Mara se levantó sobresaltada de la cama. Acababa de tener una pesadilla. Se había incorporado angustiada, con la sensación de que todo había sido real, cogió su bata de raso que se encontraba en la silla de mimbre, y busco sus brazos para envolverse ella misma y sentirse protegida. Abrió la puerta de la habitación con sumo cuidado para comprobar que no había nadie, y suspiró aliviada al observar que se encontraba sola.
Volvió a cerrar la puerta y se dirigió hacia el tocador de madera ubicado frente a ella. Se sentó, apartó el pelo de su cara y se miró en el espejo. Pero su mirada rehuía la imagen ofrecida en el reflejo. La joven bajó su mirada y se encontró con la instantánea, que adornaba el lado derecho del tocador de mármol y madera, que había heredado de su madre. Mara lo cogió con total delicadeza, y rememoró el instante en que fue tomada, en aquel mismo tocador, cuando ella todavía era una cría. Se acordaba de cómo su madre le había cogido encima de sus rodillas, del olor a violetas de su perfume, y de cómo su padre les había pedido que sonrieran.
En aquel mismo
lugar había decidido que quería ser maquilladora profesional, al igual que su
madre. Frente a ese cristal, había recibido los mejores trucos de su principal
maestra, e incluso había fantaseado en cómo se pintaría en el futuro para su
amado.
Mara volvió a la
realidad, su madre no se encontraba junto a ella, ni tampoco tenía doce años.
Lo primero que hizo fue acercarse la crema hidratante. La extendió por toda su
cara, y sintió un enorme frescor en todo su rostro, especialmente en el lado
derecho de su pómulo. Como si de un ritual se tratase, cogió el antiojeras de
barra y se lo aplicó con pequeñísimos golpecitos en la región que sentía más
necesaria (la franja del ojo que llegaba hasta la mejilla). Seguidamente
utilizó una base correctora del número cinco acorde a su tono. Y finalizó, con
un polvo compacto que se aplicó con la ayuda de una brocha mientras se deshacía
el recogido del pelo, y se lo echaba hacía adelante.
La chica cogió una
elegante blusa color ocre, y una falda marrón a juego con unos altos tacones.
Miró su reloj de muñeca dorado, y antes de cerrar la puerta agarró su bolso,
que se encontraba en el sillón de la entrada.
Mara trabajaba como
maquilladora en un popular programa de testimonios de la televisión. Al llegar
a la sala de maquillaje, su jefa Pepa con cierta preocupación le dijo:
-
Nuestra T1 ha aparecido con “la cara hecha un cristo”, mira tú si
puedes hacer algo…porque así no va a salir.
Mara se asomó y se encontró a una joven de
su edad, con parte de la cara amoratada. La maquilladora se dirigió a su jefa y
expuso:
-
Pepa, díselo a Rober por favor, ya sabes que a mí estas cosas me
dan muy mal rollo, de verdad.
Sin embargo su superiora no estaba
dispuesta a darle tregua y sentenció:
-
Eres la mejor maquilladora del programa, entra, comienza tu trabajo y
dime qué puedes hacer.
La joven regresó a la sala de maquillaje,
se acercó hasta la invitada del programa y le dijo:
-
¿Pero… qué te ha pasado?
La chica, que se encontraba en el sillón de
cuero negro no respondió. Tan sólo se limitó a intentar bajar la cara. Mara
cariñosamente le subió la barbilla, las dos jóvenes se quedaron calladas
durante algunos segundos, observándose a través del espejo. La maquilladora se
acercó sigilosamente a su oído y le dijo:
-
¿Cómo permites que alguien te haga esto?
Treinta minutos después, Pepa le daba la
enhorabuena a Mara de manera efusiva:
-
¿Qué te he dicho..?. Si es que… cualquiera diría que te tiras los
días tapando moratones. ¡Gracias guapa!
Mara se quedó inmovilizada, con una falsa
sonrisa que se quedó dibujada en su cara, después del beso que había recibido
de su jefa.
Tras la jornada,
volvió a casa. Antes de introducir la llave, la joven acercó el oído hasta la
puerta, para intentar escuchar algún ruido. Finalmente, con decisión, la chica
entró en su casa. No había nadie. Se quitó los altos tacones y se dirigió hasta
el tocador de su habitación. Sacó de su neceser las toallitas, y comenzó a
desmaquillarse. A los pocos segundos comenzaron a aparecer los moratones.
De repente la
puerta de entrada se abrió, y se cerró de manera abrupta. Los pesados pasos que
se dirigían hacía la habitación no dejaban duda, era Manuel. El joven de 1,90 y
aspecto rudo, entró con cierta agresividad en la habitación donde se encontraba
su novia. Se posicionó detrás de ella, la agarró del pelo y le dijo:
-
¡Ya has vuelto a maquillarte como una puta!
Mara cerró los ojos
y sintió el primer cosquilleo en su rostro. Más tarde, dejó de sentir nada.

Una semana mas, leyendo tus grandes posts, pero creo que ahora ya sin anonimato ninguno... se que no esperabas que fuese yo pero ahora a lo mejor todas esas veces que he escrito lo escrito cobre mas sentido y te llegue mas adentro.
ResponderEliminarPoco que decirte que no te diga cada semana que escribes en el blog que te superas cada vez mas y bueno aunque este es duro de leerlo se que tenia q aparecer un post de este tipo algún día pero no es plato de buen gusto saber que aún siguen y seguirán existiendo este tipo de historias. Un beso y contando las horas para el próximo.
Escalofriante relato. Máxime cuando todos sabemos que este tipo de historias suceden en la vida real. Me parece un autentico alegato contra los malos tratos, y una forma de que todos nos sensibilicicemos con esta lacra social. El estilo de tu blog es sobrio, nada de estridencias. Justo lo que se precisa para el contenido que se expone. Mi enhorabuena por tu trabajo. Un saludo
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