Una densa niebla envolvía la
ventana de la habitación. Mis ojos tan sólo identificaban el color gris, un
gris con ciertas tonalidades oscuras que me producían una extraña sensación,
una combinación entre ansiedad e inquietud. No sabía qué había pasado ni dónde estaba.
Traté de incorporarme, y un
fuerte dolor en la parte derecha de mis costillas me recordó lo sucedido, había
perdido el conocimiento tras haber sido golpeado al intentar ayudar a un
anciano judío. Al instante recuperé la lucidez, estaba en la habitación anexa al
dormitorio que compartía con mi esposa Jarvia, hasta días atrás, en nuestro
nuevo piso de la ciudad alemana de Stuttgart.
No me pregunten la razón, ni
yo mismo lo sé, pero jamás intercambié palabra con mi mujer de lo sucedido. Esa
fue la razón por la que nunca supe ni cómo llegué hasta allí, ni quién me
trajo. Simplemente estaba agradecido de estar vivo. Hay ocasiones en que ese es
el único consuelo, continuar con vida.
La relación con mi esposa y
mi hijo se hacía cada vez más compleja, no había hecho falta hablar del asunto,
ellos habían decidido que yo estaba en el “bando contrario”. Ni siquiera fue
necesario decir nada, me habían asignado un nuevo dormitorio, Jarvia no quería
compartir el mismo lecho, e incluso me prohibieron entrar en su mismo baño.
No se lo pregunten, no es
necesario. Sí, si tenía dignidad, pero estaba adormecido, esa anestesia que
sólo produce el inmenso amor que se tiene por la familia: por mi mujer y por mi
hijo, sangre de mi sangre.
La Alemania nazi aseguraba
que los judíos eran una amenaza para la humanidad, pero…¿qué era ser judío?,
¿acaso era una raza tal y como ellos trataban de constatar? Yo era católico,
católico apostólico romano para más INRI, pero eso no era suficiente para esos
monstruos. Ser judío era una cuestión “de sangre”, y al parecer, mi linaje
estaba plenamente infectado. ¿Cuánto tardarían en descubrir mi secreto?, ¿era
mi Dios el que me había llevado a morir lejos de mi amada Sefarad? Decidí pertenecer
al lado de los “perdedores”, al de los que les volvían la espalda, al de los
que les escupían. Podría haberlo hecho perfectamente, yo era español, la cosa
no iba conmigo, pero no… algo me había llevado hasta allí, y mi corazón me
pedía que tenía, o mejor dicho, que debía de hacer algo por intentar ayudar a
toda esa gente abandonada por el mundo, daba igual que hubieran pasado muchos
siglos desde nuestra nueva situación, sí, yo era sefardí.
Al llegar al consulado me
topé con su máxima autoridad, el Cónsul, Martín Bolderín de la Sierra:
-
Kenneth, tenemos
que volver a España, el gobierno nos ha hecho llegar una carta de urgencia. Aquí
no estamos seguros, la situación es insostenible y de extrema gravedad.Sin pensarlo, le contesté:
-
Yo me quedo.
Martín puso su mano sobre mi
hombro y contestó:
-
Kenneth, acabarán
matándote.
Nos fundimos en un fuerte
abrazo, ambos lloramos. Ya no quedaba ningún miembro español en el edificio,
Bolderín me entregó las llaves del inmueble, no sin antes de desearme suerte:
-
Que Dios te
bendiga, eres un buen hombre. Puedo imaginar lo que pretendes hacer, ojalá tuviera
el mismo valor, pero yo ya soy demasiado mayor.
No habían pasado ni cinco
minutos, y ya me encontraba sumergido en el archivo del consulado en busca de
algún documento que pudiera informarme de la constancia de sefardíes en la
ciudad. Después de más de cinco horas ininterrumpidas sin éxito, me propuse
buscar la carta en la que se expresaba el deseo de abandonar la ciudad por
orden del régimen de Franco. Fue en ese momento cuando un paquete aún sin abrir
llamó mi atención. Llevaba semanas esperando noticias de mi amigo Ángel
Sanz-Briz.
Querido Kenneth:
Me encuentro con enormes dificultades
para exponerte por este medio toda la información que me demandas. Te ruego que
me llames lo antes posible al número de teléfono que te pongo a continuación. Si
las líneas telefónicas fallaran o ya se hubieran cortado, sólo puedo decirte
que sí, nuestros peores augurios se están cumpliendo. Franco nos ha pedido que
volvamos a España, yo he decido quedarme unas semanas más pese a las
recomendaciones, he de solucionar unos asuntos.
Tu siempre amigo.
Ángel Sanz-Briz.
Mi corazón se encontraba
enormemente exaltado, descolgué el teléfono, aún daba línea y marqué a prisa. A
través del auricular escuché el primer tono de llamada, el segundo, el tercero y
el cuarto:
-
Embajada española
en Budapest, ¿diga?
Quisiera hablar con Don Ángel
Sanz-Briz por favor (le respondí).
- Al
aparato, ¿quién le demanda? (me
contestó)
Con la voz entrecortada
expuse:
-
Ángel, amigo, soy
Kenneth, ¿qué está pasando? No puedo creer que sea cierto lo que me expones en
tus líneas, verdaderamente… ¿los masacran en masa?
El sonido se fue por un
momento, pero a los segundos volvió:
-
No puedo
contarte, ni siquiera por aquí es seguro. Escucha con atención, se está
cometiendo un terrible error con algunos ciudadanos españoles, las autoridades
nazis los ha confundido con judíos, pero no… son ES-PA-ÑO-LES, ¿entiendes
Kenneth?
-
Sí…si (le
expuse).
Ángel continuó:
-
Existe un Real Decreto en el cual se expone claramente
que los sefardíes son españoles. Dicho Decreto elaborado en 1924 por Primo de
Rivera sigue Vigente (grita con ímpetu), ¿lo has comprendido Kenneth? Es
importante que entiendas lo que quiero decirte, si tienes algún problema tienes
que ser firme. Algunos de nuestros compañeros están expidiendo estos
salvoconductos en otros países con éxito, y es muy importante que lo hagas lo
antes posibles, antes de que sea demasiado tarde. He tratado de localizar el listado
de sefardíes en Stuttgart, me ha costado mucho, tan sólo hay constancia de 150,
pero, ¿tú conoces más, verdad?, ¿lo entiendes Kenneth?
-
Por supuesto (le
contesté).
Ángel prosiguió:
-
¿Has visto la
gran biblia que os he enviado?, ¡rompe las gruesas tapas de cuero del final,
están cosidas! Ahí encontrarás el listado de los ciudadanos españoles. Antes de
despedirme sólo puedo desearte suerte. ¡Ten mucho cuidado Kenneth! Una última
cosa, al sacar a los españoles, tienes que buscar alguna colonia donde siempre
esté presente la bandera española, para que no tengan dudas de que ellos están
bajo nuestra protección. Es muy importante que lo comprendas todo. ¡Nos vemos
en España!, ¡adiós!
Encontré la llave de la caja
fuerte dentro del llavero que horas antes me había dado Martín, quedaba
suficiente dinero para realizar algunas gestiones. Entre otras, tenía que
encontrar el medio para trasladar a todas aquellas personas. A la mañana
siguiente conseguí alquilar dos edificios de dos plantas, que se encontraban juntos,
a las afueras de la ciudad. Se encontraban muy deteriorados, de ahí su ridículo
precio, pero al menos tendrían un cobijo seguro. A continuación fui a una
tienda textil, en la cual encargué 6 gigantescas banderas con los colores
españoles, para que cubrieran las fachadas delanteras y traseras. Me
prometieron que en un plazo máximo de tres días las tendrían
Por último, a las 16:00h,
conseguí alquilar 25 camionetas, y antes de emprender el viaje hasta los campos
de trabajo donde permanecían retenidos los sefardíes que me disponía a rescatar,
me di una vuelta por el mercado, y contraté a 25 hombres para que me sirvieran
como conductores de las camionetas que estaba a punto de recoger. Cual fue mi
sorpresa al descubrir allí a un joven gallego que vivía en la miseria, al cual
le había sorprendido la guerra en esa ciudad.
Estaba solo, me arriesgué,
pero necesitaba la ayuda de un compatriota más que nunca. Le conté mi plan y me
prometió lealtad a cambio de darle un lugar donde dormir y comida.
A continuación llevamos a los
24 hombres restantes hasta la Casa española, les vestimos con los trajes
oficiales del consulado, y nos dirigimos hasta los campos de trabajo, que se
encontraba a unos 7
kilómetros del centro. Alberto, el gallego, que vestía
al igual que yo, la indumentaria de máximos honores militares, se comprometió a
llevarme en uno de los coches oficiales que permanecían presentes en el consulado
y a acompañarme hasta las oficinas centrales del campo.
