Abrí
la puerta de mi casa con miedo pues existía un silencio aterrador, aquel
mutismo me hizo pensar que algo dramático estaba por acontecer. A lo lejos
advertí una luz en el fondo, de inmediato, un ligero ruido en el interior del
salón. A continuación la sintonía de la radio y aquella voz.
Era
él, ese individuo, ¿cómo alguien, aún en la lejanía, podía dañarme tanto?
Avancé
muy lentamente, tratando de no hacerme visible, posicionándome justo detrás de ella.
Permanecía inmóvil, casi abducida por sus palabras-Sentí terror, en aquel
momento fui consciente de que ella tan sólo era un robot en manos de su amo.
Sonó
la puerta y tras el sonido de las llaves, nuestro hijo interrumpió aquel
momento de incredulidad, mi esposa Jarvia se pronunció:
-
Ammm…¿estás tú también
aquí? (refiriéndose a mi)
Asentí con la cabeza mientras nuestro hijo saltaba en
brazos de su madre para besarla. En ese instante las palabras de mi pequeño me
dejaron petrificado como una estatua:
-
Mamá…¿sabes lo
que nos han hecho prometer hoy en el colegio? Para ser buenos ciudadanos y
servir a Alemania tenemos que combatir contra todo el mal que nos acecha, por
eso hay que denunciar a los traidores.
En ese momento interrumpí al pequeño Kenneth:
-
¿Quiénes son esos
traidores, hijo?
Sus ojos se engrandecieron mientras me daba su
respuesta:
-
A aquellos que
escondan a esos sucios judíos, nuestro deber es denunciarles, tenemos que sacar
a esas ratas de sus escondites.
Pensé en retirarle la mirada pero no lo hice:
-
Kenneth, ¿qué
pasaría si tuvieras algún amiguito, o incluso algún familiar que fuera judío,
¿también lo denunciarías?, ¿acaso es eso lo que debe hacer un buen católico?,
¿qué es lo que dicen los mandamientos, ayudar al prójimo ¿no?
Por un momento permaneció dubitativo, pero la
palmadita en la espalda de Jarvia le hizo reaccionar:
-
O se sirve a
Alemania o se está contra ella, por culpa de los judíos mira como estamos. Si
el judío no se va, yo seré el que le descubra.
Sus palabras comenzaron a introducirse en mi mente y a
resonar de manera repetitiva:
-
Si el judío no se
va, yo seré el que le descubra, si el judío no se va, yo seré el que le
descubra, si el judío no se va, yo seré el que le descubra, si el judío no se
va, yo será el que le descubra, si el judío no se va, yo seré el que le
descubra, si el judío no se va, yo seré el que le descubra. El que le descubra,
el que le descubra. SI-EL-JUDÍOS-NO-SE-VA/ YO-SERÉ-QUIEN-LE-DESCUBRA.
Sí, ya me había quedado claro, había entendido
perfectamente el mensaje.
Salí de mi casa con el corazón en un puño, no sabía
donde ir. El solitario edificio de la embajada española de la ciudad alemana de
Stuttgart no me parecía el lugar más oportuno. Opté por ir a uno de los
inmuebles donde permanecían los judíos que había sacado semanas atrás de aquel
campo, del que se comentaba: “que entrabas por la puerta y salías por la
chimenea”.
Aquellos seres humanos se encontraban en un espacio
reducido. Los dos edificios de pequeñas proporciones eran insuficientes para
177 personas, pero por el momento no contábamos con otro lugar mejor que fuera
seguro.
Uno de esos días en los que me disponía a abandonar
uno de los edificios “bajo protección española”, una niña de unos 7 años llamó
poderosamente mi atención. Permanecía en el lado derecho de la entrada, sola.
La observé durante varios minutos con detenimiento y me percaté de que hacia
algo así como cuidar de un grupo de flores silvestres. Le sonreí y le dije:
-
¿Kual es el
nombre de la ninia de las flores?
La pequeña me regaló una de las flores de su jardín
mientras me respondía:
Daniella, mas para ti…la ninia de las flores, tu
ninia.
No pude remediar abrazarla mientras le decía:
-
Si, mi ninia.
Ese mismo día Daniella me dijo que cumplía 8 años. Por
ello nos recorrimos casi toda la ciudad hasta que dimos con un lugar en el que
vendían helados. La casualidad hizo que nos encontráramos con mi mujer Jarvia y
mi hijo Kenneth. Nada más vernos, se acercaron a prisa, Jarvia se adelantó:
-
¡Vaya qué
sorprea! (Jarvia acarició la cabeza a Daniella), ¿dónde vais?, ¿qué haces con
esta niña?
Estuve a punto de darme la vuelta, pero no la rehuí y
le contesté:
-
Es Daniella, la
hija de un compañero español del consulado. Hemos venido a comprar un helado
porque hoy es su cumpleaños.
Jarvia de nuevo se agachó y le preguntó:
-
¿Cuántos años
tienes?, ¿10 años?
Daniella respondió:
-
No, ma chikita…
Jarvia enfureció al reconocer casi al instante el
acento, cogió a Kenneth de forma apresurada y desaparecieron. Esa noche decidí
quedarme en uno de los edificios “anexos a la embajada española” en Stuttgart,
junto a mi tía y mis primos, a los cuales había conocido semanas atrás.
A la mañana siguiente salí temprano a hacer unas
gestiones con la intención de volver a la hora de comer. En las proximidades
del consulado compré un ramo de flores a Daniella para que pudiera plantarlas y
así ampliar su jardín.
Nada más llegar Alberto, mi fiel compañero gallego que
se encargaba de “custodiar” los edificios, me preguntó:
-
¿Y Daniella, no
estaba contigo?
-
¿Conmigo? Ya me viste
que salí por la mañana temprano (le contesté).
La mirada de Alberto me alarmó, junto a la
confirmación de sus palabras:
-
Esta mañana llegó
en un coche azul una mujer rubia que hablaba español, preguntó por Daniella y
dijo que la buscaba para llevarla contigo. La niña la reconoció y no le di
importancia.
Los peores presagios se me pasaron por la cabeza:
Alberto, a prisa…llévame a esta dirección (le ordené
sin dar explicaciones).
Cuando nos presentamos en el portal todo parecía en calma. Me
encontraba tremendamente agitado y consternado. ¡No, no creía que fuera capaz
de haberle hecho algo malo! Mis zapatos golpeaban con fuerza las pesadas
escaleras de madera de mi edificio, tal era el ruido, que algunos vecinos se
asomaban a la puerta del estruendo.
Al llegar al piso quinto, precisamente en la puerta de
la entrada donde residía mi familia, una flor me hizo detenerme. La flor se
encontraba aplastada en el suelo. Fue aquí cuando me di cuenta de todo.
“En medio del camino yo vi una flor un poco cansada.
Y supe que era
la flor… ay, de la ninia,
Ay,de
mi ninia,
de la ninia de las flores”.
Yo le di a una ninia una flor
Y la llamé la ninia de las flores.
Le di, ay, le di la flor
Pa´que la proteja…
Y un día, y un día
Desapareció, desapareció la niña.
Y yo sabía, y yo sabía
Que no la vería nunca más…
La ninia de las flores, Yasmin Levy

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