Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


domingo, 15 de diciembre de 2013

Te doy mis ojos





Comenzaba a olvidar los detalles básicos. Se ahogaba al pensar que un día todo podría ser definitivamente negro. Siempre había sido un chico positivo, pero ahora las circunstancias le hacían tener perspectivas diferentes.
Creía haber llegado a su destino, aunque no estaba seguro. En ocasiones se golpeaba contra las paredes durante minutos o tropezaba con cientos de obstáculos. No, todavía no era un experto en eso de caminar por la calles de Nueva York, siempre repletas de transeúntes carentes de tiempo para guiar los pasos de un pobre invidente perdido.

Se apoyó en la barra exterior de la pista de hielo. Ya no tenía ninguna duda, estaba frente a la pista de patinaje del Rockefeller Center. Años atrás, antes del accidente, acudía cada año por estas fechas a patinar. Sonreía mientras lo pensaba. Quizá no le hubiera importado ser patinador profesional. Por un momento pensó en si esta situación era sana, acudir al lugar que antaño le había hecho feliz aun sabiendo que jamás podría volver a repetirlo. ¿Recordaba con nitidez en su mente los detalles de la pista?, ¿El lugar donde se encontraba el árbol?

Las personas se agolpaban, los turistas debían de inundar las calles, y el ajetreo de la navidad en la ciudad que nunca duerme se dejaba entrever sobre los innumerables gritos y empujones que recibía en incontables ocasiones. Mientras tanto, él se mantenía inmóvil, firme, como si las tempestades no fueran con su persona. Como si realmente estuviera en un mundo paralelo.

Deseaba ser un espectador real de lo que sucedía. Agudizó su oído y trato de identificar alguna señal que le hiciera vislumbrar lo que allí estaba pasando. Cerró los ojos y pensó en la mujer de mediana edad que nunca se había subido en unos patines e iba de la mano de un acompañante, mientras una niña con un lazo rojo en la cabeza, de unos nueve años, les adelantaba a toda velocidad. En la pareja de enamorados que iban cogidos de la mano de manera ridícula con gorros de lana y largas bufandas, en la patinadora profesional a la que le gustaba mostrar sus dotes artísticas de manera extravagante…
 
Una sonrisa comenzó a surgir en su rostro, cuando un fuerte golpe sobresaltó la imaginación del joven. Aturdido, comenzó a mirar de derecha a izquierda tratando de encontrar explicación a lo sucedido, sin poder borrar aún la sonrisa de su cara. Una voz femenina atrajo su atención:
-        ¡Menudo golpe! ¿Te estás riendo de mí?- Preguntó la voz desconocida.

Al instante el chico cayó en la cuenta que aquel ruido había procedido de alguna persona que había caído a escasos metros de donde se encontraba él:

-        ¿Yo riéndome de ti? ¡No! ¡Ojala!- Le respondió entre risas.

-        ¿Cómo?- Contestó la chica incrédula.

-        Quiero decir que ojala pudiera haberte visto para haberme reído, pero no, no he podido verte. Soy Robert – Se presentó mientras estrechaba su mano.

Marian se sintió unos segundos incómoda, pero se recompuso con otra sonrisa mientras se arreglaba el moño de la cabeza y estrechaba también su mano.

-        ¿Qué haces aquí? , ¿Has venido solo?- Se interesó la joven.

-        Sí, no es fácil encontrar a alguien que quiera acompañarme en estos días - Replicó.

-        Espera a que me quite los patines y hablamos mejor. A no ser que tengas algún inconveniente en irte con una joven desconocida - Continúo la chica.

-        Correré el riesgo - Sentenció Robert arrancando una carcajada.

Robert permanecía inmóvil en la barandilla con cierta inseguridad. Desde el accidente se había vuelto muy desconfiado. No sabía si el estaban tomando el pelo, ni siquiera cuáles podían ser las intenciones de aquella voz femenina. En Nueva York a uno le podía ocurrir cualquier cosa.

Segundos más tardes la voz femenina volvía a resonar en sus oídos:

-        ¿Me permite el caballero que lo coja del brazo? 

Marian lo llevó hasta un banco cercano. Lejos del bullicio de la pista de patinaje, pero a unos pasos de la Avenida principal.

-        Y cuéntame, ¿qué hacías allí? – Preguntó con curiosidad Marian.

-        Hacía días que no salía de casa y estaba empezando a olvidarme de detalles esenciales. Cuando uno se acostumbra a vivir en la oscuridad, también se apaga en cierta parte su alma. No puedo ver las luces, sin embargo quería impregnarme de las luces de la navidad de las calles, inundarme de la alegría de la gente. No puedo ver los colores pero no me gustaría que me olvidara de ellos. ¿Sabes lo que quiero decir?

La joven asistía a sus palabras con cierta sorpresa. Reflexionó sobre sus palabras y a continuación dijo:

-        Y… ¿qué has pedido por navidad?

Robert lanzó un ligero resoplido mientras gritó con fuerza:

-        ¡Quiero ver!

Marian se aproximó hasta él y le contestó:

-        Pues creo que este año te has debido de portar bien, porque yo te doy mis ojos.

La primera lágrima comenzó a caer por los ojos de Robert mientras la joven española no para de contarle todos los detalles que suceden a su alrededor:

-        La mujer del abrigo marrón estampado que está frente a nosotros no para de moverse de un lado para otro. Lleva así más de cinco minutos, yo creo que la han dejado plantada.

-        ¿Tiene cara de enfada? (pregunta con interés)

-        Tiene cara de haberse tirado tres horas frente al espejo pintándose… ¡pero menudo cuadro! - Continúa entre risas.

- ¡Qué mala!- Dice entre carcajadas mientras en su mente se perfila un cambio con respecto al color de su vida, pasando de un tenue negro a una tonalidad mucho más clara y brillante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario