Abre tu puerta cerrada


Abre tu puerta cerrada
Que ne tu mano está la llave
El amor a ti te vela
Partemos rosa, partemos de aquí.
Yo demandi por la tu hermozura
Como te la dio el Dió;
la
hermozura tuya escura
la merezco sólo yo.


lunes, 23 de diciembre de 2013

Lo que está en mi corazón


Frío, sentía mucho frío. Nada más llegar, casi al comienzo, tomó su abrigo, quería recomponerse, más su cuerpo le alertaba de que la temperatura seguía igual, que nada había cambiado. Palpó sus extremidades, el calor que desprendían parecía el correcto, pero algo en su interior le alertaba de que aquel entorno era diferente, como si algo hubiera cambiado.

Era posible que le recibieran con una sonrisa. Era posible que le abrieran las puertas de sus casas, aunque todo acontecía de manera superficial. Al igual que los pilares de sus casas, grandiosas exteriormente pero frágiles por dentro, tanto, que a muchas de ellas un fuerte soplido podría poner en peligro su estabilidad. Quién sabe cuál sería la razón: ellos aparentaban ser fuertes, muy fuertes, independientes, poderosos. Americanos. No les hacía falta conocer más. Ellos eran la potencia, ellos movían la economía del mundo. Se encargan de velar por la seguridad y el bienestar de la tierra, de todos.

Conocía sus vidas, se adentraba en su rutina y se percataba de la falta de amor. La carencia del vínculo con el otro, de un lazo familiar. ¿Por qué no decir…? ¡Te necesito!, ¡Estoy aquí!, ¡Voy a ayudarte!

-       Trabajar y comprar.

-       Felicidad y dinero.

Quizá eran las prioridades de toda esa gente. Se habrían convertido así de manera inconsciente con el paso del tiempo. Al fin y al cabo estaban allí y todos decían que eran felices. Eso decían, pero bastaba tener una conversación un poco más profunda para vislumbrar que su interior no reflejaba lo mismo.

Un corazón, un mismo corazón para todos. Aunque quizás los de ellos terminarían por convertirse en piedra. ¿Cómo habrían llegado a ese estado?

Todas las personas en Nueva York tienen un rasgo común. Están allí porque tienen un sueño. Algunos una vez instalados en la urbe se van alejando, otros cada vez están más cerca y otros, por supuesto, lo consiguen.

Sólo la magia del Universo tiene la respuesta. Pues hubiera sido imposible pensar que esas personas que estaban a punto de conocerse iban a aparecer a su lado por casualidad. De lugares tan recónditos: venidos de Honduras, Colombia, México y de Grecia.

Hace muy poco, un joven que llegó hasta la ciudad que nunca duerme, se estremeció al comprobar lo que allí sucedía. Casi nadie le comprendía. Todos creían que estaba loco. ¿Cómo era posible que alguien no quisiera vivir en esa ciudad? ¡En la ciudad de los sueños!

Con el paso de los días y de las semanas comenzó a sentirse desorientado. Sentía frío, mucho frío, más no sabía que ese hielo procedía de las piedras que golpeaban en el latir de todas esas personas. Cada vez aparecían más y más problemas. Posiblemente su sueño en ese momento no podía completarse. Posiblemente había llegado hasta allí por otro motivo.

Una noche, cinco astros del cielo se alinearon para ir en su búsqueda. Esas cinco luces tomaron como nombre: Marcela,  Rashelika, Marsi, Carolina y Guadalupe.

Marcela le ayudó a seguir creyendo en la bondad. En la necesidad de ayudar a las personas sin pedir nada a cambio.

Rashelika le hizo olvidarse del tiempo. Le renovó sus ganas de vivir, de comerse el mundo, sin límites.

Marsi le invitó a seguir soñando en el mundo de los sueños. Ella era un ejemplo de éxito después de haberse marcado una meta.

Carolina le otorgó la dulzura. Le hizo sentir que con un abrazo podía solucionarse todo.

Y Guadalupe le ofreció el calor de un hogar. Le abrió las puertas de una familia que se mantenía unida a pesar de las distintas inclemencias.

Cuentan que ese chico afirmaba tener conocimiento de la existencia de los ángeles en la tierra. Mi interés y curiosidad en el tema me llevaron a leer uno de sus escritos en los que especificaba sus experiencias y su estancia en Nueva York, y que relataba de esta forma:

Ahora sé que los ángeles existen en la tierra, porque cada vez que el asfalto de esa fría ciudad me devoraba y trataba de hundirme hasta lo más profundo de sus entrañas, una de estas personas venía a rescatarme, y era ahí cuando veía como con sus hermosas alas me elevaban y me alzaban a lo más alto y hermoso.

 

 


A Rashelika Cohen, Marcela Flores, Marcela Fino, Carolina Villaraga y Guadalupe Ortiz.

 


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