decía”. 

Jamás te escuché una mala palabra hacia nadie. Jamás te escuché una queja. Ni siquiera un lamento.
Estar a tu lado era estar cerca de otra dimensión donde solo había espacio para la sencillez y la bondad.

Nos queda aún mucho por aprender abuela, de ti y de de la gran obra que supiste crear junto al abuelo Cipriano. Vosotros me enseñasteis que la navidad era la familia. Por eso esperaba cada año mi mejor regalo, el poder estar todos juntos: con la tía Charo, el tío Pocholo y los primos, con el tío Cipria, la tía María Luisa y los primos, la tía Fuencis, mis abuelos, mis padres, mis tíos, etc.

Hay personas que nacen en este mundo con la misión de hacernos mejores. Que nos dan una lección de vida con sus actos. Que nos descubren que podemos formar una sociedad más justa. 

Pienso que tu particular vínculo con el que lo rige todo, te había otorgado un don especial. Que no eras como el resto de los mortales.
Posiblemente siempre habías permanecido “elevada”, porque tú siempre fuiste un ser de luz. Un regalo que vino directo del cielo. 
Ahora sé que tienes que volver al lugar que te corresponde. Que debes regresar al sitio que te pertenece, porque tienes que volver a volar.

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