Al llegar al campo de
trabajo, tres oficiales alemanes nos recibieron amablemente. Nosotros les
respondimos a su saludo:
-
Heil Hilter!
Posteriormente les conté el
motivo de mi visita, y me condujeron hasta las dependencias del director del
campo.
El alemán miro y remiró
desconcertado el documento en el que se explicaba lo sucedido. Después de unos
minutos expuso:
-
Llévenlos hasta
los barracones correspondientes, ¡España es amiga!
Durante horas un trabajador
del área nos dirigió por el sinfín de barracones que componían esa pequeña
ciudad. Trataba de mantener firme, asemejarme a su actitud, inmóvil, carente de
toda sensibilidad, pero era imposible no mirar al suelo: apilado de miseria, ratas,
personas desnutridas, (algunas de ellas no se sabía si vivas o muertas). Pero
el horror llegó ante mis ojos cuando vislumbré cientos de cuerpos apilados en
masa, cuerpos compuestos sólo por huesos. El olor era tan fuerte que Alberto,
el gallego, tuvo que parar variar veces a vomitar. No era cierto lo que decían,
era muchísimo peor, estaba a punto de comenzar un paseo por el campo de la
muerte.
Nos encontramos con grandes
problemas para localizar a algunas de las personas presentes en la lista,
muchas de ellos se encontraban supuestamente en paradero desconocido según las
autoridades del campo. Al inicio de entrar en los barracones se solía perder
mucho tiempo, se producía un inmutable silencio al pronunciar el listado de
nombres. Seguidamente comenzaban los lloros, en el momento en que el vigilante
alemán amenaza Aquellas personas estaban convencidas de que serían sus últimos
momentos de vida:
-
Merian Benarroch
Teoclen, Sara Levy Benaim, Ilana Caro Cohen, Yael Franco Bengio. (Primer
barracón).
-
Mimon Carasso
Kohen, Adi Melul Azulay, David Guillén Agag, Moises Iglesias Rofé. (Segundo
barracón).
-
Sol Benmejara,
Mercedes Haim Amarillo. Mi corazón se detuvo, (Pom…Pom), tragué saliva. ¡No
podía ser!, Rebecca Sarano de la Cueva y perignat, (pero nadie respondió).
Repetí con fuerza, Rebecca Sarano de la Cueva y Perignat. Una voz comenzó a
sonar:
Arvoles lloran por lluvia
Y montañas por aireAnsí lloran mis ojos
Por ti querido amante.
Lloro y digo qué va a ser de mí.
En tierras ajenas me vo murir
Rebecca se presentó ante mí, me resultó imposible contenerme, la primera lágrima comenzó a caer. Estaba muy debilitada, pero conservaba los mismos ojos verdes de mi padre. Me acerqué hasta ella y le pregunté:
- ¿Tiene más familia aquí o amigos?
Rebecca contestó:
-
Mi ijo Rafel
Sarano de la Cueva y Perignat, Yosef Sarano de la Cueva y Perigant, mi ijika
Susana Sarano. Mas mi esposo murió.
De los 150 sefardíes de la lista sólo rescatamos a 95
de manera real, Yosef Sarano y Susana (mis primos hermanos, de los cuales no había
sabido hasta ese momento, se encontraban dentro de la lista. No corrió la misma
suerte Rafael, pues ya era demasiado tarde). El resto de personas que montamos
en nuestros coches un total de 177, (no pude más por problemas de espacio),
fueron personas que escogí al azahar, la mayoría de ellos niños y niñas.
Antes de subir al coche, la lluvia comenzó a caer con
fuerza, pero ni los relámpagos, ni el intenso aguacero me impidieron ver a la
persona que trataba de esconderse en las dependencias de le entrada. Allí se
encontraba Mick, amigo y compañero desde la infancia, tanto de mi esposa Jarvia
como mío. Ahora lo comprendía todo, ahora entendía el cruce de miradas entre
ambos, sus constantes venidas a casa, etc. En este momento sabía por que estaba
yo en aquella ciudad, y también sabía en lo que Mick se había convertido: en un
asesino, en un ser sin escrúpulos.
¿Cuánto tardarían en llevarme a dar el último paseo
por el campo de la muerte?, ¿quién me delataría él, o Jarvia?

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