La rutina, aquella en la que
te preguntas por el sentido de tu existencia. Aquel instante en el que casi
nada parece importante, es más, todo te resulta incómodo.
Subir cada mañana al autobús
en la Palisades Ave resultaba un suplicio. El conductor de siempre desde hacía
décadas, la ausencia de novedad en los acontecimientos idénticos que pueden
surgir en el interior de un autocar, y lo más molesto, las caras repetidas de
sus protagonistas: aquel joven asiático, el hispano al que nunca le faltaba
café, la rubia explosiva, la chica de cara amargada, el gordito que ocupaba dos
asientos…
Ayer la muchacha mexicana que
le ayudaba con las tareas de la casa le decía entre lloros que uno de sus jefes
se había intentado quitar la vida:
-
¿Se está
acercando el fin del mundo? – Le preguntaba Lupita con lágrimas entre los ojos
a la señora de la casa.
-
No creo que se
esté acabando el mundo. ¿Por qué dice eso?- Contestaba con cierto grado de
asombro.
-
No sé… ahora
parece que sólo suceden cosas malas. Quizá sea un aviso. - Respondió la joven.
Raquel
se mantuvo durante unos segundos como ida. Seguidamente sintió la necesidad de
contacto humano. Se acercó unos pasos hacía ella y le pidió que tomara asiento
junto.
-
Las personas durante
muchos años se han olvidado de la razón por la que estamos aquí. Todos tenemos
una misión, nacemos con la finalidad de hacer algo en la vida. Y créeme, no es
una tarea sencilla. Quiero decir, que no es sencillo descubrir aquello que se
nos ha encomendado desde nuestro nacimiento. Fíjate que hay personas que mueren
sin saberlo. Hoy por hoy la gente trabaja y trabaja, gasta sin control, dicen
que están tremendamente enamorados pero todos se divorcian. Ellos creen que
viven, pero no viven. Hace tiempo que nuestra sociedad está muerta, nadie se
pregunta por su propósito. Lupita, ahora no sólo ocurren cosas malas, llevamos
viviendo este desastre desde tiempos inmemorables. La gente no es feliz, pero
no sabe que no es feliz, por eso sólo existe este caos. ¿Quién será capaz de
controlarlo? No quiero que estés triste, reza, ten fe, habla con tu corazón.
Ojalá, algún día la humanidad pueda darse cuenta de en qué nos hemos
convertido. Hemos nacido para amar, pero para amar de verdad.
Tocaba su mano con las yemas
de sus dedos, con la mirada perdida hacia un lugar recóndito. Sentía sus
arrugas, y de vez en cuando observaba las manchas marrones propias de su edad.
Aún se veía años atrás repitiendo la misma acción cuando era joven, sentía
cierto anhelo.
Su palma estaba caliente, la
sangre circulaba, posiblemente no con la misma facilidad que cuando se
conocieron. Su corazón bombeaba con el ritmo preciso. Apretó su mano con
fuerza, quería sentir que aún se encontraban vivos, no importaba que ya no
fueran jóvenes, sólo quería demostrar que todo aquello era real y verdadero.
Los edificios de la ciudad de
Nueva York comenzaban a avistarse antes de traspasar el túnel Lincoln. El
vehículo inicio el recorrido en su interior. Tan sólo había dos cosas que le
producían cierto miedo a la española en aquella ciudad a la que había llegado
cincuenta y seis años atrás: los subterráneos oscuros, y las mareas de gente n
la ciudad de los rascacielos. Le parecía una imagen dantesca, casi
apocalíptica.
Raquel se encogió en su
asiento nada más presentir las luces artificiales del pasaje. Su marido, que
conocía muy bien todos sus miedos, rodeó su hombro con su brazo derecho y la
besó.
De inmediato le invadió un
nerviosismo propio de la adolescencia, e incluso sintió cierta vergüenza.
Mientras tanto, la gente
asistía con cierto estupor a aquel instante de amor espontáneo que había
surgido entre aquellos ancianos. Algunos se preguntaban si aquellos viejos aún
podrían quererse.
Ella se limitó a sonreír ante
una sensación de felicidad extrema. Su corazón le hablaba y le respondía que
había cumplido su principal misión en la vida: amar de verdad. Le parecía algo
increíble. No había sido sencillo, pero sí, ella lo había conseguido en un
tiempo en el que todo parecía que tenía fecha de caducidad. Donde no había
lugar para la gente que sentía, que sentía que el amor sí es para siempre.

Sería bonito que el amor fuese para siempre
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