Comenzaba a olvidar los
detalles básicos. Se ahogaba al pensar que un día todo podría ser
definitivamente negro. Siempre había sido un chico positivo, pero ahora las
circunstancias le hacían tener perspectivas diferentes.
Creía haber llegado a su
destino, aunque no estaba seguro. En ocasiones se golpeaba contra las paredes
durante minutos o tropezaba con cientos de obstáculos. No, todavía no era un
experto en eso de caminar por la calles de Nueva York, siempre repletas de transeúntes
carentes de tiempo para guiar los pasos de un pobre invidente perdido.
Se apoyó en la barra exterior
de la pista de hielo. Ya no tenía ninguna duda, estaba frente a la pista de
patinaje del Rockefeller Center. Años atrás, antes del accidente, acudía cada
año por estas fechas a patinar. Sonreía mientras lo pensaba. Quizá no le
hubiera importado ser patinador profesional. Por un momento pensó en si esta
situación era sana, acudir al lugar que antaño le había hecho feliz aun
sabiendo que jamás podría volver a repetirlo. ¿Recordaba con nitidez en su
mente los detalles de la pista?, ¿El lugar donde se encontraba el árbol?
Las personas se agolpaban,
los turistas debían de inundar las calles, y el ajetreo de la navidad en la ciudad
que nunca duerme se dejaba entrever sobre los innumerables gritos y empujones
que recibía en incontables ocasiones. Mientras tanto, él se mantenía inmóvil,
firme, como si las tempestades no fueran con su persona. Como si realmente
estuviera en un mundo paralelo.
Deseaba ser un espectador
real de lo que sucedía. Agudizó su oído y trato de identificar alguna señal que
le hiciera vislumbrar lo que allí estaba pasando. Cerró los ojos y pensó en la
mujer de mediana edad que nunca se había subido en unos patines e iba de la
mano de un acompañante, mientras una niña con un lazo rojo en la cabeza, de
unos nueve años, les adelantaba a toda velocidad. En la pareja de enamorados
que iban cogidos de la mano de manera ridícula con gorros de lana y largas
bufandas, en la patinadora profesional a la que le gustaba mostrar sus dotes
artísticas de manera extravagante…
Una sonrisa comenzó a surgir
en su rostro, cuando un fuerte golpe sobresaltó la imaginación del joven. Aturdido,
comenzó a mirar de derecha a izquierda tratando de encontrar explicación a lo
sucedido, sin poder borrar aún la sonrisa de su cara. Una voz femenina atrajo
su atención:
-
¡Menudo golpe!
¿Te estás riendo de mí?- Preguntó la voz desconocida.
Al instante el chico cayó en
la cuenta que aquel ruido había procedido de alguna persona que había caído a
escasos metros de donde se encontraba él:
-
¿Yo riéndome de
ti? ¡No! ¡Ojala!- Le respondió entre risas.
-
¿Cómo?- Contestó
la chica incrédula.
-
Quiero decir que
ojala pudiera haberte visto para haberme reído, pero no, no he podido verte.
Soy Robert – Se presentó mientras estrechaba su mano.
Marian
se sintió unos segundos incómoda, pero se recompuso con otra sonrisa mientras
se arreglaba el moño de la cabeza y estrechaba también su mano.
-
¿Qué haces aquí?
, ¿Has venido solo?- Se interesó la joven.
-
Sí, no es fácil
encontrar a alguien que quiera acompañarme en estos días - Replicó.
-
Espera a que me
quite los patines y hablamos mejor. A no ser que tengas algún inconveniente en irte
con una joven desconocida - Continúo la chica.
-
Correré el
riesgo - Sentenció Robert arrancando una carcajada.
Robert
permanecía inmóvil en la barandilla con cierta inseguridad. Desde el accidente
se había vuelto muy desconfiado. No sabía si el estaban tomando el pelo, ni
siquiera cuáles podían ser las intenciones de aquella voz femenina. En Nueva
York a uno le podía ocurrir cualquier cosa.
Segundos
más tardes la voz femenina volvía a resonar en sus oídos:
-
¿Me permite el
caballero que lo coja del brazo?
Marian
lo llevó hasta un banco cercano. Lejos del bullicio de la pista de patinaje, pero
a unos pasos de la Avenida principal.
-
Y cuéntame, ¿qué
hacías allí? – Preguntó con curiosidad Marian.
-
Hacía días que no
salía de casa y estaba empezando a olvidarme de detalles esenciales. Cuando uno
se acostumbra a vivir en la oscuridad, también se apaga en cierta parte su
alma. No puedo ver las luces, sin embargo quería impregnarme de las luces de la
navidad de las calles, inundarme de la alegría de la gente. No puedo ver los
colores pero no me gustaría que me olvidara de ellos. ¿Sabes lo que quiero
decir?
La joven asistía a sus palabras con cierta sorpresa. Reflexionó sobre sus palabras y a
continuación dijo:
-
Y… ¿qué has
pedido por navidad?
Robert
lanzó un ligero resoplido mientras gritó con fuerza:
-
¡Quiero ver!
Marian
se aproximó hasta él y le contestó:
-
Pues creo que
este año te has debido de portar bien, porque yo te doy mis ojos.
La
primera lágrima comenzó a caer por los ojos de Robert mientras la joven
española no para de contarle todos los detalles que suceden a su alrededor:
-
La mujer del
abrigo marrón estampado que está frente a nosotros no para de moverse de un
lado para otro. Lleva así más de cinco minutos, yo creo que la han dejado
plantada.
-
¿Tiene cara de
enfada? (pregunta con interés)
-
Tiene cara de
haberse tirado tres horas frente al espejo pintándose… ¡pero menudo cuadro!
- Continúa entre risas.
-
¡Qué mala!- Dice entre carcajadas
mientras en su mente se perfila un cambio con respecto al color de su vida,
pasando de un tenue negro a una tonalidad mucho más clara y brillante.

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