Sentí frío, mucho frío.
Después esa frialdad se convirtió en un calor abrasador que recorrió todo mi cuerpo,
de los píes a la cabeza. Comencé a notar un sudor que me debilitaba y que me
convertía en un ser frágil e indefenso. A continuación mi visión se vio
afectada por una densa niebla que me impedía ver con claridad. Antes de
desfallecer, una especie de rayo de luz penetró en mis ojos, la negritud se
apoderó de mí.
Tan sólo escuchaba el sonido
de mi corazón: “pom…pom”, “pooom…poom”.
Un nuevo brillo iluminó mi
retina, comienzan las imágenes:
- Los píes
descalzos de un niño por una calle empedrada. (La luz vuelve y la imagen
desaparece).
- Unos labios
gruesos pintados de carmín rojo. La mujer sonríe, ¡es mi madre! (La luz vuelve
y la imagen desaparece).
- Un libro. Las tapas gastadas son de cuero marrón. Puedo
leer el título de su portada: A las
Eskondidas, José de Perignat Caro. (La luz vuelve y la imagen desaparece).
- El rostro de mi
madre vuelve, me habla: “lo ke dize no es ni verdad ni realidad”. (La luz
vuelve y la imagen desaparece).
- Me veo en mi
colegio, las paredes son blancas. La profesora me pregunta. Yo le respondo: “la
nona, el nono, mizmo la vizina de ariva ke ya saviya ke va vinir doktor, vinian
a kaza”. Todos los niños de clase se ríen. (La luz vuelve y la imagen desaparece).
- La profesora
habla con papá y con mamá. Luego estamos en casa. Papá discute con mamá. (La
luz vuelve y la imagen desaparece).
- Ya vivimos en
otro sitio. Estoy en otro colegio. Veo a Jarvia. (La luz vuelve y la imagen
desaparece).
- Un campo de
girasoles. (La luz vuelve y la imagen desaparece).
- Mi esposa Jarvia y yo en el
campo de girasoles. (La luz vuelve y la imagen desaparece).
- La barriga de
Jarvia. (La luz vuelve y la imagen desaparece).
- La guerra, los
cuerpos en el suelo. (La luz vuelve y la imagen desaparece).
- El tiro que me
alcanza, una cama. (La luz vuelve y la imagen desaparece).
- Los ojos afilados
de Jarvia. (La luz vuelve y la imagen desaparece).
- Mi pasaporte. (La
luz vuelve y la imagen desaparece).
- Los ojos de un
oficial alemán. (La luz vuelve y la imagen desaparece).
- La estrella de
David. (La luz vuelve y la imagen desaparece).
Me despierto, estoy en la parte trasera del coche, tumbado. Las puertas del automóvil se encuentran abiertas. Comienzo a identificar sonidos:
- ¿Te encuentras
mejor? (pregunta Jarvia).
Voy recuperando poco a poco la consciencia. Me incorporo. Me apoyo en el portero del edificio de mi nuevo hogar. El viento sopla con fuerza. No ha sido un sueño, me encuentro en Stuttgart.
Aquella noche apenas existe comunicación entre mi mujer y yo. Poco parecía importarle tenerme en casa después de haber estado desaparecido durante años a consecuencia de la Guerra Civil.
Mi memoria iba recuperando con lentitud mi pasado, y sobre todo iba poniendo en orden mis sentimientos. Sólo sabía una cosa, amaba con toda mi alma a Jarvia, aún teniendo en cuenta la existencia de algo que “se me escapaba”, motivo por el cual nos encontrábamos más separados que nunca.
Todo había sido muy repentino, no podía asimilar tantos cambios. Pero había algo que me inquietaba, ¿cuál era el motivo por el que mi mujer eludía cualquier tipo de roce conmigo? Ni siquiera mi desvanecimiento le había llevado a preocuparse por mi estado de salud una vez que llegamos hasta la planta de arriba.
Por un momento olvidé todos esos pensamientos negativos, y me inundó la nostalgia. Sentía la necesidad de cobijar a todos los recuerdos que estaban presentes en mi inconsciente, y que por alguna razón habían quedado en el olvido durante tantos años. Ahora sí que me acordaba de todo.
