No importa el nombre del lugar, no quiero acordarme.
A veces pienso si se trata de alguna maldición del
continente, pues no es un caso aislado. ¿Qué pasará por la mente de una persona
antes de matar a otra?
Se llamaba Alberto,y tan sólo tenía quince años. De mayor
decía que quería ser médico.
Le encantaba ir los domingos con papá en busca de pueblos abandonados, para luego escribir historias sobre las causas de su abandono. Era un chico atípico, de los que no pasaban desapercibido, todo el vecindario le quería y era bastante popular.
Siempre soñaba despierto, decía que le hubiese encantado haber vivido en la época precolombina, pues le apasionaba también la astronomía, y decían que los constructores de las pirámides de nuestro país eran expertos en cuerpos celestes.
Se podía tirar horas hablando, no paraba. En ocasiones mamá
le tenía que pedir que se callara, pues terminaba mareando. Era un gran
autodidacta, siempre por sus cumpleaños nos pedía libros de medicina, y a pesar
de que solamente era un niño, no solía equivocarse en sus diagnósticos. Hubiera
sido un gran profesional de la medicina.
Todos le recordarán por su carácter solidario, por su
espontaneidad y su eterna sonrisa.
El 15 de febrero del 2013, se despertó como cada mañana para
ir al colegio. Se tomó su taza de zumo con su croissant, y pasó antes de
marcharse, como de costumbre, por la habitación de mamá para que le bendijera
con la señal de la cruz. A la tarde, a la salida del colegio, Willy, le invitó a dar una vuelta con su grupo de amigos.
A las 18:45 pasaron a la altura de la avenida de Pizarro con
la 314, donde un grupo de personas se arremolinaba a la puerta de una cafetería. De repente, comenzaron a escucharse unos disparos. Una mujer comienza a
gritar:
-
¡Un médico por favor!
Mi hermano se adelantó, y cruzó a prisa hasta la acera de
enfrente para intentar socorrer a la víctima. Willy salió tras él para
intentar impedírselo. Los disparos prosiguieron, los testigos dicen que al
menos ocho cadáveres yacían en el suelo. Al momento aparecieron dos camionetas
negras, de las que se bajaron un total de quince hombres. Se identificaron como la
policía, se llevaron a mi hermano Alberto, a Willy, a cuatro de los amigos que
fueron en su búsqueda, y a otras cinco personas más.
Entonces comienza nuestra búsqueda por todas las comisarías, pero los
agentes nos aseguran que no les consta ninguna detención con el nombre de mi hermano,
ni de ninguno de sus amigos. En los últimos meses la ola de violencia se ha
desatado, y es frecuente que los diferentes grupos violentos se hagan pasar por
policías. Nos tememos lo peor, pero mantenemos la esperanza de que a los
“nuestros”, no les haya pasado nada. Son tan sólo unos niños.
El teléfono suena, recibimos la ansiada noticia, ha
aparecido Alberto, pero muerto, junto al resto de sus amigos, y las demás
personas desaparecidas. Han encontrado sus cuerpos en una cuneta a nueve kilómetros de la
ciudad donde la vida no vale nada.
Los asesinos desconocen la piedad, no les importa que sean
niños, inocentes, ancianos o adultos. Sus pistolas no tiemblan a la hora de
apuntar. Los criminales no piensan en sus familias, en los sueños rotos que
están a punto de quebrantar.
Alberto desde arriba, trabajará para recordar a la humanidad
en lo que se ha convertido, en seres monstruosos, sin sentido.
Alberto ahora está en un lugar mejor, donde no existe el
odio, donde no existe el rencor.
Alberto ya no escuchará más pistolas, más llantos. Alberto
ya no presenciará más familias rotas.

Que bien escribes, Josh!! ;), pero qué triste, no??
ResponderEliminarMuchas gracias Gemma!.Sí,la verdad es que la historia es dura,pero también es una realidad.Una triste realidad!.
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