Durante mi infancia, mi madre, que provenía de una rica familia de la aristocracia andaluza, de ascendencia sefardí, había tratado por todos los medios de educarnos bajo el legado familiar que había permanecido inmutable durante siglos. Mamá hablaba judeoespañol, o lo que otros llamaban ladino. Su afán porque la lengua de nuestros ancestros no se perdiera, le había llevado a hablarme en aquel idioma medieval desde bebé.
El judeoespañol fue mi lengua materna, hasta los cinco años. Esto no fue impedimento para poder comunicarme con el resto sin problema, hasta aquel día en el que mi profesora habló con mis padres, momento en el que todo cambió.
Desconozco el motivo por el cual nos cambiamos de residencia, ni tampoco sé porqué nunca jamás volvió a hablarse el judeoespañol en casa. Lo que nunca, ni la profesora, ni papá, ni nadie, pudo evitar es que en mi mente quedaran grabadas todas las cantigas en ladino que me cantaba mamá, sus cuentos…
Cuando llegué a mi nuevo colegio, coincidente con el traslado de trabajo de papá, todo resultó distinto. La férrea disciplina alemana fue dura, pero mi encuentro allí con Jarvia supuso el empuje que necesitaba. Nunca olvidaré una de nuestras primeras conversaciones:
- Tienes un acento
raro, me gusta porque eres diferente.
Jarvia siempre me dijo que no había nada más romántico que oír hablar de una lengua que no se había modificado en absoluto con el paso de lo siglos. ¿Existía un amor más grande que ese?, o cuando me pedía que la recitase alguna de las canciones que entonaba mi madre cuando era niño, le emocionaba especialmente la de Adió Kerida:
Adió,
Adió
kerida
No
quero la vida,
Me
l´amargates tu…
El sueño empezó a apoderarse
de mí. Los ojos acusadores de mi mujer, que horas antes me habían “amenazado”
ante las autoridades alemanas, volvían a amedrentarme, en esta ocasión en mis
sueños, pero la voz dulce y aterciopelada de mi madre comenzó a colarse entre
mis oídos, como si quisiera apaciguar las aguas. La melodía continuó, y se hizo
cada vez más sonora:
No quero la vida,
Me l´amargates tu,
Me l´amargates tu…
Los rayos del sol me
desvelaron del sueño. Me había quedado dormido en la mesa de madera del salón.
Al levantar la mirada me sobresalté al ver a escasos metros a Jarvia, sus ojos
al dirigirse a los míos, sólo me trasmitían algo oscuro y siniestro.
Esa mañana no desayuné, me di
una ducha rápida y corrí a toda prisa hacia la embajada, Jarvia tenía que
acompañarme para inscribirse a ella misma y a nuestro hijo como ciudadanos
españoles.
Al pasar por la plaza del
mercado, un grupo de señores se arremolinaban en corro. Comenzaron a escucharse
gritos, Jarvia se quedó al otro lado de la calle, mientras yo cruzaba con decisión
a observar lo que allí acontecía. Nada más abrirme paso entre la multitud, pude
ver como una persona de avanzada edad caía bruscamente al suelo, tras recibir
una patada en la espalda que sonó en seco, como si hubieran partido multitud de
huesos en su interior. Corrí hasta él, para socorrerlo, y traté de incorporarle
dándole apoyo en mi hombro. Pero antes de que eso sucediese, un enorme
brazalete en su brazo derecho llamó poderosamente mi atención: la estrella de
David.
Al levantar la mirada, una
cantidad ingente de personas me admiraban, atónitos por lo que acabar de hacer.
No hubo tiempo de reacción. Seguidamente uno de los hombres que se encontraba
allí, me escupió en la cara y gritó:
- ¡Sucio judío!
Caí al suelo, y traté de
proteger con mis brazos a aquel hombre que yacía en el suelo, ya no sabía si
estaba muerto o vivo. Tan sólo sabía que había algo que nos unía, una estrella,
aquella estrella que lo cambiaba todo.

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